HOMILÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR MONS. DAGOBERTO CAMPOS SALAS, NUNCIO APOSTÓLICO

HOMILÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR EL MINISTERIO DE MONS. DAGOBERTO CAMPOS SALAS, NUNCIO APOSTÓLICO EN PANAMÁ
Catedral Basílica Santa María la Antigua, sábado 6 de junio de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Nos hemos reunido hoy para dar gracias a Dios por el ministerio que Mons. Dagoberto Campos Salas que ha ejercido entre nosotros como Nuncio Apostólico de Su Santidad en Panamá.
Toda despedida suscita sentimientos encontrados. Por una parte, la alegría de contemplar una misión cumplida con generosidad; por otra, la nostalgia que produce la partida de quien ha compartido con nosotros un tramo importante del camino eclesial. Sin embargo, la Iglesia nos enseña a vivir estos momentos desde la fe, y la fe nos invita siempre a mirar más allá de las emociones del instante para descubrir la acción providente de Dios en la historia.
Hoy no nos reunimos simplemente para despedir a una persona. Nos reunimos para agradecer un servicio. Un servicio que, por su propia naturaleza, está marcado por la disponibilidad, el desprendimiento y la obediencia.
La figura del Nuncio Apostólico es una de las expresiones más bellas de la catolicidad de la Iglesia. Su presencia nos recuerda que no caminamos solos, que no somos una Iglesia aislada, sino parte de una gran familia extendida por toda la tierra y unida alrededor del Sucesor de Pedro.
Cuando un Nuncio llega a una nación, llega trayendo consigo la cercanía del Papa. Y cuando visita una diócesis, una parroquia o una comunidad, el pueblo percibe que la solicitud pastoral del Santo Padre alcanza también a esa porción concreta del Pueblo de Dios.
Por eso, querido Mons. Dagoberto, queremos agradecerle haber sido entre nosotros signo visible de esa comunión eclesial.
Gracias por haber representado dignamente al Santo Padre. Gracias por su cercanía con los obispos de Panamá. Gracias por su acompañamiento a los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas. Gracias por su atención a los seminaristas y a los fieles laicos. Gracias por su presencia en momentos importantes de la vida nacional y eclesial.
La misión diplomática de la Santa Sede posee características muy particulares. No busca intereses económicos ni ventajas políticas. Su finalidad principal es servir a la dignidad de la persona humana, promover la paz, defender la libertad religiosa y fortalecer la comunión de la Iglesia.
Por ello, detrás del trabajo muchas veces silencioso de un Nuncio, existe una inmensa labor de escucha, discernimiento, diálogo y construcción de puentes.
Y precisamente en un mundo marcado por divisiones y polarizaciones, la Iglesia necesita hombres capaces de tender puentes y no de levantar muros.
La palabra “pontífice” significa precisamente eso: constructor de puentes. Y de alguna manera el Nuncio participa de esa misión del Papa, ayudando a estrechar vínculos entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal.
Pero hay otro aspecto que hoy merece nuestra reflexión. La vida de un Nuncio Apostólico es profundamente itinerante.
Quizás pocas vocaciones dentro de la Iglesia expresan tan claramente las palabras de Jesús: “Estén preparados”.
Un Nuncio vive con las maletas listas. Aprende a amar pueblos, culturas y comunidades sabiendo que un día deberá partir.
Aprende a sembrar sin apropiarse de la cosecha. Aprende a servir sin aferrarse a los cargos ni a los lugares.
Es una hermosa escuela de libertad evangélica. Nos recuerda que la Iglesia es siempre peregrina. Que nadie es dueño de la misión. Que todos somos servidores temporales de una obra que pertenece únicamente a Dios.
Pienso en los grandes misioneros que evangelizaron estas tierras. Muchos llegaron sin saber si volverían a ver su patria. Vinieron movidos únicamente por el Evangelio. Dejaron familia, cultura y seguridades para anunciar a Cristo.
De alguna manera, la misión de un representante pontificio conserva algo de ese espíritu misionero. Se trata de estar disponible para partir cuando la Iglesia lo solicite y para comenzar nuevamente allí donde la obediencia lo indique.
Querido Mons. Dagoberto:
Sabemos que detrás de cada traslado existen despedidas silenciosas, afectos que quedan y amistades que se conservan en el corazón.
Panamá ha sido parte de su historia y usted ya forma parte de la nuestra. En estos años no se limitó a ejercer una misión diplomática desde una oficina. Recorrió nuestro país, conoció sus comunidades y compartió la vida de nuestra gente. Desde Darién hasta Chiriquí, pasando por nuestras ciudades, pueblos, costas, montañas y territorios, pudo encontrarse con la riqueza humana y espiritual que caracteriza a Panamá.
Ha conocido la diversidad étnica y cultural que da identidad a nuestra nación. Ha compartido con pueblos indígenas, afrodescendientes, campesinos, pescadores, jóvenes, familias, consagrados y agentes pastorales. Ha sido testigo de la fe sencilla de nuestro pueblo, esa fe que se expresa en las parroquias, en las capillas, en las peregrinaciones, en las fiestas patronales, en las procesiones y en las múltiples manifestaciones de religiosidad popular que mantienen viva la esperanza de nuestras comunidades.
También ha conocido los rostros concretos de nuestra Iglesia. Los nombres, las historias y los esfuerzos de tantas personas que, muchas veces en el anonimato, sostienen la misión evangelizadora en cada rincón del país. Ha compartido con obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos que entregan su vida al servicio del Evangelio. Ha escuchado las alegrías y preocupaciones de nuestro pueblo y ha acompañado momentos significativos de la vida eclesial y nacional.
Por eso podemos decir que no fue simplemente un visitante entre nosotros. Se hizo cercano a nuestra realidad, aprendió a querer a nuestro pueblo y supo caminar con respeto y afecto entre nuestras comunidades. En cada diócesis, en cada encuentro y en cada celebración dejó la huella de una presencia serena, fraterna y pastoral, que ayudó a fortalecer los vínculos de comunión entre la Iglesia en Panamá y el Santo Padre.
Por ello hoy queremos decirle, con sencillez pero con profunda sinceridad: gracias. Gracias por haber caminado con nosotros. Gracias por haber compartido nuestras alegrías y preocupaciones. Gracias por haber sido signo de la cercanía del Papa. Gracias por haber servido a la Iglesia con fidelidad.
Y mientras se prepara para una nueva misión, elevamos nuestra oración al Señor.
Que el Buen Pastor continúe guiando sus pasos. Que el Espíritu Santo ilumine cada una de sus decisiones. Que nunca le falte la alegría de servir.
Que María Santísima, Santa María la Antigua, Madre y Patrona de Panamá, lo acompañe y proteja en cada etapa de su ministerio.
Querido Mons. Dagoberto, esta siempre será su casa. Aquí deja hermanos que lo estiman, una Iglesia que agradece su servicio y un pueblo que seguirá rezando por usted. Que Dios lo bendiga abundantemente y haga fecunda la nueva misión que la Iglesia le confía. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ



