Consagrados, pilar histórico y vivo de la Arquidiócesis de Panamá, renueva sus votos

Desde los orígenes de la Iglesia en Panamá, la vida consagrada ha sido una columna silenciosa y fiel en la evangelización, la educación, la salud, la promoción humana y el acompañamiento espiritual del pueblo. Religiosas y religiosos han sostenido la fe en barrios y comunidades, han formado generaciones enteras, han cuidado cuerpos y almas heridas y han acompañado con ternura y valentía a los más vulnerables, muchas veces allí donde no existían estructuras ni recursos suficientes.
En este contexto de gratitud y memoria agradecida, hombres y mujeres consagrados de la Arquidiócesis de Panamá renovaron sus votos de castidad, pobreza y obediencia en el marco de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebrada cada 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, y con gran regocijo, religiosas y religiosos presentes en la Arquidiócesis celebraron y renovaron su “sí” al Señor durante la Santa Eucaristía presidida por el arzobispo José Domingo Ulloa Mendieta, en una jornada marcada por la comunión, la oración y la acción de gracias por el don de la vocación consagrada.
Animados por el lema “Vida consagrada, ¿para quién eres?”, los consagrados iniciaron esta significativa jornada con una peregrinación desde el Convento de Santo Domingo de Guzmán hasta la Catedral Basílica Santa María la Antigua, donde celebraron juntos la Eucaristía en un clima de profunda comunión espiritual. En una sola voz, renovaron sus votos como signo de fidelidad y entrega total a Dios y a la Iglesia.
Durante su homilía, monseñor Ulloa destacó que Cristo, luz que alumbra a las naciones, continúa haciéndose presente hoy no en un templo de piedra, sino en la historia concreta de Panamá, a través de la vida consagrada en las parroquias de barrios y comunidades, en colegios y centros educativos, en hospitales y hogares de ancianos, en comunidades indígenas, en cárceles, en comedores solidarios y en múltiples obras pastorales y sociales.
“La vida consagrada ha sido lámpara encendida cuando otros no sabían cómo llegar”, afirmó el arzobispo Ulloa. Subrayó además que el consagrado y la consagrada no huyen del mundo ni se desentienden de su historia, sino que se ofrecen como don y ofrenda viva para la salvación de todos, recalcando que esta verdad “se ha hecho carne, de manera concreta y fecunda, en la historia de nuestra Arquidiócesis de Panamá”.
Monseñor Ulloa destacó el compromiso de la vida consagrada en esta pequeña y noble tierra marcada por el tránsito humano, donde han estado en primera línea junto a los migrantes, ofreciendo acogida, alimento, orientación y escucha. Con particular valentía evangélica, han asumido también la lucha contra la trata de personas, una de las esclavitudes más crueles de nuestro tiempo.
“Allí donde otros no quieren mirar, ellas han mirado; donde otros callan, ellas han alzado la voz; donde la dignidad es pisoteada, ellas han defendido la vida y acompañado procesos de sanación”, afirmó.
Como Iglesia arquidiocesana, monseñor Ulloa expresó una gratitud especial a la vida consagrada femenina, verdadero corazón palpitante de la misión, cuya entrega ha sido decisiva en áreas rurales y contextos de exclusión donde la dignidad humana necesita ser cuidada y defendida. En la pastoral social, las religiosas han sido manos que sostienen, oídos que escuchan y corazones que acompañan. En la educación, han formado generaciones, sembrando valores, conciencia social y sentido de trascendencia, muchas veces cuando educar era un acto de fe y valentía.
En el ámbito de la salud, su presencia ha sido profundamente humana y evangélica en hospitales, dispensarios y hogares de ancianos, cuidando cuerpos heridos y almas cansadas, recordando que sanar no es solo curar, sino acompañar, dignificar y consolar. Asimismo, en la defensa de la mujer en situación de violencia o vulnerabilidad, han sido refugio seguro, voz profética y presencia restauradora.
La alegría de la Vida consagrada
La hermana Ana Chávez Acosta, con más de 40 años de vida religiosa en la Congregación Misionera de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, expresó que renovar los votos cada año “es siempre una gran alegría; así nos debe encontrar el Señor”. A quienes disciernen su vocación, les animó asegurando que “el Señor nunca se cansa de esperar, y su respuesta trae una lluvia de bendiciones para la familia, la sociedad y toda la Iglesia”.
Por su parte, el padre Domingo Quyhn Hoang, sacerdote misionero scalabriniano con tres años de ministerio, señaló que esta renovación es ante todo un acto de gratitud a Dios, “porque es Él quien nos llamó a servir a los hermanos”, y una renovación del don recibido para servir especialmente a los más necesitados.
Finalmente, la religiosa Digna Esperanza Hernández, de la Congregación Franciscana de María Inmaculada, destacó que esta celebración “representa renovar el corazón y reencontrarnos como una gran comunidad, con diversos carismas y espiritualidades, unida en un solo objetivo: Jesucristo, presente en la Eucaristía, que nos llena de paz y amor”.
Panamá, 2 de febrero de 2026.
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