HOMILÍA XVII Domingo del Tiempo Ordinario Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

HOMILÍA XVII Domingo del Tiempo Ordinario Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

HOMILÍA XVII Domingo del Tiempo Ordinario
Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores
Centenaria Parroquia Santa Ana / Misa televisada
26 de julio de 2026.

Queridos hermanos y hermanas:

Con inmensa alegría celebramos este Día del Señor reunidos alrededor de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Mi saludo llega con especial cercanía a quienes participan de esta celebración desde sus hogares a través de la televisión; a los enfermos, a quienes se encuentran en hospitales, a las personas privadas de libertad, a quienes viven en hogares de acogida y, de manera muy especial, a nuestros abuelos y adultos mayores, en esta Jornada Mundial que la Iglesia dedica con gratitud, respeto y esperanza.

Y qué hermoso que esta celebración tenga lugar precisamente en esta centenaria parroquia de Santa Ana. Aquí, durante más de cien años, generaciones enteras han venido a encontrarse con el Señor. Aquí fueron bautizados muchos de nuestros padres y abuelos; aquí recibieron la Primera Comunión, celebraron su matrimonio, lloraron a sus seres queridos y aprendieron a confiar en Dios. Este templo es mucho más que un edificio histórico; es un hogar donde la fe ha pasado de generación en generación. Es un testimonio vivo de que la Iglesia tiene memoria y de que esa memoria tiene el rostro de tantas familias que hicieron de Dios el centro de su vida.

No deja de ser providencial que hoy nos reunamos bajo la protección de santa Ana, la abuela de Jesús. Ella nos recuerda que la fe no se improvisa; se transmite. Que el Evangelio no comienza en los grandes acontecimientos, sino muchas veces en el calor de un hogar, en la oración sencilla de una familia y en el testimonio silencioso de quienes, con su vida, preparan el corazón de las nuevas generaciones para encontrarse con Dios.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta dos parábolas breves, pero extraordinariamente profundas. Un hombre encuentra un tesoro escondido en un campo; un comerciante descubre una perla de gran valor. Ambos comprenden que han encontrado aquello que da sentido a todo lo demás y, llenos de alegría, venden cuanto poseen para quedarse con ese tesoro.

Jesús no está hablando de riquezas materiales. Está hablando del Reino de Dios. Está hablando de Él mismo. Está diciéndonos que existe un bien tan grande que, cuando una persona lo descubre, todo lo demás encuentra su verdadero lugar.

Y entonces el Señor nos hace una pregunta que cada uno debe responder en lo más profundo de su corazón: ¿Cuál es el verdadero tesoro de mi vida?

Vivimos en un mundo que constantemente nos dice dónde debemos buscar la felicidad. Nos invita a tener más, a consumir más, a competir más, a aparentar más. Nos hace creer que el éxito consiste en acumular bienes, prestigio o poder. Sin embargo, basta contemplar la realidad para descubrir que muchas personas, aun teniendo mucho, viven con el corazón vacío. Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, nunca habían sido tan frecuentes la soledad, la ansiedad y el miedo al futuro.

¿Por qué sucede esto? Porque el corazón humano fue creado para un tesoro mucho más grande. San Agustín lo expresó con una frase que nunca pierde actualidad: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti».

Solo Dios llena plenamente el corazón humano. Solo Dios permanece cuando todo lo demás pasa. Solo Dios continúa siendo nuestro tesoro cuando la juventud se desvanece, cuando disminuyen las fuerzas, cuando cambia la salud y cuando desaparecen las seguridades humanas.

Y precisamente aquí el Evangelio se encuentra maravillosamente con la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Porque si hay alguien que puede hablarnos con autoridad acerca del verdadero tesoro de la vida son precisamente nuestros mayores.

Ellos han recorrido un largo camino. Han conocido tiempos de abundancia y de escasez; han experimentado alegrías y lágrimas; han visto cambiar el mundo. Y si hoy les preguntáramos qué es lo verdaderamente importante, estoy seguro de que muchos responderían con la sencillez que da la experiencia: «Lo más importante es Dios, la familia y una conciencia en paz».

Los años tienen una sabiduría que ninguna universidad puede enseñar.
Con el paso del tiempo descubrimos que el dinero ayuda, pero no compra el amor; que la medicina puede prolongar la vida, pero no fabricar esperanza; que el éxito abre puertas, pero no llena el alma; y que la tecnología acerca pantallas, pero nunca podrá sustituir una conversación sin prisas, un abrazo sincero o una mano tendida con ternura.
Nuestros abuelos lo comprendieron mucho antes que nosotros.

Quizá no tuvieron grandes riquezas materiales. Muchos vivieron con sacrificios y privaciones. Sin embargo, poseían una riqueza inmensa: una fe sencilla, una esperanza firme y una confianza absoluta en Dios.

Muchos de nosotros aprendimos de ellos las primeras oraciones. Ellos nos enseñaron a persignarnos antes de salir de casa, a dar gracias antes de comer, a pedir la bendición antes de emprender un viaje y a recordar que el domingo era el día del Señor y de la familia.

Aquellos gestos parecían pequeños. Hoy comprendemos que eran inmensos. Sin saberlo, nos estaban mostrando dónde estaba la perla preciosa. Nos estaban enseñando que el verdadero tesoro no era lo que se guardaba en un cofre, sino lo que se llevaba en el corazón. Podían dejarnos una casa, una parcela o algunos bienes materiales. Todo eso tiene su valor. Pero nos dejaron una herencia infinitamente mayor: la fe, la honradez, el amor al trabajo, el respeto por la palabra dada, la solidaridad con el pobre y la certeza de que Dios nunca abandona a quienes confían en Él.

¿Quién no recuerda alguna frase de sus abuelos?: «Primero Dios.» «Haz el bien sin mirar a quién.» «La palabra vale más que una firma.» «Nunca te acuestes peleado con nadie.»

Quizá entonces no comprendíamos toda la profundidad de aquellas palabras. Hoy descubrimos que eran el Evangelio traducido al lenguaje sencillo de la vida cotidiana.
Por eso quisiera preguntar especialmente a los jóvenes: ¿Qué tesoro están buscando?
¿El que ofrece el mundo y pasa rápidamente? ¿O el que ofrece Cristo y permanece para siempre?

Nuestros abuelos nos enseñan que la verdadera riqueza no consiste en llenar graneros, sino en llenar el corazón de Dios; no consiste en dejar una gran herencia económica, sino una herencia de fe, de honestidad y de amor.

Quizá el mayor legado que un abuelo puede dejar a sus nietos no está escrito en un testamento. Está escrito en el ejemplo de una vida buena. Pero el Evangelio no solo nos invita a descubrir el tesoro; también nos pregunta qué estamos haciendo con él. Porque un tesoro no se esconde. Un tesoro se cuida y se comparte.

Y aquí encontramos uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad que avanza muy deprisa. Todo debe ser inmediato, eficiente y productivo. Muchas veces el valor de una persona parece medirse únicamente por lo que produce. Cuando alguien ya no puede seguir ese ritmo, existe el riesgo de que sea considerado una carga.

¡Qué lejos está esa manera de pensar del Evangelio! Para Jesucristo nadie pierde jamás su dignidad. Una persona mayor nunca deja de ser un don de Dios. Al contrario, precisamente cuando disminuyen las fuerzas del cuerpo, suele crecer la fuerza del espíritu.
¿Cuántas familias permanecen unidas gracias a la oración silenciosa de una madre, de una abuela o de un abuelo?

¿Cuántos hijos han regresado a Dios porque alguien nunca dejó de pedir por ellos? ¿Cuántas vocaciones nacieron de las lágrimas escondidas de una abuela delante del Santísimo? Eso nunca aparecerá en las estadísticas. Pero está escrito en el corazón de Dios.

Queridos abuelos y adultos mayores: no permitan que nadie les haga pensar que ya no son importantes. La Iglesia los necesita. Sus familias los necesitan. Panamá los necesita. Necesitamos su oración, su serenidad, su experiencia y su testimonio.

Y quisiera dirigirme también a los hijos y a los nietos. Honrar a los padres no termina cuando ellos envejecen. Al contrario, allí alcanza una de sus expresiones más hermosas.
Quien un día fue llevado de la mano a la escuela está llamado ahora a sostener la mano de quienes le enseñaron a caminar. Quien recibió cuidados está llamado ahora a cuidar. No como una obligación pesada, sino como un acto de amor y de gratitud.

Escuchen a sus abuelos. Pregúntenles por su historia. Déjenlos contar esas anécdotas que ustedes creen conocer. Cada recuerdo es una herencia. Cada consejo es una semilla. Cada experiencia es una escuela para la vida. Y desde esta centenaria parroquia de Santa Ana quisiera elevar también un llamado a todo el país.

El cuidado de nuestros abuelos y adultos mayores no puede depender únicamente de la buena voluntad de las familias ni reducirse a homenajes en una fecha especial. Es una responsabilidad compartida que compromete a la familia, a la Iglesia, a la sociedad y al Estado. Por eso, el respeto, la protección y la promoción de las personas mayores deben consolidarse como una verdadera política de Estado.

Panamá necesita seguir fortaleciendo políticas públicas que garanticen una atención médica oportuna y humanizada, acceso a medicamentos, pensiones dignas, protección frente al abandono, espacios de participación y oportunidades para que nuestros mayores continúen aportando su experiencia al desarrollo del país.

Es justo reconocer los esfuerzos que se han realizado. La creación, por ley, de las Casas de Día constituye un paso esperanzador que merece ser fortalecido y ampliado. Estos espacios no solo ofrecen atención y acompañamiento; devuelven a muchos adultos mayores la alegría de sentirse útiles, escuchados y valorados. Invertir en nuestros mayores no es un gasto: es una inversión en humanidad, en memoria y en futuro.
Pero ninguna ley podrá sustituir el amor de una familia. Ninguna institución podrá reemplazar el abrazo de un hijo. Ninguna tecnología podrá sustituir una visita. Hay personas mayores que no esperan grandes regalos. Esperan algo mucho más sencillo. Que alguien los escuche. Que alguien los visite. Que alguien les haga sentir que siguen siendo importantes.

La mejor manera de honrar a nuestros abuelos no consiste solamente en felicitarlos una vez al año. La mejor manera de honrarlos es asegurar que puedan envejecer con dignidad, compañía, seguridad y esperanza.

Queridos hermanos: Nuestra Arquidiócesis está viviendo también la 51.ª Campaña de Corresponsabilidad y Solidaridad, bajo un lema que resume admirablemente el Evangelio de hoy: «Cristiano, la Iglesia eres tú».

Quien encuentra la perla preciosa no puede guardarla solo para sí. La comparte. La convierte en servicio. La hace solidaridad. Por eso, cuando apoyamos la misión de la Iglesia, cuando tendemos la mano al necesitado, cuando compartimos con generosidad, estamos diciendo con nuestras obras que hemos encontrado el verdadero tesoro, que es Jesucristo.

Al terminar esta Eucaristía quisiera dejarles una tarea muy sencilla. No permitan que esta Jornada Mundial termine con un aplauso o una fotografía. Que continúe esta misma tarde. Visiten a sus abuelos. Llamen a sus padres. Acérquense a ese vecino anciano que vive solo. Regalen tiempo. Porque el tiempo es una de las formas más hermosas del amor.

Y cuando un día nuestros hijos y nuestros nietos hablen de nosotros, ojalá no recuerden solamente cuánto trabajamos o cuánto tuvimos. Ojalá puedan decir: «Me enseñó a rezar.» «Me enseñó a confiar en Dios.» «Me enseñó que el mayor tesoro de la vida tiene un nombre: Jesucristo.»

Que san Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, intercedan por nuestras familias y por esta querida parroquia centenaria. Y que nosotros sepamos custodiar y transmitir el tesoro de la fe recibido de nuestros mayores, para que las futuras generaciones continúen diciendo, con la misma sencillez de nuestros abuelos: «Primero Dios».

Porque quien encuentra a Jesucristo ha encontrado la perla preciosa que da sentido a toda la vida, el tesoro que nunca envejece, nunca se pierde y nunca decepciona. Amén.

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 


DESCARGAR: HOMILIA FIESTA SAN JOAQUIN Y SANTA ANA 2062

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