HOMILÍA IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A | Arzobispo de Panamá

Capilla FETV, Domingo 1 de febrero de 2026
“¿Dónde está la felicidad que no se acaba?”
Queridos hermanos y hermanas,
Quiero comenzar esta homilía dirigiéndome de manera muy especial a ustedes que, domingo tras domingo, siguen esta celebración a través de la televisión y las plataformas digitales. A nuestros adultos mayores, a los enfermos, a las personas privadas de libertad; a quienes en un hospital o en la soledad de su habitación; se hacen parte de esta celebración y a todos aquellos que, por diversas circunstancias de la vida, no pueden acudir físicamente al templo, pero no han dejado de buscar a Dios.
Quiero que lo sepan con claridad y con afecto: ustedes no están fuera de la Iglesia. Son parte viva de ella. Su oración silenciosa, su fidelidad perseverante y su sufrimiento ofrecido, muchas veces oculto y sin aplausos, sostienen a la Iglesia más de lo que imaginamos. Desde este altar, la Iglesia entra en sus casas, en sus hospitales y en sus centros de reclusión, y se sienta a su lado para decirles con ternura y esperanza: no están solos, no están olvidados; Dios camina con ustedes.
Y es precisamente a ustedes —y a todos nosotros— a quienes Jesús dirige hoy una palabra que toca lo más profundo del corazón humano. Hay algo que nos une más allá de la edad, la fe o la situación que estemos viviendo; todos queremos ser felices. Nadie se levanta cada mañana deseando fracasar o vivir en la tristeza. Todos buscamos, de una u otra forma, una vida que valga la pena. Este deseo de felicidad no es un error ni una ilusión ingenua; es una semilla que Dios mismo ha sembrado en el corazón humano. Por eso, cuando Jesús proclama las Bienaventuranzas, no impone una carga pesada, sino que responde al anhelo más profundo que llevamos dentro.
Sin embargo, vivimos en una sociedad que ofrece muchas promesas de felicidad que no logran sostenerse en el tiempo. Se nos dice que seremos felices si tenemos más dinero, más poder, más reconocimiento o más placer. Y, sin embargo, cuántas personas aparentemente exitosas viven vacías, cansadas y rotas por dentro. En nuestra realidad panameña lo vemos a diario: jóvenes que lo tienen todo, pero no encuentran sentido; familias con recursos, pero sin diálogo ni paz; personas que han alcanzado metas importantes y, aun así, se preguntan en silencio: “¿Esto era todo?”. El problema no es desear la felicidad; el problema es buscarla donde no puede encontrarse.
Muchas veces la buscamos en el consumo sin límites, creyendo que acumular, estrenar o aparentar nos dará satisfacción duradera. Pero la emoción pasa rápido y deja cansancio, deudas y una carrera interminable por tener más, sin tiempo para vivir mejor. Otras veces la buscamos en el éxito y el reconocimiento social, midiendo la vida por cargos, títulos, seguidores en redes o aplausos. Cuando el aplauso se apaga —porque siempre se apaga— queda el miedo al olvido y la sensación de no valer si no somos admirados. También la buscamos en el placer inmediato, confundiendo alegría con diversión constante, evadiendo el dolor, huyendo del silencio y anestesiando el vacío interior. Pero una vida sin profundidad termina siendo superficial y, tarde o temprano, insatisfactoria.
Jesús nos revela hoy que la felicidad verdadera no está en acumular, sino en dar; no en aparentar, sino en ser auténticos; no en huir del sufrimiento, sino en vivirlo con sentido y esperanza; no en vivir para uno mismo, sino en vivir para los demás. La felicidad auténtica nace cuando la vida tiene un para qué y un para quién, cuando descubrimos que somos amados por Dios y llamados a amar. Por eso Jesús comienza diciendo: “Bienaventurados”, es decir, “felices”, pero da un giro profundo: nos muestra que la felicidad verdadera nace de confiar, de servir, de dejarse tocar por el dolor del otro y de caminar con esperanza aun en medio de la fragilidad.
Las Bienaventuranzas no son frases bonitas ni ideales inalcanzables; son el retrato interior de Jesucristo y el camino del discípulo. No prometen una vida fácil, pero sí una vida con sentido. Nos enseñan que poner la esperanza en Dios y no en los ídolos de este mundo transforma el corazón y la manera de vivir.
En un país marcado por desigualdades, heridas sociales, violencia y corrupción normalizada, este Evangelio se vuelve exigente y profundamente actual. Nos invita a identificarnos con los pobres, a llorar con los que lloran, a tener hambre y sed de justicia, a ser misericordiosos y a trabajar por la paz, aun cuando esto nos cueste incomprensiones o críticas.
La diversión sana en carnaval
Al mismo tiempo, el Evangelio en esa búsqueda de felicidad nos invita a mirar con discernimiento nuestra vida cultural y social. Nos acercamos al tiempo de carnaval, que por tradición es un espacio de alegría, encuentro y creatividad. Esta es una expresión legítima del alma de un pueblo que, si se hace con tolerancia, respeto y con dignidad, se puede convertir en un espacio de entretenimiento sano.
Sin embargo, cuando la diversión pierde su sentido y traspasa los límites de la ética y del respeto a la dignidad de la persona, deja de ser verdaderamente un espacio de alegría y diversión. Con suma preocupación, en los últimos tiempos hemos visto cómo algunas tonadas y expresiones carnavalescas han descendido a niveles que no edifican, que ofenden y que hieren a las personas. Jamás, bajo el pretexto de la diversión, podemos permitirnos humillar, ridiculizar o deshumanizar al otro.
Nuestro pueblo panameño es profundamente creativo y esa creatividad tiene la capacidad de elevar el tono de nuestras letras, de transmitir valores, con una picardía sana, una crítica constructiva y un humor inteligente sin caer en la vulgaridad, chabacanería y la ofensa. Podemos y debemos aspirar a unos carnavales que reflejen lo mejor de nuestras tradiciones, de nuestra cultura y de nuestra identidad.
Invito especialmente a compositores, intérpretes, animadores, organizadores y autoridades a asumir con responsabilidad el poder de la palabra y de la música, para que el carnaval sea un espacio de alegría compartida, respeto mutuo y celebración de la vida.
Revisión de nuestra atención en casos de abusos
Como Iglesia en Panamá, estamos llamados también a vivir un proceso serio de conversión, verdad y escucha. Por eso, el miércoles 26 de enero de 2026, compartimos con el pueblo de Dios una decisión nacida de la conciencia, la responsabilidad pastoral y el compromiso evangélico con la verdad. La Arquidiócesis de Panamá ha solicitado a una Comisión de Transparencia independiente (CT), realizar una valoración institucional sobre la actuación de la Iglesia Arquidiocesana en los casos de abusos a menores ocurridos entre los años 2001 y 2026.
Este camino se emprende con humildad y con el firme deseo de mirar la realidad de frente, sin evasiones ni justificaciones, poniendo en el centro a las víctimas y su dignidad.
La Comisión de Transparencia, auspiciada por la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos) y la Universidad de Villanueva (España), conformada por un equipo interdisciplinario de expertos, abordará este proceso desde una mirada integral.
El corazón de este camino será la escucha respetuosa y confidencial de las víctimas, aquellas que ya han sido escuchadas y aquellas que no lo han hablado aún. Esta etapa central se desarrollará del 28 de enero al 30 de abril de 2026 y está dirigida tanto a víctimas directas como indirectas de abusos sufridos durante la infancia y la adolescencia.
Somos plenamente conscientes del profundo dolor que implica revivir estas experiencias. Por ello, este proceso se realizará en un marco seguro, empático y de absoluto respeto, garantizando la confidencialidad y la protección de la identidad de quienes decidan compartir su testimonio.
Este camino no es fácil, pero es necesario. Es un paso concreto hacia la verdad, la justicia y la sanación, que nace del compromiso cristiano de cuidar a los más pequeños y vulnerables, y de construir una Iglesia cada vez más fiel al Evangelio de Jesucristo.
Reiteramos con absoluta claridad nuestra política de tolerancia cero ante este flagelo y nuestra prioridad por las víctimas, su dignidad, su sanación y su derecho a ser escuchadas. Para nosotros como obispo, esta evaluación es un acto de coherencia cristiana, de rendición de cuentas y de compromiso real para garantizar espacios seguros en todas nuestras comunidades eclesiales.
Queridos hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas no son una utopía. Son el programa de vida del cristiano y la brújula que orienta nuestro caminar como personas y como pueblo. Que este domingo no pase como uno más. Atrevámonos a creer que la felicidad que anhelamos tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Porque feliz no es el que más tiene, sino el que ha aprendido a amar como Cristo. Amén.
† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ
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