HOMILÍA FESTIVIDAD DE SAN JUAN BOSCO | Arzobispo de Panamá

HOMILÍA FESTIVIDAD DE SAN JUAN BOSCO | Arzobispo de Panamá

Basílica Menor Don Bosco, sábado 31 de enero de 2026
Juventud panameña: esperanza viva de la Iglesia

Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas en Cristo, muy buenas tardes y la paz del Señor esté con todos ustedes.

Voy a iniciar esta reflexión, pidiéndoles que Imaginemos por un momento -no las calles de Turín del siglo XIX donde Don Bosco inició sus obras- sino que veamos las calles de nuestros barrios. Imaginemos a los jóvenes de La Frangipani, San Joaquín, El Chorrillo, Calidonia Curundu; jóvenes con talento y con sueños, pero muchas veces sin oportunidades reales. Muchachos rodeados de ruido, redes sociales, ofertas fáciles y promesas vacías; jóvenes que buscan sentido, pero que con frecuencia se sienten solos, incomprendidos o descartados por una sociedad que avanza rápido y escucha poco.

Y en medio de esa realidad, está la celebración a San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud. Un santo que acompañó a una juventud en la que nadie creía, que la sociedad desvaloraba. Un Santo que supo descubrir lo mejor de ellos.

Para San Juan Bosco la juventud no es un problema que resolver, sino una esperanza que acompañar. Por eso la santidad no es un ideal imposible o reservado para unos pocos, sino un camino alegre, concreto y alcanzable, también para los jóvenes, especialmente para los que viven situaciones de riesgo, abandono o exclusión.

Hoy celebramos a Don Bosco, un santo que no nació en la comodidad. Nació pobre, quedó huérfano de padre siendo niño y conoció el trabajo duro desde pequeño. Por eso entendía el corazón de los jóvenes que sufrían. Cuando llegó a Turín no vio delincuentes ni casos perdidos; vio hijos de Dios. No los señaló con el dedo, les tendió la mano. No empezó castigando, empezó amando. Supo escuchar su clamor silencioso antes de imponer normas, supo ponerse a su lado antes de juzgarlos.

Este es el secreto de Don Bosco, y que sigue siendo profundamente actual en Panamá. Ganar el corazón antes que imponer el temor; escuchar antes que condenar; acompañar antes que abandonar.

Su Oratorio no era un lugar para “portarse bien”, sino un hogar donde los jóvenes se sentían amados, una escuela donde se preparaban para la vida, una parroquia donde se encontraban con Cristo y un patio donde podían reír, jugar y simplemente ser jóvenes. Allí nadie sobraba, ni era descartado, ni quedaba fuera.

Niñez y juventud panameñas en riesgo
La niñez y juventud panameñas viven desafíos reales y dolorosos. La violencia es todas sus formas y dimensiones; la corrupción normalizada; el consumo de drogas; la tentación del dinero fácil; la pérdida de referentes; la fragilidad de la familia y la indiferencia religiosa. Todo esto pesa sobre sus hombros.

Debemos tener conciencia plena de que el problema no es la juventud. El problema aparece cuando no hay quien la acompañe, quien la escuche de verdad, quien crea en ella y le ofrezca oportunidades reales para desarrollarse. Cuando eso sucede, los jóvenes no solo resisten, sino que florecen, y con ellos florece también la Iglesia y la sociedad entera.

Hay niños y jóvenes que, con un esfuerzo admirable, han logrado salir adelante contra corriente, en entornos marcados por la precariedad, la violencia y la incertidumbre. Sus historias nos conmueven y llenan de esperanza, pero también nos interpelan, porque no deberían ser excepciones, sino la norma.

Para cambiar esta realidad falta condiciones concretas. Familias que acompañen, que abracen incluso cuando no entienden del todo. Escuelas que formen conciencia y sentido crítico, y no solo competencias técnicas. Parroquias que abran sus puertas como hogar, derrumbando muros de indiferencia. Comunidades que escuchen sin que juzgan y que sepan caminar al ritmo de los más pequeños y de los jóvenes.

La juventud promesa actual y del futuro
Don Bosco creía profundamente en los jóvenes porque reconocía en cada uno de ellos una dignidad inviolable y una promesa de futuro. Por eso no los entretenía para mantenerlos tranquilos ni conformes; los educaba para hacerlos libres, para que pudieran desplegar plenamente sus capacidades y construir una vida con sentido.

En su mirada pedagógica, educar era mucho más que transmitir conocimientos; era promover la dignidad humana y esforzarse por mejorar la vida, especialmente de aquellos que habían nacido en contextos de pobreza, exclusión o abandono.
La fiesta de padre y maestro de la juventud es una llamada a transformar nuestro sistema educativo

La educación sigue siendo una herramienta esencial de transformación personal y social. En nuestro país es una deuda histórica que arrastramos durante décadas, afectando a generaciones enteras que han sufrido las consecuencias de un sistema educativo frágil, desigual y poco articulado con la realidad. Esa deuda nos exige dar un paso valiente y decidido para crear las condiciones que hagan posible una educación verdaderamente digna y transformadora para todos.

Esto implica asumir con seriedad reformas profundas en nuestro sistema educativo, pensadas desde una visión integral y participativa. Una educación de altura no se construye de espaldas a la realidad ni excluyendo voces, sino escuchando y tomando en cuenta a todos los actores que tienen algo que aportar: autoridades, docentes, familias, comunidades, Iglesias y, de manera muy especial, los propios estudiantes, que no son objetos del sistema, sino sujetos activos de su proceso formativo.

Necesitamos una educación que forme en ciudadanía responsable, que despierte la conciencia crítica, que sea humana, ética y moral, y que responda con creatividad y rigor a los desafíos de los nuevos tiempos. Una educación que cuente con estructuras dignas, modernas, técnicas y científicas, presentes en cada rincón del país, sin exclusiones ni privilegios, para que ningún niño o joven quede condenado por el lugar donde nació, ni que tenga que arriesgar su vida para recibir educación.

La pedagogía de Don Bosco, basada en la razón, la religión y el amor nos interpela con mayor fuerza. Cómo podemos pedir a los jóvenes honestidad si ellos ven corrupción normalizada. Cómo exigirles compromiso si vivimos instalados en la comodidad. No podemos hablar de fe si nuestra vida no refleja el Evangelio. No basta hablar de valores si no los vivimos.

Si queremos jóvenes distintos, necesitamos adultos distintos, comunidades distintas y una Iglesia que sepa escuchar el clamor de la niñez y la juventud en riesgo, y responder no con discursos, sino con amor concreto y acciones coherentes.

Ustedes, padres, madres, educadores, catequistas, sacerdotes y agentes pastorales, seamos para nuestros jóvenes padres, maestros y amigos, como lo fue Don Bosco. Con tiempo, con escucha, con paciencia y con testimonio. No deleguemos la educación del corazón a la calle o a las redes.

Que nuestras parroquias sean espacios seguros, que nuestras familias sean verdaderos oratorios domésticos, y que nuestras comunidades sean lugares donde los jóvenes se sientan en casa, valorados y acompañados en su camino de crecimiento.

Queridos hermanos, no dejemos pasar esta festividad como una tradición más. Que sea un punto de inflexión. Que al salir de aquí tengamos los ojos abiertos para reconocer la ocasión de hacer el bien… y el corazón dispuesto para no dejarla escapar.

Celebrar a San Juan Bosco hoy nos compromete, ante todo, a poner a los jóvenes en el centro, no solo en el discurso, sino en las decisiones pastorales, en la agenda parroquial, en la distribución del tiempo y de los recursos. Don Bosco no hizo “pastoral para jóvenes” como un área más; hizo una Iglesia con rostro joven, donde ellos eran protagonistas, no espectadores.

Este compromiso se traduce en presencia real y constante. No basta con eventos ocasionales o celebraciones puntuales. Celebrar a Don Bosco en implica estar ahí cuando el joven falla, cuando se equivoca, cuando se cansa, cuando pierde el rumbo. Implica creer que ningún joven está perdido del todo, que siempre hay una puerta abierta, un abrazo posible, una segunda oportunidad. Don Bosco nos enseñó que la paciencia es una forma concreta del amor cristiano.

Celebrarlo hoy también nos exige crear y sostener espacios seguros y significativos: talleres, grupos juveniles, deporte, arte, música, catequesis viva, acompañamiento espiritual. Espacios donde el joven pueda expresarse, crecer, equivocarse y levantarse. En una sociedad que muchas veces ofrece a los jóvenes solo la calle, la violencia o el vacío digital, la comunidad cristiana está llamada a ofrecer hogar y horizonte.

Pero este compromiso va aún más lejos: celebrar a Don Bosco es comprometernos con la coherencia de los adultos. No podemos pedir a los jóvenes honestidad si normalizamos la corrupción; no podemos hablarles de paz si sembramos división; no podemos exigirles valores si nuestras vidas los contradicen. Don Bosco sabía que los jóvenes tienen un radar fino para detectar la hipocresía. Por eso, celebrar su fiesta es aceptar una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de adultos estamos siendo para ellos?

Celebrar a Don Bosco es también un compromiso social y ciudadano. Formar “buenos cristianos” sin formar “honrados ciudadanos” sería traicionar su carisma. Esto significa educar en el amor a la patria, en el respeto a la ley, en la solidaridad con los más pobres, en la participación responsable, en el rechazo a toda forma de violencia y corrupción. El joven acompañado por Don Bosco no huye de la sociedad: la transforma desde dentro.

Con María Auxiliadora, tan amada por Don Bosco, aprendamos a confiar. Él decía con profunda fe: “Ella lo ha hecho todo”. Bajo su mirada maternal ponemos a nuestra niñez y juventud panameña, especialmente a quienes viven en mayor riesgo y vulnerabilidad.

Pidámosle a Don Bosco, que interceda por la juventud panameña, que despierte vocaciones, líderes honestos, cristianos comprometidos y ciudadanos responsables.

San Juan Bosco, padre y maestro de la juventud, ruega por nosotros. María Auxiliadora, guía nuestros pasos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

¡Viva Don Bosco! ¡Viva la juventud panameña!

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ


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