Homilía – Solemnidad de la Asunción de la Virgen María 2020

Homilía - Solemnidad de la Asunción de la Virgen María 2020
Parroquia Asunción de la Virgen María, 15 de agosto de 2020
Saludo con mucho cariño al P. Cristian y  a esta querida comunidad  de Panamá Viejo,  a las diversas parroquias y capillas que en todo Panamá la tienen como  titular: Santa María en
Herrera, la  Capilla del Guácimo, en Los Santos.
Esta fiesta de la Asunción pone de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor.
Hoy es una fiesta llena de alegría. Celebramos la culminación del camino que hizo María por este mundo. Es una fiesta de victorias y triunfos, en medio de este mundo sumergido en miles de batallas que parecen todas perdidas.
Desde la primera lectura, el libro del Apocalipsis nos lanza a presenciar a esta mujer con todos los símbolos del triunfo. Hay quienes tienen miedo leer este libro porque en él aparece la bestia y numerosas figuras de animales, pero si lo leemos con atención, a través de los símbolos descubriremos una gran esperanza. Es cierto que habla de luchas y de batallas, pero con la firme esperanza del triunfo final de Cristo y de sus seguidores.
Así, en este día la primera victoria que celebramos es la de Cristo, el Cordero que es presentado degollado, pero vivo y de pie. Es el punto culminante de toda la humanidad, es la razón por la que nosotros seguimos en esta lucha, porque a través del triunfo de Jesús también nosotros esperamos alcanzar el triunfo.
Aparece María victoriosa, triunfante. La pequeñita del cántico del Magníficat, es la que el Señor ha elevado y presentado como reina. Es la que ha escuchado la Palabra, la que ha engendrado y hecho germinar, la que ha dado vida.
Finalmente, también es una victoria nuestra, y de ahí nuestra alegría. Porque Cristo al asumir nuestra carne, al asumir nuestros fracasos y nuestras muertes, nos ha dado la posibilidad de participar de su victoria. Y es nuestra también la victoria de María, que es nuestra Madre.
En María, los creyentes podemos mirar hacia el futuro y decir plenamente nuestro sí, guardarlo en el corazón y poner nuestra confianza en el Dios cuyo brazo es poderoso y enaltece a los humildes.
En estos momentos de incertidumbre, contemplemos el rostro de María en su asunción a los cielos, y que su triunfo nos lleve a recordar el triunfo de Jesús y nos aliente en nuestro propio triunfo.
El Papa Francisco, retomando algunos de los textos de este día, nos invita a tres actitudes muy concretas: mantener la esperanza, dejarse sorprender siempre por Dios y vivir con alegría. Esta fiesta nos llevará a hacer más firme y viva nuestra fe.
En esta fiesta solemne celebramos que María, en cuerpo y alma, fue llevada al cielo una vez terminada su vida terrenal.
Al decir esto, estamos afirmando en primer lugar que María como todo ser humano, allá por los años cincuenta de nuestra era murió. La muerte es connatural a la especie humana (y a todo ser viviente de este mundo).
Nadie se puede substraer de ella. Algunos han querido evitar a María este trago, pero sería deshumanizarla a la vez que evitarle la “pascua”, su propia “pascua”; es decir el momento cumbre en el que el Sí que dio a Dios un día de la “Anunciación” pasase a ser el SI definitivo de la total confianza en el Dios de la Vida y el Dios de nuestro Señor Jesucristo.
En segundo lugar, afirmamos que fue asunta al cielo. De Jesucristo afirmamos que ascendió al cielo. Jesucristo no es llevado al cielo, sino que él pasa de este mundo al Padre resucitando de la muerte al tercer día y sube al cielo 40 días después de su Resurrección, según dice San Lucas.
Lo que acontece en Jesús es fundamental para que después pueda acontecer la Asunción de María. Jesús es el primero. Él Resucitó el primero de todos. Y por Él resucitaremos todos.
Su Resurrección es la que marca el camino de todos aquellos que creemos en Él y de todo otro hombre o mujer de buena voluntad. María es llevada al cielo.
En tercer lugar, afirmamos que, desde el momento de su asunción, María está en el cielo en toda la dimensión de su personalidad (cuerpo y alma). María es el primer fruto maduro del efecto resurreccional de Jesús. Está en la casa del Padre injertada plenamente en la fuente de vida que es Cristo Resucitado
En cuarto lugar, decimos que María es pionera entre otros muchos hermanos de Jesús e hijos del Padre. María ha recorrido el camino de su vida terrenal en total fidelidad a la voluntad del Padre-Dios. Supo un día fiarse totalmente de la Palabra-Promesa que pronunció el ángel Gabriel en el nombre del Altísimo, y, a pesar de ser algo inusitado, supo decir: “Hágase en mí según tu Palabra”. Supo decir “SI”. Supo decir “Amén”. Y como para Dios no hay nada imposible aconteció en ella lo imposible: El Hijo de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros.
Pero ese “Sí” de un primer día” fue cultivándolo y madurándolo día a día durante su travesía por este mundo. Y pasó pruebas y peligros. Mantuvo su SI hasta al pie de la cruz de su Hijo al que vio padecer y morir y ser sepultado. También lo contempló Resucitado de entre los muertos y su fe se hizo grande y luminosa capaz de contagiar y cuidar la fe de los Apóstoles y de los primeros cristianos.
En quinto lugar, afirmamos que el cielo es Vida eterna con Cristo en Dios. El cielo es la casa del Padre donde hay muchas moradas. En esa casa están ya, junto con Jesús y con María, muchos hermanos que nos han precedido en el camino de la fe. El cielo es la meta donde desemboca esta vida nuestra que es desde siempre regalo de Dios y que no se nos da para quitárnosla sino para que llegue a plenitud pasando por la muerte para llegar a la Vida Eterna.
Por último, decimos que es una FIESTA. Es nuestra fiesta. Nos alegramos y festejamos que una de nuestra raza –María de Nazaret- ha hecho un camino de vida ejemplar y ha llegado a lo más alto que pueda aspirar cualquier persona humana. Nos alegramos por ella.
Pero además nos alegramos porque el camino que ella ha recorrido nosotros estamos invitados a recorrerlo. A nosotros también se nos ha llamado y elegido para ser santos e inmaculados en el amor. También se nos ha elegido para ser hijos de Dios.
Queridos hermanos convenzámonos, esta fiesta de la Asunción no es la conmemoración de un privilegio más de la Virgen, que la aparta más y más de nosotros. Es el día esperanzador en que se empieza a cumplir una promesa del Señor Jesús hecha a nosotros: “el que cree en mi tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.
Es verdad que María tuvo una misión y un puesto de privilegio: el ser Madre del Hijo de Dios. Pero cuando la mujer del pueblo le grita a Jesús: “bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”, lo que Jesús alaba no es el puesto privilegiado de María, como Madre suya… “Más bien bendito el que oye la palabra de Dios y la cumple, el que cree en mí y en mi palabra, porque tiene vida eterna”.
La fiesta de hoy es una consecuencia del Misterio central de nuestra Fe: la Resurrección de Jesucristo en el que todos hemos resucitado.
Jesús murió y resucitó. Ese Jesús que vivió con los Apóstoles hoy vive. María murió y resucitó, y esa misma María que llevó en su seno a Jesús hoy vive. Y nosotros que estamos aquí un día moriremos y también viviremos con Jesús y María. Dejemos a un lado el “como” y el “cuándo” que no lo podemos imaginar. Quedemos con esta realidad de Fe y creamos.
María se nos ha adelantado. Dios la ha puesto en lo alto del cielo, como estrella llena de luz que nos llene de esperanza al hacer nuestro camino:
• Cuando la lucecilla de nuestra fe vacile, miremos a la estrella y pidamos a María esa fe que nos trae la vida eterna.
• Cuando nos encontremos desesperanzados por los problemas familiares, económicos, de enfermedades, miremos a la estrella y María nos dará esperanza, que también Ella llegó a lo
alto por senderos empinados y duros de montaña.
• Cuando nos demos cuenta de que la borrachera de la diversión, del pasarlo bien, del egocentrismo se va apoderando de nosotros, pidamos a María que no permita que seamos juguetes de los demás, porque llevamos en nosotros el tesoro de la Vida Eterna.
¡La Asunción de la Virgen, nos invita a elevar nuestros ojos al cielo!
¿Qué es lo que buscan o pretenden los atletas o los deportistas, los países que participan? Competir para ganar. Subir al pódium y con cuantas medallas más y mejor.
Pues miren esta festividad de la Asunción, me atrevería a decir, es la gran medalla que DIOS da a la Virgen por haber estado ahí, por haber corrido hasta el final, por haber permanecido fiel.
Hoy es el día en que DIOS eleva a la Virgen en el pódium del cielo; le abre sus puertas, la sienta a su lado por haber jugado en limpio con sencillez y obediencia, con pobreza y humildad, con pureza y con disponibilidad…
Por eso si María en este día subió a los cielos; nosotros también estamos llamados a juntarnos con la Madre en ese mismo lugar.
Si Ella permaneció hasta el final FIEL a sus principios; que nosotros no los perdamos. La fiesta de la Asunción es precisamente eso: no perder el norte…no dejar que nadie vulgarice nuestra vida.
Por ello, en este día de gloria, de premio y de gratificación por parte de Dios a la Virgen María, soñamos también con el nuestro: Ella participó en el plan de Dios y, nosotros, si lo hacemos de la misma manera… entraremos por el mismo pórtico por el que María es recibida en medio de cánticos, trompetas y sonrisas celestiales.
Hoy DIOS se la lleva a su lado… porque su cuerpo no puede corromperse en la tierra. Pero todos, tú y yo, nosotros… la tenemos en el corazón pese a quien pese y caiga quien caiga. Pues mirar al cielo y tener fe… conlleva un triunfo; no son las medallas de oro y de plata de los juegos olímpicos, es la alegría de ver un día cara a cara a los nuestros y ver frente a frente el rostro de Cristo de Dios, del Espíritu y de María Virgen.  A nosotros también se nos ha dado el Espíritu Santo, el mismo Espíritu que recibió María, para que podamos vivir nuestra vida como un permanente SI a la voluntad de Dios.
†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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