HOMILÍA II DOMINGO DE PASCUA (DIVINA MISERICORDIA) CITA EUCARÍSTICA 2026 Y ENVÍO MISIONERO – KERIGMA: “DIOS TE AMA”

HOMILÍA II DOMINGO DE PASCUA (DIVINA MISERICORDIA)
CITA EUCARÍSTICA 2026 Y ENVÍO MISIONERO – KERIGMA: “DIOS TE AMA
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, OSA
Catedral Basílica Santa María de la antigua, Domingo 12 de abril de 2026
Centenario de la Arquidiócesis: Cien años de comunión, misión y esperanza
Saludo con inmenso cariño a esta amada Iglesia que peregrina en Panamá; a quienes están aquí presentes, venidos de parroquias, comunidades y movimientos; y también a quienes nos siguen en sus hogares, en un hospital, un centro penitenciario, desde tantos lugares donde hoy esta celebración se convierte en consuelo, en compañía y en esperanza.
Dice el Salmo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. Y hoy lo proclamamos con el corazón lleno de gratitud, porque reconocemos que Dios ha caminado fielmente con esta Iglesia en Panamá a lo largo de cien años.
Hermanos y hermanas, hoy hemos sido convocados el Señor. Nos reúne su amor fiel, su gracia que ha sostenido a esta Iglesia en el tiempo y nos congrega como un solo pueblo en torno a su presencia. Desde aquí, como una sola voz, proclamamos con fe y con alegría: ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!
Esta Eucaristía es memoria agradecida, presencia viva y envío misionero. Es memoria, porque damos gracias por una historia fecunda, tejida por la fe, la entrega y el testimonio de tantos que nos precedieron. Es presencia, porque Cristo resucitado está en medio de nosotros, vivo y actuante, renovando a su Iglesia. Y es envío, porque una Iglesia que celebra la Eucaristía sin salir a la misión, se queda incompleta.
Nos unimos para celebrar la Eucaristía de manera pública y multitudinaria. Celebramos que la Iglesia está viva, que tiene una historia santa que agradecer, una memoria que honrar y una misión que asumir con renovado ardor.
Celebramos esta Cita Eucarística número 54, que durante este tiempo nos ha congregado como Iglesia para vernos, reconocernos y manifestar lo que somos: un solo pueblo, una sola fe, una sola misión. Este encuentro además de ser tradición es identidad, es comunión, es celebración, es envío.
Dos grandes júbilos nos reúnen y hacen vibrar nuestro corazón en estos días de gracia. Nos reúne la Pascua del Señor, fuente de la vida nueva, origen de la Iglesia en misión. Y nos reúne también el Centenario de esta Iglesia que peregrina en Panamá, proclamada hace cien años sede metropolitana, signo de madurez eclesial, de fecundidad apostólica y de la presencia fiel de Dios en esta tierra bendita.
VENIMOS DE CELEBRAR LA PASCUA
Llevamos ocho días contemplando el acontecimiento más hermoso y más decisivo de nuestra fe: la Resurrección de Jesucristo. Durante toda esta semana nos hemos dejado tocar por el testimonio de aquellos primeros discípulos. María Magdalena anunciando que el Señor está vivo. Pedro y Juan corriendo al sepulcro, viendo y creyendo. Los discípulos de Emaús reconociéndolo al partir el pan. Los discípulos encerrados, paralizados por el miedo, recibiendo la visita del Resucitado.
Y lo que más conmueve de todo esto es que la Resurrección no es una idea ni un consuelo pasajero. Es una experiencia tan profunda, tan real, tan transformadora, que cambia por completo nuestras vidas. Los discípulos pasaron del miedo a la alegría; del encierro al envío; de la tristeza al anuncio; de la duda al testimonio; de sentirse derrotados a saberse portadores de una esperanza invencible.
Y ese es también nuestro camino. Porque la Pascua es una fuerza viva; es una sacudida del alma. Es el poder de Dios entrando en nuestra historia para decirnos que el mal no tiene la última palabra, que la muerte no tiene la última palabra, que el pecado no tiene la última palabra, que la oscuridad no tiene la última palabra. Cristo vive; y porque Cristo vive, también nosotros podemos levantarnos, recomenzar y salir.
En este segundo domingo de Pascua, día del Señor, Domingo de la Divina Misericordia, acogemos tres regalos inmensos del Resucitado: Su paz, su Espíritu y su envío. Y esos tres dones no son solo para los discípulos de ayer. Son para nosotros, para esta Iglesia de hoy, para esta Panamá herida y esperanzada, para esta hora concreta de nuestra historia.
El Evangelio nos presenta a Jesús entrando en medio de los suyos, aun cuando las puertas estaban cerradas. Y eso ya es una proclamación poderosísima para nosotros. Porque cuando Cristo resucitado quiere entrar, no hay puerta cerrada que pueda detenerlo; no hay miedo demasiado fuerte; no hay herida demasiado profunda; no hay fracaso demasiado oscuro; no hay pecado demasiado grande; no hay noche demasiado larga para impedirle entrar al corazón del hombre y a la vida de la Iglesia.
Y lo primero que dice es: “Paz a ustedes”. ¡Qué palabra tan sencilla y qué palabra tan poderosa! No es un saludo de cortesía. No es una frase bonita. Es una palabra que sana. Es una palabra que libera. Es una palabra que toca el dolor, que calma el miedo, que levanta a los discípulos caídos por dentro. Y esa paz no llega sola. Jesús les muestra las manos y el costado. Les muestra sus llagas. Les deja ver que el Resucitado es el mismo Crucificado. El que murió es el que vive. El que cargó la cruz es el que ha vencido la muerte. El que fue herido es el que ahora trae la paz.
Y eso, también cambia nuestra mirada, porque nos revela que Dios no elimina mágicamente nuestras heridas, sino que puede transfigurarlas. Puede convertir lo que dolió en fuente de compasión. Puede hacer de las llagas una escuela de misericordia. Puede sacar vida donde parecía que solo quedaba derrota. Puede abrir futuro donde parecía que todo había terminado.
Pero Jesús no se queda solo en consolarnos. El Señor no vino a devolvernos la calma para dejarnos quietos. Vuelve a decir: “Paz a ustedes. Como el Padre me envió, así también los envío yo”. Aquí comienza el fuego de la misión. El primer saludo sana. El segundo moviliza. El primer saludo levanta. El segundo empuja. El primer saludo cura el corazón. El segundo abre los caminos.
Cristo resucitado no quiere una Iglesia encerrada en sus seguridades. No quiere discípulos cómodos. No quiere creyentes instalados. No quiere una fe reducida a lo privado. Él quiere una Iglesia que salga, que vaya, que toque, que escuche, que anuncie, que acompañe, que sane, que siembre sea esperanza en medio del sufrimiento del pueblo.
Esa es también la vocación de esta Iglesia centenaria. No celebrar cien años para mirarse a sí misma, sino celebrar cien años para volver a ponerse en camino. No hacer memoria solo para contemplar lo que fuimos, sino para renovar con valentía lo que estamos llamados a ser. Porque la Iglesia no existe para sí misma. La Iglesia existe para la misión. La Iglesia vive cuando sale. La Iglesia crece cuando se entrega. La Iglesia es fiel cuando se hace cercana, servidora, samaritana y misionera.
La paz que Jesús nos da no es ausencia de problemas. No es comodidad. No es evasión. Es la fuerza del amor que venció el odio. Es el perdón que derrota la venganza. Es la misericordia que desarma la dureza del corazón. Es la bondad que resiste en medio de tanta maldad. Es la certeza de que el amor de Dios sigue siendo más fuerte que todas las heridas del mundo.
Y cuánto necesita Panamá esa paz. La necesitan nuestras familias; la necesitan nuestros jóvenes; la necesitan nuestros barrios; la necesitan quienes viven sin empleo, quienes viven con miedo, quienes arrastran heridas invisibles, quienes sienten que la vida les ha golpeado demasiado, quienes creen que ya nadie los mira con dignidad. Panamá necesita la paz de Cristo. No una paz superficial, sino una paz nacida del Evangelio, una paz que transforma la vida, una paz que pasa por la verdad, la justicia, el perdón y la reconciliación.
Luego Jesús sopla sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Ese soplo nos remite al Génesis. Así como Dios sopló sobre el barro y le dio vida al hombre, ahora Cristo resucitado sopla sobre sus discípulos para recrearlos, para reanimarlos, para renovarlos desde dentro. La Pascua no solo consuela; la Pascua recrea. La Pascua no solo emociona; la Pascua transforma. La Pascua no solo se celebra; la Pascua se encarna.
Entonces uno se pregunta: ¿Por qué seguir a puertas cerradas? ¿Por qué seguir viviendo como si Cristo no hubiera resucitado? ¿Por qué seguir vencidos por el miedo, la rutina, el desaliento o la resignación?
Él está vivo. Y si Él está vivo, entonces la Iglesia no puede vivir apagada. Si Él está vivo, entonces nuestras comunidades no pueden resignarse a la monotonía. Si Él está vivo, entonces Panamá no puede perder la esperanza.
Nuevo comienzo en la Iglesia Arquidiocesana
Por ello, con la apertura del Año Jubilar por los 100 años de elevación de diócesis a Arquidiócesis, realizada el 31 de marzo, esta celebración la vemos como un punto de partida, un nuevo comienzo para nuestra Iglesia Arquidiocesana. No como una meta alcanzada, sino como un llamado a renovarnos, a dejarnos impulsar por el Espíritu para salir con mayor ardor misionero al encuentro de nuestro pueblo, especialmente de aquellos alejados y excluidos.
El jubileo, en la Sagrada Escritura, no es solamente mirar hacia atrás. Jubileo es memoria agradecida. Jubileo es reconocer que Dios ha estado presente, que Dios ha guiado, que Dios ha sostenido, que Dios ha abierto caminos.
Porque ha sido el Señor quien ha sostenido, guiado y acompañado a esta Iglesia desde el día de su fundación en el año 1513. Y a partir de esa fecha, la semilla del Evangelio sembrada por tantos misioneros germinó en esta Iglesia particular de Panamá. Dio frutos en la vida de nuestros pueblos, en la evangelización, en la educación, en la caridad, en la promoción humana, en el surgimiento de vocaciones laicales, sacerdotales y religiosas, en la defensa de la dignidad humana, en la cercanía con los más vulnerables. Sí, hay mucho que agradecer. Pero justamente porque agradecemos de verdad, no podemos detenernos.
La gratitud auténtica siempre se convierte en responsabilidad. Todos seremos una Iglesia en misión. Todos. No solo algunos. No solo los de siempre. No solo los que tienen un ministerio visible. Todos, porque todos hemos sido bautizados. Todos, porque todos hemos recibido una llamada. Todos, porque todos tenemos algo que ofrecer. Todos, porque nadie sobra en la Iglesia y nadie queda excluido del envío de Cristo.
Jubileo es descubrir que la historia no nos pertenece solo a nosotros, sino que ha sido atravesada por la gracia. Y cuando eso se comprende de verdad, entonces la fiesta deja de ser solo recuerdo y se convierte en envío, en salida, en misión.
Somos Pueblo santo de Dios. Somos pueblo bautizado. No somos una multitud dispersa ni una masa amorfa de personas reunidas por costumbre. Somos el Cuerpo vivo de Cristo. Somos una Iglesia concreta, visible, palpitante en la historia de Panamá. Somos herederos de una historia fecunda, marcada por la fe de tantos hombres y mujeres que nos precedieron, que sembraron, que lloraron, que sirvieron, que anunciaron, que esperaron contra toda esperanza.
Y hoy somos nosotros los responsables de escribir una nueva página. En consecuencia, el Jubileo tiene que hacernos tomar conciencia de quiénes somos y para qué existimos. Si, somos una Iglesia que ama a Dios, que ama a la Virgen Santa María la Antigua, que reconoce su historia sacramental, evangelizadora y misionera, pero que sabe también que necesita revitalizarse, renovarse, alimentarse más profundamente en la fe y sembrar con nuevo ardor la semilla del Evangelio en esta tierra istmeña, donde hace más de quinientos años asomó la cruz en el horizonte de nuestra historia.
Este centenario no puede quedarse en una conmemoración bonita. No puede reducirse a una fecha o a una ceremonia. Este centenario tiene que despertar el alma de nuestra Iglesia. Tiene que estremecer el corazón de este pueblo creyente.
Vamos a celebrarlo en misión; y ser Iglesia en misión significa aprender a ser fuente de amor donde falta vida y fuente de alegría donde se ha apagado la esperanza. Significa dejar atrás la monotonía pastoral, la repetición sin fruto, los esquemas que ya no tocan el corazón de nadie.
Significa resucitar nuestras parroquias, renovar nuestras comunidades, reavivar nuestra fe, embellecer el anuncio, salir con creatividad, con valentía y con pasión evangélica al encuentro de los que están lejos, de los que se han enfriado, de los que dudan, de los que sufren, de los que esperan una palabra que les devuelva el aliento.
Y esta misión comienza en lo concreto. Comienza en la casa, en la familia, en el trabajo. Comienza en la calle, en la comunidad. Comienza allí donde cada uno vive. Como nos enseñó nuestro querido y amado papa Francisco, aquí donde vivo, en la familia, en el trabajo, en mi comunidad, ¿promuevo la comunión?, ¿soy artífice de reconciliación?, ¿me comprometo a sembrar paz donde hay rencor, perdón donde hay herida, verdad donde hay manipulación, esperanza donde hay cansancio? Esa es la misión. Esa es la Pascua hecha vida.
Tocar y sanar hoy las llagas del Resucitado
Para esta misión necesitamos creyentes capaces de distinguir entre lo que humaniza y lo que destruye, entre lo que viene del Evangelio y lo que lo contradice; es también tocar las heridas del mundo para sanarlas.
No necesitamos meter la mano en el costado de Jesús como Tomás, porque hoy las heridas del Resucitado están delante de nosotros, aquí, en nuestra propia tierra, en las calles de Panamá, en nuestros barrios, en nuestras comunidades, en los rostros concretos de tantos hermanos que sufren y esperan.
Las llagas del Resucitado están en el pobre que lucha cada día por sobrevivir y siente que el futuro se le escapa de las manos. Están en tantas familias que viven entre estrecheces, haciendo milagros para llevar el pan a la mesa, cargando silenciosamente el peso de la incertidumbre. Están en los descartados de un sistema que con frecuencia valora más lo que se tiene que lo que se es.
Las llagas del Resucitado están en los jóvenes que han perdido la esperanza; en los muchachos que crecen sin oportunidades; en los que viven rodeados de mensajes vacíos, de violencia, de tentaciones, de caminos oscuros que les prometen salida, pero los hunden más. Están en el joven que ya no sueña, en el que se siente invisible, en el que no encuentra quién le tienda la mano, quién crea en él, quién le diga con verdad que su vida vale y que su historia puede renacer.
Las llagas del Resucitado están en las familias fracturadas, en hogares donde falta diálogo, donde las heridas del abandono y la violencia han dejado huellas profundas, donde el resentimiento se ha sentado a la mesa y ha apagado la alegría.
Están en los hijos que crecen sin la ternura necesaria, en los matrimonios golpeados por la indiferencia, en las casas donde se comparte techo, pero no siempre se comparte el corazón. Las llagas del Resucitado están en la mujer herida en su dignidad, tantas veces cargada con pesos desproporcionados, tantas veces silenciada, menospreciada o dejada sola en sus luchas.
Las llagas del Resucitado están visibles en el rostro de los niños más vulnerables. Allí donde deberían encontrar cuidado y ternura, muchos conocen demasiado pronto el dolor, la carencia y el abandono. En Panamá, 482,033 niños y niñas viven en pobreza, una herida concreta que revela sufrimiento real. En ellos, Cristo vuelve a ser herido y nos habla en silencio, interpelando nuestra conciencia. No son cifras frías: son vidas que claman justicia y nos llaman a no permanecer indiferentes.
En nuestro país, uno de cada tres niños vive en pobreza y uno de cada seis en pobreza extrema, realidad que golpea con mayor fuerza a la niñez indígena. Esta situación no solo describe un problema social, sino que cuestiona nuestras prioridades como sociedad. Sabemos que la primera infancia, de 0 a 6 años, define el desarrollo integral de la persona; permitir que crezca marcada por la pobreza es perpetuar la desigualdad. No podemos aceptar que la geografía o el origen determinen el destino de una vida.
Por eso, este es un llamado firme a todos: a las autoridades de los tres órganos del Estado, al sector privado, a la sociedad civil, a las universidades, a los gobiernos locales, a las comunidades, a las organizaciones sociales, a los sectores sindicales… a todos. Porque todos somos responsables. Nadie puede quedar al margen.
Panamá, con más de 4.2 millones de habitantes, no puede llamarse desarrollada si su niñez sufre hambre, enfermedades prevenibles o abandono. El verdadero desarrollo se mide en la dignidad concreta de cada niño y niña. Nuestra niñez no es solo el futuro, es el presente que estamos decidiendo hoy. Porque un país que no cuida a su niñez, está renunciando, en silencio, a su propio mañana.
Las llagas del Resucitado están en el anciano solo, en quien después de haber entregado su vida siente que nadie lo escucha, que nadie lo visita, que nadie parece necesitarlo. Están en el enfermo abandonado, en el que espera una medicina, una palabra, una visita, una mano que no tenga prisa. Están en quienes viven el dolor no solo de la enfermedad, sino también de la indiferencia.
Las llagas del Resucitado están en el privado de libertad, muchas veces olvidado por la sociedad, reducido a su error y no mirando su dignidad. Están en quienes necesitan no solo justicia, sino también oportunidades reales de redención, acompañamiento y reinserción. Porque donde el mundo solo ve fracaso, Cristo sigue viendo un hijo. Y donde muchos cierran la puerta, el Evangelio la vuelve a abrir para la esperanza.
Las llagas del Resucitado están en el migrante rechazado, en el que cruza fronteras con miedo, cansancio e incertidumbre, buscando una vida mejor y encontrando a veces desprecio, sospecha o rechazo.
Las llagas del Resucitado están también en nuestra vida social. Están en la corrupción que roba el pan del pobre y le roba futuro al país. Están en la impunidad que hiere la confianza del pueblo. Están en la violencia que se mete en los barrios, en las escuelas, en los hogares y nos acostumbra peligrosamente al dolor ajeno.
Las llagas del Resucitado están en la fe debilitada de muchos, en el corazón de quienes se han alejado, en el cansancio espiritual de quienes viven sin sentido, en la tristeza interior de quienes lo tienen todo por fuera, pero se sienten vacíos por dentro.
Estas son las llagas de Cristo en Panamá. En esa humanidad herida, el Resucitado nos sale al encuentro; y ahí debe estar también su Iglesia; no de lejos, no como espectadora, no con discursos vacíos, sino con cercanía, con ternura, con verdad, con valentía, con manos abiertas y corazón compasivo.
Tocar las llagas del Resucitado en Panamá significa atrevernos a mirar de frente la realidad, dejarnos conmover, dejarnos interpelar y comprometernos. Significa no pasar de largo, sino estar, denunciar y acompañar.
El desafío de este centenario y de esta Cita Eucarística es ser una Iglesia creíble; una Iglesia samaritana; una Iglesia que no solo habla de Cristo, sino que lo hace visible. Una Iglesia que no se instala en el pasado, sino que se deja impulsar por el Espíritu hacia el futuro de Dios. Este es el corazón de todo lo que hoy queremos asumir, porque la Iglesia no existe para sí misma; existe para la misión.
En el marco de este centenario de la Arquidiócesis, queremos iniciar con fuerza la Misión Kerigmática. Y el anuncio central, que no puede faltar, que tiene que resonar en cada parroquia, en cada comunidad, en cada familia, en cada calle, en cada corazón, es uno solo: DIOS TE AMA. Sí, hermano. Sí, hermana. DIOS TE AMA. DIOS TE AMA en tu historia concreta. DIOS TE AMA con tus heridas. DIOS TE AMA en tus luchas. DIOS TE AMA en tus caídas. DIOS TE AMA cuando te sientes indigno. DIOS TE AMA incluso cuando tú mismo has dejado de amarte. DIOS TE AMA Y NO SE CANSA DE BUSCARTE. Dios te ama y no renuncia a ti. Dios te ama y por ti Cristo murió y resucitó. PANAMÁ NECESITA ESCUCHAR ESTO.
Y cuando un corazón descubre de verdad que DIOS LO AMA, entonces se rompe el miedo, se despierta la esperanza, se abren caminos nuevos, se renueva la vida y comienza de verdad la Resurrección en la historia concreta de las personas.
Querida Iglesia que peregrina en Panamá, no tengamos miedo de salir; de anunciar; de tocar las heridas del pueblo; de recomenzar; de ser una Iglesia cercana, humilde, samaritana, valiente, misericordiosa y misionera.
Después de cien años, el Señor sigue confiando en nosotros. Después de cien años, el Señor sigue llamando a esta Iglesia. Después de cien años, el Señor sigue esperando una respuesta generosa de su pueblo. Y nosotros no queremos responder con tibieza; con rutina; con miedo. Queremos responder con fe, con alegría, con disponibilidad; con ardor misionero.
Que esta Cita Eucarística sea un punto de partida para la Arquidiócesis de Panamá; sea una sacudida del alma; sea un nuevo Pentecostés; sea un nuevo comienzo; una hora de gracia; el momento en que escuche con fuerza la voz del Resucitado y vuelva a ponerse de pie para anunciarlo sin miedo. Hoy Cristo se pone en medio de nosotros y nos dice: “La paz esté con ustedes”. Hoy Cristo sopla sobre su Iglesia y le regala su Espíritu. Hoy Cristo nos envía.
Como Iglesia centenaria fiel a Dios, como Iglesia pascual, como Iglesia nacida bajo el manto maternal de Santa María la Antigua, queremos responder con la fuerza de la Pascua, con la certeza de la fe y con el ardor de la misión: ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo vive! ¡Y si Cristo vive, Panamá puede renacer!
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ
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