HOMILÍA – VIGILIA PASCUAL (sábado 11 de abril de 2020)

HOMILÍA - VIGILIA PASCUAL (sábado 11 de abril de 2020)

Capilla del Seminario Mayor San José 2020.

Esta noche, noche de Sábado Santo, es la noche más importante del año.  Esta noche es más importante aún que la noche de Navidad. En la noche de Navidad celebramos el nacimiento del Señor, pero, como se nos dice San Agustín y que se repute en el Pregón Pascual, “¿de qué nos serviría haber nacido, si no hubiésemos sido rescatados?”

Esta es una noche, en medio de la perplejidad de esta cuarentena, noche de fiesta y de esperanza, una noche de vela ante el paso del mundo viejo al nuevo; de la esclavitud a la libertad; de la desesperación a la esperanza y de la muerte a la vida.  Cristo ha vencido a los poderes de la muerte.

En la liturgia de la Palabra, las diversas lecturas que hemos proclamado nos han ido recordando la historia del pueblo de Israel, las grandes hazañas que el Señor ha hecho por la humanidad. 

La primera de todas fue la creación del mundo.  Dios, por amor, ha creado el mundo y ha puesto al hombre como dueño, como Señor de las cosas.  Hemos escuchado también el paso de la esclavitud a la libertad del pueblo de Israel con la salida de Egipto y el paso del mar Rojo.  

El pueblo de Israel queda libre.

Todas esas hazañas que Dios hizo con el pueblo de Israel son como antecedentes de lo que el Señor realizará después con nosotros.

Esta noche se nos invita a nosotros a salir de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida.

Hoy es una noche santa para recordar esas hazañas de Dios, las maravillas que Dios ha hecho por nosotros. 

Desde que hemos empezado la liturgia, hemos realizado varios signos que nos hablan de la 

Noche Santa: hemos encendido el fuego; fuego nuevo, del cual hemos prendido y hemos encendido el Cirio Pascual, símbolo de la luz; hemos entrado en procesión en la Iglesia, que estaba a oscuras, con la sola luz de Cristo, con la del Cirio Pascual; de esa luz hemos ido encendiendo después nuestras velas hasta que se ha iluminado toda la Iglesia, hasta que nos ha iluminado la Luz, símbolo de Cristo resucitado, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha iluminado el mundo con su luz.

En esta noche no estamos celebrando algo que ocurrió en el pasado, como cuando celebramos el día de la bandera o el día de la patria o el cumpleaños de un personaje histórico. 

Celebrar la Pascua es tomar conciencia que también nosotros estamos llamados a resucitar a una vida nueva.  Creer en la Resurrección es creer en la acción de Dios en la historia. Es creer en el poder de Dios que actúa en los pequeños y en los más débiles.

Es creer que la lucha a favor de la vida y de los pobres y desvalidos es mucho más fuerte que las bombas más poderosas de cualquier pueblo o nación.  Es creer que hasta de lo más débil y frágil, Dios puede hacer surgir algo nuevo.

En esta noche santa, vamos a pedirle al Señor del fuego y de la luz, que ilumine los corazones y las inteligencias de los seres humanos, para que a nadie le falte el calor de una mirada atenta y de una mano generosa, para que nadie muera por falta de pan y de misericordia, para que brille siempre en el mundo el fuego del amor y de la generosidad. 

Encendamos en el corazón de todas las personas del mundo la luz y la llama de este Cirio Pascual, la Luz de Cristo, para que arda e ilumine la vida de todas las personas de buena voluntad.

En esta noche Santa demos gracias a Dios por la resurrección de Jesucristo y porque Él nos ha unido a su misma resurrección, nos ha tomado de la mano y nos ha salvado, nos ha redimido, nos ha liberado de las cadenas que nos ataban. Pascua es tiempo de risas y alegría. Tiempo de victoria.

Después de un partido de fútbol, los triunfadores se abrazan, cantan y celebran jubilosos la victoria.

Los cristianos, el domingo de Pascua, día de la victoria sobre nuestro último enemigo, la muerte, tenemos motivos más que sobrados para saborear y celebrar bulliciosamente este gran acontecimiento.

Los cristianos orientales, durante el tiempo de Pascua, archivan los saludos rutinarios y se abrazan mientras se dicen: ¡Cristo ha resucitado!, los otros contestan: (vamos díselo al que está en este momento participando contigo de esta celebración) ¡CRISTO HA RESUCITADO!… ¡VERDADERAMENTE HA RESUCITADO! Hermosa costumbre que centra la vida en el corazón de nuestra fe.

Cristo ha resucitado. Cristo vive. Aleluya.

Hoy, me toca a mí anunciarlo, hermanos y hermanas, pero no soy el primero y no seré el último en ser testigo y dar testimonio de este gran milagro.

¿Creen ustedes en este anuncio de la iglesia?

Durante más de dos mil años, desde los apóstoles, éste ha sido el primer credo de los creyentes: Cristo es Señor. Cristo es Salvador. Y es Señor y Salvador a causa de la Resurrección.

El amor de Dios es más fuerte que la muerte. Solo el amor tiene la última palabra. Solo el amor puede derrotar la muerte.

Pascua es el triunfo del amor. Pascua es tiempo de alegría y esperanza. La Pascua proclama que Dios existe y que está del lado de la vida y la bondad. Al devolver a Jesús a la vida, Dios revela su activa preocupación por nosotros y su compromiso con nuestra historia.

Pascua significa para nosotros un nuevo nacimiento.

No nos llamemos a engaño. Si Cristo no ha vuelto a la vida, olvidémonos de todo. No perdamos el tiempo hablando de un Jesús que es mero recuerdo, un pobre cuadro colgado de la pared.

NO, nuestro Cristo está vivo. Más vivo que cualquiera de nosotros. Vivo para nosotros, para usted y para mí, vivo para lo que Pablo, Juan y Magdalena nos llaman a renacer.

Y nacer de nuevo significa que tenemos una nueva vida, vida que no tiene fin a pesar de todo.

¿Cuándo experimentamos esta nueva vida, este nuevo ser?

Pascua y Bautismo van juntos. Pascua es la fiesta, el aniversario de nuestro bautismo. Es la fiesta del fuego, el agua, la luz y el Espíritu. Y la iglesia abre su vientre, su fuente para alumbrar nuevos hijos e hijas.

Ahora entendemos por qué hoy se nos invita a alegrarnos con toda la Iglesia del mundo entero, para celebrar la mayor de todas las fiestas, para celebrar lo que da sentido a nuestra fe y la razón de ser de nuestra vida y de nuestra esperanza: ¡Jesús ha resucitado, y está vivo! 

La muerte no ha vencido a Jesús, sino que Él ha salido victorioso del sepulcro y ahora es el Señor de todos.

Te invito a que en esta Pascua camines con la Iglesia que siempre da testimonio de su Señor resucitado. Lánzate a la aventura de conocer más a Jesús, déjate seducir por su fuerza arrolladora de amor y entrega. Sin que te des cuenta, te impregnarás de la pasión de Jesús por el Reino de su Padre. Tu vida cambiará, como se la cambió a los primeros cristianos, como se la ha cambiado a tantos a lo largo de la historia, y como me la cambió a mí. Yo solo puedo decirte que Jesucristo está vivo, yo doy testimonio de ello, no encuentro otra fuerza que pueda mover mi vida, que la fuerza vivificadora del Resucitado.

Desde que he descubierto a Jesús en mi vida, aun con las dificultades propias de mi debilidad, pecado y limitaciones, experimento siempre una alegría profunda, indescriptible, que nada antes me había dado; es la alegría sobrenatural que acompañará siempre a sus discípulos y que se expresa de manera especialísima en estos cincuenta días de pascua.

Hoy digámosle Jesús: Señor, confío en Ti, Tú eres mi salvación.

Y andemos en una vida nueva, busquemos los bienes de arriba, ¡resucitemos con Cristo!

Hermanos: en este día al igual que el ángel le dijo a las mujeres: “No teman”, a nosotros también se nos dice: “No teman… buscan a Jesús el Crucificado… no está aquí: ha resucitado”.

Hermanos: esta es la noticia que da sentido a nuestra vida. La convicción de que Cristo Jesús, aunque no lo veamos, está vivo y nos acompaña en nuestro camino.

Nosotros como cristianos no seguimos una doctrina, ni a un muerto que existió y fundó un movimiento. Nosotros creemos y seguimos a una persona que vive.

Jesús no quiere anunciarse como resucitado a partir del sepulcro vacío, pues los ángeles no piden que vayan todos a ver el sepulcro vacío para que crean, sino que los envían a todos a Galilea porque Jesús se “encontrará” con ellos allá.

¡Qué importante punto este! Jesús no funda su resurrección en una tumba vacía sino en el encuentro real y personal de sus discípulos con él, en su condición de resucitado.

 ¿Y esto es lo más importante del anuncio de hoy?

Porque, si los discípulos creyeron en Jesús resucitado no por la tumba vacía sino por su encuentro personal con Cristo Vivo, entonces nosotros tenemos la capacidad de vivir la misma experiencia que ellos.

Nosotros estamos llamados no solo a creer que Cristo ya no está en su tumba, sino que estamos llamados a vivir un encuentro con Cristo vivo y resucitado.

Ésta debe de ser nuestra experiencia como cristianos, una experiencia de fe que nos da la certeza que Cristo no está muerto, sino que está vivo y vive entre nosotros.

Actualidad de lo que estamos celebrando:

Hermanos: Vivimos quejándonos de que el mundo que nos rodea cada día está peor, estamos rodeados de una cultura de la muerte, de una sociedad egocentrista en muchas de sus actitudes, materialista en su escala de valores, y poco profunda en sus ideales. ¿Cabe aquí un anuncio de Cristo resucitado? ¡Claro que sí!

Por eso somos nosotros los cristianos los que debemos dar testimonio de la esperanza del Resucitado, de su anuncio claro y determinante: “Ni la muerte, ni el pecado, ni el sufrimiento, ni la injusticia tiene la última palabra”; es Cristo quien los ha vencido y si nosotros estamos dispuestos a seguir su camino, venceremos junto con Él. ¡Incluso a este virus que nos tiene a todos distanciados!

¡Cristo ha resucitado! Este ha de ser el anuncio que resuene en lo profundo de nuestros corazones todas estas semanas. Cristo ha Resucitado, y nosotros somos testigos de ello; pero, ¿cómo ser testigos de esto? Haciendo que quien se sienta “muerto” (el hambriento, quien se siente solo, quien no tiene que vestir, los presos, los enfermos por el COVID19 y sus familias) encuentre en nosotros la vida de Crisro.

Por eso no podemos vivir tristes, pesimistas, rencorosos, e indiferentes. Nada de difundir desesperanza ni mensajes que desiluminan.

¡Seamos testigos de la Luz que Cristo Resucitado nos ha brindado un día como hoy!

Y nunca nos olvidemos que hoy estamos aquí gracias al testimonio de aquellos testigos que 

vieron y experimentaron al Señor Resucitado: María Magdalena, María la de Santiago, Salomé, Pedro, y Juan.   

Y ese testimonio ha llegado hasta nosotros a través de millones de personas que también han creído.

No hay una prueba física, científica y racional de la Resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha Resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.

La experiencia del Resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe o en cierto modo la mística. En mi opinión los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.

En el testimonio de otros está pues el origen de nuestra fe, por eso es importante que nunca abandonemos la comunidad, si queremos que esa fe siga viva.  

Pero el testimonio no es suficiente, es necesario, pero no suficiente, porque todos tenemos que encontrarnos tarde o temprano con el Resucitado. Pero ¿Dónde lo encontraremos?  ¿Cómo lo reconoceremos?  

El ángel que anuncia la Resurrección envía a las mujeres a comunicar a los discípulos que el Señor va por delante de ellos a Galilea.   Galilea es el lugar de la misión, el lugar donde se vive y se trabaja, donde se sufre y se ama. Galilea es el lugar de la vida normal y corriente de todos los días.  Galilea es el lugar donde Cristo manifestó su mensaje. 

Él va por delante de nosotros abriendo caminos a la solidaridad, a la fraternidad y a la paz.   Aquí, en nuestras casas, con los nuestros, en las calles, en nuestro trabajo, el Resucitado nos está esperando.  

Cuando como Él seamos capaces de perdonar, compartir lo que tenemos, y ponernos al servicio de los demás; respetar la cuarentena sin que eso nos borre la sonrisa; cuando como Él carguemos con nuestra cruz, entonces le reconoceremos y comprenderemos que Él está vivo, entonces la llama que brilla en nuestro interior no se apagará jamás.

Hermanos y hermanas, feliz Pascua de Resurrección a todos, feliz, sí, felicidad para todos, porque hoy sí tiene sentido hablar de felicidad y de alegría. Sobre todo de alegría, que la alegría del Señor Resucitado y de todos sus amigos que han sido, son y serán, inunde nuestro corazón.

Para finalizar: esta fiesta hemos de vivirla con un firme propósito; y creo que el mejor de esos propósitos es el tratar de que otros sientan que Cristo vive en nosotros; que las personas que entran en contacto con nosotros lo puedan percibir en nuestro ánimo, en nuestra paz, en nuestra caridad concreta con quien más lo necesite. Dejemos a un lado nuestras preocupaciones y ocupémonos de quien más nos necesita

¡Que se note nuestra alegría del corazón y también se note que nos mueve el amor! Que se note que hemos vencido el mal y que hoy somos hombres y mujeres nuevos creadores del mundo.

Que esta VIDA NUEVA que trae el Señor nos permita ser mejores hijos, mejores padres, mejores hermanos, mejores amigos, mejores ciudadanos, buenos y honrados ciudadanos como decía San Juan Bosco, mejores hombres y mujeres que vivimos con alegría, agradecidos porque Alguien nos salvó, porque por la sangre de Uno entregado por Amor podemos todos disfrutar de la gloria de la verdadera Vida y vida para siempre.

Que el Señor nos renueve todo el ser para seguirlo con toda el alma.

Y tengamos siempre presente: “Sin Pascua no hay Futuro”:  la Pascua es necesaria para que “haya futuro porque las personas anestesiadas no reparan en las “muchas señales de disgregación del tejido social”, ni evalúan los costos criminales y las consecuencias desastrosas de la “embriaguez colectiva”. 

Hermanos y hermanas,  el hombre se quedó “completamente analfabeto” en cuanto a la vida espiritual porque para “dominar y transformar el mundo” el hombre occidental “vendió el alma al diablo por un plato de lentejas”:

“No digas que no tienes tiempo. ¡Sé inteligente, no inventes disculpas, sé bueno para ti mismo! Ven a celebrar la Pascua con nosotros”.

Hoy abunda la noche, el miedo, las puertas tranqueadas, los corazones solitarios-

Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mi tiene vida permanente”. (Jn 5.25)

 

¡ALEGRÉMONOS, CRISTO VERDADERAMENTE HA RESUCITADO Y VIVE ENTRE NOSOTROS!

¡ALELUYA, ALELUYA!

†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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