Homilía Pascua de Resurrección – Domingo 4 de abril de 2021

Homilía Pascua de Resurrección - Domingo 4 de abril de 2021

Homilía Pascua de Resurrección
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa
Catedral Basílica Santa María La Antigua
Domingo 4 de abril de 2021

Anoche, cuando las luces del sol declinaron, las cuerdas vocales de nuestras gargantas se dilatan para exclamar y cantar a una voz resonante y gozosa: ¡Cristo ha RESUCITADO…VERDADERAMENTE EL SEÑOR HA RESUCITADO!

Nuestros antepasados, nuestros hermanos en la fe, por más de dos mil años han experimentado esta alegría que nos ofrece el acontecimiento de la noche de Pascua, porque tuvieron la convicción de que Cristo Resucitó, Él venció la muerte. ¿Vivimos este acontecimiento –el paso de la tiniebla a la luz, de la muerte a la vida con Cristo- como aquellos que nos dejaron este testimonio de la Resurrección de Cristo, esta vivencia, este clima de eternidad?

La gran noche de la Vigilia Pascual fue la testigo de la brillante Resurrección de Cristo. Y ante tal acontecimiento contemplamos que es posible un orden nuevo, un mundo distinto y –sobre todo- un futuro inmortal para cada uno de los que creemos y esperamos en Jesús, muerto y resucitado. El filósofo Manuel Kant decía que: en compensación de la humana miseria el Cielo ha otorgado al hombre tres grandes dones: el sueño, la sonrisa y la esperanza. Pero hay acontecimientos que fulminan estos dones y nos dejan inertes, fríos, sin posible reacción y explicación; uno de estos acontecimientos es la muerte.

Hay corrientes dentro de nuestra sociedad que quieren ocultar la enfermedad y la muerte, o tratan de evitarla. Nosotros mismos queremos envolverla en silencio, renunciar a pensar en ella y en prepararnos a morir. Pero, aunque vivamos dándole la espalda a esta realidad, no podemos ocultar este acontecimiento. La muerte es nuestra gran compañera de camino.

Y es que la muerte es el lenguaje universal por excelencia. Todos, sin distingo, sentimos el grito, la interpelación, la conmoción de la muerte. Ante ella nos sentimos inseguros sobre qué habrá o quedará después.

Los cristianos tenemos la gran dicha de tener el recurso de la fe. Una fe pequeña o grande; una fe resignada o en dura protesta; pero una fe que revela el secreto de nuestra realidad. La muerte no nos deja en el vacío de la nada, la muerte nos lleva a Dios. La muerte ha sido vencida…y hoy sin miedo podemos decir: ¡Oh muerte dónde está tu aguijón …! ¡Oh muerte dónde está tu victoria¡ si en el árbol de la CRUZ has sido vencida.

La Vigilia, cargada de símbolos (oscuridad, luz, agua, incienso, fuego…) nos hizo pasar de lo viejo a lo nuevo. De la incertidumbre de una tierra que se termina, a la posesión de unos cielos nuevos. ¡No es grande pensar y celebrar esto así! ¡Cielos nuevos! ¡Vida nueva! ¡Resurrección! Todo gracias a ese Cristo que, humillado en la cruz, baja hasta lo más hondo de nuestra propia oscuridad para darnos LUZ.

El mundo, por mucho que se empeñe, nunca podrá tener una victoria definitiva sobre la muerte. Podrá mejorar las condiciones de la enfermedad de las personas, hacer frente a su dolor, pero ¿la muerte? ¡La muerte es cosa de Dios! ¡La muerte en Cristo es vencida!

¡Qué pena que las nuevas generaciones sólo estén siendo educadas para una vida eventual! Como si, esa vida, fuera a ser permanente en esta tierra. ¿Qué ocurrirá cuando, el paso de los años, haga mella en la autosuficiencia, autocomplacencia y en el vivir al día sin referencia alguna a Dios? Ni más ni menos que, la tiniebla, el desencanto, la desilusión y la decepción con el mundo, será una dura y cruda realidad. Ante eso, la Pascua, trae aires nuevos: Cristo ha resucitado y, con su resurrección, trae vida para todos.

EL sinsentido tropezará con esta gran realidad y este gran acontecimiento que, como cristianos, estamos llamados a llevar de boca en boca. ¿Seremos capaces de silenciarlo? ¿Hasta dónde estamos convencidos de que, ¿Cristo, ha resucitado y Él es la respuesta al absurdo de nuestra muerte? ¿Tanto nos cuesta penetrarnos de la grandeza más ilusionante de la Pascua?

Bien está que nos conmovamos ante la cruz, pero, un cristiano ha de danzar ante este magno acontecimiento que es la mano triunfadora de Dios sobre la muerte: ¡Ha Resucitado! ¡Ha resucitado a su Hijo Jesús! ¡Nos ha resucitado, con Él, a todos! Dicho de otra manera; la vena de Cristo DIOS inyecta sangre de eternidad para todos los que somos mortales. ¿Condición? Creer que, por nuestras venas, corre la sangre redentora de Cristo ganada por su muerte en la cruz.

Por eso este año de manera especial esta Pascua en medio de la pandemia, surge como una llamada a revitalizar y transformar lo que se ha hecho indiferencia, rutina, cansancio, aburrimiento; en alegría, comprensión, respeto, diálogo, corresponsabilidad, pensamiento y acción.

La Pascua en nuestra Iglesia
Estamos convencidos que, si la vida de nuestras comunidades no tiene cambio positivo alguno, si todo sigue con el mismo ritmo de inercia, de quietud, de pereza, nuestras parroquias sonaran más a sábado por la mañana que a Domingo de Pascua. Quizás el abandono de muchos se debe a que la Resurrección sólo es una palabra ritual, y no la fuerza que dinamiza la vida personal, comunitaria y social.

Despertemos de la muerte del pesimismo, de las angustias innecesarias, de las instalaciones que nos paralizan, de buscar quienes son responsables de nuestra pena, de nuestras cruces. Resucitemos con Cristo, salgamos de nuestros sepulcros, seamos discípulos y misioneros con el corazón henchido porque “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2-20).

Como Iglesia Católica estamos viviendo procesos de conversión para ser más fieles del amor de Dios, que envió a su hijo para nuestra salvación, ahora nos corresponde en fidelidad a ese amor, hacer lo propio Y amar al prójimo, especialmente al más necesitado, como Jesucristo nos amó.

La Pascua en Panamá
Creer en la Resurrección es creer en que llegará el Reino, lo que proclamó Jesús en su vida, por eso el cristianismo no es “el opio del pueblo”. Es pensar que es posible hacerlo todo nuevo, que triunfa la vida sobre la muerte, los crucificados sobre sus verdugos, que se puede transformar el mundo.

Todo lo ha hecho nuevo Cristo, que las mujeres fueron las primeras en descubrir su Resurrección. Parece que Dios consideró que, quienes padecen la más antigua marginación y discriminación de la historia, debían ser la primera que en aquel amanecer vieran el resplandor de la nueva vida. Esto es un signo que se nos dice cómo vivir en nuestro actuar eclesial y social.

Tenemos que construir el Panamá que todos queremos, pero eso no se hace solo de palabra, demanda una serie de condiciones que pasan por la opción personal de ser consciente que mis actos, mis acciones tienen repercusiones en la sociedad.
No podemos dejarnos vencer por el individualismo, en el dejar hacer porque “si total eso no me afecta”. Estas actitudes complacientes e indiferentes es que nos han llevado a la no vivencia de los valores y de la ética, al desenfreno, a la violencia intrafamiliar y social; a buscar el dinero fácil a través de actos de corrupción -tanto en lo privado como en lo público- a que nuestra niñez y juventud sea presa fácil de las bandas de delincuentes y del narcotráfico.

Estamos en una sociedad que está en el sepulcro, que no ha sido capaz de ver que Cristo ha Resucitado, Él es nuestra esperanza, el mal nunca vencerá al bien. Ya ha sido demostrado por Jesucristo.

Es por ello, que los cristianos debemos andar como Resucitados, en medio de las tinieblas de la corrupción, del juega vivo; donde con la luz del Resucitado debe ir alumbrando a nuestra sociedad. Ahí en nuestras casas, en nuestro trabajo, en nuestro barrio, debemos decir no al juega vivo, no más coimas, no más maltrato intrafamiliar, no a aquellos delincuentes que nos roban a nuestros niños del seno de la familia…

Los cristianos laicos son un gigante dormido, que debe despertar. Quienes proclamamos la fe en Jesucristo, hemos de ser conscientes de las implicaciones que conlleva esta fe. Los laicos deben actuar contra las raíces de la crisis económica y política, del desempleo, la corrupción y la degeneración de las instituciones. Estos problemas hunden sus raíces en “una profunda crisis moral, causada por la dictadura del relativismo y el individualismo”.

Una cultura que pretende poner entre paréntesis a Dios es hostil a la religión y al Evangelio, y aunque a veces esta sociedad aplaude los actos humanitarios que pueden realizar los cristianos y apreciar cuanto de bueno podamos hacer en el campo social, el hombre de hoy no está abierto al mensaje de salvación, no acepta de buen grado la llamada a la conversión, y al cambio profundo de la vida sin Dios en la que transcurre el día a día de millones de personas.

Vivimos en un mundo en el que ser cristiano te obliga a afrontar la sistemática beligerancia de un laicismo a ultranza, la oposición de una cultura hostil a la presencia de Dios y de la religión en el ordenamiento social.

Nosotros no reivindicamos una sociedad confesionalmente cristiana, sino abierta a la novedad de la religión, imposible de encerrarla en el ámbito de lo privado, porque la experiencia de Dios alcanza la totalidad de la conducta humana y marca la vida; porque el creyente vive y propone en libertad el sentido trascendente de la vida humana, el destino sobrenatural del ser humano. Un derecho que nadie puede coartar y menos aquellos que reivindican supuestos derechos, que no lo son, pero que quieren vetar a Dios de todo el quehacer social.

Papa Francisco ha señalado su ilusión de que cada fiel laico, como cristiano en medio del mundo -sea profesional, obrero, universitario, empleado, ama de casa, catedrática, artista, intelectual, etcétera- tenga numerosas iniciativas, una firme determinación y asuma su propia responsabilidad, a título personal (nunca a nombre colectivo de la Iglesia católica), para participar activamente en la vida política, social, económica, cultural de su entorno y busque, de esta manera, re- cristianiza la sociedad desde sus mismas estructuras temporales.

Somos llamados a re-cristianizar la sociedad panameña, con una participación ciudadana activa, siendo gestor de propuestas para alcanzar un país más digno, más humano, sin exclusiones ni discriminaciones. ¿Somos conscientes que somos más los cristianos y gente de buena voluntad con la capacidad de cambiar las estructuras de pecado?

Es hora de despertar y ser un cristiano valiente, sin miedo a proclamar la verdad, y la verdad para el cristiano es Jesucristo vivo y presente entre nosotros.

En este Domingo de Pascua ¿No busquemos entre los muertos al que está vivo? Cristo ha resucitado, aleluya, aleluya. Proclamemos: ¡Viva la vida! y la alegría de vivir. Queridos fieles, si la Semana Santa que hoy culmina con la Pascua que empezó con la Vigilia Pascual, dejara en nosotros el compromiso de una vida cristiana renovada, cuántas cosas podríamos cambiar en esta sociedad.

Mañana volveremos a la vida de cada día en la que ciertos grupos bajo la presión de una cultura laicista, quieren poner a Dios entre paréntesis para miles y miles de conciudadanos. En este ambiente ¿Se notará que es Pascua de Resurrección? ¿Cómo comunicaremos a todos que el sepulcro de Jesús está vacío, y que Cristo ha sido levantado de la muerte para que nosotros tengamos vida?

La Pascua de Resurrección es nuestro gozo, no dejemos que la noticia que cambia la historia de los hombres se diluya en el fragor de una sociedad vuelta sobre sí misma y ocupada con sus propios intereses, sin otros problemas que los suyos; una sociedad que olvida que sólo la renovación de la vida personal de cada uno de nosotros podría cambiarla en su conjunto.

Actualidad de lo que estamos celebrando
Queridos hermanos, aunque un manto de tristeza se ha extendido sobre toda la humanidad y no hay suficientes pañuelos para enjugar tantas lágrimas por las víctimas de la Covid-19. Aunque no hayamos podido despedirnos de nuestros queridos familiares fallecidos, ni darles el último adiós, ni poder vivir el luto imprescindible que ha causado un dolor silencioso que rompe los corazones. Si Cristo habita en nuestro corazón, aun en medio del dolor sentiremos el gozo de su Resurrección.

Hoy se nos anuncia: “Tus expectativas no quedarán sin cumplirse, tus lágrimas serán enjugadas, tus temores serán vencidos por la esperanza. Porque el Señor nos precede, camina delante de nosotros”.
Hoy se nos anuncia que siempre es posible volver a empezar, porque existe una vida nueva que Dios es capaz de reiniciar en nosotros más allá de todos nuestros fracasos.

Hermano, hermana: si en este tiempo tu corazón atraviesa una hora oscura, un día que aún no ha amanecido, una luz sepultada, un sueño destrozado, abre tu corazón con asombro al anuncio de la Pascua: “¡No tengas miedo, Resucitó!

Esta fiesta hemos de vivirla con un firme propósito y creo que el mejor de esos propósitos es el tratar de que otros sientan que Cristo vive en nosotros; que las personas que entran en contacto con nosotros lo puedan percibir en nuestro ánimo, en nuestra paz, en nuestra caridad concreta con quien más lo necesite. Dejemos a un lado nuestras preocupaciones y ocupémonos de quien más nos necesita.

¡Que se note nuestra alegría del corazón y también se note que nos mueve el amor! Que se note que hemos vencido el mal y que hoy somos hombres y mujeres nuevos creadores del mundo.

Que esta VIDA NUEVA que trae el Señor nos permita ser mejores hijos, mejores padres, mejores hermanos, mejores amigos, mejores ciudadanos, buenos y honrados ciudadanos; como decía San Juan Bosco, mejores hombres y mujeres que vivimos con alegría, agradecidos porque Alguien nos salvó, porque por la sangre de Uno entregado por Amor podemos todos disfrutar de la gloria de la verdadera Vida y vida para siempre.

Que el Señor nos renueve todo el ser para seguirlo con toda el alma. Y tengamos siempre presente: “Sin Pascua no hay Futuro”. La Pascua es necesaria para que “haya futuro porque las personas anestesiadas no reparan en las “muchas señales de disgregación del tejido social”, ni evalúan los costos criminales y las consecuencias desastrosas de la “embriaguez colectiva”.

Hermanos el hombre se quedó “completamente analfabeto” en cuanto a la vida espiritual porque para “dominar y transformar el mundo” el hombre occidental “vendió el alma al diablo por un plato de lentejas”. “No digas que no tienes tiempo. ¡Sé inteligente, no inventes disculpas, sé bueno para ti mismo! Ven a celebrar la Pascua con nosotros”.

¡Feliz Pascua de resurrección!

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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