HOMILÍA PARA EL VIERNES SANTO | Arzobispo de Panamá

HOMILÍA PARA EL VIERNES SANTO
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A., Arzobispo de Panamá
Arquidiócesis de Panamá – Primada de Tierra Firme
Catedral Basílica Santa María la Antigua, viernes 3 de abril de 2026
“Nadie me ha amado como Tú”
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia se detiene. Se hace silencio. Un silencio profundo, lleno de misterio. No celebramos la Eucaristía, porque la Cruz es ya el sacrificio perfecto, el único sacrificio que salva. Pero más profundamente aún, hoy no estamos ante una derrota, hoy contemplamos la plenitud del amor.
Un amor que no se quedó en palabras, un amor que no se defendió, un amor que no se guardó nada, un amor que se entregó hasta el extremo. Y ese amor tiene un rostro: Jesucristo crucificado.
A ustedes que participan en esta celebración, y también a quienes nos siguen en cadena nacional —ancianos, enfermos, privados de libertad, familias enteras que viven este momento desde sus hogares— les digo con toda claridad: No están fuera de este misterio. Están al pie de la Cruz. Están siendo alcanzados por este amor. Hoy, allí donde están, Cristo pasa por su vida.
Pero para comprenderlo hay que atreverse a mirar. Mira la Cruz. No la mires de paso, no la mires como costumbre, detente, contempla, deja que hable a tu corazón.
Porque cuando uno mira la Cruz de verdad aparecen nuestras propias cruces. Aparece el rencor que no hemos soltado el resentimiento que se ha acumulado; la herida que sigue abierta; la palabra que nos marcó. Aparece la culpa esa culpa silenciosa que muchos arrastran durante años; decisiones que pesan; errores que no nos perdonamos. Aparecen los miedos, miedo al futuro, miedo a fracasar, miedo a la muerte, miedo a quedarse solo.
Y así aparece la soledad, esa sensación de vacío de no ser comprendido, de sentirse invisible. Aparece el cansancio del alma, cuando sentimos que ya no podemos más. Aparece la enfermedad, la fragilidad, la incertidumbre.
Hermanos, esas son nuestras cruces. Y muchas veces las llevamos solos, las escondemos, las maquillamos o simplemente aprendemos a sobrevivir con ellas. Pero hoy, frente a la Cruz de Cristo, todo cambia.
Porque cuando miras a Jesús descubres que Él ya ha entrado en todas esas realidades. Él no es ajeno a tu dolor. Él fue traicionado, incomprendido, abandonado como tú.
Pero hay algo que lo transforma todo: Él eligió amarte en medio de todo eso.
Y ahí está el corazón de este Viernes Santo.
La Cruz no es solo sufrimiento, la Cruz es amor llevado hasta el extremo. Por eso hoy no estamos llamados solo a contemplar el dolor, sino a descubrir el amor que hay dentro de ese dolor.
Un amor que se entrega por ti. Un amor que carga contigo. Un amor que no se rinde contigo.
Hay una verdad que hoy debemos escuchar, especialmente quienes cargan la cruz de la culpa; tu pecado no es más grande que su amor. Y esto no es una frase bonita… es una verdad que necesita entrar en lo más profundo de nuestra vida.
Porque muchos viven atrapados en culpas muy concretas. La culpa de una decisión que cambió el rumbo de la vida; la culpa de haber fallado como padre, como madre, como hijo; la culpa de no haber estado cuando alguien más lo necesitaba; la culpa de una palabra que hirió, de un gesto que marcó.
Y hay una herida que hoy duele de manera especial en muchos corazones, la culpa de una relación rota, de un amor que no supimos cuidar, de una historia que comenzó con esperanza y terminó en silencio, en distancia, en ruptura.
La cruz de un matrimonio que no pudo sostenerse, la cruz de una familia que se fragmentó; la cruz de decisiones que, en su momento, parecían la única salida; la cruz de mirar hacia atrás y pensar: “¿y si hubiera hecho las cosas distinto?” Y junto a esa herida, viene otra más profunda; la cruz de no poder acercarse a la Eucaristía en un día como hoy.
Y eso duele. Duele ver a otros acercarse, duele sentir que uno se queda atrás; duele pensar, aunque sea en silencio; “yo ya no puedo, yo no soy digno, yo estoy fuera”.
Hermanos… hoy, desde la Cruz, Jesús quiere romper ese pensamiento. MIRA LA CRUZ. Él no está ahí para marcar distancias, está ahí para derribar muros. Y desde la Cruz te dice, con una ternura infinita: “Hijo, hija, tú no eres un cristiano de segunda. Tú no eres un hijo menos amado. Tú tienes la misma dignidad, porque di mi vida también por ti.”
No hay dos categorías de hijos en el corazón de Dios. No hay unos más amados que otros. No hay vidas descartadas. Hay hijos amados, buscados, esperados.
Y tú eres uno de ellos. Sí, hay situaciones que hoy te impiden acercarte sacramentalmente a la Eucaristía, eso no significa que Cristo esté lejos de ti. Al contrario, Él está profundamente cercano.
Hoy, desde la Cruz, Él se acerca a tu herida sin juzgarte, se acerca a tu historia sin condenarte, se acerca a tu dolor con amor. Y te dice: “No te reproches más, no te castigues más, no te encierres en el resentimiento, mírame, estoy aquí por ti”.
Y mientras tu corazón anhela recibirlo, mientras hay dentro de ti un deseo sincero, aunque no puedas hacerlo sacramentalmente, recíbelo espiritualmente. Siéntelo actuando, y transformándote en otro Cristo.
Ábrele tu corazón, háblale con sencillez, dile “Señor, no puedo recibirte como quisiera, pero te necesito, ven a mí, entra en mi vida”. Y Él vendrá.
Porque Él no se limita, no se aleja, no te deja fuera. Él entra, Él consuela, Él sostiene. Y en ese encuentro, quizás silencioso pero real; podrás sentir algo profundo; que no estás excluido, que no estás olvidado, que no estás lejos, sino profundamente amado.
Y desde lo más hondo de tu corazón, incluso en medio de esa cruz podrá brotar una certeza nueva: “Sí mi historia es compleja sí, hay heridas, sí hay límites, pero aun así Él está conmigo. Él me busca, Él no se rinde conmigo.” Me ama.
Y entonces, con lágrimas en los ojos y el alma abierta, podrás decir: “Señor, incluso aquí, incluso así me amas”.
Y comprenderás, como nunca: que nadie… nadie…te ha amado como Él. Porque Cristo no está ahí por los perfectos… está ahí por los que han caído… por los que se sienten indignos… por los que cargan culpa.
La Cruz no es un recordatorio de tu error, es la prueba de que tu error ya ha sido cargado.
Jesús no murió para que vivas condenado, murió para que vivas libre. Por eso, hoy el Señor no te señala, te llama. No te recuerda tu pasado, te abre un futuro. Y te dice con una ternura infinita: “Sí, fallaste, sí te equivocaste, sí; hay cosas que duelen, pero no eres eso.
Tú no estás definido por tu peor momento, no estás condenado a tu historia.” Porque en la Cruz, tu historia no termina, se transforma. Ahí donde tú ves fracaso, Dios ve posibilidad. Ahí donde tú ves culpa, Dios ve redención.
Ahí donde tú ves un final, Dios abre un comienzo. Pero hay un paso que solo tú puedes dar, dejarte perdonar.
Suelta esa carga. Déjate de castigarte. Cree —aunque cueste— que el amor de Dios es más grande. Porque a veces Dios ya ha perdonado, pero nosotros seguimos abrazando la culpa.
Hoy el Señor te dice: “Entrégamela, no cargues solo, yo ya la llevé por ti”. Si hoy te atreves, si hoy abres el corazón, si hoy dejas caer esa defensa, descubrirás algo que puede hacerte llorar de verdad: que aun con todo, con todo lo que eres con todo lo que has vivido, Él te ama.
Y entonces, desde lo más profundo de tu alma, brota la verdad que lo cambia todo: “Me amó y se entregó por mí.” Por mí, así como soy. Y ahí, en ese momento, la culpa deja de ser una cadena y se convierte en una puerta. Una puerta a la misericordia. Una puerta a la libertad. Una puerta a una vida nueva. Y el corazón, tocado por ese amor, solo puede decir: Nadie, nadie, me ha amado como Él. Jesús no está en la Cruz para condenarte, está para salvarte.
No está para recordarte tu pasado, está para abrirte un futuro. Escucha su voz desde la Cruz: “Padre, perdónalos. Y en ese “perdónalos”, estás tú.
Hoy puedes soltar esa carga. Hoy puedes empezar de nuevo. Hoy puedes creer —aunque te cueste aceptar — que Dios te ama tal como estás.
Mira sus manos abiertas… abiertas para abrazarte. Mira su costado abierto… fuente de misericordia. Mira su rostro… herido, pero lleno de ternura.
Deja que Él te mire. Porque en esa mirada no hay juicio, no hay reproche, no hay rechazo. Hay amor. Y tal vez hoy, en el silencio de esta celebración o en la intimidad de tu casa, algo se mueve dentro de ti.
Tal vez brotan lágrimas, tal vez sientes que tu corazón se abre. No lo detengas. Porque eso es Dios tocando tu vida. Eso es Dios sanando tu historia. Eso es Dios recordándote la verdad más grande: “Me amó… y se entregó por mí”. Y cuando esa verdad entra en el corazón, todo cambia. Se rompen las cadenas de la culpa. Se debilitan los miedos. Se abre la esperanza. Y el alma solo puede proclamar: Nadie me ha amado como Él.
En este Año Jubilar que estamos viviendo como Iglesia Arquidiocesana, hoy se nos concede una gracia especial: la Bendición Papal con Indulgencia Plenaria.
Esta indulgencia podrá ser recibida por todos los fieles que participan en esta celebración —ya sea aquí presentes, o unidos a través de los medios de comunicación, o incluso quienes participan con fe en las procesiones— siempre que, con corazón arrepentido y movidos por la caridad, tengan la disposición de cumplir las condiciones acostumbradas: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre.
Y aquellos que, por una causa justa, no puedan cumplirlas en este momento, podrán recibir igualmente esta gracia, con tal de que tengan el firme propósito de hacerlo cuando les sea posible.
Es un regalo inmenso. Es la ternura de Dios que nos alcanza. Es una oportunidad para comenzar de nuevo.
Y antes de concluir, recordemos también el gesto concreto de este día: la colecta por Tierra Santa. Hoy, esa tierra donde Jesús vivió, murió y resucitó, sufre. Hoy más que nunca necesita de nuestra oración y de nuestra solidaridad. Que nuestra generosidad sea un signo concreto de comunión con los cristianos que allí perseveran en medio de la dificultad.
Y ahora, hermanos, al acercarnos a adorar la Cruz, hagámoslo no como un gesto exterior, sino como un acto profundo del alma.
Señor Jesús, aquí estoy, con mi vida, con mis heridas, con mis pecados, con mis luchas y mis cansancios. No tengo nada que ocultarte, porque Tú ya lo conoces todo, y aun así me amas. Hoy, al besar tu Cruz, quiero dejar en ella mi culpa, mi miedo, mi dolor, mi historia y recibir de Ti tu amor, tu perdón y tu paz. Abrázame, Señor, en lo más hondo de mi ser… sana lo que duele, levanta lo que está caído, ilumina lo que está oscuro. Que al contemplarte crucificado comprenda, por fin, cuánto valgo para Ti, que no soy un error, que no estoy perdido, que no estoy solo… porque Tú diste la vida por mí.
Y si hoy mis ojos se llenan de lágrimas, que sean lágrimas de un corazón que por fin se sabe amado, porque ahora lo entiendo… ahora lo siento, ahora lo creo que nadie, nadie me ha amado como Tú. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ



