HOMILÍA DE MISA CRISMAL Y APERTURA DEL AÑO JUBILAR 1925–2025 DE LA ARQUIDIÓCESIS DE PANAMÁ

HOMILÍA DE MISA CRISMAL Y APERTURA DEL AÑO JUBILAR 1925–2025 DE LA ARQUIDIÓCESIS DE PANAMÁ

 

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta OSA
Catedral Basílica Santa María la Antigua, 31 de marzo de 2026

“Cien años de comunión, misión y esperanza”

Su Eminencia José Luis Cardenal Lacunza, Monseñor Dagoberto Campos Salas, Nuncio Apostólico de Su Santidad el Papa León, Vicarios Territoriales, Coordinadores de Vicarías, miembros del Consejo Presbiteral y del Consejo de Consultores, queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos permanentes, queridas religiosas y consagradas, seminaristas, querido pueblo santo de Dios que peregrina en Panamá, y a todos ustedes que nos siguen a través de FETV, en sus hogares, hospitales o centros penitenciarios: querido pueblo santo de Dios que peregrina en Panamá, medios de comunicación social.

Hoy esta Catedral Basílica Santa María la Antigua se convierte en memoria viva de la historia de Dios con su pueblo. Aquí resuena la fe de generaciones. Aquí han orado pastores y fieles. Aquí se han consagrado sacerdotes y obispos. Aquí se han llorado dolores nacionales y se han cantado alegrías de esperanza.

Esta Catedral, la primera de Tierra Firme, vuelve a ser el centro espiritual de nuestra Iglesia particular, una Catedral que, como la definió el Papa Francisco al consagrar su altar el 26 de enero de 2019, es “Una Catedral española, india, afroamericana que se vuelve así Catedral panameña, de los de ayer pero también de los de hoy que han hecho posible este hecho”. Y de manera especial, en esta Misa Crismal aquí se manifiesta la unidad profunda entre el obispo, sus sacerdotes y todo el pueblo de Dios.

Esta Iglesia que peregrina en Panamá contempla nuevamente el misterio que la sostiene desde sus orígenes: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”. Estas palabras no son solo memoria de Nazaret; son el fundamento de nuestra identidad. La unción es misión, la unción es envío, la unción es responsabilidad.

Al escuchar este Evangelio comprendemos que no habla únicamente de Cristo, sino también de su Iglesia, porque Cristo sigue ungiendo, sigue enviando y sigue caminando con su pueblo.

Nuestra Arquidiócesis nació el 29 de noviembre de 1925, junto a la creación del Vicariato Apostólico del Darién con sede en Colón, en una nación joven que comenzaba a construir su identidad. Panamá buscaba afirmarse como país y la Iglesia estaba llamada a acompañar ese camino.

Por ello lo que celebramos al recordar la elevación de la diócesis de Panamá a Arquidiócesis no es un simple cambio administrativo o jurídico dentro de la estructura de la Iglesia. Celebramos, un acontecimiento profundamente significativo que toca la identidad eclesial, la madurez pastoral y también —en cierto sentido— la conciencia histórica de nuestro pueblo.

Muchos han interpretado este acontecimiento como una verdadera “consumación eclesial” del proceso de independencia nacional, y no se trata de una apreciación superficial.

Hasta ese momento, el obispo de Panamá dependía como sufragáneo del Arzobispo de Cartagena, lo que significaba no solo una vinculación canónica, sino también una inserción en estructuras pastorales, decisiones y dinámicas que respondían a otra realidad eclesial y a un contexto nacional distinto.

Esto se reflejaba incluso en aspectos concretos: la participación en conferencias episcopales en Cartagena y Bogotá, y gestos simbólicos como el aporte para el altar de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el Templo del Voto Nacional. Todo ello muestra cómo la Iglesia en Panamá, aun después de la independencia civil de 1903, mantenía todavía vínculos eclesiales estrechos con Colombia.

Por eso, la elevación a Arquidiócesis significó:
1.⁠ ⁠Una madurez eclesial reconocida: La Santa Sede reconoce que esta Iglesia local tiene la capacidad de ser cabeza de una provincia eclesiástica, con diócesis sufragáneas, y de asumir un liderazgo pastoral propio.
2.⁠ ⁠Una mayor autonomía pastoral: Ya no se depende de otra sede metropolitana extranjera. La Iglesia en Panamá comienza a trazar con mayor claridad su propio camino, en sintonía con su realidad social, cultural y nacional.
3.⁠ ⁠Un signo de identidad nacional y eclesial: Así como la independencia política marcó el nacimiento de la República, la elevación a Arquidiócesis puede leerse como la consolidación de una Iglesia con rostro propio, profundamente encarnada en su pueblo.
4.⁠ ⁠Un paso hacia la corresponsabilidad en la Iglesia universal: Panamá deja de ser solo territorio dependiente y pasa a ser centro de comunión para otras diócesis, participando activamente en la vida de la Iglesia en la región.

A lo largo de este siglo, siete arzobispos han pastoreado esta Iglesia Arquidiocesana, dejando huellas profundas en su caminar. Más que una sucesión de nombres, han sido eslabones de una misma historia de gracia, construida junto al santo pueblo fiel de Dios. Cada uno no solo condujo una etapa; cada uno imprimió un rostro, una sensibilidad y un impulso particular al caminar de esta Iglesia.

Al recorrer estos cien años de historia, comprendemos que esta Iglesia Arquidiocesana no ha sido edificada a partir de esfuerzos aislados, sino como una obra viva, tejida en el tiempo por el ministerio de quienes han sido llamados a pastorearla.

Cada uno, desde su momento histórico, ha sabido leer los signos de los tiempos y responder con fidelidad, dejando una huella que no se interrumpe, sino que se prolonga y se enriquece en el siguiente.

Este camino toma forma con GUILLERMO ROJAS Y ARRIETA, primer arzobispo, bajo cuyo pastoreo se consolidan los cimientos de esta Iglesia particular. Fueron tiempos fundacionales, marcados por una Iglesia cercana al pueblo, sobria en su estilo y firme en su misión, que supo acompañar a una patria en formación, sembrando fe, formando conciencias y sosteniendo la esperanza.

Sobre esta base firme, la Iglesia fue fortaleciendo su vida interior durante el pastoreo de JUAN JOSÉ MAÍZTEGUI Y BESOITAÍTIA, junto a su obispo auxiliar Francisco Beckmann. En un mundo marcado por la crisis económica y la Segunda Guerra Mundial, se impulsó con claridad la formación del laicado, la vida de las familias y la organización de la acción evangelizadora, comprendiendo que la solidez de la Iglesia nace de fieles comprometidos y corresponsables.

Esa siembra encontró continuidad y arraigo en el ministerio de FRANCISCO BECKMANN, quien consolidó la vida parroquial, fortaleció la educación católica y promovió las vocaciones, permitiendo que la Iglesia echara raíces más profundas en medio de un país que avanzaba hacia nuevas etapas de su desarrollo.

Más adelante, bajo la guía de TOMÁS ALBERTO CLAVEL MÉNDEZ, acompañado por su obispo auxiliar Carlos A. Lewis, la Iglesia se vio llamada a acompañar uno de los momentos más sensibles de la historia nacional: los acontecimientos del 9 de enero de 1964. En medio del dolor, alzó su voz en defensa de la dignidad, la justicia y la paz, recordando que no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento del pueblo.

Esta dimensión profética y pastoral se profundizó durante el pastoreo de MARCOS GREGORIO MCGRATH, junto a sus obispos auxiliares Carlos A. Lewis, José Luis Lacunza y Óscar Mario Brown. Fue un tiempo de apertura decidida al espíritu del Concilio Vaticano II, de renovación eclesial, compromiso social y formación integral del clero y del laicado. En medio de décadas marcadas por tensiones, por el régimen militar y por la herida de 1989, la Iglesia supo ser conciencia moral, mediadora en el diálogo y promotora de reconciliación.

Sobre este camino madurado en la prueba, se edificó la etapa de JOSÉ DIMAS CEDEÑO DELGADO, quien, acompañado por sus obispos auxiliares Fernando Torres, Pablo Varela y quien les habla, fortaleció la vida vocacional, promovió el protagonismo del laicado y consolidó estructuras pastorales que dieron mayor organicidad a la misión. Reavivó, además, con especial amor la devoción a Santa María la Antigua, afianzando así la identidad espiritual de esta Iglesia. En ese tiempo, la Iglesia acompañó también el proceso que culminó con la reversión del Canal en 1999, signo de madurez nacional que exigía responsabilidad ética y solidaridad social.

Y así, llegamos a nuestro tiempo, continuamos esta obra con la clara conciencia de que no comenzamos de cero, sino que recibimos una herencia viva. Desde esa responsabilidad, hemos impulsado la reorganización de la estructura pastoral en zonas y vicarías territoriales, la sectorización parroquial y el fortalecimiento del Proyecto Pastoral Arquidiocesano, buscando una Iglesia cada vez más cercana, misionera y sinodal. Tocándonos celebrar los 500 años de la creación de la Diócesis y la Jornada Mundial de la Juventud con la presencia del papa Francisco.

Pero, hermanos, esta historia no puede quedarse en el recuerdo. No estamos aquí solo para contemplar cien años de camino; estamos aquí para asumirlo. Porque si algo nos enseña este recorrido es que la Iglesia se construye no solo con estructuras, sino con corazones entregados, con pastores que aman, que sirven y que permanecen fieles incluso en medio de las pruebas.

Hoy, al celebrar este centenario, comprendemos con mayor claridad lo que somos: no solo herederos de una historia, sino responsables de una misión.

Todo lo que hemos recibido —la fe sembrada, las conciencias formadas, las heridas acompañadas, la esperanza sostenida— no es solo memoria agradecida; es misión confiada.

Por eso, esta Misa Crismal nos sitúa en el corazón mismo de esa continuidad. La renovación de las promesas sacerdotales que hoy realizaremos no es un gesto aislado ni un momento devocional más. Es el punto donde la historia se hace compromiso personal; donde lo que otros sembraron, nosotros lo asumimos; donde la gracia recibida se convierte en misión renovada.

Al renovar nuestras promesas, nos insertamos conscientemente en esta historia centenaria. Nos reconocemos parte de este presbiterio que, a lo largo de los años, ha servido con generosidad a esta Iglesia. Y nos preguntamos, con humildad y verdad: ¿qué rostro de Iglesia estamos ofreciendo hoy?, ¿qué huella estamos dejando para quienes vendrán después de nosotros?

El Jubileo comienza en el corazón del presbiterio. No bastan planes sin santidad, ni estructuras sin fraternidad, ni sacramentos sin vida interior. Hoy no repetimos simplemente unas palabras ya conocidas; renovamos la gracia del primer llamado, el fuego del primer “sí”, la alegría temblorosa de aquella ordenación en la que el Señor nos tomó para sí y nos envió a servir a su pueblo.

Renovar nuestras promesas es renovar nuestra identidad. Es volver al primer amor. Es dejarnos configurar nuevamente por el corazón de Cristo, Buen Pastor, para ser —en medio de nuestro pueblo— hombres de Dios al servicio de la comunidad. Nunca olvidemos quiénes somos: hombres tomados de entre los hombres, pero consagrados para las cosas de Dios; enviados a llevar esperanza donde hay cansancio, luz donde hay confusión y consuelo donde hay dolor.

Ustedes son los principales colaboradores del obispo. A cada uno se le confía una porción concreta de esta Arquidiócesis, no para administrarla como una estructura humana, sino para pastorearla, santificarla y conducirla en nombre de Cristo. En cada parroquia, en cada comunidad, el sacerdote está llamado a ser signo de la cercanía de Dios, servidor de la comunión, predicador del Evangelio y dispensador fiel de los misterios de Dios.

Por eso, renovar nuestras promesas sacerdotales significa también renovar nuestra comunión: con el obispo, con el presbiterio, con el santo pueblo fiel de Dios. Significa caminar en sinodalidad, animar los carismas del laicado, acompañar sus procesos y reconocer que la Iglesia no se construye en solitario, sino en comunión.

Cuando un sacerdote vive con alegría su vocación, ora, escucha, acompaña y trabaja en comunión, la parroquia deja de ser solo un lugar de servicios religiosos y se convierte en comunidad misionera, en escuela de discipulado, en casa de comunión y en plataforma evangelizadora.

Queridos hermanos, hoy nos toca a nosotros ser eslabón vivo de esta cadena de la historia. Que no se rompa en nuestras manos. Que se fortalezca con nuestra entrega y se ilumine con nuestra fe. Que, cuando llegue el momento de entregar la antorcha, podamos hacerlo con la paz de haber servido con amor, generosidad y fidelidad.

Los óleos que hoy bendecimos son signo de que la gracia de Dios seguirá llegando a cada rincón de nuestra Arquidiócesis. Y esa gracia seguirá pasando, en buena medida, por las manos ungidas y el corazón disponible de sus sacerdotes.

Que esta Misa Crismal nos devuelva la alegría de ser sacerdotes, nos renueve por dentro y nos una más como presbiterio. Y que, al comenzar este Jubileo, podamos decir con humilde gratitud y renovado ardor: Señor, aquí estamos; cuenta con nosotros.

Hace cien años, otros soñaron por nosotros, sembraron la fe y sostuvieron la esperanza. Hoy nos corresponde a nosotros no dejar que esa llama se apague, sino hacerla brillar con mayor fuerza. Que dentro de cien años puedan reconocer en nosotros una Iglesia unida, misionera, valiente y fiel al Evangelio.

Cristo sigue ungiendo, el Espíritu sigue soplando y la Iglesia sigue caminando. Este Jubileo es de todos: diáconos, consagrados y laicos, discípulos misioneros llamados a anunciar el amor de Dios con la vida.

Queridos hermanos sacerdotes, queridos fieles todos:
En este día santo, elevamos la mirada y reconocemos con gratitud el camino recorrido. Cien años de gracia, de entrega silenciosa, de fidelidad sostenida, de cruz abrazada y de esperanza que no ha sido vencida. Hoy no solo recordamos… hoy nos comprometemos.

Ante Dios, ante su pueblo y ante la historia, renovamos nuestra disponibilidad. No para nosotros mismos, sino para Cristo y para su Iglesia. No para conservar lo recibido, sino para hacerlo fructificar con generosidad.

Que nunca falte en nosotros el fuego del primer amor. Que nunca se apague la pasión por el Evangelio. Que nunca nos acostumbremos al misterio que celebramos ni al pueblo que se nos ha confiado.

Que cada sacerdote sea signo vivo de Cristo Buen Pastor. Que cada comunidad sea hogar de comunión y escuela de misión. Que cada fiel descubra la alegría de ser discípulo misionero. Y cuando el cansancio llegue, cuando las pruebas arrecien, cuando el camino se haga cuesta arriba, recordemos que no somos nosotros quienes sostenemos la Iglesia… es Cristo quien la sostiene, y nosotros caminamos en sus manos.

Seguiremos escribiendo una historia de fe, comunión y esperanza, por ello en la próxima Cita Eucarística el domingo 12 de abril, a las 9.00 am en el Parque Recreativo Omar, realizaremos el envío misionero de toda la Arquidiócesis, como signo concreto de que la Iglesia solo es fiel cuando es misionera.

Hermanos, el Espíritu sigue soplando. Cristo sigue ungiendo. La Iglesia sigue caminando. Y hoy, en el umbral de este Jubileo, con humildad y con valentía, con gratitud y con esperanza, decimos juntos: Señor, aquí estamos. Cuenta con nosotros.

Que Santa María la Antigua, Madre y Patrona de esta Iglesia, nos cubra con su manto y nos enseñe a permanecer fieles hasta el final. Amén.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 


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La Arquidiócesis de Panamá creada el 9 de septiembre de 1513 es la Iglesia más antigua en tierra firme y madre de las Iglesias particulares existentes hasta ahora en la república de Panamá.