HOMILÍA – VIERNES SANTO (10 de abril de 2020)

HOMILÍA - VIERNES SANTO (10 de abril de 2020)

En tal día como hoy hace más de 500 años, el más grande de los oradores sagrados que ha conocido España, fray Luis de Granada, subió al púlpito para explicar al pueblo cristiano los dolores inefables del Redentor del mundo clavado en la cruz. Comenzó su discurso con estas palabras:HOMILÓI

«Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan». Y no dijo más. Una emoción indescriptible se apoderó de todo su ser; sintió que la voz se le anudaba en la garganta, estalló en un sollozo inmenso… y con el rostro bañado en lágrimas hubo de bajarse del púlpito sin acertar a decir una sola palabra más.

Ningún otro sermón de cuantos pronunció en su vida causó, sin embargo, una impresión tan profunda en su auditorio. Todos rompieron a llorar, y, golpeando sus pechos, pidieron a Dios, a gritos, el perdón de sus pecados.

No exageraron. ¡No exageraron! porque es preciso tener el corazón muy duro o muy amortiguada la fe para no conmoverse profundamente ante el solo anuncio del sermón de los dolores que Nuestro Señor Jesucristo padeció por nosotros en la cruz.

Hace apenas siete años al anunciar su renuncia nos decía el papa Benedicto XVI: No me bajo de la cruz, sino que me sitúo  y permanezco ante ella de un modo nuevo“ (Benedicto XVI, 27-2-2013). 

Y el Papa Francisco, en su primera homilía, cuando apenas habían pasado veinticuatro horas de su elección pontificia, recordó que ya podemos ser laicos, consagrados, sacerdotes, obispos, cardenales e incluso Papa, si no seguimos a Cristo Crucificado, podremos ser lo anterior, pero no auténticos y fecundos seguidores de Jesucristo. 

La cruz –nos dijo el Papa Francisco el 19 de marzo, en la misa del inicio solemne de su pontificado- es la cumbre luminosa del servicio eclesial y del único amor que transforma la vida, las personas, la humanidad y la Iglesia.

El Triduo Pascual es un tríptico con tres tablas, centradas, unidas, abrazadas por la cruz gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo. La Última Cena y el sepulcro abierto y florecido son las otras dos tablas de este inefable e irrepetible tríptico de amor.

 “Cristo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, escribe el evangelista San Juan. “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos… Vosotros sois mis amigos”. El tríptico de la Pascua es el tríptico del Amor, cuyo signo invencible es la cruz.

Si ayer aprendíamos en el Cenáculo, en la Cena –en la Eucaristía- las actitudes capitales para la vida cristiana, hoy en el Calvario hallaremos la ciencia de la vida, el libro abierto del amor, la cátedra de la verdadera sabiduría. 

La cruz es la gran escuela del amor y la sabiduría de un Dios clavado y abierto: “¿Pero cómo, clavado, enseñas tanto? Debe ser que siempre estás abierto, ¡Oh Cristo, Oh ciencia eterna, Oh libro santo!” (Lope de Vega).

En la cruz, escribió Santo Tomás de Aquino, se nos dan “ejemplos de todas las virtudes: amor, paciencia, humildad, obediencia, desapego de las cosas materiales”. 

La cruz es la clave del evangelio, la llave de la puerta santa del cielo. La cruz es aceptación, inmolación, entrega, ofrenda. Es paz. Es respuesta de amor. Es sabiduría: “Porque para entrar en estas riquezas de la sabiduría de Dios- escribe fray Juan de la Cruz-, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear pasar por ella es cosa de pocos”.

Pero, con todo, la cruz cuesta y repele. La cruz, escándalo, necedad, burla e indecible suplicio para griegos, judíos y paganos, sigue siendo también para nosotros los cristianos un misterio. 

Un misterio iluminado. Pero, al fin y al cabo, un misterio.

He aquí, por todo ello, diez actitudes, diez estilos, diez lecciones que hemos de aprender y de vivir en la escuela santa de la Santa Cruz:

1.- Una actitud de respeto, de veneración y de amor. La Santa Cruz es la señal de los cristianos. Porque en ella –decían los viejos y siempre necesarios catecismos- murió por nosotros Nuestro Señor Jesucristo. 

Con la liturgia hemos de decir, de proclamar, de sentir y de vivir –aun desde el misterio: “¡Tu cruz adoramos, Señor, ¡y tu santa resurrección glorificamos! ¡Por el madero ha venido la alegría al mundo entero!

 2.- Una actitud de imitación a Jesucristo. Ser cristiano es ser discípulo de Jesucristo. Es conocer a Jesús, es amar a Jesús, es seguir a Jesús, es imitar a Jesús. Y el Jesús total, el Cristo global es el crucificado. No hay dicotomías en Él. Es siempre el mismo. Es siempre el 

Niño de Belén, el adolescente de Nazaret, el joven de Galilea, el que anduvo por las aguas del lago de Tiberíades, el que predicó y enseñó como nunca nadie hasta entonces y después de entonces, el que realizó los más maravillosos signos y prodigios y el que crucificado, muerto y sepultado, resucitó para siempre y ascendió a los cielos. La cruz es Jesús, este Jesús Nuestro Señor, nuestro Dios, nuestro hermano, nuestro amigo, nuestro camino. 

3.- Una actitud de solidaridad y de misericordia. De solidaridad con Jesucristo y de solidaridad con toda la humanidad doliente. El Calvario sigue presente –tan presente en nuestro mundo-, con tantos escenarios, con tanto dolor y sufrimiento. 

Basta que dirijamos nuestra mirada, por ejemplo, en el rostro de pobreza de tantos hermanos. 

Basta con que nos pasemos por nuestros hospitales, por tantas residencias de ancianos. Basta con pensar en el Cristo sigue clavado en la cruz en estos hermanos nuestros. 

Hoy más que nunca está Cristo en el calvario de todos los enfermos por coronavirus, y sus familias que están separadas de ellos, y los médicos que se exponen por servir a sus hermanos, igual que los policías.

4.- Una actitud de humildad. La cruz nos “humilla”, nos golpea, nos duele, nos hiere. La cruz muestra la debilidad de nuestra condición humana. La cruz demuestra que no lo podemos todo, que no somos como dioses. 

La cruz nos iguala. La cruz nos deja desprovistos de tantas de nuestras seguridades, vanaglorias y grandezas. La cruz nos hace más humanos y más divinos si aprendemos su lección de humildad. 

5.- Una actitud de paciencia. La cruz nos prueba, nos aquilata, nos purifica, nos sana. Pero cuesta. Y dura. Y permanece. La cruz es la es la forja, el yunque de las virtudes. Y la paciencia es una virtud capital para toda la vida, y para todas las vidas.

 6.- Una actitud de trascendencia. Miremos el palo vertical de la cruz, disparándose hacia el cielo. La cruz de Cristo nos recuerda que “hemos sido comprados, que hemos sido redimidos a precio no de oro o de plata corruptibles, sino en la sangre preciosa de Jesucristo”. 

La cruz de Jesucristo testimonia que “no hay remisión sin efusión de sangre”, “que hemos de tomar la cruz cada día”, que el árbol de la cruz es el único que da frutos de salvación. 

7.- Una actitud de nueva, de renovada humanidad, transida de caridad. Es el palo horizontal de la cruz: “Los brazos en abrazo hacia la tierra”. “El dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos”, afirma Pablo. Ya nos lo dijo el mismo Señor de la Cruz y de la Gloria: “en esto conocerán que sois discípulos, en que se amen los unos a los otros como yo los he amado”.

Nuestro cristianismo será tanto más verdadero cuanto más solidario sea, cuanto más fraterno se manifieste, cuanto más atento esté al llanto y al ruego del hermano que sufre, que no es otra persona sino Jesucristo y, éste, crucificado. 

La cruz es el compendio de todas las virtudes, el resumen de los mandamientos. Recordemos, por ejemplo, los distintos títulos y nombres con que la religiosidad popular se aproxima y llama a la cruz, los títulos y los nombres de nuestros Cristos Crucificados. En ellos encontramos la mejor descripción y definición de la cruz. La cruz es camino, misericordia, esperanza, amparo, salud, consideración, fe, agonía, inspiración, agua, perdón, milagro, paz, serenidad, consuelo, fortaleza y victoria. La cruz es amor. Es el Amor.

Hoy el madero de la cruz, nos invita a implicarnos en la construcción del reino, por eso cuando ahora te acerques a adorar la CRUZ, atrévete a creer en el que pende de ella.

En esta tarde tómate tu tiempo, mira a Jesús pendiente de la cruz, Oye lo que dice, considera como muere.

Desde la planta del pie a la cabeza no tiene parte que no esté llagada. Su cabeza coronada de agudas espinas no tiene dónde reclinarse, ¡qué dolor!

Sus manos sujetas con duros clavos, se le están rasgando con el peso del cuerpo.

Las heridas de los pies se van abriendo y dilatando con la carga. Varón de dolores, cuántos todos ltormentos en uno, mira que no hay dolor comparable a este dolor.

Contemplemos los gestos de los que le insultan, burlan y mofan; ve a su Madre, al discípulo amado, al pie de la cruz. Ve a sus amigos y conocidos que miran de lejos…y todos aumentan su tormento y su dolor.

Oye los sollozos y gemidos de sus pocos amigos, los alaridos y clamores, las burlas e irrisiones, los silbidos, escarnios y blasfemias de muchos o de todos sus amigos. 

Por eso en esta tarde: mira a Jesús, pendiente de la cruz y pondera la magnitud de sus dolores, la continuidad y la duración. Exteriormente padece en todo el cuerpo, en cada uno de sus miembros…en todos los sentidos… en el olfato por el hedor del lugar, en el gusto por la sed, por la hiel y el vinagre. Interiormente padece en todas las potencias del alma.

Mira a Jesús pendiente…su cabeza inclinada mirándote con amor…sus brazos extendidos para recibirte, su corazón…abierto para encerrare en él.

 

Todo Jesús respira amor y dolor por ti…por tus pecados…

Por eso hoy dile a Jesús: SEÑOR, CUÁNTO TE CUESTA MI AMOR. Y YO PECADOR  ¿qué he padecido por ti? Por eso en esta tarde escucha lo que te dice Jesús…a viva tu fe: en ese hombre clavado en la cruz, él es el Dios eterno e inmenso, cuyo trono es el cielo, cuyo estrado es la tierra: por quien fueron creadas todas las cosas.   Por eso el Viernes Santo es el sacramento más expresivo y desconcertante del amor de Dios. En él se nos descubre “la profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo”. El 

Viernes Santo “habla y no cesa jamás de hablar de Dios Padre, que es absolutamente fiel a su eterno amor para con el hombre”(Juan Pablo II). 

Esta es la última palabra del Viernes Santo: Dios es fiel a su amor por nosotros, incluso a pesar de nosotros. Nada más sublime podemos decir de Dios, nada más consolador para el hombre: 

“Que por mí solo muriera / Dios si más mundo no hubiera”. Pues “me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí”. 

Esta, es, hermanos, la buena noticia de la muerte de Jesús que celebramos esta tarde del Viernes Santo.

 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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