Homilía – sábado 5 de septiembre de 2020

Homilía - sábado 5 de septiembre de 2020

Nosotros unos locos por Cristo 

San Pablo, en esta primera carta a Corintios, a quienes considera hijos predilectos de su predicación, les amonesta como a infantes en la fe.  

No han aprendido lo fundamental del mensaje. No es cuestión de presumir ni alardear de los puestos u ocupaciones de cada uno.  

No es cuestión de ser discípulo de tal o cual, ni haber aprendido mejor o peor las enseñanzas y consejos. No somos nosotros y nuestras iniciativas lo importante sino el reino que se nos ha entregado, la salvación que ha venido de Cristo y nos ha hecho hijos de Dios.  

Por eso no nos equivoquemos. Dios coloca a sus apóstoles los últimos, los proscritos, los despreciados, causa de risa y burla. 

Anunciar el evangelio de Jesús es una misión sufrida, trabajosa, esforzada. Pero es el sentido de nuestra vida. Por eso transmitimos con agradecimiento la gracia recibida. La vida de Dios que se nos dio gratuitamente y es entregada a quienes la acogen de buena voluntad.  

Una gracia que Jesús nos envió a anunciar y dar testimonio a todas las naciones. Así San Pablo advierte a la comunidad que recapaciten y piensen el gran regalo que han recibido y la gran misión que tienen de hacer brillar el mensaje de Jesús en medio de la ciudad y los demás hermanos. Hemos recibido la salvación en Cristo para hacernos hijos de Dios y hermanos en comunidad. 

Dios está del lado de los hombres 

En este capítulo de Lucas Jesús adoctrina a sus discípulos en la voluntad de Dios. Si la Ley ha servido hasta ahora para una religiosidad del temor, llega el momento de entender que la nueva creación requiere también un nuevo entendimiento de lo que Dios quiere de nosotros.  

Este pequeño incidente de los apóstoles al atravesar un campo de trigo, donde recogen unas espigas y entresacan los granos para comerlos, sirve a un grupo de fariseos para criticar a Jesús. ¿Es que no te das cuenta de lo que hacen tus amigos en contra de las normas? ¿Es que no cuidas que se respete el sábado y la ley de Moisés? Resuena la acusación que al final condenó a Jesús: éste dice estar por encima de la ley de Dios. Y Jesús les replica incontestablemente: ¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y sus hombres sintieron hambre? Tomó los panes sagrados del Templo y comió él y les dio a sus compañeros. Se saltó la norma sacerdotal en nombre de su autoridad regia.  

Una transgresión muy superior a desgranar unas espigas. Pues ahora hay alguien superior a David, el Hijo del Hombre, que es Señor del sábado. Jesús deja claro el cambio de paradigmas que está sucediendo. Hay que cambiar la mentalidad ante la salvación y el posicionamiento de Dios con su Pueblo.  

Hay que superar la noción de alianza porque Dios ha cumplido su palabra. Nos ha enviado la salvación, la restauración del orden original. Somos creaturas amadas de Dios, se ha establecido una forma nueva de relación amorosa, somos hijos, y Dios es nuestro Padre. 

Ya no es el innombrable, sino a quien llamamos Padre. Ya no es el justiciero, sino el misericordioso que espera nuestra conversión. Ya no es el Dios lejano, escondido, que habla desde la nube, sino quien nos envía su espíritu para que conviva con nosotros. Es hora de anunciar y alegrarnos por esta gracia que Dios ha querido para nosotros: Jesús, el Amor, está por encima de la Ley. El amor nos ha salvado. 

Dios nos envía a pregonar este mensaje con la palabra y el ejemplo: somos hijos de Dios y hermanos en la misma salvación. 

Ayer veíamos cómo, mientras los fariseos ayunaban, los discípulos del Señor comían y bebían. Es que estar junto al Señor conlleva ciertos privilegios; es un chollo, vamos. No sólo comes y bebes mientras los demás ayunan, sino que, además, arrancas espigas un sábado y te las comes como si tal cosa. 

Sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?» Respon­diendo Jesús, les dijo: «El Hijo del hombre es señor del sábado». Lo cual equivale a decir: «El sábado es mío, y mis amigos hacen con él lo que quieran». O sea, que no sólo frotas y comes espigas en sábado, sino que, encima, el Señor mismo te defiende. 

No acaban ahí los privilegios de estar junto al Señor. Después de resucitar, Jesús dirá que los suyos expulsarán demonios, agarrarán serpientes, beberán venenos sin inmutarse… ¡Vaya chollo! 

Y, por encima de todo, uno de los grandes privilegios de los discípulos de Cristo: somos hijos de Dios, y tenemos por madre a la Virgen santísima, la madre de Jesús. Con tanto privilegio encima, tendremos que pedirle a Ella que jamás cometamos la insensatez de separarnos de Cristo. 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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