HOMILÍA EN LAS EXEQUIAS DE MONS. JOSÉ AGUSTÍN GANUZA GARCÍA, OAR

HOMILÍA EN LAS EXEQUIAS DE MONS. JOSÉ AGUSTÍN GANUZA GARCÍA, OAR
Parroquia San Lucas – Costa del Este- martes 24 de 2026
Queridos hermanos y hermanas en Cristo; queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas; queridas comunidades de Bocas del Toro; queridos pueblos indígenas que hoy vienen a despedir a quien caminó con ustedes durante tantos años; querida familia de los Agustinos Recoletos; y también, con profundo afecto, querida familia de sangre de Mons. Ganuza en Navarra, que hoy se une espiritualmente a esta celebración:
Hay momentos en la vida de la Iglesia en los que el tiempo parece detenerse. Estamos en uno de esos momentos. Hoy la Iglesia que peregrina en Bocas del Toro guarda silencio para contemplar una vida que se consumió como lámpara encendida al servicio del Evangelio. No estamos aquí solamente para despedir a un obispo. Estamos aquí para reconocer una historia que Dios escribió pacientemente durante décadas en medio de su pueblo. Porque cuando un misionero entrega su vida durante tanto tiempo en una misma tierra, su historia deja de ser solo suya y se convierte en parte de la memoria espiritual de un pueblo entero.
Muchos de los que están aquí podrían contar una historia personal con Mons. José Agustín Ganuza. Algunos lo recuerdan llegando a sus comunidades cuando nadie más llegaba. Otros lo recuerdan celebrando la Eucaristía en capillas sencillas, escuchando con paciencia a las familias, animando a los catequistas, acompañando a los enfermos, caminando sin prisa entre quienes necesitaban un pastor cercano. Para muchos pueblos indígenas no fue simplemente una autoridad eclesial; fue alguien que se sentó con ellos, que escuchó sus luchas, que respetó su cultura y que defendió su dignidad. Y así, casi sin darnos cuenta, su vida se fue entrelazando con la historia de esa Iglesia particular.
La Palabra de Dios que hemos escuchado ilumina profundamente este momento. Jesús dice en el Evangelio: “El buen pastor da la vida por sus ovejas”. Estas palabras, que tantas veces escuchamos, hoy adquieren un significado concreto, porque describen con fidelidad la vida de este misionero. Mons. Ganuza no vivió su vocación como un honor personal, sino como un servicio. No buscó protagonismo ni seguridades. Eligió el camino del pastor que camina con su pueblo.
Su historia comenzó lejos de esta tierra, en Artajona, Navarra, en España, cuando nació el 28 de agosto de 1931. Allí, en esa tierra de fe sencilla y profunda, comenzó una vocación que el Señor conduciría hasta Panamá. Hoy queremos recordar con gratitud a su familia de sangre, a aquellos que lo vieron crecer, que sembraron en él los valores humanos y cristianos que luego florecerían en su vida misionera. Toda vocación tiene raíces. Y esas raíces suelen estar en el hogar, en la fe de los padres, en el testimonio de una comunidad que enseña a confiar en Dios. Desde esta tierra panameña enviamos hoy un abrazo agradecido a Navarra, porque de allí nos llegó un pastor.
A los dieciséis años escuchó la llamada del Señor e ingresó a la Orden de los Agustinos Recoletos. Era el año 1947. En esa familia religiosa encontró un camino espiritual que marcaría toda su vida: la interioridad de San Agustín, la vida fraterna y el espíritu misionero. Profesó solemnemente en 1952 y fue ordenado sacerdote el 27 de junio de 1954. Estudió teología en la Universidad Pontificia de Comillas, pero la verdadera escuela de su vocación sería la misión.
Cuando llegó a Panamá en septiembre de 1958 comenzó la etapa que definiría su vida. Muchos misioneros llegan a un país, pero hay algunos que terminan entregándole el corazón. Mons. Ganuza fue uno de ellos. Panamá dejó de ser un destino para convertirse en su hogar, y el pueblo dejó de ser simplemente el destinatario de su ministerio para convertirse en su familia.
Sirvió primero como educador en el Colegio San Agustín, formando generaciones de jóvenes. Pero el Señor lo estaba preparando para una misión aún mayor. En 1970 el Papa San Pablo VI lo nombró Prelado de Bocas del Toro, y en 1972 fue ordenado obispo. Desde entonces comenzó una larga historia de presencia pastoral en esta tierra.
Durante más de medio siglo de ministerio episcopal vivió como lo que siempre fue en lo más profundo: un misionero. No fue un obispo de despacho. Fue un obispo de camino. Conocía las comunidades, visitaba lugares remotos, recorría ríos y montañas para encontrarse con su gente. Sabía que la Iglesia debe salir al encuentro del pueblo. Su lema episcopal lo decía con claridad: Ubi utilius Ecclesiae, “Donde sea más útil para la Iglesia”. Y así vivió.
Uno de los rasgos más luminosos de su ministerio fue su cercanía con los pueblos indígenas. Caminó con ellos, escuchó sus historias, defendió su dignidad y promovió una pastoral respetuosa de su identidad. Comprendió algo profundamente evangélico; que el Evangelio no aplasta las culturas, sino que las ilumina. Por eso muchos lo recuerdan no solo como obispo, sino como amigo y defensor.
Su servicio también se manifestó en la formación de catequistas, en el acompañamiento de comunidades y en múltiples iniciativas que buscaban fortalecer la vida del pueblo. Para él la evangelización y la dignidad humana caminaban juntas.
Podemos decir que en él contemplamos una vida larga y fecunda, en su vida religiosa, en su sacerdocio, en su ministerio episcopal. Pero lo que más impresiona no es la duración, sino la fidelidad. Fue uno de esos misioneros que trabajan en silencio confiando en que Dios hace crecer la semilla.
Indudablemente que sentimos la tristeza de la despedida. Pero nuestra fe nos recuerda que la muerte no es el final. La vida de Mons. Ganuza ha sido como el grano de trigo del que habla el Evangelio; una semilla sembrada durante décadas en esta tierra; cuyos frutos vemos ahora en la fe de las comunidades, en la memoria agradecida de los pueblos indígenas y en la historia de la Prelatura de Bocas del Toro.
Panamá despide hoy a un misionero que nació lejos, pero que terminó perteneciendo profundamente a este pueblo. Un hijo de Navarra que se convirtió en padre espiritual de comunidades panameñas. Así actúa Dios en la Iglesia; une lo que la geografía separa.
Querido Mons. José Agustín Ganuza, esta Iglesia le dice hoy gracias. Gracias por su vida. Gracias por su fidelidad. Gracias a la familia agustino-recoleta que lo formó y lo entregó a la misión. Gracias a su familia que sembró en usted la fe que luego floreció en tantos.
Y antes de terminar quisiera invitarles a hacer algo muy sencillo. Pensemos por un momento en su rostro. Pensemos en la última vez que lo vimos llegar a una comunidad, en la manera sencilla con que saludaba, en su paso tranquilo de pastor. Muchos aquí recuerdan su voz, su cercanía, su presencia entre la gente.
Ahora imaginemos a este misionero llegando al final del camino y presentándose ante Dios después de tantos años de servicio, llevando consigo los nombres de este pueblo, las historias de tantas familias, las lágrimas de los enfermos que acompañó, la fe sencilla de las comunidades indígenas que amó. Y comprendemos que no llega con las manos vacías. Llega con una vida llena de rostros.
Tal vez entonces pueda decirle al Señor algo que nace del corazón de todo pastor: “Señor, aquí está el pueblo que me confiaste. Caminé con ellos. Los amé.” Y el Señor, que conoce la fidelidad de sus servidores, seguramente le dirá: “Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.
Hermanos, dentro de muchos años, cuando el tiempo siga su curso y nuevas generaciones ocupen nuestros lugares, todavía se contará en esta tierra la historia de un misionero que vino desde Navarra y decidió quedarse para siempre en el corazón de su pueblo. Dirán que recorrió ríos y montañas para no dejar a nadie sin el consuelo del Evangelio. Dirán que defendió a los pequeños y que vivió con sencillez.
Y cuando pregunten quién fue, alguien responderá con serenidad: Aquí tuvimos un pastor que nos quiso de verdad.
Que el Señor le conceda el descanso eterno. Y que su memoria permanezca viva en la historia de esta diócesis y en el corazón de su pueblo. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ
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