Homilia – Lunes de la XVII semana del tiempo ordinario

Homilia - Lunes de la XVII semana del tiempo ordinario

Lo esencial es invisible a los ojos

A la luz de la palabra de hoy quiero compartir esta reflexión con una de las frases más interesantes y populares de la inmortal obra de Saint-Exupéry “El principito”, que la encontramos en su capítulo 21, en aquel memorable diálogo entre el protagonista y el zorro. Si recuerdan el relato, el zorro le pide al Principito que le domestique, así serán amigos, serán importantes el uno para el otro.

En este diálogo de amistad, en el que comparten su intimidad, el Principito habla al zorro de “su” rosa, y observando otras rosas, nuestro amigo se dará cuenta de que “su” rosa no es como las demás, puede que en apariencia lo sea, pero para él ciertamente no lo es, el zorro comparte entonces su más preciado tesoro con el Principito, y le explica que tiene razón que su rosa es distinta, pero esa distinción solo puede captarse con el corazón, porque sólo con el corazón se puede ver de verdad puesto que lo esencial es invisible a los ojos.

Releyendo las parábolas que la liturgia nos propone para nuestra reflexión en este día, recordé las palabras del Principito, y me pareció que ya Jesús, mucho tiempo antes que él, nos habló al corazón y no recuerda que lo esencial es invisible a los ojos. La semilla de la mostaza es diminuta, sin embargo, de ella surge un árbol majestuoso, que da sombra, que permite que los pájaros vivan en él… de la insignificancia surge la Vida.

La levadura es similar al grano de mostaza, si comparamos la cantidad de ella que se necesita en comparación con la harina parece insignificante, sin embargo, sin ella no se puede hacer el pan, tampoco podría hacerse si no se amasan y de entremezclan los ingredientes, si pones en una bandeja harina y levadura sin mezclar y las metes en el horno sin más no saldrá pan. Sin embargo, el milagro de amasar el pan, mezclar levadura y harina de nuevo nos muestran que en los gestos más insignificantes surge la Vida.

Por eso el tamaño de la semilla no determina lo mucho que la planta puede crecer, y ese es el punto sobre el Reino de Dios que el Señor quiere que entendamos hoy.

Es Dios el que hace crecer su Reino, esparcirse y desarrollarse a partir de las semillas de los pequeños actos de amor y bondad de los fieles. Como decía la Madre Teresa: “Haz cosas pequeñas, pero con gran amor.”

Entonces, ¿por dónde empezar? Para la mayoría de nosotros, esas pequeñas semillas se plantan primero en la familia. Los pequeños actos como ser considerados, dar ánimo y ofrecer felicitación que se plantan y se riegan con bondad, pueden florecer en el terreno de nuestros seres queridos.

Es mucho más sencillo fijarse en los errores y fallos de los familiares, pero más difícil es reconocer y resaltar los aspectos positivos. Si le preguntas a un agricultor, él te dirá que sembrar buenas semillas puede requerir bastante trabajo.

Así que labra la tierra y siembra. Dale gracias a tus hijos, incluso por los más pequeños actos de obediencia; diles lo que Dios piensa de ellos: que son maravillosos, creativos, fuertes, talentosos y adorables. Disponte a complacer a tu esposo o esposa, aún si eso significa comer tofu en vez de un buen asado. Con amor sincero y sin chistar, recoge las medias que él dejó tiradas o la toalla que ella dejó en el suelo. Arrepiéntete de los comentarios que digas sin pensar, y perdona rápidamente. Todas estas son semillas de mostaza del Reino de Dios.

Tal vez pensemos que debemos hacer cosas grandes y gloriosas para el Señor, y tal vez las hagamos; pero estas cosas surgirán del amor y la bondad que siembres en tu hogar. Después de todo, las expresiones de alabanza y ánimo, agradecimiento y amabilidad son grandes en sí mismas.

Así que confía en que Dios hará crecer todas las semillas de mostaza que tú siembres. Su fruto será evidente en las formas en que tus relaciones se abran y en el gozo que empiece a permear la atmósfera de tu hogar.

“Señor Jesús, gracias por mi familia en la cual me has llamado a plantar semillas de tu Reino.”

Y recordemos Jeremías riñe al Pueblo, en la primera lectura, porque se ha vuelto soberbio, no distingue la presencia de Dios, no es capaz de captar los regalos de la Vida, no es capaz de asombrarse con los milagros de la cotidianidad, no es capaz de mirar con el corazón. Pidamos púes al Señor que nos permita ver la realidad de las cosas esa que es invisible a los ojos, que nos permita ver y entender con el corazón.

Sabemos que todo que es pequeño, muchas veces, es cosa insignificante, que no tiene valor e importancia. Ese es el mayor error que cometemos en la vida: no saber dar valor e importancia a lo que es pequeño.

Vivimos en un mundo de grandezas, de los sentimientos grandes, de convertirnos importantes y mayores, y estamos despreciando el cuidado de las cosas pequeñas.Como un padre y una madre no puede dejar los detalles fundamentales en la educación de sus hijos; desde un pedido de atención que una niña hace, desde la tarea escolar que está allí, desde un sentimiento que despierta en su alma, todo, a comenzar por las cosas más pequeñas tiene un valor eterno de cuidado e importancia.

La vida ocurre en las pequeñas cosas que realizamos, sé que hay un engrandecimiento de los grandes gestos, y así por delante. Madre Teresa de Calcuta no se convirtió en la gran Madre Teresa, porque solo conocemos después la gran obra que ella realizo, ella se dedicaba intensamente a las cosas mínimas, desde lavar un plato con las hermanas a muchas otras cosas.

No nos enfoquemos en cosas que pueden llamar la atención de muchos, enfoquémonos en el cotidiano de nuestra vida, en la paciencia que estamos perdiendo con quien convive con nosotros, en los pequeños gestos de saludar, diciendo “buenos días” o “buenas tardes”.

Porque el Reino de los Cielos solo se convierte el árbol grande cuando es vivido en el cotidiano, en la simplicidad y en las pequeñas cosas. Que sepamos, de todo nuestro corazón, ser esa semilla de mostaza, sembrando en el campo de los pequeños gestos porque es eso que convierte grande la presencia del Reino de Dios en nuestro medio.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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