HOMILIA – DOMINGO 3 DE OCTUBRE DEL 2021

HOMILIA - DOMINGO 3 DE OCTUBRE DEL 2021

HOMILÍA DOMINGO 27 DEL  TIEMPO ORDINARIO

Domingo 3 de octubre de  2021, Capilla del Arzobispado

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Los temas centrales de la liturgia de este domingo es la soledad que vivimos personalmente y la realidad del matrimonio constituida por un hombre y una mujer, tal como aparece en el Libro del Génesis.
“No es bueno que el hombre esté sólo”. Estas palabras, puestas por el autor del Libro del Génesis, en boca de Dios sugieren que la realización plena del ser humano se produce en la relación y no en la soledad. La persona que vive cerrada en sí misma, que elige recorrer caminos de egoísmo y de autosuficiencia; que rechaza el diálogo y la comunión con aquellos que caminan a su lado; que tiene el corazón cerrado al amor y al compartir, es una persona profundamente infeliz, que nunca conocerá la felicidad plena.
¿Cuántas personas han colocado como su principal preocupación el dinero, la realización profesional, el estatus social o el éxito, a tal punto de prescindir del amor, a renunciar a la familia, a no tener tiempo para los amigos?  Cuantas personas existen que luego de alcanzar sus metas, de haber acumulado mucho dinero o de haber llegado a la presidencia de la empresa o al puesto anhelado, un día se dan cuenta que están completamente solos, que su vida es vacía y sin sentido.
La Palabra de Dios es un aviso claro, es una llamada de atención: la vocación de la persona es el amor; la soledad, incluso cuando está compensada por la abundancia de bienes materiales, es un camino de infelicidad. Por eso: «No es bueno que el hombre esté solo», nos ha dicho el Libro del Génesis.
“Hay muchos tipos de soledad: está la «soledad social», en que la persona no tiene a nadie; la «emocional», en que nos sentimos rechazados y echamos de menos, y un tercer tipo de soledad de la que a menudo no se habla es la «soledad existencial». Es decir, la sensación de no poder conectar con los demás, de sentir que nos falta propósito, y eso está muy ligado al sentido de la vida”.  (Javier Yanguas).
Pudiésemos creer que como ahora hay abundantes aparatos móviles, plataformas digitales, redes sociales, donde podemos conectarnos con todo el mundo, estamos más acompañado, pero lo cierto es que ahora se vive mayor la soledad. Por eso vemos cómo algunas personas en las redes sociales hacen lo impensable para lograr aceptación. Sin embargo, la realidad es que no dejan de estar solos.
Y no se trata solo de los adultos mayores que van al médico o a la misa para solo hablar con alguien. Hay gente que en apariencia lo tienen supuestamente todo: una pareja, un trabajo exitoso, tienen suficientes recursos para vivir muy bien, pero sienten ese vacío, esa soledad que los agobia. Y es que la verdadera compañía, la que llena el corazón ni se compra ni se vende, ni se busca en Google, ni se soluciona con las redes sociales. 
La Biblia nos lo ha dicho: «Adán no encontraba ninguno como él que le ayudase». Ni animales ni cosas: Solo otro u otra como yo, es decir, otra persona con la que interaccionar, compartir, crear proyectos, compartir, crecer, madurar juntos… me puede ayudar.
Existe la mentalidad de que ser independientes, ser autosuficientes, estar solos… nos hace más libres o más fuertes, porque no dependemos de otros. Esto es un gran engaño. Los seres humanos hemos sido creados para el otro, para el encuentro, para la entrega mutua, para la comunión. Incluso el mismo Jesús, antes de empezar con su misión busco a sus compañeros. Y por su parte, San Pablo entendió que la primera consecuencia del mensaje pascual y del amor de Jesucristo… era vivir la fe en comunidad, con otros.
Los cristianos y cristianas, debemos leer los signos de los tiempos; hay una llamada urgente a que todos salgamos de nuestras «soledades» y busquemos caminos para tender puentes, para interesarnos mucho más por los otros, para acercarnos, para propiciar encuentros, para reducir soledades, para profundizar y cuidar nuestras relaciones.
La vocación al matrimonio
Otro de los temas importantes en las lecturas de este día es el Matrimonio. Habría que explicar el vocabulario empleado en el texto, las circunstancias sociales de aquella época y la mentalidad judía y romana que están detrás de las palabras del Evangelio y que posibilitan muy diferentes interpretaciones
Nos parece que un referente, para comprender este tema tan complejo, es la Exhortación del Papa Francisco «Amoris Laetitia».
Quiero compartir apenas unos aspectos que nos pueden ayudar a comprender    este tan importante:
 En tiempos de Jesús era pacíficamente admitida una Ley de divorcio, recogida en la Ley de Moisés. Aunque habían distintas interpretaciones sobre los motivos que podían llevar al «varón» a «despachar» de casa a su mujer. O sea: había divorcio, y además se entendía el matrimonio como un asunto «desigual» entre el hombre y la mujer, a favor del varón.
¿Cuál era la situación del matrimonio en Israel en tiempo de Jesús? Las leyes y costumbres israelitas eran marcadamente machistas. A partir de los 12 años, la niña ya se podía casar, pero el padre determinaba en muchas ocasiones con quién; y el matrimonio venía a ser el traspaso de la mujer del poder del padre al del esposo. La mujer estaba obligada a las labores domésticas y a obedecer al esposo con una sumisión entendida como deber religioso. Era prácticamente su sirvienta.
Había dos corrientes en la interpretación de la antigua ley (Deuteronomio 24, 1):
– La escuela del rabino Hillel, la laxista en grado sumo, admitía el divorcio por cualquier motivo: porque se le quemó la comida o quedó ahumada, o porque pasaba demasiado tiempo en la calle hablando con las vecinas, o porque tiene un defecto físico o un carácter incompatible. Ésta era la escuela que predominaba.
– La escuela del rabino Shammai:  sólo admitía como causa el adulterio.
Hay una historia muy bonita, que confirma lo que venimos diciendo. Joaquín y Rebeca llevaban 10 años de casados y no tenían descendientes. Joaquín decidió divorciarse y fue a ver al rabino para hacer los trámites del divorcio. El rabino le dijo:
– Joaquín, recuerda que celebramos una gran fiesta el día de tu boda; es justo que también celebremos otra gran fiesta para tu divorcio. Durante la fiesta, y siguiendo los consejos del rabino, Rebeca ofreció a su esposo el mejor vino. Y éste mientras bebía le dijo:
– Amor mío, puedes elegir lo que más te guste de la casa y llevártelo a la casa de tu padre. Y se quedó dormido. Rebeca lo acostó en la cama y con la ayuda de los invitados lo llevaron en su cama a la casa del padre de Rebeca. Cuando se despertó al día siguiente, preguntó:- ¿Qué estoy haciendo aquí? Y Rebeca le contestó:
– Sólo he cumplido tus órdenes. Traje a la casa de mi padre lo que más me gusta y eso eres tú. Joaquín la abrazó y se olvidó del divorcio. Semanas más tarde Rebeca quedó embarazada. (Félix Jiménez, escolapio).
¿Qué decir hoy del matrimonio y del divorcio? ¿Ser cristiano es anticuado?
El evangelio de Marcos nos invita a pensar en una realidad actual, ante la que los cristianos no podemos cerrar los ojos: los matrimonios separados o los divorciados.
Entre nosotros encontramos cada vez más personas, que han fracasado en su primer matrimonio y se han vuelto a casar civilmente o viven en unión libre. Es una realidad compleja, delicada, con frecuencia muy dolorosa. No podemos ser indiferentes ante esta realidad.
Cada vez parece más normal romper con la pareja, buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y llevadero. Sin embargo, detrás de cada separación hay casi siempre mucho sufrimiento y desilusión. Hay a veces humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable?
Lo primero, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir.
También hay que recordar que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay todavía amor. Por eso, es un error continuar una relación de pareja de manera apresurada, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que mentirse ni mentir. ¡Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera pronunciado nunca un “te amo”, que no era verdad!
No olvidemos que “amar es fundamentalmente dar, no recibir”. Por eso sólo el amor sin condiciones es duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede dar, el futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde perfectamente a lo que desearíamos. El amor crece cuando uno es feliz haciendo feliz al otro.
El mayor error es ignorar que amar significa respetar a la persona amada, no sentirse el dueño. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya separando.
La Iglesia con los divorciados o separados
La posición de la Iglesia ante el divorcio y la defensa de su doctrina sobre el matrimonio jamás va a impedir una postura de comprensión, acogida y ayuda para con los divorciados o separados. Es una dolorosa realidad que debemos acompañar con amor y misericordia.
Un cristiano no puede rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas; que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.
Y muchos de ellos necesitan ayuda de Dios y de las personas; y esa ayuda hemos de estar dispuestos a ofrecérsela los que nos decimos seguidores de Jesús. Pues el fracaso de una relación, no está previsto en ese proyecto ideal de Dios.
El amor de un hombre y de una mujer que se comprometen delante de Dios y de la sociedad, debe ser un amor eterno e indestructible, que es reflejo de ese amor que Dios tiene por los seres humanos.
Y aunque las telenovelas, los valores de la modernidad, de algunos sectores de la opinión pública, se esfuerzan en presentar el fracaso del amor como una realidad normal, banal, que puede suceder en cualquier instante y que resuelve fácilmente las dificultades que dos personas tienen en el compartir su proyecto de amor, para los matrimonios cristianos, el fracaso del amor no es una normalidad, sino una situación extrema, una realidad excepcional.
Para un matrimonio cristiano, el divorcio no debe ser un remedio sencillo y siempre a mano para resolver las pequeñas dificultades que la vida de todos los días nos presenta. Hay muchos caminos por hacer para que los creyentes lleguen al matrimonio con la vivencia de los valores evangélicos y prevenir frustraciones o el divorcio ante la primera dificultad.
La Iglesia tiene grupos de apoyo ante las dificultades matrimoniales, que les permitirán salir adelante, teniendo claro los parámetros del evangelio. Esto les ayudarán a descubrir la “perla preciosa” que es la vida desde Dios o desde Cristo; y solo entonces podrán llevar a feliz término el sacramento del matrimonio. Esto es garantía de plenitud y de felicidad, sin olvidar que es don y tarea.
Al margen de las religiones y las creencias, y al margen del modo de casarse, todos añoran un amor para siempre. Aunque nuestra cultura de hoy (como en tiempos de Jesús) desprecie la fidelidad, el esfuerzo, el compromiso a largo plazo, y nos repita que el amor se acaba.
Creemos, como San Pablo, que el amor no acaba nunca. Se acaban algunas relaciones mal asentadas, mal cuidadas. Y se dan situaciones dolorosas, fragilidades, errores que no se pueden ni deben mantener a toda costa. Probablemente no hubo un auténtico y maduro amor (o amistad) desde el principio. Y a estas situaciones, la comunidad cristiana y la sociedad tienen que buscar soluciones.  Pues las relaciones «tóxicas» no deben prolongarse.
Como decía Erich Fromm en un bellísimo libro, el amor es un «arte» que hay que aprender y mejorar cada día, que tiene sus técnicas y herramientas. No basta la atracción personal o sexual. Hay otros muchos elementos necesarios que conviene cuidar y cultivar. Las relaciones personales se fortalecen o se destruyen…. no de un día para otro, sino cada día, todos los días. Y a veces habrá que tener la humildad de pedir ayuda para sanar lo que está ya enfermo… pero todavía no ha muerto.
Termino con un pequeño cuento oriental:
¿Quién es?, preguntó la amada desde dentro.
— Soy yo, dijo el amante desde fuera
— Entonces márchate.  En esta casa no cabemos tú yo
El rechazado amante se fue al desierto, donde estuvo meditando algunos meses, considerando las palabras de la amada.  Por fin regresó y volvió a llamar a la puerta:
— ¿Quién es?
— Soy tú
Y la puerta inmediatamente se abrió.

†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

 

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