Homilía – Natividad de María 2020 

Homilía - Natividad de María 2020 

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa  

Hoy celebramos el nacimiento de la Virgen María, y esto nos llena de alegría.

La devoción cristiana quiere celebrar y alabar a María por su presencia en medio de nosotros. Pero no nos podemos quedar solo en celebraciones externas, sino que este acontecimiento nos lleva a reconocer el camino que ha seguido Dios para preparar a su pueblo. Dios escoge a los pequeños y sencillos, en el anonimato, pero les pide una especial entrega, cómo María.

El camino de Dios va en la misma senda del camino de los hombres, y a veces por caminos que nos parecen oscuros y olvidados.  Si pensáramos en las dificultades que tuvieron que pasar para que naciera María, según la tradición de Joaquín y Ana, y en el camino sencillo que fue recorriendo María, tendríamos que reconocer la presencia amorosa de Dios.

La verdadera devoción a María conduce siempre a Jesús y celebrar estos acontecimientos, que se quedan perdidos en la historia personal de unos cuantos, nos hace captar la importancia de cada instante y de cada acción a los ojos de Dios.

Contemplemos hoy a María, naciendo pequeñita y desconocida que no nació ni como una princesa ni como una reina, ni como los poetas y pintores la han querido adornar para manifestar la importancia de su nacimiento.

Hoy podemos ver a la Virgen, elegida para convertirse en la Madre de Dios y también ver esa historia que está detrás, tan larga, de siglos, y preguntarnos: “¿Cómo camino yo en mi historia? ¿Dejo que Dios camine conmigo? ¿Dejo que Él camine conmigo o quiero caminar solo? ¿Dejo que Él me acaricie, me ayude, me perdone, me lleve adelante para llegar al encuentro con Jesucristo?”. Este será el fin de nuestro camino: encontrarnos con el Señor.

Y traigamos también hoy a la memoria todos los nacimientos de hombres y mujeres que hoy mismo están aconteciendo y que son muestras del amor creador de Dios.

Reconozcamos la presencia de Dios en nuestras vidas y tomemos conciencia de la importancia de vivir cada momento como tiempo de gracia y salvación.

Con María, hoy alabemos al Señor por la vida, por la gratuita, por el camino de la salvación que desde los pequeños va haciendo.

“Jesús es el sol, María es la aurora que preanuncia su salida”.

Nada ocurre por casualidad. Nada acontece porque sí; Dios –desde el mismo día de nuestro nacimiento- tiene asignadopara nosotros una misión, un proyecto y un camino por el que, nuestros pasos, han de dejar huella de lo que llevamos dentro y de lo que queremos ser, para nosotros mismos, y para los demás. 

El nacimiento de María, en la plenitud de los tiempos, es para nosotros un momento que invita a la alegría y que empuja a agradecer a Dios.

Para la alegría: desde hace siglos, Dios, nos lo anunció a través de los profetas. Desde antiguo, Dios que hablaba y comunicaba desde lo invisible, se empeñó en acercarse al hombre. Una mujer, María, con un corazón dócil, abierto, agradable, soñador, entusiasta y lleno de fe…conquistó también el corazón del mismo Dios. O, dicho de otra manera: enamoró al mismísimo Dios.

Esto, en nosotros, provoca un gran regocijo: Dios se fía del hombre, Dios confía en el hombre y…Dios se hará hombre en el seno virginal de una joven nazarena. ¡Alegrémonos por todo ello! El nacimiento de María suscita en nosotros sentimientos de ternura, de alivio, de claridad y de futuro: Ella será la Madre de Cristo y, por lo tanto, Madre de Dios y Madre nuestra. ¿Más alegría todavía?

El nacimiento de María, es un impulso de agradecimiento a Dios. Comienza una nueva era y, por lo tanto, los nuevos tiempos. Cesa el antiguo rito y comienza el nuevo. Veremos a Dios en persona, humanado, pequeño. Sin el nacimiento de esta mujer con nombre propio “María” nada de ello hubiera sido posible. Demos gracias a Dios en este día:

*Con la venida al mundo de María, el mundo recobra el esplendor y el resplandor perdido. El futuro del hombre será bendecido con otro nacimiento: el de Jesús

*Con el nacimiento de la Virgen María el mundo, encarcelado y torturado por tantos problemas e inquietudes, recupera un poco la libertad. Es como aquella madre que, viendo a un hijo excesivamente preocupado, se acerca hasta él para empujarle y animarle a caminar hacia delante. María, en su nacimiento, abre muchas puertas y, nosotros en su honor, celebramos con devoción y recogimiento esta fiesta.

*Con el nacimiento de María suena la hora elegida y escogida por Dios. Todo un plan entretejido desde antiguo. Todo lo pensado desde siglos por Dios, comienza a tener forma. En Navidad un pobre pesebre será la cuna del Salvador, pero, previamente, una digna morada –de carne y hueso- obediente, humilde y abierta a Dios será un santuario en el que, durante nueve meses, gima, crezca y se desarrolle Cristo.

Hoy, la fiesta del nacimiento de María, es importante en cuanto que nos invita a mirar hacia delante. Y es una excelente oportunidad para reflexionar sobre la propia vocación.

La Natividad de la Virgen nos recuerda, sobre todo, que Dios nos ha elegido para una labor concreta desde toda la eternidad. Todos los seres humanos tienen una vocación muy particular, pero es necesario descubrirla.

Para conocer ese llamado personalísimo que Dios hace a cada uno, es indispensable fortalecer la vida interior. Como María, nosotros debemos ser conscientes de que Dios quiere de nosotros algo en particular. Y, también según el ejemplo de la Virgen, debemos trabajar para descubrir ese algo desde muy jóvenes.

San Juan Damasceno recalca que es por medio de Ella, que Dios se encarna, que, sirviéndose de Ella, Dios desciende a la Tierra. En efecto, María es instrumento divino para concretar la llegada del Salvador. Pues nosotros también somos instrumentos de Dios, con una finalidad específica.

Por eso, la felicidad humana no está completa si no conocemos para qué estamos vivos. En el trabajo, en la familia, en la vida religiosa, como laicos, como sacerdotes… todos estamos obligados a responder a ese llamado, que puede escucharse con mucha claridad o barruntarse poco a poco, sin importar la edad o condición personal.

Jóvenes, adultos y ancianos, hombres y mujeres, debemos estar atentos para conocer el querer de Dios. Ahí, en su vida, el Señor les pide algo, en el trabajo de todos los días, sea cual fuere.

Pero sin la oración ni la fuerza de los sacramentos, será más difícil descubrir la vocación. Los cristianos del siglo XXI tenemos el deber de descubrir ese llamado.

Y no se trata sólo de vocación al celibato. La llamada universal a la santidad es para todos: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

La Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora es momento idóneo para revisar si estamos poniendo los medios necesarios para atender al llamado de la vocación, si de verdad estamos haciendo la voluntad de Dios.

Por eso nuestra devoción a María y en las muestras de nuestra veneración en la fiesta de su Natividad, como en cualquier otra fiesta mariana, nunca podemos perder de vista que la razón de ser de María, es su Hijo y somos cada uno de nosotros sus hijos.

Escogida por Dios desde toda la eternidad. A ella son aplicables, con más razón que a todos los creyentes, las palabras de San Pablo en su Carta a los Romanos: llamada por Dios conforme a su designo, escogida, predestinada, justificada, glorificada… todo ello en razón de su íntima relación con su Hijo. Sin esa relación, María no pasaría de ser una persona sencilla, virtuoso, ejemplar.

Pero su especial relación a Dios como la Madre de su Hijo, la eleva a una categoría y dignidad por encima de toda criatura, porque su misión trasciende toda misión humana y Dios la dotó de las virtudes y dones necesarios para cumplir dignamente esa misión.

Si toda la razón de ser de María – su Concepción Inmaculada, Su Nacimiento su vida, su Asunción, su Coronación en la Gloria…- es su Hijo Jesucristo, nuestra devoción a la Virgen María ha de desembocar siempre en Cristo.

Por eso cantando a María, cantamos con ella las glorias del Señor en ella, invocando la protección de María, para alcanzar gracia del Señor su Hijo, manifestándole nuestro amor filial, amamos con ella a su Hijo, Señor y Dios nuestro.

Por tal motivo como cristianos católicos: imitamos a la fiel discípula del Señor nuestro Maestro. Y el en Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium se nos dice que María como miembro de la Iglesia, es decir, como discípula del Señor y Maestro, su Hijo Jesús, es ejemplar en la fe y en el amor.

De ahí que nuestra devoción a la Virgen Santísima no pueda quedarse en honrarla, venerarla e invocar su intercesión. Esto está bien, pues es la Madre de Dios y Madre nuestra. Pero no es suficiente.

Nuestra devoción a la Virgen debe acreditarse con una vida de fieles discípulos de su Hijo.

Celebremos la fiesta de nuestra Reina, y Madre que, al nacer, nos ha hecho renacer en Cristo, salido de sus entrañas que nos ofrece la  vida eterna, el amor de Dios, perdón, paz y tantas cosas que el mundo, nuestro pueblo, nuestra ciudad, nuestros corazones, nuestras familias  necesitan.

Deseo acabar con una plegaria que he encontrado en la homilía de Juan Pablo II en el santuario de Loreto, el 8 de septiembre de 1979:

“Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, ha anunciado la alegría en todo el mundo. 

 

Hoy es, pues, el día de esta alegría. La Iglesia, el 8 de septiembre, nueve meses después de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, celebra el recuerdo de su nacimiento. El día del nacimiento de la Madre nos invita a dirigir nuestros corazones hacia el Hijo, porque de Ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna. Así pues, la gran alegría de la Iglesia pasa del Hijo hacia la Madre. El día de tu nacimiento es en verdad un preanuncio y el comienzo del mundo mejor. Y por este motivo la liturgia de hoy confiesa y anuncia que el nacimiento de María irradia su luz sobre todas las Iglesias que hay en el mundo”.

Querida Madre, irradia este gozo sobre nuestra iglesia y nación panameña, tan enriquecida con advocaciones marianas: en la Diócesis de David: , Nuestra Sra de los Ángeles y Remedios, en la Prelatura de Bocas del Toro Nuestra Señora del Carmen, en la Diócesis de Santiago:  La Medalla Milagrosa, en la Diócesis de Chitré: Nuestra Señora de la Mercedes, Nuestra Señora del Carmen o Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en la Diócesis de Penonomé:  La Inmaculada Concepción o Nuestra Señora del Carmen, en la Diócesis de Colon Kuna Yala: La Inmaculada Concepción, en el Vicariato de Darién Nuestra Señora de Guadalupe:, en La Arquidiócesis de Panamá  Santa María La Antigua o Nuestra Señora del Carmen o María auxiliadora que con la constantes manifestaciones de devoción de nuestro pueblo cristiano te sentimos cerca, bendícenos y protégenos siempre.

¡Felicidades, Madre! ¡Que cumplas muchos, pero muchos, más! 

VIVA MARIA….

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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