HOMILÍA EN LA EUCARISTÍA POR LA JORNADA POR LA VIDA CONSAGRADA

HOMILÍA EN LA EUCARISTÍA POR LA JORNADA POR LA VIDA CONSAGRADA

HOMILÍA EN LA EUCARISTÍA POR LA JORNADA POR LA VIDA CONSAGRADA
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA, arzobispo de Panamá
Basílica Menor Santa María la Antigua, lunes 2 de febrero de 2026

«Vida consagrada, ¿para quién eres?»

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Hoy, como Iglesia que peregrina en la Arquidiócesis de Panamá, nos reunimos para dar gracias, para contemplar y también para dejarnos interpelar por el don inmenso de la vida consagrada.

No celebramos solo una vocación dentro de la Iglesia; celebramos una forma radical de vivir el Evangelio, un signo luminoso de que Dios sigue llamando, sigue seduciendo corazones y sigue siendo digno de una entrega total.

La vida consagrada participa de esta lógica profundamente evangélica; lo recibido se entrega, y lo entregado se multiplica. Nace del asombro ante un Dios que toma la iniciativa, que llama por el nombre, y del consentimiento humilde de quien se deja amar y enviar.

Por eso, el consagrado y la consagrada no huyen del mundo ni se desentienden de su historia; se ofrecen como don, como ofrenda viva para la salvación de todos.
Esta verdad se ha hecho carne, de manera concreta y fecunda, en la historia de nuestra Arquidiócesis de Panamá. Desde sus orígenes, la vida consagrada ha sido columna silenciosa y fiel en la evangelización, la educación, la salud, la promoción humana y el acompañamiento espiritual de nuestro pueblo. Muchas veces, antes de que existieran estructuras sólidas, estuvieron ustedes religiosas y religiosos sembrando fe, dignidad y esperanza.

Cristo, luz para alumbrar a las naciones, sigue siendo presentado hoy, no en un templo de piedra, sino en el templo vivo de la historia panameña, a través de vuestras vidas. En las parroquias de nuestros barrios y comunidades, en los colegios y centros educativos, en hospitales y hogares de ancianos, en comunidades indígenas, en cárceles, en comedores solidarios y en tantas obras pastorales y sociales, la vida consagrada ha sido lámpara encendida cuando otros no podían o no sabían cómo llegar.
La vida consagrada es una llama viva, llamada a arder en la actualidad, en esta hora concreta que vive nuestra Arquidiócesis. Una hora marcada por grandes desafíos como la desigualdad social, la fragilidad de muchas familias, la desorientación de tantos jóvenes, el cansancio pastoral y la escasez de vocaciones. A veces esa luz es clara y visible; otras veces tiembla como una lámpara expuesta al viento del desgaste, de la edad o de la incomprensión. Pero incluso entonces no deja de ser luz, porque no se sostiene en fuerzas humanas, sino en la fidelidad de Dios.

Por eso la Iglesia ha querido que, en esta fiesta, se iluminen la vocación y la misión de quienes, consagrados al Señor, sirven al Pueblo de Dios desde la riqueza de sus diversos carismas. El lema que nos convoca este año 2026 es una pregunta sencilla en palabras, pero exigente en profundidad: «Vida consagrada, ¿para quién eres?»

Esta pregunta resuena con fuerza en nuestra Arquidiócesis. Nos saca de la autorreferencialidad y nos devuelve al corazón de la vocación. Nos recuerda que no somos para nosotros, que no nos pertenecemos, sino que somos para Dios y para los demás. Con raíces hondas y alas abiertas, la vida consagrada se deja iluminar por tres rostros inseparables.

Es para aquellos a quienes el Señor sigue llamando, también aquí, entre los jóvenes de nuestras parroquias, colegios y movimientos. Jóvenes muchas veces heridos, confundidos o tentados por caminos fáciles, pero con una sed profunda de sentido y de entrega. El testimonio de la vida consagrada sigue despertando preguntas y sembrando vocaciones en nuestra Iglesia particular.

Es para Dios, a quien buscan cada día con pasión humilde, en ese quaerere Deum que sostiene la obediencia, el discernimiento, la vida fraterna y el caminar sinodal de nuestra Arquidiócesis, llamada hoy a escuchar, discernir y caminar unida.

Y es para los pobres, no como una categoría abstracta, sino con los rostros concretos de nuestra realidad panameña con niños sin oportunidades, ancianos olvidados, migrantes, pueblos originarios, familias golpeadas por la desigualdad, jóvenes sin horizonte. A ellos sirven con una pobreza que no es discurso, sino cercanía; no es teoría, sino consuelo; no es ideología, sino puerta abierta de esperanza.

En este punto, como Iglesia Arquidiocesana, queremos detenernos con especial gratitud en la vida consagrada femenina, verdadero corazón palpitante de nuestra misión. Su entrega ha sido decisiva en los campos donde la dignidad humana necesita ser defendida y cuidada. En la pastoral social, las religiosas han sido manos que sostienen, oídos que escuchan y corazones que acompañan a quienes viven en pobreza, exclusión o abandono. En la educación, han formado generaciones enteras, sembrando valores, conciencia social y sentido de trascendencia, muchas veces en contextos donde educar era un acto de fe y de valentía.

En el ámbito de la salud, su presencia ha sido profundamente humana y evangélica en hospitales, dispensarios, hogares de ancianos y centros de atención, han cuidado cuerpos heridos y almas cansadas, recordándonos que sanar no es solo curar, sino acompañar, dignificar y consolar. En el acompañamiento y la defensa de la mujer, especialmente de aquellas que viven situaciones de violencia, exclusión o vulnerabilidad, han sido refugio seguro, voz profética y presencia restauradora.

En una tierra marcada por el tránsito humano, han estado en primera línea junto a los migrantes, ofreciendo acogida, alimento, orientación y escucha. Y con particular valentía evangélica han asumido la lucha contra la trata de personas, una de las esclavitudes más crueles de nuestro tiempo. Allí donde otros no quieren mirar, ellas han mirado; donde otros callan, ellas han alzado la voz; donde la dignidad es pisoteada, ellas han defendido la vida y acompañado procesos de sanación.

Todo esto lo han hecho, muchas veces, sin protagonismo, sin aplausos y sin reconocimiento, sostenidas solo por la fidelidad al Evangelio. Por eso hoy afirmamos con convicción que sin la vida consagrada femenina, nuestra Arquidiócesis de Panamá no sería la misma. Su misión no es secundaria ni complementaria; es esencial.

Hoy queremos decirles, con humildad profunda y con el corazón agradecido; gracias. Gracias por la vida entregada, especialmente la de tantas religiosas que han sostenido la fe de nuestro pueblo con ternura, constancia y fidelidad silenciosa. Gracias por permanecer cuando el cansancio pesa, cuando los números disminuyen y cuando la incomprensión duele. Gracias por seguir creyendo en el ser humano cuando otros se rinden.
Pero esta jornada no es solo para agradecer; es también una llamada a toda nuestra Iglesia Arquidiocesana. La vida consagrada nos interpela y nos pregunta:
¿Dónde está nuestro primer amor? ¿Vivimos la fe con radicalidad o con comodidad? ¿Nos dejamos consumir por la misión o buscamos protegernos del compromiso?

Pidamos hoy al Señor una Arquidiócesis que cuide, valore y acompañe la vida consagrada; que la integre plenamente en su camino pastoral y sinodal; y que no deje de orar para que surjan nuevas vocaciones que mantengan viva esta llama.

Que Santa María la Antigua, Madre y Patrona de nuestra Arquidiócesis, interceda por todos los hombres y mujeres que han consagrado su vida al Evangelio. Y que la vida consagrada siga siendo entre nosotros luz que no se apaga, llama que no se rinde y esperanza que no defrauda.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ


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La Arquidiócesis de Panamá creada el 9 de septiembre de 1513 es la Iglesia más antigua en tierra firme y madre de las Iglesias particulares existentes hasta ahora en la república de Panamá.