HOMILÍA CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL P. FERNANDO GUARDIA JAÉN, S.J.

HOMILÍA CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL P. FERNANDO GUARDIA JAÉN, S.J.

HOMILÍA CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL P. FERNANDO GUARDIA JAÉN, S.J.
CATEDRAL SAN JUAN BAUTISTA DE PENONOMÉ, VIERNES 10 DE JULIO DE 2026.

Queridos hermanos y hermanas:

Con profunda alegría nos hemos reunido en esta Catedral de San Juan Bautista, corazón espiritual de Penonomé, para celebrar la Eucaristía en el centenario del nacimiento del padre Fernando Guardia Jaén, hijo ilustre de esta tierra coclesana, jesuita ejemplar, sacerdote apasionado por Jesucristo, enamorado de la Iglesia y servidor incansable de Panamá.

Hay ocasiones en que uno tiene la impresión de que el Evangelio proclamado parece haber sido escogido por Dios para iluminar la vida de una persona. Hoy siento exactamente eso. Acabamos de escuchar a Jesús decir a sus discípulos: «Yo los envío como ovejas en medio de lobos… No serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre hablará por ustedes» (Mt 10,16.20). Al escuchar estas palabras resulta imposible no pensar en el padre Fernando Guardia Jaén.

Su vida fue la de un hombre enviado. Enviado por Cristo para anunciar el Evangelio; enviado para formar sacerdotes y educar generaciones de jóvenes; enviado para renovar la Iglesia; enviado para acompañar a los pobres y abrirles caminos de esperanza; enviado para defender la dignidad humana y la libertad cuando hacerlo exigía valentía y fidelidad al Evangelio.

Nunca buscó el enfrentamiento. Nunca alimentó el odio. Nunca utilizó la fe para dividir. Como verdadero discípulo de Jesús, dejó que fuera el Espíritu Santo quien hablara a través de él.

Hoy no nos hemos reunido simplemente para recordar cien años de un nacimiento. Estamos aquí para dar gracias a Dios porque quiso regalar a Panamá un pastor según su corazón.

La memoria cristiana nunca es nostalgia. Es acción de gracias. Es descubrir cómo Dios sigue escribiendo la historia de la salvación por medio de hombres y mujeres que se dejan conducir por su gracia.

Por eso, la pregunta que hoy debemos hacernos no es solamente: ¿quién fue Fernando Guardia? La pregunta verdaderamente importante es ¿qué quiso hacer Dios con la vida del Padre Fernando y qué sigue diciéndonos hoy a través de ella?

Pienso que él mismo nos dejó la mejor respuesta cuando, al celebrar uno de sus cumpleaños, escribió aquellas palabras que hoy resuenan como su verdadero testamento espiritual: «Nunca he dudado de mi vocación… Hoy, después de todo lo recorrido, digo con fe: Sé de quién me he fiado».

Estas palabras de san Pablo no eran para él una cita piadosa. Eran la síntesis de toda una existencia. Allí estaba la fuente de su serenidad; allí estaba el origen de su libertad; allí estaba la explicación de su inmensa fecundidad apostólica.

Desde joven soñó con estudiar medicina e incluso confesó que alguna vez pensó llegar a ser Presidente de la República. Eran sueños nobles de un muchacho brillante y profundamente enamorado de su patria. Pero mientras estudiaba en Buenos Aires comprendió que Dios le proponía un camino diferente. Descubrió que el Señor lo llamaba a la Compañía de Jesús.

Aquella decisión supuso una profunda renuncia. Él mismo diría años después: «Con esa renuncia quería el Señor indicarme que mi vocación no era para honores terrenos, sino para el servicio».

Y toda su vida confirmó esa afirmación. Su existencia fue un servicio permanente; servicio a Jesucristo; servicio a la Iglesia; servicio a Panamá.

Mirando desde la fe su paso entre nosotros, podemos decir que el Padre Fernando fue para muchos un verdadero signo y sacramento de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

Quienes tuvimos la gracia de conocerlo no recordamos únicamente a un hombre de extraordinaria inteligencia ni a un organizador excepcional. Descubrimos en él un hermano, un padre, un amigo y un maestro. Inspiraba confianza. Sabía escuchar antes de hablar. Sabía mirar a cada persona en su realidad concreta y encontrar caminos para ayudarla a crecer. Era un hombre profundamente enamorado de Jesucristo, de su sacerdocio y de la misión que la Iglesia le había confiado.

Su paso dejó un rastro de bondad que permanece vivo en la memoria de quienes compartimos con él el camino.
Permítanme compartir un recuerdo profundamente personal.

Como seminarista tuve la gracia de descubrir en él un verdadero maestro. Más tarde, siendo sacerdote, seguí aprendiendo de su sabiduría pastoral y de su inmenso amor a la Iglesia. Hoy, como obispo, comprendo todavía mejor cuánto le debe nuestra Arquidiócesis y la Iglesia panameña a sacerdotes como el Padre Fernando Guardia.

Hay personas que enseñan con sus palabras. Él enseñaba, sobre todo, con su vida. Aprendí de él que el sacerdote pertenece completamente a Cristo y, precisamente por eso, pertenece completamente al pueblo que Cristo le confía.

Aprendí que amar a la Iglesia significa servirla con humildad y fidelidad; permanecer junto a ella en los momentos luminosos y también cuando atraviesa tiempos difíciles; trabajar siempre por la comunión sin renunciar jamás a la verdad del Evangelio.

El Padre Fernando amó apasionadamente a la Iglesia panameña. No amó una Iglesia ideal. Amó esta Iglesia concreta, con sus alegrías y sus heridas, con sus fortalezas y sus fragilidades, con sus santos y también con nosotros, pecadores.

Fue el colaborador más cercano de monseñor Marcos Gregorio McGrath en la apasionante tarea de hacer realidad la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II, Medellín y Puebla. Como Vicario de Pastoral fue uno de los grandes artífices del rostro pastoral que hoy tiene nuestra Arquidiócesis. Impulsó las Asambleas Pastorales, promovió decididamente la corresponsabilidad de los laicos, fortaleció la pastoral educativa, acompañó la formación de los futuros sacerdotes desde el Seminario Mayor San José y puso todas sus capacidades al servicio de la inolvidable visita de san Juan Pablo II a Panamá.

Quizá las nuevas generaciones conocen al gran educador, al fundador del Servicio Social Javeriano, al impulsor de Radio Hogar o al creador del Maestro en Casa. Pero quizá desconocen que buena parte de la renovación pastoral de nuestra Iglesia lleva también la huella silenciosa de este sacerdote jesuita que creyó profundamente en una Iglesia misionera, abierta al mundo, cercana a los pobres y comprometida con la dignidad de toda persona.

Su amor a la Iglesia nunca lo encerró en los templos. Al contrario. Lo impulsó a amar todavía más a Panamá. Fue un panameño auténtico.

Desde niño aprendió en su hogar a amar la patria, a respetar la dignidad de cada persona y a abrir las puertas de su casa a los campesinos que llegaban desde las montañas coclesanas. Aquellas experiencias marcaron para siempre su corazón.

Comprendió que una fe auténtica no puede permanecer indiferente frente al sufrimiento humano.

Él mismo nos enseñó, con su vida, que la fe no puede reducirse a discursos. La fe verdadera siempre se hace servicio. Se hace justicia. Se hace educación. Se hace solidaridad. Se hace esperanza. Se hace compromiso.

Porque cuando la fe no transforma la realidad, podrá expresar ideas muy bellas, pero no llegará nunca a transparentar el rostro de Cristo.

Por eso, dedicó tantas energías a la educación. Comprendía que educar era evangelizar. El Servicio Social Javeriano despertó en miles de jóvenes la conciencia de que el verdadero liderazgo consiste en servir. Y cuando muchos habrían pensado que había llegado el tiempo del descanso, comenzó una de las obras más fecundas de su vida: el Instituto Panameño de Educación por Radio y el programa El Maestro en Casa, convencido de que ningún panameño debía quedar excluido del derecho a la educación.

Pero el Evangelio de hoy también nos habla del discípulo que será llevado ante gobernadores y tribunales para dar testimonio. El Padre Fernando vivió esa palabra.

En los momentos más difíciles de nuestra historia nacional levantó su voz con libertad evangélica. No habló movido por intereses partidistas. No habló desde el resentimiento. Habló porque un pastor no puede callar cuando están en juego la dignidad humana, la justicia y el bien común.

Sus palabras pronunciadas aquí mismo, en Penonomé, en 1986, siguen conservando una fuerza extraordinaria. Invitó a quienes ejercían el poder a cargar con la cruz de la responsabilidad, a renunciar a los privilegios y a conducir el país por caminos de honestidad, justicia y decencia. Pidió pensar menos en los intereses personales y más en el bien de todo el pueblo, especialmente de los más pobres. No hablaba contra nadie. Hablaba a favor de Panamá.

Eso era lo que hacía un pastor. Eso era lo que hacía un sacerdote enamorado del Evangelio.

 

Queridos hermanos:

En este Año Jubilar de la Esperanza y cuando nuestra Arquidiócesis celebra el centenario de su elevación, la figura del Padre Fernando adquiere un significado todavía más profundo.

Él pertenece a esa generación de sacerdotes que ayudó a construir la Iglesia que hoy somos. Su legado no puede convertirse en una memoria encerrada en el pasado.

Debe convertirse en una llamada para nuestro presente. Panamá sigue necesitando sacerdotes profundamente enamorados de Jesucristo. Laicos apasionados por la misión de la Iglesia. Educadores que formen conciencias.

Ciudadanos capaces de poner el bien común por encima de cualquier interés personal. Hombres y mujeres que hagan del Evangelio el alma de su vida.

Al concluir esta Eucaristía, mi voz quiere unirse a la de tantos sacerdotes, religiosas, laicos, movimientos apostólicos, antiguos alumnos y amigos que experimentaron la irradiación de su paternidad espiritual.

Doy gracias a Dios porque me permitió conocerlo. Porque me permitió aprender de él. Y porque, como tantos otros, descubrí en su vida que el sacerdocio puede vivirse con una alegría serena, con una fidelidad inquebrantable y con una confianza absoluta en el Señor.

Si tuviera que resumir su existencia, escogería las mismas palabras que él hizo suyas: «Sé de quién me he fiado».

Y añadiría otra expresión que resume admirablemente toda su vida: «En todo sirvió y amó».

Fernando Guardia Jaén nunca buscó hacer historia. Nunca vivió para los honores. Nunca buscó reconocimientos. Buscó, sencillamente, ser fiel.

Fiel a Jesucristo. Fiel a su vocación jesuita. Fiel a la Iglesia. Fiel a los pobres. Fiel a Panamá.

Y precisamente porque buscó ser fiel, Dios hizo de su vida una de las páginas más luminosas de la historia de la Iglesia panameña y de nuestra nación.

Que su ejemplo siga inspirando a las nuevas generaciones.

Que su memoria nos comprometa a vivir una fe encarnada, valiente y esperanzadora.

Y que, cuando también termine nuestra peregrinación, podamos escuchar de labios del Señor aquellas palabras que constituyen la mayor recompensa para un discípulo fiel: «Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,23). Amén.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ


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