Homilía – Martes de la XVII (28 de julio)

Homilía - Martes de la XVII (28 de julio)

Dios ha de estar siempre presente en nuestro vivir, “en las duras y en las maduras”

El bello y conocido texto de Isaías nos sitúa ante unos momentos de nuestro vivir por los que hemos pasado. Los momentos en que parece que todo se tuerce, sucede lo no deseado y los deseos más hondos no se logran. Tiempos en que parece que sólo nos queda Dios. Los hemos vivido por ejemplo con los momentos más agudos del COVID-19.

Pensamos: Dios nos ha dejado de su mano. ¿Qué hacer? La tentación es acudir al fácil remedio de los ídolos, fiarnos de otros dioses o aceptar ser aplastados por la situación. Convertirnos en simples víctimas. Sin esperanza. Buscar el remedio en satisfacciones inmediatas que adormecen, engañosas, o considerarnos ante los demás los más desgraciados, para que aumente así nuestro protagonismo atrayendo la mirada de los otros.

El texto deriva hacia la confianza en quien de verdad puede ayudarnos, al “Señor Dios nuestro”. Vernos necesitados de Dios, es acto de fe esencial. Que no ha de tener lugar solo cuando nos faltan otros apoyos, sino también cuando la vida discurre bien. Es el momento de darle gracias. Solo si somos agradecidos a Dios por lo positivo en nuestra vida, tenemos “derecho” a pedirle su ayuda cuando la vida se tuerce. Es necesario dar siempre esa dimensión teologal a la vida.

La buena semilla son los ciudadanos del Reino. (Mateo 13, 38)

Hoy escuchamos la explicación que Jesús hace de la parábola de la cizaña.  Los discípulos quieren una explicación más detallada y profunda, y Jesús no deja de iluminar a quien se le acerca en humildad y apertura.

Vimos cómo el mundo aparece dividido en dos bandos: por una parte, el buen sembrador y la buena semilla: el Hijo de Hombre, Jesús mismo y los ciudadanos del Reino.  Por otra parte, el demonio y sus partidarios.  Esta división entre el bien y el mal, entre los seguidores del Señor y los que lo rechazan, está en pugna; sabemos que no sólo existe a nivel mundial, sino también dentro de cada uno de nosotros.

La parábola nos habla de la tolerancia de Dios, de su paciencia, pero nos insinúa también la paciencia y tolerancia que debemos tener nosotros y que debe ser reflejo de la de Dios.  Todo es en vista de la salvación del malo; esta misma paciencia va a estimular a la conversión.

Pero llegará el «tiempo de la cosecha» y allí quedará llanamente determinado lo que es cizaña y lo que es buen grano.  «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino del Padre».

Seamos, con la palabra y con el sacramento, buen trigo para nosotros y para los demás.

Pero lo importante hoy es que el Señor Jesús quiere que tu te sientas y creas de verdad que en medio de las situaciones: tú eres semilla del Reino de Dios. No eres cualquier semilla, eres buena semilla.  Piensa en lo que eso significa.

Una semilla tiene dentro de sí todas las características que necesita para convertirse en una planta en particular y dar fruto. Así como un árbol de manzanas nace de una semilla que fue creada para engendrar manzanas, tú eres una semilla creada para crecer y dar fruto en Dios.

Créelo. El Señor Jesús tiene mucha confianza en ti porque te ha dado todo lo que necesitas para crecer y dar fruto.

Esa es la razón por la cual el sembrador de la parábola no está preocupado por la semilla que crece junto con la cizaña, pues sabe que esta cizaña jamás podrá frustrar la buena semilla.

Desde luego, las plantas necesitan sol, agua y buena tierra para crecer. Lo mismo sucede contigo. Mientras intentes mantenerte cerca del Señor en oración y obediencia, tú también florecerás, es una promesa. De hecho, no podrás evitar dar fruto si haces todo esto, porque para eso fuiste destinado.

¿Qué sucede con el fruto que darás? Revisa la lista de San Pablo en Gálatas 5, 22-23: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, generosidad, fidelidad, amabilidad y dominio propio. Ese es el fruto que produce el Espíritu Santo y que estás llamado a dar.

Así, descubrirás que tienes paz incluso en una situación estresante; notarás que una persona sufre y le mostrarás bondad; tendrás más capacidad de decir que no a la tentación.

Otra buena noticia que implica ser una de las buenas semillas de Dios es que no estás solo. Dios nunca planta una sola semilla de trigo o de maíz; ¡no!, las siembra por cientos en muchos surcos. ¿Qué significa esto? Que ha dispuesto a gente que te apoye y te anime justo en el momento en que te encuentras, donde sea que estés. También significa que te ha sembrado en el terreno propicio, porque conoce en qué situaciones exactas podrás dar más frutos y utilizar bien tus dones. ¡El resultado será magnífico!

Así que mantén los ojos fijos en Aquel que te plantó. Confía en que te ha dado todo lo que necesitas para crecer y dar fruto para su Reino. El Señor es bueno y fiel y está comprometido a ayudarte a brotar, crecer y florecer.

Hoy repite constantemente “Gracias Padre celestial, gracias por hacer de mí una buena semilla.”

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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