Homilía Solemnidad de la Santísima Trinidad Clausura del Mes de la Etnia Negra

Homilía Solemnidad de la Santísima Trinidad Clausura del Mes de la Etnia Negra
Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, arzobispo de Panamá .
Catedral Basílica Santa María la Antigua, 31 de mayo de 2026
Saludamos al Honorable Armando King, director general del SPI
Subcomisionado Matías Ruiz, jefe del Primer Batallón de la Guardia Presidencial
Teniente 11186 Ariathna Delgado, Encargada de Seguridad Ciudadana
Teniente 10415 Milcíades Gonzales, Ejecutivo de Seguridad Ciudadana
Unidades de Seguridad Ciudadana: Sargento2do 8351 Didio Reyes, Cabo¹ 10430 Guillermo Herrera, Cabo² 12094 Luis Pérez
Representantes de los distintos grupos y organizaciones del movimiento social afropanameño
Miembros de la Coordinadora Nacional de Organizaciones Negras Panameñas
Queridos hermanos y hermanas:
Celebrar hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, en el contexto de la clausura del Mes de la Etnia Negra, nos invita a contemplar dos grandes verdades que iluminan profundamente nuestra vida como nación y como Iglesia: Dios es comunión y los pueblos están llamados a construir juntos una sola familia.
La Trinidad Santísima no es un Dios solitario. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en perfecta unidad, en una comunión de amor donde nadie domina al otro, donde nadie excluye al otro y donde cada Persona divina se entrega plenamente a las demás. Allí encontramos el modelo más hermoso para la humanidad.
En un mundo marcado por divisiones, discriminaciones, prejuicios y heridas históricas, la Trinidad nos recuerda que la verdadera grandeza nace cuando aprendemos a convivir, respetarnos y enriquecernos mutuamente.
Por eso, al concluir el Mes de la Etnia Negra, elevamos nuestra acción de gracias a Dios por el inmenso aporte de nuestros hermanos afropanameños y afrodescendientes a la construcción de Panamá, de nuestra identidad nacional y también de nuestra Iglesia.
Panamá no puede entenderse sin la presencia viva de los afropanameños. Están presentes en nuestra historia, en nuestra cultura, en nuestra música, en nuestra fe, en nuestra gastronomía, en nuestra alegría y en nuestra capacidad de resistencia frente a las dificultades. La huella afrodescendiente está grabada profundamente en el alma de nuestra nación panameña.
Los hombres y mujeres afrodescendientes ayudaron a levantar este país con esfuerzo, sacrificio y dignidad. Muchos secuestrados, arrancados dolorosamente de su tierra y de sus raíces, cargando cadenas en sus cuerpos, pero jamás pudieron encadenar su espíritu. En medio del sufrimiento conservaron la esperanza, la fe y la capacidad de cantar, creer y luchar por su libertad y por el respeto de su dignidad.
Más tarde, durante la construcción del ferrocarril y del Canal de Panamá, miles de trabajadores afroantillanos dejaron su sudor, su juventud e incluso sus vidas para hacer posible una obra que transformó el mundo. Muchos fueron invisibilizados por la historia oficial, pero nunca fueron invisibles para Dios.
También en la Iglesia, los afropanameños han dado testimonio de una fe viva, de amor a Dios y de profunda espiritualidad. Cuántas comunidades han sostenido la fe mediante sus cantos, el cuidado de la creación, su sentido de celebración, la fortaleza familiar más allá de los vínculos biológicos y su capacidad de confiar en Dios aun en medio de la pobreza y la exclusión.
La Iglesia en Panamá tiene rostro afrodescendiente. Está presente en nuestras parroquias, coros, comunidades, catequistas, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos que han entregado su vida silenciosamente al servicio del Evangelio. El censo de 2020 confirma esta realidad al señalar que el 31.7 % de la población panameña se autorreconoció afrodescendiente.
Celebrar esta fecha no es un simple acto folclórico o cultural. Es un acto de justicia, memoria y gratitud. Y de manera especial, hoy esta celebración adquiere un significado especial. Hace apenas unos días, el Papa León XIV, en su primera encíclica Magnifica Humanitas, realizó uno de los gestos más significativos de los últimos tiempos al reconocer que la esclavitud constituye una herida profunda en la memoria cristiana y al pedir sinceramente perdón, en nombre de la Iglesia, por el sufrimiento y la humillación padecidos por millones de personas sometidas a este sistema inhumano.
El Santo Padre reconoce también que la Iglesia y la sociedad tardaron demasiado tiempo en condenar plenamente este flagelo. Con honestidad histórica señala que durante siglos existieron formas de tolerancia y justificación de la esclavitud, y que solo posteriormente se comprendió de manera absoluta su incompatibilidad con la dignidad humana. Este acto de verdad no debilita a la Iglesia; por el contrario, la fortalece, porque la verdad siempre libera y nos permite caminar con humildad hacia una mayor fidelidad al Evangelio.
Este mensaje tiene una profunda resonancia para Panamá y para nuestros pueblos afrodescendientes. Nos recuerda que la memoria no existe para alimentar resentimientos, sino para construir justicia, reconciliación y fraternidad. Como Iglesia que peregrina en Panamá, acogemos estas palabras con espíritu de conversión y, desde esta Catedral Basílica Santa María la Antigua, queremos unirnos al gesto del Sucesor de Pedro.
Pedimos perdón por las veces en que la indiferencia, el silencio o la falta de sensibilidad nos impidieron reconocer plenamente el sufrimiento, las luchas y las legítimas aspiraciones de nuestros hermanos y hermanas afrodescendientes. Pedimos perdón por las ocasiones en que no supimos escuchar, acompañar o denunciar con suficiente claridad situaciones de discriminación, exclusión o injusticia.
Pero también damos gracias a Dios porque el Espíritu Santo ha ido conduciendo a nuestra Iglesia por caminos de conversión. Desde hace cerca de cuarenta años, la Pastoral Afropanameña ha sido un signo concreto de ese compromiso eclesial. Ha trabajado para visibilizar la realidad de los pueblos afrodescendientes, promover el reconocimiento de su dignidad, rescatar su memoria histórica y acompañar sus luchas legítimas por la justicia, la igualdad de oportunidades y el pleno respeto de sus derechos humanos.
La Trinidad nos enseña justamente lo contrario a toda forma de discriminación; porque la diversidad no divide cuando está fundada en el amor. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu Santo, pero los tres son un solo Dios. Diferentes, pero unidos. Distintos, pero inseparables.
Así debe ser también Panamá, una nación donde nuestras diferencias culturales, étnicas y sociales no sean motivo de división, sino riqueza compartida. Un país donde nadie se sienta extranjero en su propia tierra y donde todos tengan espacio, voz y dignidad.
Qué hermoso sería que aprendiéramos de tantas familias afrodescendientes que, aun en medio de limitaciones, han sabido transmitir valores profundos como la solidaridad, el respeto a los mayores, la importancia de la familia, la alegría comunitaria, el sentido de pertenencia, la resiliencia y, sobre todo, la fe.
Porque hay algo que caracteriza profundamente a nuestros pueblos afrodescendientes; su capacidad de mantener viva la esperanza. Y eso tiene mucho de Evangelio.
Hoy necesitamos recuperar esa esperanza en Panamá. Necesitamos una sociedad menos marcada por el individualismo y más abierta a la fraternidad; menos marcada por la intolerancia y más abierta al encuentro; menos marcada por el egoísmo y más dispuesta a reconocer el valor del otro.
Precisamente en esa dirección queremos saludar hoy la puesta en marcha del programa Iglesias Vigilantes, una iniciativa del SPI – Servicio de Protección Institucional- que busca fortalecer la seguridad preventiva y la convivencia pacífica mediante el trabajo conjunto entre las Iglesias, las comunidades y las autoridades.
Su propósito no es solamente responder a situaciones de riesgo, sino promover una cultura del cuidado mutuo, la orientación ciudadana, la solidaridad y la corresponsabilidad social. Además, procura fortalecer la vigilancia comunitaria, servir como canal de comunicación para reportar situaciones que afecten la seguridad y consolidar la confianza entre la ciudadanía y los estamentos de seguridad.
Las comunidades cristianas están llamadas a ser espacios donde se fortalezca la confianza, el respeto y la cooperación entre vecinos. Una sociedad segura no se construye únicamente con medidas de control. Se construye cuando las familias se fortalecen, cuando los jóvenes encuentran oportunidades, cuando la ciudadanía participa activamente y cuando las comunidades de fe contribuyen a tejer relaciones humanas sanas y solidarias.
Allí donde las personas se conocen, se acompañan y se comprometen con el bien común, florecen la paz y la esperanza.
La Trinidad nos recuerda que nadie se salva solo. Fuimos creados para la comunión.
Queridos hermanos.
Hoy damos gracias por tantos rostros concretos de la etnia negra que han enriquecido nuestra patria y nuestra Iglesia: educadores, obreros, madres de familia, artistas, deportistas, catequistas, obispos, sacerdotes, religiosas, líderes comunitarios y hombres y mujeres sencillos que quizás nunca aparecerán en los libros de historia, pero que han sido verdaderos constructores silenciosos de Panamá.
Que esta celebración no termine simplemente con aplausos o actividades culturales. Que se convierta en compromiso. Compromiso por construir una sociedad más justa, inclusiva y fraterna. Compromiso por educar a las nuevas generaciones en el respeto y la dignidad de toda persona. Compromiso por reconocer que cada cultura aporta algo del rostro de Dios.
Para ello, el movimiento social afropanameño está llamado a continuar fortaleciendo sus organizaciones, sus espacios de participación y sus instituciones comunitarias, culturales, educativas y pastorales. La memoria de nuestros antepasados no puede quedarse únicamente en el recuerdo; debe traducirse en propuestas, iniciativas y acciones concretas que contribuyan a transformar aquellas realidades que todavía generan exclusión, pobreza y desigualdad.
Es necesario seguir promoviendo políticas públicas, oportunidades educativas, desarrollo económico, participación ciudadana y el pleno reconocimiento de la dignidad y los derechos de los pueblos afrodescendientes.
La Iglesia acompaña este camino convencida de que la justicia social, la inclusión y el respeto a la dignidad humana forman parte esencial del Evangelio. Vemos con esperanza a las nuevas generaciones de líderes asumir con responsabilidad el legado recibido. Los animamos a continuar trabajando por una sociedad más fraterna, donde cada persona pueda desarrollar plenamente sus capacidades y aportar sus dones al bien común de la nación.
El reconocimiento de la historia no debe conducirnos al resentimiento, sino a la reconciliación. La memoria auténtica ilumina el presente y nos ayuda a construir juntos un futuro más justo y fraterno.
Pidámosle al Señor que Panamá nunca permita que el odio, el racismo o la indiferencia destruyan nuestra convivencia. Que sepamos caminar como un solo pueblo, con muchos rostros, muchos acentos, muchos colores y una sola dignidad: la de ser hijos de Dios.
Que la Virgen María, madre de todos los pueblos, acompañe especialmente a nuestros hermanos afrodescendientes y siga sosteniendo su fe, su esperanza y su aporte invaluable a nuestra nación y a nuestra Iglesia.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A. ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL PANAMEÑA
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