Homilía Navidad 2019 – Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa.

Homilía Navidad 2019 -  Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa.

Un par de veces al año nos reunimos en la noche: la noche de la vigilia pascual a la espera de la resurrección del Señor, y la noche santa de la navidad para celebrar el nacimiento de Jesús.

Y nos reunimos con espíritu de fe, porque cuando esta noche ha sido despojada en muchos ambientes de su misterio santo, cuando esta noche de luz se hace tiniebla densa en que se borra el rastro de Dios, nosotros los cristianos no podemos enterrar estas dos noches santas que nos quedan, porque la noche es tiempo de salvación, porque de noche, en un pesebre, nacía tu Palabra; de noche lo anunciaron el ángel y la estrella.

Esta es la noche y el tiempo en que Dios iluminó las tinieblas del mundo con el nacimiento de su Hijo.

Por eso en Navidad celebramos el intercambio más sorprendente que jamás pudo soñar el hombre: Dios toma nuestra frágil condición humana para hacernos partícipes de su misma naturaleza divina; el Dios eterno entra en el tiempo para llevarnos a nosotros a la eternidad; la Navidad es el tiempo en que Dios asume nuestra historia pecadora para liberarnos de todo pecado, pues en el nacimiento que hoy celebramos “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”.

Este es el maravilloso intercambio que nos salva: el que es la vida comparte nuestra muerte para regalarnos el don de la inmortalidad.

Por eso la Navidad es tiempo de alegría; se nos ha anunciado una gran noticia: un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

Este es el tempo en el que se cumple la profecía de Zacarías, el padre de Juan Bautista: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

En Navidad asumimos que el amor entrañable de Dios ha hecho posible el milagro: Dios está con nosotros, Dios se ha hecho uno de nosotros, Dios ama a los hombres, Dios nos hace partícipes de su gloria y de su paz por su entrañable misericordia.

Por eso en este tiempo se alegran los cielos y la gloria del Señor llena la tierra, porque en lo más profundo de la noche se oyó la gran noticia, la buena noticia tan largamente esperada: “Hoy, en la ciudad de David, en Belén de Judá, os ha nacido el Salvador… Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Estas son las prendas de identificación del Hijo de Dios que viene a nuestro encuentro: “mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada”.

Este es el Niño, cuyo nacimiento estamos celebran­do: el Salvador nace bajo la luz de las estrellas al cobijo de un pesebre de animales, porque no había sitio para él entre los hombres, porque vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Así comienza el primer acto de la historia de nuestra salvación: con la más escalofriante indiferencia de los hombres ante su Salvador, preludio triste que ya anuncia el final de la cruz.

Sólo los pastores, que representan a todos los humildes y despreciados de este mundo, oyen la buena noticia y se ponen en camino hacia la gruta de Belén.

Como ellos, también nosotros en este tiempo queremos acoger a Jesús y darle cobijo en nuestro corazón y en nuestros hogares; como los pastores también nosotros hemos venido a adorar al que ha nacido como Dios con nosotros.

Dentro de unos momentos nuestros labios darán el primer beso a la imagen del Niño Dios. ¡Con cuánto cariño, con cuánta ternura nos acercaremos a mostrarle nuestro amor y a rendirle nuestras vidas! Y nos sucederá lo mismo que nos sucede cuando comulgamos: en ese sagrado momento, en que devoramos al Hijo de Dios, es Él quien realmente nos come, y hace de nosotros cuerpo suyo. Del mismo modo, esta noche, cuando nos acerquemos al besar al Niño, será Él quien bese nuestros labios, y, con un beso, nos redimirá.

Porque ese Niño es la misericordia encarnada de Dios, la salvación que nos libra de nuestros enemigos: el mundo, el demonio, y la carne. Y, así, al congregar en torno a Él toda nuestra atención, todo nuestro amor, y todos nuestros pensamientos en un beso, seremos librados de las redes que nos tenían atrapados, y podremos servir al Señor con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.

Ya sé que es sólo una imagen de madera, o de pasta; ya sé que no se trata de un sacramento. Pero, yo que tú, prepararía ese beso con la misma devoción con que preparas la sagrada comunión.

Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué hacer ante esta gracia? Una sola cosa: acoger el don. Antes de ir en busca de Dios, dejémonos buscar por Él.

No partamos de nuestras capacidades, sino de su gracia, porque Él es Jesús, el Salvador. Pongamos nuestra mirada en el Niño y dejémonos envolver por su ternura. Ya no tendremos más excusas para no dejarnos amar por Él: Lo que sale mal en la vida, lo que no funciona en la Iglesia, lo que no va bien en el mundo ya no será una justificación. Pasará a un segundo plano, porque frente al amor excesivo de Jesús, que es todo mansedumbre y cercanía, no hay excusas. La pregunta que surge en Navidad es: “¿Me dejo amar por Dios? ¿Me abandono a su amor que viene a salvarme?”.

Un regalo así, tan grande, merece mucha gratitud. Acoger la gracia es saber agradecer. Pero nuestras vidas a menudo transcurren lejos de la gratitud.

Hoy es el día adecuado para acercarse al sagrario, al belén, al pesebre, para agradecer. Acojamos el don que es Jesús, para luego transformarnos en don como Jesús.

Él se ha hecho hombre y no esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Tampoco nosotros podemos esperar que el prójimo cambie para hacerle el bien, que la Iglesia sea perfecta para amarla, que los demás nos tengan consideración para servirlos. Empecemos nosotros. Así es como se acoge el don de la gracia.

Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara.

Y le puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos.

Querido hermano, querida hermana: Si tus manos te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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