Homilía – Miércoles 2 de septiembre de 2020

Homilía - Miércoles 2 de septiembre de 2020

Seminario Mayor San José

Mientras leo y medito el Evangelio de Lucas puedo decir como el endemoniado “Sé quién eres: el santo de Dios”.

Un endemoniado es quien vive en contra de sí mismo y en contra de Dios. Se retuerce entre sus pensamientos de dolor y sufrimiento, renuncia a la bondad de Dios y teme por la aniquilación.

En el evangelio de hoy la gente se pregunta sobre los signos de Jesús, sobre su autoridad ante la curación del endemoniado, y en el ambiente había una pregunta latente: “¿QUÉ TIENE SU PALABRA?”.

Quizás, suene un poco pretensioso responder a esta pregunta, pero la única respuesta que encuentro es que el contenido de su palabra es Dios. Enteramente Dios. Su palabra tiene el dinamismo del creador, su palabra tiene el contenido de la misericordia. Su palabra tiene el poder de sanación. Su palabra tiene el contenido del amor y del perdón. Su palabra reintegra la dignidad a los hombres. Su palabra restituye la dignidad de la adúltera. Su palabra actúa como bálsamo ante el pecado de la traición.

Es curioso el encuentro de Jesús con Pedro una vez resucitado. Jesús pregunta reiteradas veces si le ama. Tan sólo esa pregunta, es una muestra para restituir un corazón apesadumbrado por la traición. Una pregunta que restituyera el amor.

La palabra de Jesús, tiene poder de recreación. Recrea cuanto se ha quebrado. Cuando es mayor el peso de la culpa que la gracia que nos viene de Dios, algo no va bien en nuestra fe. El perdón de Dios no puede dejarnos anclados en la culpa; al contrario, ha de restituir nuestra dignidad, y alzarnos en pie dando gracias a Dios por ello.

Tengamos siempre presente la presencia de Jesús es para calmar y purificar, la presencia amorosa del Señor es para liberar. Así como llevaban las personas para poner próximas a Jesús, necesitamos acercarnos a Él para que su presencia nos toque, libere y nos restaure.

Coloquemos nuestros dolores, enfermedades, inquietudes y preocupaciones a los pies de Jesús. No entregue nuestra cabeza a los tormentos, a las inquietantes, no entregue nuestro corazón a los sentimientos, afectos, de las cosas todas que, dentro de nosotros, no están resueltas. Entreguémonos al poder de Jesús. Necesitamos estar próximos a Jesús para que su presencia toque, libere y restaure.

Así como Jesús amenazó a los espíritus malignos y no permitió que hablasen, Jesús no quiere que los espíritus malignos estén hablando, gritando y agitando en nosotros.

Por lo contrario, él quiere expulsarlos de nuestra vida.  Entonces, si Jesús quiere y viene para expulsar, permitamos que El expulse, permitamos que Él mande para lejos de nosotros estos espíritus perversos y terribles, que están atormentándonos, sacando nuestra paz interior y nos están inquietando a cada día.

Permitamos que la palabra poderosa de Jesús esté haciendo actué en nuestra vida.

Hoy Invito usted a calmar el corazón, a ponerte en la presencia amorosa del Señor en oración y clama a Jesús: “Misericordia de mí, Señor, libérame de todos los espíritus malignos y engañadores, que está creando tormento en mi alma y sacando la paz de mi corazón.

Por otro lado siempre me ha llamado la atención la actitud de la suegra de Pedro. Está en la cama con fiebres. Jesús la cura. Lo lógico habría sido montar una fiesta o descansar o irse a visitar a las amigas. Algo así. Pero lo que hace es otra cosa: se levanta y se pone a servirles, a Jesús y a los discípulos, que han llegado a su casa. La hospitalidad es lo primero. Y ella está para servir.

La suegra de Pedro es todo un modelo de vida cristiana. Ella forma parte de los que han venido para servir y no para ser servidos.

Paremos por un momento a pensar cómo nos iría en la vida si todos nos colocásemos en esa posición: en la del que sirve. Podemos imaginar la vida de en familia, la vida en las empresas, en los partidos políticos, en los grupos de amigos en nuestras parroquias. ¿A que sería diferente?

Cuando era seminarista, nuestro formador nos comentaba que la vida de comunidad era como un carro que llevábamos entre todos.

Era posible que en algún momento uno de los miembros de la comunidad se subiese al carro por la razón que fuese (enfermedad, debilidad, cansancio…). No importaba los demás seguirían tirando y, aunque con un poco más de dificultad, el carro seguiría adelante.

Para los que tiran la dificultad va en aumento según son más los que se suben al carro y son menos los que tiran. El momento imposible es cuando todos o la mayoría deciden subirse al carro. En ese momento ya no se avanza más.

Incluso se retrocede en el caso de que el carro estuviese subiendo una cuesta. Más complicado todavía es si los que tiran no están unidos y cada uno tira para un lado.

Conclusión: vivir juntos implica siempre una actitud de servicio. Y un cierto grado de consenso o unidad para tirar todos en la misma dirección. Si empezamos a hacer partidos y cada uno busca su propio interés el carro/comunidad no va para ninguna parte.

Es lo que dice Pablo en la primera lectura, entre que unos eran de Pablo y otros de Apolo, el grupo de los corintios no iba para ningún lado.

Que no se nos olvide que todos somos de Cristo, que todos estamos al servicio unos de otros y que los primeros de la comunidad son los más débiles. Con estos sencillos criterios, un poco de generosidad y algo de capacidad de sacrificio, seguro que nuestra comunidad termina siendo presencia del Reino para todos los

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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