Viernes de Dolores el Casco Antiguo marcado por fe y mujeres panameñas al pie de la cruz

Viernes de Dolores el Casco Antiguo marcado por fe y mujeres panameñas al pie de la cruz

Este 27 de marzo, Viernes de Dolores, marca el fin del tiempo de Cuaresma, y se presenta como antesala a la Semana Santa. Día en que Iglesia universal acompaña a la Madre de Dios bajo la advocación de “Nuestra Señora de los Dolores” o “La Dolorosa” contemplando en sus sufrimientos y recordando sus siete dolores al pie de la cruz, durante la Pasión de su Hijo Jesucristo.

La celebración del Viernes de Dolores en el Casco Antiguo, inició con la Santa Eucaristía presidida por el arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A, en la Iglesia Nuestra Señora de la Merced. Durante su homilía expresó que “el dolor ofrecido a Dios nunca se pierde”, y señaló que esta celebración deja un mensaje claro y exigente para todos los creyentes, “que el amor verdadero implica entrega, la fe se prueba en el dolor y que no hay cristianismo sin cruces; y la Virgen Dolorosa es la mejor certeza es que en la cruz Jesús venció la muerte”.

El arzobispo ofreció esta Eucaristía por todas las madres panameñas, tanto físicas y espirituales, especialmente por aquellas que han perdido a sus hijos, para que, a ejemplo de María, poco a poco, encuentren en Dios consuelo y fortaleza y que la cercanía al Señor, sea el bálsamo que sane la ausencia.

Monseñor José Ulloa, destacó que el Viernes de Dolores es una invitación a hacer una pausa y entrar en silencio para poder contemplar ese misterio del dolor iluminado por la fe. “Contemplamos a Madre Dolorosa, y en ella descubrimos algo profundamente humano y divino, porque el dolor vivido con Dios no destruye, sino que nos transforma”, expresó.

Subrayó que el Viernes de Dolores, no es una celebración ajena a nuestra realidad, sino que tiene rostro panameño, en tantas madres que lloran por sus hijos, en quienes sufren por la violencia, las adicciones, la enfermedad o la falta de oportunidades; en el enfermo que sufre en silencio, en el anciano que se siente solo y en ese joven que busca darle sentido a su vida.

Otro aspecto que el arzobispo señaló es que vivimos en una sociedad que huye del dolor, lo esconde o lo anestesia; sin embargo, María enseña lo contrario, ella no huye, no se endurece, no se desespera, sino que permanece junto a su hijo con fe. Ese permanecer, afirmó, es una lección para todos los creyentes, pues mantenerse firme en el dolor sin perder la fe ni renunciar al amor convierte el sufrimiento en un camino de salvación.

Al contemplar los siete dolores de María, no solo recordamos esos momentos tristes del pasado, sino que entramos en la verdadera escuela de vida, donde vemos reflejados nuestros propios sufrimientos, como la incomprensión ante los caminos de Dios, el dolor de ver sufrir a quienes amamos, la impotencia ante la pérdida, ante todo María no pierde la fe, indicó monseñor Ulloa, tras la interrogante ¿qué hago yo con mi dolor?, me encierro, me lleno de resentimiento, me alejo de Dios o lo ofrezco, lo transformó así como hizo nuestra Madre Santísima.

“En estos días veremos procesiones, imágenes y expresiones populares, pero no son solo tradiciones; sino una catequesis viviente. Cada imagen nos habla y cada gesto es una llamada a la conversión. La virgen Dolorosa no es una figura decorativa, sino una proclamación silenciosa del Evangelio. No basta solo con ver y contemplar, hay dejarse transformar”, afirmó el arzobispo.

Dirigiéndose a quienes hacer posible la Semana Santa en el Casco Antiguo, monseñor Ulloa les recalcó que ningún costalero, cofradía o dama dolorosa, debería ser la misma persona después de este año 2026, pues no basta con participar, sino que es necesario aprender del silencio, la fortaleza y la fidelidad como María. “Que cada procesión sea un encuentro con Cristo, que cada imagen sea una llamada a la conversión y que cada dolor contemplado nos haga más humanos y creyentes” subrayó.

También aprovechó para agradecerles de ante mano por mantener viva una tradición que evangeliza, con su entrega, servicio, sacrificio y su amor silencioso, recalcó monseñor Ulloa, “ustedes no solo cargan imágenes, sino que están cargando la fe de un pueblo, hacen visible el Evangelio en nuestras calles empedradas del Casco Antiguo, en medio de una sociedad que muchas veces pierde el sentido de lo sagrado, son testigos, custodios y servidores de una fe viva, nunca olviden que su misión, es evangelizar”.

Finalizada la Eucaristía, a las 7:00 de la noche, las andas del “Cristo Redentor”, “La Virgen Dolorosa” y “Descendimiento” cargadas a hombros por costaleros y acompañadas por 300 Damas de la Dolorosa, partiendo desde la Iglesia Nuestra Señora de la Merced. La procesión fue guiada por la Cofradía del Cristo Redentor, Orden de Caballeros de Santiago, Orden de Malta, acompañadas por Monseñor Ulloa Mendieta y los frailes de la Orden de la Merced. Durante el recorrido, entre cada paso por las empedradas calles históricas, entrelazaron sus oraciones a través del Santo Rosario, pidiendo a la Buena Madre por todos aquellos que sufren a causa de la guerra, la enfermedad y las injusticias en el mundo. El arzobispo manifestó su cercanía pastoral, bendiciendo a niños, personas con condiciones especiales y saludando fraternalmente a los presentes.

Mientras la procesión avanzaba por las angostas calles, la voz de la cantautora católica panameña Ana De Watts, resonó desde uno de los balcones de la Plaza Catedral, con el tema “Aquí traigo mi tinaja”, generando un ambiente de profunda reflexión, silencio y oración entre los fieles panameños y extranjeros.

Entre el silencio, la contemplación, la oración y la luz de las velas, los fieles acompañaron a la Virgen Dolorosa, en su sufrimiento que nos recuerda que amar y tener fe como María es saber permanecer incluso cuando el corazón se rompe. La procesión fue acompañada por las bandas de música del Colegio José Daniel Crespo de Chitré; Escuela profesional Herrera Ovalada; el Servicio Nacional de Fronteras (SENAFRON), el Servicio de Protección Institucional (SPI) y Benemérito Cuerpo de Bomberos; cuyas melodías reforzaron el ambiente de recogimiento y devoción.

Así, el Viernes de Dolores se vivió como una manifestación profunda de fe, donde el pueblo, contemplando a María, reafirmó su esperanza en medio del dolor, con la certeza de que después de la cruz y el silencio, siempre nos llega la Resurrección.

Aprendamos como María que, ante el dolor, no gritó, pero su alma lloraba en silencio. En cada paso de su Hijo hacia la cruz era una herida que se abría en su corazón. No hubo clavos en sus manos… Sus ojos enjuagados en lágrimas no perdieron la fe, ella en medio del sufrimiento más grande siguió con su ‘Sí’ a Dios, aunque le costara todo. Amar como María es permanecer incluso cuando el corazón se rompe.

Panamá, 27 de marzo de 2026.


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