Homilía Ascensión del Señor / Jornada Mundial de las comunicaciones Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA

Catedral Basília Santa María de la Antigua, 17 de mayo 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos una de las solemnidades más hermosas y profundas de nuestra fe, la Ascensión del Señor. Y, al mismo tiempo, celebramos también la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, convocada por el Papa León XIV bajo el lema “Custodiar voces y rostros humanos”. Dos acontecimientos que, lejos de estar separados, se iluminan mutuamente.
Porque la Ascensión no es la ausencia de Cristo. No es un Jesús que se aleja y abandona a los suyos. Es, por el contrario, la plenitud de su presencia. Jesús asciende al Padre llevando consigo nuestra humanidad, abriendo para nosotros el camino del cielo y permaneciendo para siempre junto a su Iglesia. Por eso sus últimas palabras no son de despedida, sino de promesa. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
Cristo ya no está limitado por un lugar geográfico. Ya no está solamente en Galilea o Jerusalén. Ahora está presente en cada altar donde se celebra la Eucaristía, en cada enfermo que sufre, en cada pobre que espera una mano solidaria, en cada comunidad que se reúne en su nombre y en cada corazón que lo busca sinceramente.
Y esto tiene una enorme importancia para nosotros, especialmente en una sociedad como la nuestra, donde muchas veces pareciera que Dios ha sido expulsado de la vida pública, donde el ruido, la violencia, el individualismo y la superficialidad intentan convencernos de que Cristo está ausente. Pero no. Cristo sigue caminando con su pueblo. Sigue presente en Panamá. Sigue presente en nuestros barrios, en nuestras comunidades y en nuestras familias, aun en medio de las heridas y dificultades que vivimos como nación.
La Ascensión del Señor también nos recuerda algo fundamental. Los discípulos no podían quedarse mirando al cielo. Los ángeles les dicen “¿Qué hacen allí mirando?”. Es decir, no se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No vivan encerrados. Vayan al mundo. Sean testigos.
La Iglesia nace como una Iglesia enviada. Y eso es muy importante repetirlo hoy. La Iglesia no existe para mirarse a sí misma. Existe para anunciar a Cristo. Existe para salir al encuentro del hombre herido. Existe para comunicar esperanza. Y aquí la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales adquiere un sentido profundamente actual.
Vivimos en el tiempo de la hipercomunicación. Nunca habíamos tenido tantos medios, tantas plataformas, tantas redes y tantas posibilidades de comunicar. Y, sin embargo, muchas veces tenemos menos capacidad de escucharnos. Hay mucha información, pero poca verdad. Mucha conexión digital, pero mucha soledad humana. Mucha opinión, pero poco diálogo.
También en Panamá vivimos esta realidad. Basta mirar nuestras redes sociales, donde tantas veces la agresividad, la descalificación, el insulto y el odio terminan imponiéndose. Qué fácil se ha vuelto destruir la dignidad de una persona desde un celular. Qué rápido se viraliza la mentira. Qué fácilmente se manipula la verdad. Qué peligroso es cuando la comunicación deja de construir puentes y comienza a levantar muros. Y eso debe interpelarnos profundamente como cristianos.
El Papa León XIV nos recuerda en esta jornada que comunicar no puede reducirse a producir mensajes rápidos o contenidos vacíos. Comunicar debe convertirse en un camino para generar encuentro, humanidad y esperanza.
No podemos confundir empatía o popularidad con la vulgaridad, la descalificación o el insulto. Somos más que eso como pueblo. Hay palabras que destruyen, contenidos que hieren y mensajes que terminan debilitando la formación humana, la convivencia social y la identidad del ser panameño. Ese es un tema que debe preocuparnos profundamente como sociedad.
Por eso estamos llamados a comunicar con verdad, dignidad y responsabilidad, recordando que un cristiano jamás puede convertirse en propagador de odio, mentira o humillación. Panamá necesita medios, comunicadores y ciudadanos capaces de construir puentes y no muros. Personas capaces de defender la verdad sin destruir al otro. Ese debería ser uno de los grandes titulares de nuestro tiempo. La verdad no puede separarse nunca de la dignidad humana.
Porque el Evangelio nos recuerda que comunicar no es simplemente transmitir datos o imponer ideas. Comunicar es revelar humanidad. Comunicar es acercar corazones. Comunicar es hacer presente la verdad con caridad.
Jesucristo fue el gran comunicador del Padre. Él no comunicó desde el poder ni desde la manipulación. Comunicó desde el amor, desde la cercanía, desde la verdad que libera. Miraba a las personas a los ojos. Escuchaba. Tocaba heridas. Levantaba caídos. Devolvía dignidad. Y esa debe ser también nuestra forma de comunicar.
Hoy quisiera agradecer particularmente a tantos hombres y mujeres de los medios de comunicación social de nuestro país. Periodistas, camarógrafos, productores, locutores, fotógrafos, comunicadoras digitales, técnicos y trabajadores de radio, televisión y prensa escrita, muchos de ellos presentes silenciosamente en los grandes acontecimientos de nuestra Iglesia y de nuestra nación.
Gracias porque, cuando ejercen su misión con honestidad y responsabilidad, ustedes prestan un verdadero servicio al bien común. Su servicio debe ser más visibilizado, porque son comunicadores valientes, éticos y profundamente humanos. Ahora más que nunca, cuando hay desconfianza y falta de credibilidad, necesitamos periodistas que no se vendan al sensacionalismo ni a la manipulación; medios que no alimenten la polarización ni el odio; necesitamos voces capaces de defender la verdad, la dignidad humana y la esperanza de nuestro pueblo. Ese es otro gran desafío que hoy debemos asumir con valentía.
Y también nosotros, como Iglesia, tenemos un enorme desafío. No basta estar en redes sociales. No basta transmitir celebraciones. Estamos llamados a comunicar humanidad. A comunicar cercanía. A comunicar el Evangelio con un lenguaje que toque el corazón de las personas.
Porque hay muchos panameños que hoy viven cansados, desanimados, golpeados por la situación económica, por la incertidumbre, por la violencia, por la corrupción, por el desempleo y por las divisiones sociales. Hay jóvenes que sienten que no tienen futuro. Hay familias heridas. Hay ancianos que se sienten solos. Hay personas que ya no creen en nadie.
Y precisamente allí la Iglesia tiene una misión irrenunciable. Comunicar esperanza. No una esperanza ingenua o superficial, sino la esperanza que nace de Cristo Resucitado. La esperanza que nos dice que el mal no tiene la última palabra. Que nos exhorta a reconstruir la confianza. Que nos dice que todavía es posible sanar heridas. Que todavía podemos reencontrarnos como nación.
Hoy quisiera también hacer un llamado concreto a la responsabilidad y al cuidado de la vida, especialmente en este momento en que las autoridades de salud nos alertan sobre el riesgo del sarampión y otras enfermedades prevenibles.
Cuidar la salud también es un acto de amor al prójimo. Vacunarnos y vacunar a nuestros hijos no debe verse únicamente como una decisión personal, sino como una responsabilidad moral y social. Cuando protegemos nuestra salud, protegemos también a los más vulnerables, a los niños pequeños, a los ancianos y a quienes tienen enfermedades delicadas.
No podemos dejarnos llevar por rumores, miedos infundados o mensajes irresponsables que ponen en riesgo la vida de otros. La ciencia y la medicina, cuando están verdaderamente al servicio de la persona humana, son también instrumentos que Dios permite para cuidar y preservar la vida.
Hago un llamado a nuestras familias panameñas para que acudamos a vacunarnos, revisemos los esquemas de vacunación de nuestros hijos y colaboremos con las campañas de prevención. No esperemos que el problema llegue a nuestras casas para actuar.
La fe nunca debe alejarnos de la responsabilidad. Al contrario, quien ama protege. Quien cree cuida. Quien sigue a Cristo defiende la vida. Porque toda vida humana es sagrada y merece ser protegida con seriedad, solidaridad y compromiso.
La Ascensión nos deja una misión inmensa. Cristo asciende al cielo, pero deja sus manos en nuestras manos, su voz en nuestra voz y su corazón en nuestro corazón. Ahora somos nosotros quienes debemos continuar anunciando el Evangelio en medio del mundo.
Finalmente, aprovecho la ocasión para agradecer y animar a todos los que sostienen la misión de nuestros medios católicos. Los obispos panameños, hemos establecido que la segunda colecta de este domingo es una oportunidad concreta para apoyar esta tarea evangelizadora que realizan todos nuestros medios católicos a nivel nacional, espacios de comunicación de la Iglesia, que siguen llevando una palabra de esperanza, formación y orientación a miles de hogares panameños. Porque evangelizar también es comunicar, y comunicar con el corazón es parte esencial de la misión de la Iglesia.
Que Santa María la Antigua, mujer del silencio fecundo y de la escucha profunda, nos enseñe a comunicar como Jesús, con verdad, con ternura y con esperanza.
Y que Cristo Ascendido a los cielos nos conceda la gracia de ser, en medio de nuestro pueblo panameño, auténticos comunicadores del Evangelio de la vida. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ
HOMILIA DIA DE LA ASCENSION DEL SEÑOR
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