Tedeum Conmemorativo del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá

Tedeum Conmemorativo del Bicentenario
del Congreso Anfictiónico de Panamá
Basílica Catedral Santa María la Antigua / 24 de julio de 2026
«Panamá: una vocación al servicio del encuentro entre los pueblos»
«A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos». Con las palabras del antiguo himno del Te Deum, la Iglesia eleva hoy su acción de gracias al Señor por los dones con los que ha bendecido a nuestra Nación. No hemos venido únicamente a recordar un acontecimiento del pasado ni a rendir homenaje a una de las páginas más significativas de nuestra historia. Hemos venido, sobre todo, a reconocer que el Señor sigue conduciendo el caminar de los pueblos y que la historia, cuando se contempla con los ojos de la fe, deja de ser una simple sucesión de acontecimientos para convertirse en un lugar privilegiado donde se manifiesta la Providencia de Dios.
Saludo con especial deferencia al señor Presidente de la República; a los Presidentes de los Órganos del Estado; a las altas autoridades nacionales, civiles y de seguridad; al Cuerpo Diplomático acreditado en Panamá; a los representantes de las Iglesias cristianas y de las distintas comunidades de fe; a los distinguidos invitados que nos acompañan; y a todos los panameños que, desde distintos lugares del país, se unen espiritualmente a esta celebración de acción de gracias.
Nos encontramos reunidos en esta Basílica Catedral Santa María la Antigua, corazón espiritual de Panamá y heredera de la primera diócesis erigida en Tierra Firme el 9 de septiembre de 1513.
No es un detalle menor que esta celebración tenga lugar precisamente aquí. Desde hace más de cinco siglos, aquí el pueblo creyente ha dado gracias por los dones recibidos y ha encontrado fortaleza en las horas más difíciles de nuestra historia.
Hoy damos gracias a Dios por el Bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá. Hace doscientos años, este Istmo fue elegido para convocar a los pueblos recién emancipados a un ideal de unidad, diálogo y fraternidad.
La Providencia quiso también que esta conmemoración coincidiera con el aniversario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar.
Recordar a Bolívar es reconocer a un hombre que comprendió que el futuro de nuestros pueblos no podía construirse desde el aislamiento, sino desde la unidad y la cooperación. Por eso afirmó: «La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres; es inexorable decreto del destino».
A la luz de la fe, esa intuición se convierte en una llamada de la Providencia: Dios quiere que las naciones, respetando su diversidad, se reconozcan como parte de una misma familia humana y encuentren su unidad plena en Cristo (cf. Ef 1,10).
Celebrar este Bicentenario no es mirar el pasado con nostalgia, sino preguntarnos qué espera hoy Dios de Panamá y cómo debemos renovar aquella vocación de encuentro al servicio de nuestra Nación y del continente.
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios actúa en la historia. El Señor acompaña el caminar de los pueblos, suscita hombres y mujeres para cumplir su voluntad y hace de la historia un lugar de salvación. Así lo hizo con Abraham, con Moisés y con los profetas, que proclamaron la justicia y la paz como fundamento de toda convivencia.
Por eso, este Te Deum es más que un homenaje al pasado: es una profesión de fe. Damos gracias porque el Señor ha acompañado a Panamá en su historia, ha sostenido a nuestro pueblo en las pruebas y sigue llamándonos a servir con fidelidad al bien común y a la misión que ha confiado a nuestra Nación.
Al celebrar el Bicentenario del Congreso Anfictiónico, contemplamos más que una brillante iniciativa diplomática. Contemplamos una oportunidad providencial para redescubrir la vocación permanente de Panamá.
Porque antes de ser un punto de encuentro entre océanos, nuestro país está llamado a ser un punto de encuentro entre personas; antes de conectar rutas comerciales, está llamado a abrir caminos de diálogo; antes de unir continentes, está llamado a acercar corazones.
Esa intuición que dio origen al Congreso Anfictiónico conserva hoy una sorprendente actualidad. Aquella asamblea no fue únicamente un ejercicio diplomático ni una estrategia geopolítica. El anhelo de que los pueblos pudieran construir juntos un futuro compartido, dos siglos después, sigue interpelando nuestra conciencia, porque las circunstancias han cambiado, pero la necesidad del encuentro permanece intacta.
Vivimos en un mundo extraordinariamente conectado y, al mismo tiempo, profundamente fragmentado. Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, experimentamos con frecuencia la dificultad para escucharnos. Se levantan nuevas fronteras, no solo entre las naciones, sino también dentro de ellas; crecen las polarizaciones, se endurecen los discursos y aumenta la tentación de considerar al diferente como adversario antes que como hermano.
Precisamente en este contexto, Panamá tiene una palabra que ofrecer al mundo. No nace únicamente de su posición geográfica, sino de la misión que la Providencia ha inscrito en su propia historia.
Este istmo, pequeño en extensión, ha sido grande por su capacidad de unir. Desde tiempos remotos ha servido de puente entre océanos, continentes, culturas y civilizaciones. Pero esa condición geográfica solo alcanza toda su grandeza cuando se convierte en una vocación espiritual y moral. Panamá no ha sido llamada únicamente a facilitar el tránsito de bienes; está llamada a favorecer el encuentro entre las personas. No fue destinada solo a unir rutas comerciales; está llamada a tender puentes de confianza entre los pueblos. El puente más importante que nuestro país puede ofrecer al mundo no está construido con acero ni con concreto. Es un puente hecho de diálogo, de respeto, de hospitalidad, de justicia y de paz.
Por eso, el Bicentenario nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿seguimos siendo fieles a esa vocación? ¿Somos realmente un pueblo que construye puentes o hemos comenzado también nosotros a levantar muros? ¿Sabemos dialogar cuando pensamos distinto? ¿Somos capaces de colocar el bien común por encima de los intereses particulares?
Son preguntas que no se responden con discursos, sino con la vida cotidiana de cada ciudadano y con la responsabilidad de nuestras instituciones.
El Libertador comprendía que la libertad política solo podría consolidarse sobre fundamentos éticos sólidos. Por eso afirmó con claridad: «La justicia es la reina de las virtudes republicanas, y con ella se sostiene la igualdad y la libertad.» Dos siglos después, estas palabras conservan una fuerza extraordinaria. No puede haber verdadera libertad allí donde la justicia se debilita; no puede existir paz duradera cuando la corrupción erosiona la confianza; no puede consolidarse una democracia cuando el servicio público se convierte en privilegio y no en responsabilidad.
La Iglesia comparte profundamente esa convicción, porque la justicia no es únicamente un principio jurídico; es una exigencia del Evangelio. Cada vez que la dignidad de una persona es vulnerada, cada vez que un pobre es olvidado, cada vez que un anciano es descartado, un joven pierde la esperanza o una familia sufre las consecuencias de la violencia y de la exclusión, la justicia queda herida y la paz se hace más frágil.
Por eso, la misión de la Iglesia no consiste en ofrecer soluciones técnicas ni en sustituir la responsabilidad de quienes tienen la noble tarea de gobernar. Su misión es recordar incesantemente que toda organización social encuentra su razón de ser en el servicio a la persona humana. La política es una de las formas más altas de la caridad cuando busca sinceramente el bien común; la economía cumple su verdadera función cuando promueve el desarrollo integral de todos; la ciencia y la tecnología alcanzan su plena nobleza cuando están al servicio de la vida y nunca de su degradación.
En esta perspectiva adquieren una especial actualidad las enseñanzas del Papa León XIV en la encíclica Magnifica Humanidad. El Santo Padre nos recuerda que la dignidad de la persona humana constituye el fundamento de toda convivencia auténticamente humana. Ningún progreso puede considerarse verdadero si deja a personas descartadas en el camino; ninguna innovación merece ese nombre si sacrifica al ser humano en nombre de la eficiencia; ninguna sociedad puede considerarse plenamente desarrollada mientras el crecimiento económico no vaya acompañado por una mayor fraternidad, una justicia más sólida y una esperanza compartida.
Esta enseñanza ilumina también el significado más profundo del Congreso Anfictiónico. La unidad nunca significa uniformidad. Dios mismo ha querido la diversidad de los pueblos, de las lenguas y de las culturas. La comunión cristiana no elimina las diferencias; las armoniza. El encuentro auténtico no exige renunciar a la propia identidad; exige abrir el corazón para reconocer la riqueza del otro. Allí donde las diferencias se ponen al servicio del bien común, nace una sociedad más fuerte y más humana, dispuesta a vivir en paz.
Panamá conoce bien esa experiencia. Nuestra historia está tejida por el encuentro de pueblos provenientes de múltiples horizontes. Esa diversidad ha enriquecido nuestra cultura, ha moldeado nuestro carácter y ha fortalecido nuestra identidad nacional. Por eso, estamos llamados a custodiar este patrimonio con responsabilidad, evitando toda forma de discriminación, de exclusión o de enfrentamiento que contradiga nuestra vocación histórica.
El Congreso Anfictiónico nos recuerda, además, que ninguna nación alcanza su verdadera grandeza encerrándose sobre sí misma. Los pueblos crecen cuando saben cooperar, cuando buscan soluciones compartidas y cuando comprenden que el destino de la humanidad está profundamente entrelazado. Esta convicción resulta en un tiempo marcado por desafíos globales que ningún país puede afrontar solo: la pobreza, las migraciones, el deterioro ambiental, las nuevas tecnologías, las crisis humanitarias y la búsqueda de una paz estable entre las naciones.
Por eso si Panamá quiere ser fiel a su historia, deberá seguir siendo un lugar donde el encuentro sea posible. Un país donde las diferencias puedan expresarse sin destruir la convivencia; donde las instituciones inspiren confianza; donde la justicia proteja especialmente a los más vulnerables; donde el diálogo prevalezca sobre la confrontación y donde cada persona pueda descubrir que forma parte de una misma comunidad nacional.
De poco serviría recordar con admiración el Congreso Anfictiónico si nosotros no fuéramos capaces de escribir, con nuestras decisiones de cada día, una nueva página de fraternidad para Panamá y para nuestro continente.
Su legado más profundo no pertenece únicamente a los libros de historia; pertenece al futuro. Cada generación está llamada a volver a descubrir que la unidad nunca será fruto de la imposición, sino del diálogo; que la paz nunca será consecuencia de la indiferencia, sino de la justicia; y que el desarrollo nunca será auténtico si deja atrás a los más pobres, a los más débiles y a quienes no tienen voz.
Al recordar hoy el nacimiento de Simón Bolívar, damos gracias a Dios por haber suscitado hombres capaces de soñar un continente reconciliado. Pero también reconocemos, con humildad, que todo proyecto humano encuentra su plenitud únicamente cuando se deja iluminar por el Evangelio. El sueño de una América unida solo puede consolidarse allí donde cada persona es reconocida en su dignidad de hijo de Dios y donde la fraternidad deja de ser un ideal para convertirse en una forma concreta de vivir.
Dentro de unos momentos volveremos a nuestras responsabilidades cotidianas. Las autoridades regresarán al servicio de la Nación; las familias a sus hogares; los jóvenes a sus estudios; los trabajadores a sus labores; las comunidades cristianas a su misión evangelizadora. Ojalá que nadie salga de esta Catedral siendo el mismo. Que todos nos sintamos enviados a construir puentes donde otros levantan muros; a promover el diálogo donde surge la confrontación; a sembrar esperanza donde amenaza el desaliento; a defender la dignidad humana allí donde se ve amenazada; y a trabajar incansablemente por una patria reconciliada, justa y solidaria.
Encomendemos este propósito a la maternal intercesión de Santa María la Antigua, Patrona de nuestra Nación y Madre de la Iglesia en Panamá. Ella acompañó el nacimiento de nuestra historia cristiana y ha permanecido junto a este pueblo durante más de cinco siglos. Que continúe guiando nuestros pasos para que nunca perdamos de vista la misión que Dios nos ha confiado.
Y que, cuando las generaciones futuras vuelvan a celebrar los grandes acontecimientos de nuestra historia, puedan decir que también nosotros estuvimos a la altura de nuestra vocación; que supimos privilegiar el encuentro sobre la división, el diálogo sobre la confrontación, la justicia sobre el interés particular y el bien común sobre toda forma de egoísmo.
Así, Panamá será siempre fiel a su vocación: no solo un puente entre los mares, sino un puente entre los pueblos; no solo una tierra de tránsito, sino una tierra de encuentro al servicio de la paz y la fraternidad. Que así sea. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ
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