HOMILÍA IV DOMINGO DE CUARESMA

HOMILÍA IV DOMINGO DE CUARESMA

HOMILÍA IV DOMINGO DE CUARESMA
BENDICIÓN DE LA IMÁGENES DE LA SANTA CENA
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA
Catedral Basílica Santa María de La antigua, domingo 15 de marzo 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Queridos hermanos y hermanas, queridos televidentes que domingo tras domingo se unen a esta celebración desde sus hogares, desde un hospital, desde un centro de cuidado o desde algún lugar donde la vida los encuentra hoy. Reciban un saludo lleno de cercanía y de fe. Allí donde están, también están participando de este momento de gracia.

No estamos simplemente viendo una transmisión ni asistiendo a un acto más. Estamos participando de un encuentro con Cristo vivo. Él sale a nuestro encuentro en su Palabra, en la Eucaristía y en la vida de la Iglesia. Cada vez que celebramos la misa, el Señor vuelve a tocar nuestra historia concreta, nuestras alegrías y nuestras preocupaciones.

Tal vez algunos de ustedes siguen esta celebración con serenidad; otros lo hacen cargando preocupaciones, enfermedades, soledades o luchas interiores. Quizás hay familias que atraviesan dificultades económicas, jóvenes que buscan su camino, personas que se sienten cansadas por las tensiones que vive nuestra sociedad. La Palabra de Dios que hoy escuchamos también está dirigida a ustedes. Dios sabe dónde estamos, conoce nuestra historia y quiere encontrarse con cada uno allí donde se encuentra.

El Evangelio que acabamos de escuchar comienza con una escena muy sencilla y, al mismo tiempo, profundamente reveladora. Dice el texto que Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Jesús ve, Jesús se detiene, Jesús no pasa de largo. Ese gesto nos muestra el corazón de Dios. El Señor no es indiferente a la vida de las personas, no es indiferente al sufrimiento humano.

Aquel hombre había vivido toda su vida en la oscuridad. Había aprendido a vivir sin ver, a depender de los demás, a aceptar los límites de su condición. Sin embargo, Jesús se acerca a él, se inclina hacia la tierra, hace barro y lo coloca en sus ojos. Ese gesto tiene un significado muy profundo. El barro recuerda el momento de la creación, cuando Dios formó al ser humano del polvo de la tierra. Es como si Jesús estuviera recreando la mirada de aquel hombre, devolviéndole la posibilidad de ver la vida de una manera nueva.

Luego le dice que vaya a lavarse a la piscina de Siloé. El hombre obedece, se lava y vuelve viendo. Pero el Evangelio nos hace descubrir algo todavía más importante. A lo largo del relato se revela que la verdadera ceguera no estaba en aquel hombre, sino en quienes creían verlo todo. Los fariseos discuten, se cierran, se aferran a sus prejuicios. Mientras tanto, el hombre que había sido ciego va creciendo en su fe. Primero dice que quien lo curó se llama Jesús, luego afirma que es un profeta y finalmente, cuando Jesús se revela, responde con la palabra más profunda que puede pronunciar un creyente. Creo, Señor.

Este Evangelio nos invita hoy a mirar nuestra propia vida. Todos tenemos zonas de oscuridad, situaciones donde necesitamos que el Señor nos devuelva la vista. A veces necesitamos vernos a nosotros mismos con más humildad y verdad. Otras veces necesitamos aprender a mirar a los demás con misericordia, sin prejuicios ni dureza. Muchas veces necesitamos volver a descubrir la presencia de Dios en lo cotidiano, porque el ritmo de la vida nos distrae y terminamos caminando como si el Señor no estuviera.

También como sociedad podemos caer en ciertas cegueras. En nuestro país vemos con frecuencia tensiones, desconfianza, divisiones, el cansancio de la gente ante problemas que parecen repetirse. A veces perdemos la capacidad de mirarnos como hermanos. El Evangelio nos recuerda que Cristo quiere devolvernos una mirada nueva, una mirada capaz de reconocer la dignidad de cada persona y de reconstruir la esperanza.

En esta celebración vivimos también un momento muy significativo para nuestra comunidad. Hoy bendecimos el conjunto escultórico de la Última Cena que procesionará el próximo Jueves Santo. Esta obra no es solamente una pieza artística. Es una catequesis que nos habla del centro de nuestra fe.

El artista que la ha realizado, el escultor Jorge Domínguez Conde, natural de Córdoba, en Andalucía, ha puesto su talento y su sensibilidad creyente al servicio de este misterio. Para Panamá esta obra tiene un significado especial, porque es la tercera que realiza para nuestro país, después de haber creado también las imágenes de Jesús Nazareno y del Cristo Yacente.
La escena representada es uno de los momentos más decisivos de la historia cristiana. Es la institución de la Eucaristía. Jesús aparece en el centro, de pie, destacando que Él es el corazón de la escena y el centro de nuestra fe. Sus vestiduras blancas evocan la luz y la pureza de quien se entrega por amor.

Los apóstoles dirigen su atención hacia Él, conscientes de que están viviendo un momento único. Solo una figura rompe esa armonía. Judas aparece de espaldas, alejándose de la escena, recordándonos que el corazón humano siempre tiene la libertad de aceptar o rechazar el amor de Dios.

Hay detalles que hablan profundamente. Los apóstoles llevan sandalias inspiradas en las de aquella época, mientras que Jesús aparece descalzo, signo de humildad y cercanía con la humanidad. La ornamentación del paso incluye también símbolos eucarísticos y la figura del pelícano alimentando a sus crías, un antiguo símbolo cristiano que expresa el amor de Cristo que se entrega para dar vida a los suyos.

Pero estas imágenes no están hechas solo para ser admiradas. En la tradición de la Iglesia, las imágenes son una catequesis viva. Nos ayudan a contemplar el misterio que celebramos. Nos hablan sin palabras y nos conducen al corazón del Evangelio.

Cuando el próximo Jueves Santo este conjunto escultórico recorra las calles del Casco Antiguo, no será simplemente un evento cultural o una expresión de tradición. Será un anuncio del Evangelio que caminará entre nuestro pueblo. En medio de la noche, entre las calles llenas de fieles, volverá a aparecer ante nuestros ojos la mesa donde Cristo parte el pan y ofrece el cáliz de la nueva alianza.

Esa escena nos recuerda algo esencial. Dios nos ha amado hasta el extremo. En aquella mesa Jesús tomó el pan y dijo que era su cuerpo entregado por nosotros. Tomó el cáliz y dijo que era su sangre derramada por nuestra salvación. Cristo no solo habló de amor, sino que se entregó completamente.

Por eso la contemplación de esta Última Cena debe llevarnos a hacernos una pregunta muy personal. En qué lugar estoy yo en esa mesa. Estoy cerca de Jesús escuchando su palabra. Estoy distraído, indiferente. O poco a poco me voy alejando.

Cada vez que contemplamos esta escena debemos recordar que el Señor sigue invitándonos a su mesa. Sigue partiéndose como pan para nosotros y sigue repitiendo aquellas palabras que atraviesan los siglos. Hagan esto en memoria mía.

Que estas imágenes no solo recorran nuestras calles durante la Semana Santa. Que recorran también nuestro corazón. Que despierten nuestra fe, renueven nuestra esperanza y fortalezcan nuestro amor por la Eucaristía.

Y que quienes las contemplen, aquí en el templo o desde sus casas, sientan en lo profundo del corazón el deseo de acercarse más a Cristo, de caminar con Él y de vivir con mayor fidelidad el misterio de su amor.

En este tiempo, también estamos realizando la tradicional Campaña Cuaresmal de la Pastoral Social – Caritas; se han distribuido los sobres en las misas, para que entreguen su donación o aporte a las obras sociales que impactan positivamente a quienes más lo necesitan o los más vulnerables. Si no tiene el sobre retírelo en la oficina parroquial, es una hermosa oportunidad de lo que ayune lo destine a esta ofrenda cuaresmal.

Que el Señor bendiga su generosidad. Amén

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 


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