HOMILÍA XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Misa por Venezuela

HOMILÍA XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Misa por Venezuela

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA
Catedral Basílica Santa María la Antigua, domingo 5 de julio 2026

«Vengan a mí todos los que están cansados
y agobiados, y Yo los aliviaré» (Mt 11,28).

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy el Señor nos reúne alrededor de su altar para celebrar la Eucaristía, sacramento de la esperanza y de la comunión.

Pero esta no es una celebración cualquiera. Venimos con el corazón profundamente conmovido por el sufrimiento de un pueblo hermano.

Esta Santa Misa la ofrecemos de manera especial por las víctimas del reciente terremoto que ha golpeado a Venezuela; por quienes han perdido la vida, por sus familias, por los heridos, por quienes han visto desaparecer en pocos segundos el fruto de toda una vida y por todos los que, con admirable generosidad, trabajan sin descanso para rescatar vidas, aliviar el sufrimiento y reconstruir la esperanza.

Al mismo tiempo, queremos elevar nuestra oración por toda Venezuela, una nación que desde hace años ha conocido el peso de la prueba, pero que continúa caminando sostenida por una esperanza que nadie ha logrado apagar.

Saludo con profundo afecto a todos los hermanos venezolanos presentes en esta Catedral Basílica Santa María la Antigua y a quienes nos siguen desde sus hogares por la televisión, la radio y las plataformas digitales, tanto en Panamá como en Venezuela y en tantos países donde la vida los ha llevado.

Saludo también, con respeto y cercanía, a la señora María Corina Machado, asegurándole nuestra oración para que el Señor la ilumine, la fortalezca y la sostenga en la responsabilidad que ha asumido al servicio de su pueblo.

Expreso igualmente mi saludo a la expresidenta de la República de Panamá, doña Mireya Moscoso, cuya presencia manifiesta los lazos de amistad y solidaridad que unen a Panamá y Venezuela.

Mi saludo llega también a nuestros adultos mayores, a los enfermos, a quienes están privados de libertad y a todas las familias que participan espiritualmente en esta celebración.

Al comenzar esta homilía quisiera pedirles algo, especialmente a ustedes, queridos hermanos venezolanos. Por un instante dejen a un lado las preocupaciones, las noticias que tantas veces llenan de incertidumbre el corazón, las lágrimas que quizá solo Dios conoce y el cansancio acumulado durante estos años. Escuchen únicamente la voz de Jesús. Imaginen que Él se acerca hasta donde ustedes están, los mira con la ternura de un Padre que conoce la historia de cada uno y les dice personalmente: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y Yo los aliviaré».

Estoy convencido de que hoy este Evangelio fue escrito para ustedes, para tantas familias venezolanas y también para todos aquellos que, de una u otra manera, llevan una pesada carga sobre sus hombros.

Jesús no pregunta de dónde venimos, cuál es nuestro pasaporte, si tienes visa, o cuál ha sido nuestra historia, cuántas veces hemos caído.

No pregunta por nuestra condición social, ni por nuestras ideas, ni por nuestras heridas. Él simplemente abre los brazos y nos invita a acercarnos. Esa es la grandeza de Dios: antes de pedirnos algo, nos ofrece descanso; antes de exigirnos, nos abraza; antes de hablarnos de la cruz, nos promete caminar con nosotros.

Cuando escucho estas palabras del Señor, no puedo dejar de pensar en los miles de venezolanos que he tenido la gracia de encontrar en estos años.

Pienso en quienes llegaron a Panamá dejando atrás su hogar, sus padres, sus hijos, sus amigos, sus recuerdos y, muchas veces, parte de su propia historia. Pienso en quienes tuvieron que comenzar de nuevo, aceptando trabajos muy distintos a los que desempeñaban en su país.

Pienso en tantas madres que viven con el corazón dividido entre los hijos que están aquí y los que permanecen en Venezuela. Pienso en los abuelos que sueñan con volver a abrazar a sus nietos. Pienso en tantos jóvenes que siguen creyendo que un futuro mejor es posible.
Solo quien ha tenido que abandonar su tierra sabe cuánto pesa la nostalgia. Solo quien ha vivido la experiencia de la migración comprende que existe un cansancio que no se ve en el rostro, pero que se lleva profundamente en el alma.

Precisamente a ese cansancio se dirige hoy Jesús. Él no promete que desaparecerán de inmediato todas las dificultades, pero sí promete algo mucho más grande: Que nadie tendrá que cargar solo con ellas.

El Señor no elimina mágicamente nuestras cruces; se coloca debajo de ellas para llevarlas con nosotros. Esa es la diferencia del Evangelio. Cristo no contempla el sufrimiento desde lejos; entra en él, lo comparte y lo transforma desde dentro.

Por eso sus palabras son un verdadero bálsamo para quien ha perdido las fuerzas, para quien siente que ya no puede más, para quien ha pasado noches enteras preguntándose cuándo llegará un tiempo mejor.

Hace unos días en la misa de acción de gracias por la canonización del doctor José Gregorio Hernández y de la madre Carmen Rendiles expresé una frase que hoy deseo repetir con profunda convicción, porque brota de lo que he visto en tantos rostros, de lo que he escuchado en tantas historias y, sobre todo, de la fe que compartimos: A Venezuela le han podido quitar – robar – muchas cosas durante estos años, pero no le han podido quitar su esperanza.

Han sido años en los que muchas familias han conocido el dolor de la separación; años en los que innumerables personas han tenido que dejar su tierra, empezar de nuevo y reconstruir su vida paso a paso. Han sido años de incertidumbre, de lágrimas silenciosas, de sacrificios que pocas veces se conocen y de largas esperas. Pero hay algo que ninguna dificultad ha logrado destruir y es la confianza profunda de un pueblo que sigue creyendo que Dios no abandona a sus hijos.

Y esa esperanza no nace simplemente del carácter fuerte del pueblo venezolano, ni de su admirable capacidad de resistir. Su raíz más profunda está en Dios. Es la esperanza de Abraham, que siguió creyendo cuando todo parecía imposible; la esperanza del pueblo de Israel, que caminó por el desierto sin dejar de confiar en la promesa; la esperanza de María al pie de la cruz, cuando humanamente todo parecía perdido; la esperanza que brota del sepulcro vacío, donde Cristo venció definitivamente el pecado, el sufrimiento y la muerte.
Por eso la esperanza cristiana nunca es una ilusión ingenua ni un optimismo pasajero. Es creer que el Señor puede abrir caminos donde nosotros solo vemos muros, hacer brotar vida donde parece haber muerte y devolver la alegría donde el dolor parecía haberlo ocupado todo.

Queridos hermanos venezolanos, no permitan que nadie les robe esa esperanza. No permitan que el cansancio se convierta en resignación, ni que las heridas apaguen sus sueños.

Ustedes son un pueblo de profunda fe, de familias trabajadoras, de hombres y mujeres que han sabido levantarse una y otra vez con una admirable dignidad. Allí donde hay un venezolano que trabaja honradamente, que educa a sus hijos, que comparte el pan con quien tiene menos, que no deja de rezar y que sigue creyendo en un futuro mejor, allí la esperanza de Venezuela permanece viva.

La Iglesia cree en ustedes. Panamá cree en ustedes. Y, sobre todo, Cristo cree en ustedes. Por eso hoy vuelve a repetirles las palabras del Evangelio: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y Yo los aliviaré.» Es como si les dijera: «No pierdan el ánimo. No caminen solos. Déjenme cargar con ustedes el peso de este momento. Yo seguiré sosteniendo su esperanza hasta que vuelva a florecer la alegría».

Queridos hermanos venezolanos, permítanme decirles algo en nombre de esta Iglesia Arquidiocesana de Panamá: esta también es su casa. No queremos que se sientan simplemente acogidos; queremos que se sientan familia. La Iglesia no conoce extranjeros, porque en Cristo todos somos hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros.

Cuando ustedes lloran, nosotros lloramos con ustedes; cuando ustedes esperan, nosotros esperamos con ustedes; cuando ustedes rezan por Venezuela, toda esta Iglesia reza también por Venezuela.

Hoy nuestra oración abraza igualmente a quienes sufren las consecuencias del terremoto. Sabemos que cuando la tierra tiembla no solo se derrumban edificios; también se tambalean muchas seguridades humanas. Sin embargo, hay un lugar que nunca se derrumba: el corazón de Cristo.

Allí encuentran refugio quienes han perdido un ser querido, quienes han quedado sin hogar, quienes sienten miedo ante el futuro. Allí encuentran consuelo quienes, aun en medio de las lágrimas, descubren que Dios continúa caminando con ellos.
Pero el Señor no quiere que su consuelo termine únicamente en una emoción pasajera. Él quiere que quienes hemos escuchado su Palabra nos convirtamos en instrumentos de su misericordia.

Por eso, nuestra solidaridad debe traducirse en gestos concretos. Las colectas que realizaremos este domingo en todas las iglesias del país serán canalizadas a través de Cáritas Nacional Panamá, en comunión con Cáritas Venezuela, para que esa ayuda llegue con transparencia y prontitud a quienes más la necesitan. Cada aporte será una manera de decirle a una familia que no está sola; será un signo visible de que el amor de Cristo sigue actuando a través de su Iglesia.

Dentro de unos momentos nos acercaremos al altar para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. En esta mesa desaparecen todas las fronteras. Aquí no hay panameños ni venezolanos; aquí hay hijos e hijas de Dios reunidos alrededor del mismo Pan de Vida. La Eucaristía nos recuerda que somos una sola familia y que el sufrimiento de uno debe convertirse en el sufrimiento de todos. Solo así construiremos una Iglesia verdaderamente sinodal, donde nadie camine solo y donde cada hermano encuentre un lugar para descansar el peso de su vida.

Pidamos finalmente a Nuestra Señora de Coromoto, Madre del pueblo venezolano, y a Santa María la Antigua, Patrona de Panamá, que unan bajo su manto a nuestras dos naciones. Que ellas sostengan a quienes hoy lloran, fortalezcan a quienes trabajan por el bien común, consuelen a las víctimas del terremoto y mantengan viva la esperanza de todo un pueblo. Y que nosotros nunca olvidemos que cada vez que escuchamos a Jesús decir: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y Yo los aliviaré», Él nos está invitando no solo a descansar en su corazón, sino también a convertir nuestro corazón en un lugar de descanso para los demás. Amén.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 


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