Homilía – Santa Marta (29 de julio de 2020)

Homilía - Santa Marta (29 de julio de 2020)

Hermanos y hermanas en el Señor

Queridas consagradas del Instituto Marta y María, presente en la Nunciatura Apostólica, en la Parroquia la Inmaculada Concepción de Veracruz y en Llano Ñopo.

Este 29 de julio; se cumplen 56 años de la 1era. Misa transmitida en la Televisión Panameña y que se hizo un 29 de julio de 1964 en RPC Televisión.
Y también en el mes de julio, se cumplen 51 Años de transmisión ininterrumpida de la Santa Misa Dominical, esta cita semanal con Dios, está dedicada a los enfermos en sus casas, los que están recluidos en los Hospitales, y aquellas personas que están privados de libertad en las cárceles.

Durante estos años, la Misa Televisada, se ha transmitido de forma ininterrumpida, hasta en los momentos difíciles que ha enfrentado la nación panameña; en especial la Invasión de Estados Unidos a Panamá en 1989, nunca se dejó transmitir.
Agradecemos a los Canales de Televisión Abierta del país y mas a 2 empresas que han estado desde sus inicios en la Misa Dominical desde 1969 tanto a la Corporación MEDCOM (Telemetro y RPC) y TVN Media; también a FETV, Sertv y Nex Canal 21 que con el paso de los años; se han sumado a dicho encuentro semanal.
Este encuentro con Dios, y que une a las principales Televisoras del país las 52 Semanas del Año durante una Hora y en Cadena Nacional, seguirá llevando toda la Palabra de Dios, y que es uno de los pocos países de América Latina en tener una Transmisión Semanal Televisiva de dicho encuentro que conlleva y une a los católicos y llevar este mensaje a todos los panameños.

Esta fiesta del Señor donde estamos celebrando y recordando a santa Marta.  Santa protectora de las cocineras y amas de casa, y de la hostelería

Santa Marta que me cae bien por tres razones:

– Porque es amiga de Jesús y, por tanto, contribuyó a que Jesús fuera lo que fue. Toda amistad es un milagro de reciprocidad.

– Porque es una mujer acogedora, que sabe hacer un espacio en su casa y cuidar los detalles.

– Porque es una mujer sincera que no disimula que es un poco “unilateral” y quizá no preparada para el “tú a tú”. Prefiere las maniobras de aproximación a través del servicio.

El mundo va cada vez más rápido. Los coches, los aviones, las telecomunicaciones, internet. Todo son cosas que deberían hacer que el hombre dispusiese de más tiempo, pero parece que el hombre de hoy, cuantos más remedios encuentra para ahorrar tiempo, más motivos encuentra para gastarlo.

Y no escapamos los cristianos a esta fiebre del tiempo, y muchas veces nos preocupamos de no poder encontrar más tiempo de encuentro personal con Jesucristo, de oración. Es cierto, la vida moderna nos lleva a vivir cada día como un conjunto de actividades en frenética sucesión. No encontramos el momento para orar, y cuando lo encontramos, la inercia de las actividades que hemos tenido que desempeñar no nos permiten recogernos y profundizar cuanto quisiéramos en nuestro diálogo con Cristo.

Una situación similar nos presenta el Evangelio de hoy. Marta representa al cristiano de nuestro tiempo, que descubre y aprecia la presencia de Cristo en su vida pero que no es capaz de salir del remolino del activismo para disfrutar de la cercanía del Maestro. Y no es que Jesucristo en el Evangelio menosprecie el trabajo de Marta, sino que pretende enseñarla cómo elevarse desde su postura en la que sólo lo material cuenta para saber gustar, también desde el plano de sus labores del hogar, de la compañía de Cristo. Nos dejó dicho Santa Teresa que “también entre los pucheros está Dios”. Son pues para nosotros las palabras de Cristo una invitación a saber compartir con Él las cosas de cada día. No pretender que para orar siempre encontraremos el lugar y el tiempo propicio, sino aprender a estar cerca de Él en el trabajo, en el atasco de tráfico, en la cocina, y así hacer de nuestro día una oración continua en la que también nosotros hayamos tomado “la mejor parte”.

Santa Marta me cae bien, en definitiva, porque me parece que simboliza mejor que su hermana María nuestra alma contemporánea. Sólo reconociéndonos en su piel podemos calibrar y hacer nuestras las palabras que Jesús le dirige y que se han convertido en un eslogan universal: Solo una cosa es necesaria.

Esta fiesta de Santa Marta nos da oportunidad de mirarla con atención y seguir su ejemplo. “Pues los santos no están tanto para ser admirados sino para ser imitados”.

Marta, aunque en alguna ocasión recibe una especie de reproche de Jesús por dedicar demasiada atención a los quehaceres domésticos comparándola como María que ha escogido la mejor parte, hoy, sobre todo en el pasaje de este día, se nos ofrece como ejemplo de fe. Y es en su reproche a Jesús: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”, parece que nos da pies para lanzar también una serie de reproches y reclamos a Jesús.

Hermanos: Hay muchas situaciones que nos parece que “si hubiera estado Jesús” no habrían acontecido: los graves asesinatos, los suicidios incomprensibles, la drogadicción, el alcoholismo de los seres queridos, las graves divisiones y tantas otras situaciones que nos parecen lejos de la presencia de Jesús.

Entonces exclamamos: “Si hubieras estado aquí…”, pero Jesús quiere estar con nosotros, somos nosotros los que sistemáticamente lo ignoramos y constantemente lo hacemos a un lado. 

Hemos optado por las riquezas, por la seguridad, por la tecnología, por el trabajo y lo hemos relegado a un segundo plano.

¡Y después nos quejamos de que no está presente! Llamémoslo hoy e invitémoslo a participar de nuestras vidas, pero Él nos exige, igual que a Marta, una adhesión plena.

Hoy más que nunca en medio de nuestras dudas Jesús nos pide creer en la resurrección y en la vida, y hoy nos pregunta también a nosotros si creemos que él es la vida y que todo el que crea en Él no morirá.

¿Qué le respondemos nosotros? ¿Tenemos esa fe firme para contestar como Martha: ¿Sí, Señor? ¿Creo firmemente que tú eres el Mesías?  Examinemos la firmeza de nuestra fe.

Por eso queridos hermanos: es muy distinto profesar: creo en la resurrección de los muertos, que confesar que Jesús es la resurrección y la vida; y, a partir de esa confesión llegar a la profesión más profunda de la misma fe: Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Jesucristo ha de ser buscado no sólo para que remedie nuestras necesidades temporales, como la pobreza, la enfermedad o aquello que nos oprima, angustie o entristezca.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Jesucristo es la resurrección y la vida, esto quiere decir dos cosas: la primera, es que el alma humilde y caritativa debería tener la confianza de pensar, que, en su último día, no se verá abandonada, sino acogida con amor, por aquel que, con su entrega en la cruz, ha vencido a la muerte.

Y esta respuesta nos aclara no es lo mismo vivir y sobrevivir. Esta última quiere decir caminar en la vida sin sentido alguno, caer en desesperación y dejarse agobiar por las responsabilidades y situaciones inesperadas de la vida. Esta era la actitud de Marta ante la muerte de su hermano, ella buscaba sobrevivir en medio del dolor.

Es hasta que llega Jesucristo a su vida, cuando comienza a ver las cosas de un modo diferente, comienza a bajar sus pensamientos al corazón, y así se vuelve capaz, no solo de reconocer la divinidad de Jesús, sino también de aceptarlo en su vida y confiar en Él.

El alma que pone su confianza total en Dios, nunca, nunca, nunca se verá defraudada.

«En este pasaje del Evangelio vemos que la fe del hombre y la omnipotencia de Dios, el amor de Dios, se buscan y, finalmente, se encuentran. Es como un doble camino: la fe del hombre y la omnipotencia del amor de Dios se buscan y finalmente se encuentran. Lo vemos en el grito de Marta y María y todos nosotros con ellas: “¡Si hubieras estado aquí!”. Y la respuesta de Dios no es un discurso, no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida… ¡Tened fe! En medio del llanto seguid teniendo fe, aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quitad la piedra de vuestro corazón! Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte”. También hoy nos repite Jesús: “Quitad la piedra”: Dios no nos ha creado para la tumba, nos ha creado para la vida, bella, buena, alegre.»
(Homilía de S.S. Francisco, 29 de marzo de 2020).

Por eso nuestra relación con Él nos ha de conducirnos  a una fe verdadera y profunda, aceptando entrar no sólo en amistad, sino en una auténtica comunión de vida con Él. Aceptarlo como la Vida que nos hace comprometernos a ser signos de vida, portadores de vida, trabajadores esforzados a favor de la vida, nos debe hacer confesar su Nombre no sólo con los labios, sino con el testimonio de una existencia que no se deje dominar por ningún signo de maldad ni de muerte, ni permita que los signos de muerte dominen el corazón de las personas.

A pesar de que tengamos que experimentar la muerte, sabemos que ésta no tiene la última palabra, sino la Vida, que es Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

Por eso que gran lección nos ofrece Santa Marta: El optimismo cristiano no se funda en el rodar de cabezas de enemigos por el suelo, ni en espadas en alto.

Jesús nos lo propone en otra cosa: El optimismo cristiano lo fundamentamos…

–en la seguridad que el Reino de los Cielos está ya en medio de nosotros. Porque él es la resurrección y la vida.

–en que es una semilla tan fuerte que, aunque el sembrador esté dormido, ella va desarrollando el corazón aun de aquellos –hombres y mujeres—que nosotros consideramos fuera del Reino y un día saldrá la espiga. Porque él es la resurrección y la vida…

–que el Reino de los Cielos es tan pequeño como el grano de mostaza, pero que crecerá sin medida.

–que, aunque los enemigos son muchos y poderosos el Señor nos ha prometido que el infierno no podrá con la Iglesia.

–que cuando nos consideramos más solos y abandonados tenemos la promesa del Señor de que está con nosotros hasta la consumación de los siglos. Porque él es la resurrección y la vida

–que, precisamente, como nos dice san Pablo, cuando la vasija es más despreciable y frágil en que llevamos la fe, más se manifiesta que esa fe no depende de nosotros sino sólo de Dios. Porque él es la resurrección y la vida

Hermanos: Marta, activa e impaciente, al fin aprendió la lección de su Señor, de que, en el fracaso de la muerte, precisamente siendo vencido, estaba el triunfo de Dios y su propio triunfo.

En esta Eucaristía nos encontramos con el Señor de la Vida, que se convierte para nosotros en Pan de Vida, para que quien lo coma tenga vida eterna, y el Señor lo resucite el último día. Mediante esta Eucaristía el Señor nos manifiesta su bondad, su misericordia, su clemencia, y nos da su perdón.

Él no nos quiere encerrados en la sepultura de nuestras iniquidades; aun cuando nuestra fe y esperanza parecieran estar a punto de extinguirse como huesos secos y calcinados, el Señor nos comunica su Vida, su Espíritu para que vayamos y, dejando de ser signos de dolor, de sufrimiento y de muerte para los demás, volvamos a ser signos de bondad, de cariño, de respeto, de comprensión, de perdón y de misericordia para todos, amando a nuestro prójimo como nosotros hemos sido amados por Dios.

Ciertamente en la vida nos vamos encontrando con muchas personas, que esperan de nosotros palabras y actitudes que les ayuden a recuperar la esperanza de seguir viviendo con la ilusión de encontrar, en el horizonte de su existencia, un poco más de justicia, de rectitud y de fraternidad.

El Señor nos invita a continuar su obra de salvación en la historia.

Llamar a la vida no es sólo resucitar a los muertos físicamente, sino a quienes han destruido su vida interior, y caminan como muertos llenándolo todo de podredumbre y fetidez. Vivamos, ilusionados, con la esperanza que tenemos en Cristo, un mundo renovado por el amor, por la verdad, por la justicia, por la fraternidad, por la unidad entre todos nosotros; y, fortalecidos con el Espíritu del Señor, lancémonos a conquistarlo para que el Reino de Dios no se nos quede sólo en un buen deseo o en un sueño, sino que se haga realidad entre nosotros, no por nuestras débiles fuerzas, sino porque, quienes creemos en Cristo nos dejemos conducir por su Espíritu de Verdad, de Amor y de Vida.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de Santa Marta, la gracia de levantarnos de nuestras miserias; y que, renovados en Cristo, nos convirtamos para nuestros hermanos en un signo de su amor misericordioso por medio de nuestras palabras, obras, actitudes y de nuestra misma vida. Amén.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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