Homilía – Santa Mónica 2020

Homilía - Santa Mónica 2020

Una de las experiencias más bellas que Dios me regaló en mi primer viaje a Roma en el año 1985 fue poder visitar la tumba de Santa Mónica en la Basílica de San Agustín.

Allí de rodillas frente al cuerpo de la santa, por su intercesión, le he pedido al Señor por mi mamá y por todas las madres que ha puesto en mi camino.

Creo que Santa Mónica encarna de manera virtuosa lo que es propio de la vocación a la maternidad: amar a los hijos, saberlos acompañar en sus alegrías y dolores, y sobre todo, hacer todo lo que esté a su alcance para rescatarlos de cualquier situación que los ponga en peligro física o espiritualmente.

Para conocer mejor a Santa Mónica fijémonos en el retrato que San Agustín, con amor filial nos presenta hermosamente al final del capítulo 9 del libro IX de Las Confesiones. Dice así justo después de la muerte de su madre:

«Era sierva de tus siervos, y cualesquiera de ellos que la conocía te alababa, honraba y amaba mucho en ella, porque advertía tu presencia en su corazón por los frutos de su santa conversación. Había sido mujer de un solo varón, había cumplido con sus padres, había gobernado su casa piadosamente y tenía el testimonio de las buenas obras, y había nutrido a sus hijos, pariéndoles tantas veces cuantas les veía apartarse de ti. Por último, Señor, ya que por tu gracia nos dejas hablar a tus siervos, de tal manera cuidó de todos nosotros los que antes de morir ella vivíamos juntos, recibida ya la gracia del bautismo, como si fuera madre de todos; y de tal modo nos sirvió, como si fuese hija de cada uno de nosotros» (IX, 9, 22) 

Santa Mónica era ante todo una mujer de profunda fe, y esta fidelidad a Dios la vivía además con el hombre que tenía por esposo, que no era precisamente un “santo” o modelo de padre de familia. Sabemos también, por Las Confesiones que el padre de Agustín tenía un pésimo genio, además de ser alcohólico y mujeriego. Santa Mónica, a pesar de las adversidades, se mantuvo al lado de su esposo, tratando siempre de sacar adelante a su familia. Era además, como la describe San Agustín, buena hija y ama de casa. Madre e hija, Santa Mónica cuidaba a todos como una buena madre y servía a todos como lo haría una buena hija.

Santa Mónica –lo sabemos por el testimonio de su propio hijo– sufría porque el inquieto Agustín buscaba donde no debía, y tratando de encontrar un sentido para su vida terminó enredándose en el mundo. Como mujer de Dios le afligía que su hijo se perdiera espiritualmente. Por esto lloraba, como lo haría cualquier madre que ve a su hijo descarriado, e intentó muchas cosas pero sobre todo aquello que toda madre tiene a su alcance: la oración. La fe de Santa Mónica nos enseña que las plegarias de una madre son siempre escuchadas por el Buen Dios.

En Las Confesiones leemos esta frase que un obispo dirigió a santa Mónica luego que le pidiera ayuda para que su hijo reencuentre la fe: «No es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas» (III, 12, 21).

El propio Agustín, tras su conversión, rezando a Dios dice: «mi madre, fiel sierva tuya, lloraba en tu presencia mucho más que las demás madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos, porque veía ella mi muerte con la fe y espíritu que había recibido de ti. Y tú la escuchaste, Señor; tú la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo abundantes, regaban el suelo allí donde hacía oración; sí, tú la escuchaste, Señor» (III, 11, 19).

Efectivamente Dios la escuchó, escuchó la súplica de una madre que ama y le concedió la gracia de la conversión de su hijo. Agradecida con Dios, Santa Mónica al final de su vida dice estas palabras: «superabundantemente me ha concedido esto mi Dios» (IX, 10, 26). Dice el Papa Francisco: «¡Aquello por lo que ella lloraba, Dios se lo dio abundantemente! Y Agustín es heredero de Mónica, de ella recibe la semilla de la inquietud. He aquí, entonces, la inquietud del amor: buscar siempre, sin descanso, el bien del otro, de la persona amada, con esa intensidad que lleva incluso a las lágrimas» (Homilía 23 de agosto de 2013).

Creo que esto último que menciona el Santo Padre es propio de la maternidad: buscar siempre sin descanso el bien de los hijos. Santa Mónica es por ello modelo de toda madre que quiere lo mejor para sus hijos, modelo de mujer con una fe inquebrantable que supo ser madre hasta su último suspiro. Tal fue su testimonio de vida que ante su muerte San Agustín expresa: «la muerte de mi madre no tenía nada de lastimoso y no era una muerte total: la pureza de su vida lo atestiguaba, y nosotros lo creíamos con una fe sincera y por razones seguras» (IV, 9-11).

Recordemos el hermoso ejemplo de Santa Mónica y pidámosle que interceda por todas las mujeres que han recibido el don de la maternidad, en especial por aquellas madres que sufren a causa de sus hijos para que, en medio de su dolor, puedan ser poderosas intercesoras ante a Dios a semejanza de Santa María la Madre del Señor Jesús.Quizá no sea vano dar ánimos desde esta santa a ese numeroso y anónimo club de madres creyentes, dispersas por el mundo, que van amasando en su interior cada día preocupaciones similares a las de santa Mónica por tantos y tan grandes problemas familiares. Quizá sea el momento de animarlas a ser pacientes, que Dios tiene sus horas para los maridos cabezones, descreídos o descaminados. Quizá no sea malo decirles que es conveniente mantenerse en paz. Quizá sea oportuno decirles que se pongan a rezar mucho por sus hijos, que Dios puede más. Quizá venga bien recordarles la necesidad de ir por delante con el ejemplo, la alegría, la piedad y el consejo. Quizá no se molesten si alguien les dice que las lágrimas sirven y hasta pueden ser joyas de amor y bondad. Quizá, mirando a Santa Mónica, descubran en el horizonte nuevos remansos serenos, sin tempestad… quizá, quizá san Agustín no hubiera llegado a ser lo que fue si no hubiera tenido esta madre con un corazón tan excepcional.Por eso podemos decir que: Agustín fue, por decirlo así, dado a luz dos veces. Una, al nacer para este mundo; otra, al nacer para la fe cristiana. Mónica le dio a luz para esta tierra con los dolores de su parto; y lo dio a luz para la fe con los dolores de su alma, a menudo fuente de un llanto sincero y profundo. Por eso la memoria de santa Mónica despierta también en nosotros la importancia de interceder por los demás ante Dios a fin de que alcancen un bien espiritual. Es lo que hizo esta santa Mónica, que imploró de Dios la conversión de su hijo Agustín y fue escuchada. Ahora bien, Dios no le ahorró las lágrimas ni los sufrimientos. Pensando en santa Mónica nos damos cuenta de muchas cosas. En primer lugar, vemos que verdaderamente quería el bien de su hijo. Desde un punto de vista humano podía sentirse satisfecha ya que su hijo había triunfado en la vida.

Pero Mónica nunca confundió las cosas. Ningún éxito humano de su hijo, ningún triunfo en esta tierra estaba al nivel del gran bien: conocer a Jesucristo y amarlo. Esto es lo primero que vemos: querer el bien espiritual de los hombres, que es su destino eterno.

Sólo quien se preocupa del bien espiritual de las personas las ve en su verdadera dimensión y de forma completa.  El hombre ha sido creado para Dios y mientras permanece alejado de Él no puede ser verdaderamente feliz. Amar a alguien significa desearle ese bien. Así amaba santa Mónica a su hijo y así debemos amar nosotros a quienes decimos son nuestros seres queridos.

Mónica eligió sufrir por el bien de su hijo. De alguna manera compendió que engendrar en la fe supone también sufrir en el mundo. San Agustín dirá después que es doblemente hijo de Mónica, ya que ella fue su madre biológica pero también quien lo ayudó a nacer en la fe. Al igual que estamos dispuestos a desgastarnos por ayudar a otros en el plano físico (dedicando horas, apoyando, trabajando por ellos), también existe un desgaste espiritual que es sufrimiento. Esto es difícil de explicar, pero en la experiencia se descubre que el sufrimiento tiene un carácter purificador y obra en bien de los demás.

El Agustín que no conocía a Jesucristo estaba clavado en el corazón de Mónica y ese dolor ella lo volvió útil. Ni lo negó refugiándose en otras compensaciones ni se desentendió de él. Su corazón fue el altar en el que amor y sufrimiento por su hijo se unieron y ella lo ofrecía cada día a Dios con su oración esperando la transformación que finalmente se produjo.

 

El doble diálogo

De Mónica aprendemos también que el proceso de ganar almas entraña un doble diálogo. Hay que hablarle a la gente sobre Dios, pero aún más importante es hablarle a Dios sobre la gente. Es Él y solamente Él quien tiene poder en los corazones, y por eso no hemos de sobrestimar la fuerza de las razones, aunque sean válidas.

Anhelo de eternidad

Agustín cuenta en sus Confesiones de uno de sus últimos diálogos con su mamá, Mónica. Lo que brilla en esa conversación es que el centro de la vida de ella no era él sino Dios. Parece algo trivial pero no lo es: muchos creen que Mónica sólo vivía para su hijo y en torno a su hijo, y no era así. Si pudo hacerle tanto bien al hijo es porque amaba más a Dios.

El anhelo de eternidad es sello muy propio de las almas así enamoradas de Dios. No es que el mundo no valga, sino que su valor pasa a segundo plano en cuanto la fuente de todo valor, que es Dios, se muestra como contenido mismo de la bienaventuranza que no acaba.

Santa Mónica, es aquella mamá que no se cansa nunca de rezar, de esperar a su hijo, de buscarlo, de corregirlo, de acompañarlo. Se pasa veinte largos años en esta tarea. San Agustín, un hijo que pasa por mil problemas, prueba de todo, discute con todos, lleva una vida desordenada, pero siempre recuerda que en su casa está su mamá.

En medio de la oscuridad más grande, en medio de los momentos de más desánimo, en medio de la perdición más grande, le viene al corazón: ‘mi mamá’. No la obedece, pero queda la semilla. Y esa relación de Santa Mónica y San Agustín, hoy es como una fotografía para la situación actual.

Cuántas veces los papás, tienen que hacer ese esfuerzo de estar, de seguir esperando, de seguir rezando, de seguir teniendo paciencia, de seguir acompañando, de seguir corrigiendo. No se olviden que esos hijos estén donde estén y aunque parezca que es inútil lo que uno hace; esos hijos dentro tienen un enorme amor agradecido a sus padres.

Tal vez no lo manifiestan, -a veces parece que fuera lo contrario-, pero, quisiera animarlos padres e hijos, que, así como en el deporte las dificultades son las que te hacen más competitivo, mejor deportista, con más garra; en la familia, justamente en las dificultades se prueba el verdadero amor.

Mamás, papás, hijos, esa búsqueda del amor que hoy es tan complicada.¡Qué difícil es creer hoy!. Esa tarea de aprender a amar a toda edad, de dejar que te amen, tiene un fundamento que es el que Agustín nunca se olvida: Agustín siempre buscaba la verdad.

Que santa Mónica nos enseñe a amar así a nuestros seres queridos y nos ayude a permanecer fieles en el camino del sufrimiento si fuera necesario.

Como santa Mónica, a veces una madre derrama muchas lágrimas cuando un hijo responde a su vocación divina

Antes de que san Agustín regresara al ejercicio de la fe y fuera ordenado sacerdote, su madre lloró abundantes lágrimas de intercesión. De similar forma, muchas madres del mundo actual harán innumerables sacrificios para que sus hijos puedan responder libremente a cualquier vocación que Dios les tenga guardada.

En reconocimiento de esta realidad, una tradición piadosa ha ido pasando a lo largo de los años para presentar respetos al papel que la madre tiene en la vida de un sacerdote.

Cuando un sacerdote es ordenado, sus manos son ungidas con óleo por el obispo. Después, sus manos son limpiadas con una toalla de lino blanca llamada maniturgium. El óleo usado sobre las manos del sacerdote es sagrado, bendecido previamente por el obispo, de modo que el maniturgium, o manutergio, no puede desecharse en la basura. Aunque sí podría terminar en un cesto de lavandería para ser limpiado, los sacerdotes de la historia tomaron la costumbre de conservar estos paños de lino para presentarlos a sus madres durante su primera misa.

Según una antigua tradición, la madre conserva la toalla en lugar seguro hasta el día de su muerte. Luego, cuando su cuerpo es preparado para el funeral, el manutergio se deposita entre las manos de la madre. Entonces, la tradición piadosa cuenta lo que sucede cuando la madre del sacerdote llega a las nacaradas puertas del Cielo.

Cuando llega a las puertas del Cielo, es acompañada directamente hasta nuestro Señor. Nuestro Señor le dirá: “Te he dado vida. ¿Qué me has dado tú?”. Ella entregará el manutergio para luego responder: “Te he dado a mi hijo como sacerdote”. Y con ello Jesús le concede la entrada en el paraíso.

Es una tradición hermosa y reconfortante que siempre conmueve a quien la presencia. También corren las lágrimas cuando un joven sacerdote presenta el lienzo a su madre, lágrimas de alegría en vez de pena.

Más recientemente ha crecido una tradición que reconoce el papel del padre de un sacerdote. Consiste en que el recién ordenado sacerdote entrega a su padre una estola confesional morada después de que el sacerdote escuche su primera confesión. De hecho, en ocasiones el sacerdote escuchará también a su padre en confesión, algo que resulta ser una experiencia muestra una gran humildad.

Esta tradición reconoce el hecho de que los padres son esenciales para la formación de hombres buenos y santos, ya que los hijos miran constantemente a sus padres para saber lo que significa ser un hombre.

Estas dos costumbres están siendo recuperadas por muchos jóvenes sacerdotes y son una magnífica forma de honrar los numerosos sacrificios que hacen los padres para criar hijos santos. Los sacerdotes no surgen de la nada, sino que dependen mucho de la educación recibida en el hogar. A fin de cuentas, la única manera segura de incrementar las vocaciones al sacerdocio es cultivar familias unidas y santas.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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