Homilia – viernes de la VII semana de Pascua (29 de mayo de 2020)

Homilia - viernes de la VII semana de Pascua (29 de mayo de 2020)

Don de temor de Dios

Queridos jóvenes graduandos del Colegio San Mary hoy ustedes terminan un ciclo, cierran un capítulo, y se despiden de personas y lugares que tal vez ya no frecuentarán, pero que han formado parte de vuestra vida por algún tiempo.  Con este acto estamos celebrando vuestro crecimiento, por eso no se les olvide crecer duele

 Pero al mismo tiempo no pueden evitar entusiasmarse por la nueva etapa que próximamente empiezan. Nuevos sueños, nuevas metas y retos, nuevas personas y nuevos lugares. La aventura continúa. En la escalera todavía hay peldaños por subir.

El ciclo de la vida continúa, y muchas veces cada final es un nuevo comienzo, una libreta en blanco, una nueva oportunidad, ser como siempre has querido ser, hacer lo que siempre has querido hacer, cambiar lo que siempre has querido cambiar.

Recuerden siempre: Buenas decisiones: buenas consecuencias, malas decisiones: malas consecuencias. En otras palabras, cada acción tiene sus consecuencias.

Queridos graduandos, hoy tendrán es sus manos, la alegría de quien logra sus metas.  El diploma que recibirán, no es un simple papel, él es símbolo de años de lucha y esfuerzo, de noches sin dormir, de tareas complicadas y de exámenes, de retos, de sorpresa. Con vuestro acto de graduación, ustedes recogen el esfuerzo de tantos años, por eso el diploma es el tesoro que han conseguido con vuestra inteligencia y empeño.

Por eso lo celebramos y agradecemos a Dios: pues como dice san Agustín “Dios no condena al que no puede hacer lo que quiere, sino al que no quiere hacer lo que puede”.

Ustedes han podido y han querido: hoy pedimos al buen Dios, que les permita comprender que este día no es el fin de un camino, sino el comienzo de una nueva etapa en vuestras vidas, de retos que apenas se inicia.

La mayoría de católicos conoce a San Pablo VI por ser el pontífice que llevó a término el Concilio Vaticano II, convocado e inaugurado por su predecesor San Juan XXIII.

Sin embargo, otros episodios importantes de su pontificado son poco conocidos. Eran tiempos en que los medios de comunicación no tenían el alcance que tienen hoy.

Aquí te presentamos siete cosas que quizás no conocías de San Pablo VI:

1. Lo apuñalaron dos veces

El 27 de noviembre de 1970, en el Aeropuerto Internacional de Manila (Filipinas), San Pablo VI recibió dos puñaladas por parte del pintor boliviano Benjamín Mendoza y Amor Flores, que sufría de problemas mentales. El sujeto iba disfrazado de sacerdote e intentó asesinar al Pontífice con una daga.

2. Fue el primer Papa en usar un avión

Efectivamente, San Pablo VI fue el primer pontífice en usar un avión y el primero en salir de Italia desde 1809.

3. También fue el primer Papa en visitar los cinco continentes

Lo hizo antes que San Juan Pablo II y fue apodado “Papa peregrino” antes que el pontífice polaco.

San Pablo VI realizó una visita pastoral al continente africano; en América visitó Colombia y Estados Unidos; en Europa visitó Portugal, Australia en Oceanía, y Filipinas e India en Asia.

4. Fue el primer Papa en visitar Tierra Santa desde San Pedro

En 1964 viajó a Jerusalén y se encontró con el Patriarca ortodoxo Atenágoras I, con quien celebró el levantamiento de las excomuniones mutuas, impuestas tras el Gran Cisma entre oriente y occidente de 1054.

El Papa Francisco visitó tierra Santa en el 2014 para celebrar los 50 años de este acontecimiento.

5. Fue el último Papa en tener una ceremonia de coronación

Además de ser el último Papa en recibir la corona, prescindió del uso de la tiara durante las sesiones del Concilio Vaticano II.

Eventualmente donó la tiara, un regalo de su antigua Arquidiócesis de Milán, a la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington (Estados Unidos) como señal de su aprecio a los católicos estadounidenses.

6. Era apasionado a la lectura

San Pablo VI era un apasionado a la lectura y que en su equipaje de viaje llevaba hasta 75 libros.

7. Creó cardenales a dos futuros Papas

San Pablo VI creó cardenales a Karol Wojtyla en 1967 y a Joseph Ratzinger en 1977, quienes serían luego, respectivamente, serían sus sucesores San Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Don del temor de Dios

Con este don concluimos la serie de los siete dones del Espíritu Santo.  Temor de Dios, No significa tener miedo de Dios: sabemos bien que Dios es Padre, y que nos ama y quiere nuestra salvación, y siempre perdona, siempre; por lo cual no hay motivo para tener miedo de Él.

El temor de Dios, en cambio, es el don del Espíritu que nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos. Esto es el temor de Dios: el abandono en la bondad de nuestro Padre que nos quiere mucho.

Cuando el Espíritu Santo entra en nuestro corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como somos, es decir, pequeños, con esa actitud —tan recomendada por Jesús en el Evangelio— de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección, precisamente como un niño con su papá.

Esto hace el Espíritu Santo en nuestro corazón: nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro papá. En este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza.

Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre.

He aquí por qué tenemos tanta necesidad de este don del Espíritu Santo. El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros.

Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados.

Cuando estamos invadidos por el temor de Dios, entonces estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia. Esto, sin embargo, no con actitud resignada y pasiva, incluso quejumbrosa, sino con el estupor y la alegría de un hijo que se ve servido y amado por el Padre.

El temor de Dios, por lo tanto, no hace de nosotros cristianos tímidos, sumisos, sino que genera en nosotros valentía y fuerza. Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino porque son movidos y conquistados por su amor. Ser conquistados por el amor de Dios. Y esto es algo hermoso. Dejarnos conquistar por este amor de papá, que nos quiere mucho, nos ama con todo su corazón.

Pero, atención, porque el don de Dios, el don del temor de Dios es también una «alarma» ante la pertinacia en el pecado. Cuando una persona vive en el mal, cuando blasfema contra Dios, cuando explota a los demás, cuando los tiraniza, cuando vive sólo para el dinero, para la vanidad, o el poder, o el orgullo, entonces el santo temor de Dios nos pone en alerta: ¡atención!

Con todo este poder, con todo este dinero, con todo tu orgullo, con toda tu vanidad, no serás feliz. Nadie puede llevar consigo al más allá ni el dinero, ni el poder, ni la vanidad, ni el orgullo. ¡Nada! Sólo podemos llevar el amor que Dios Padre nos da, las caricias de Dios, aceptadas y recibidas por nosotros con amor. Y podemos llevar lo que hemos hecho por los demás.

Atención en no poner la esperanza en el dinero, en el orgullo, en el poder, en la vanidad, porque todo esto no puede prometernos nada bueno. Pienso, por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre otros y se dejan corromper. ¿Piensan  que una persona corrupta será feliz en el más allá? No, todo el fruto de su corrupción corrompió su corazón y será difícil ir al Señor.

Pensemos en quienes viven de la trata de personas y del trabajo esclavo. ¿Pensáis que esta gente que trafica personas, que explota a las personas con el trabajo esclavo tiene en el corazón el amor de Dios? No, no tienen temor de Dios y no son felices. No lo son.

Pensemos en quienes fabrican armas para fomentar las guerras; pero pensad qué oficio es éste. Estoy seguro de que si hago ahora la pregunta: ¿cuántos de vosotros sois fabricantes de armas? Ninguno, ninguno. Estos fabricantes de armas no vienen a escuchar la Palabra de Dios.

Estos fabrican la muerte, son mercaderes de muerte y producen mercancía de muerte. Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo acaba y que deberán rendir cuentas a Dios.

Ahora podemos comprender la importancia del espíritu santo en nuestra vida y la vida de la Iglesia.

Es el Espíritu quien transforma y traslada a una nueva condición de vida a los fieles en que habita y tiene su morada. Esto puede ponerse fácilmente de manifiesto con testimonios tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. 

Así el piadoso Samuel le dijo a Saúl: Te invadirá el Espíritu de Yahveh, y te convertirás en otro hombre. Y San Pablo: Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor, y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu. 

No es difícil percibir cómo transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu.

Sin duda es así como encontramos a los discípulos, animados y fortalecidos por el Espíritu, de tal modo que no se dejaron vencer en absoluto por los ataques de los perseguidores, sino que se adhirieron con todas sus fuerzas al amor de Cristo. 
Se trata exactamente de lo que había dicho el Salvador: Os conviene que yo me vaya al cielo. En ese tiempo, en efecto, descendería el Espíritu Santo.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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