Homilía – lunes de la VII de Pascua (25 de mayo de 2020)

Homilía - lunes de la VII de Pascua (25 de mayo de 2020)

Iniciamos hoy un ciclo de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo. El Espíritu Santo constituye el alma, la linfa vital de la Iglesia y de cada símbolo cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón su morada y entra en comunión con nosotros.  En el Credo reafírmanos:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” decimos en el Credo.

El Espíritu es la tercera persona de la Santísima Trinidad, eterno como el Padre y como el Hijo. Así como decimos que Jesús es la Palabra de Dios, del Espíritu Santo decimos que es el amor del Padre y del Hijo.

Del Hijo decimos que fue engendrado por el Padre; del Espíritu Santo decimos que procede del Padre y del Hijo. Es regalo del Padre y regalo de Jesús.

La pandemia es el momento del paradigma cooperativo.

Las últimas semanas han dejado en evidencia de manera brutal y descarnada, gracias al virus que mantiene en vilo al mundo, lo fértil que es la tierra de los barrios populares para seguir enraizando en nuestro pueblo.

Sabemos que desidia y falta de previsibilidad, han potenciado la injustamente histórica vulnerabilidad y precariedad de los barrios populares del mundo.

Pero mientras tanto, los trabajadores de la economía popular siguen luchando en los inabarcables frentes de batalla que hoy tienen por delante. Como lucharon ayer y como lucharán mañana.

Por eso sin demagogia podemos decir que la pandemia es el momento del paradigma cooperativo y solidario. A nadie se le ocurriría que la mejor forma para resolver el tema es competir con el vecino. Hasta los nacionalismos más extremos han comprendido que de nada sirve la competencia. La solución sólo puede ser solidaridad y cooperativismo.”

Que gran oportunidad tenemos para salir del modelo de la competencia y el individualismo, que nos llevó la concentración, la desigualdad, la fragilidad sanitaria, la crisis ambiental, para ir hacia los modelos de la cooperación, como paradigma de organización económica.

Por eso para encontrar soluciones ante las consecuencias de la pandemia del coronavirus, no se podrá prescindir de solidaridad, cooperación, fraternidad y confianza reciprocas en los sistemas de producción y distribución de bienes y servicios, lo cual implicará su reconversión, reconfiguración y resignificación; todo ello sin perjuicio de viejas y nuevas “tentaciones” autoritarias, nacionalistas, xenófobas o totalitarias.

A propósito, el Papa Francisco aseguró que esta crisis es “un peligro, pero también una oportunidad” en la que él vislumbra los “signos iniciales de conversión a una economía menos líquida, más humana”. Y agrega: “Y es la oportunidad de salir del peligro. Hoy creo que tenemos que desacelerar un determinado ritmo de consumo y de producción y aprender a comprender y a contemplar la naturaleza”.

Como acaba de sostener el Papa Francisco, no se debe convivir con quienes, desde la cultura del descarte, en esta época de pandemia, hacen vil comercio con los necesitados, sí, esos que “se aprovechan de las necesidades de los demás y los venden: los mafiosos, los usureros y muchos otros”

Claramente el valor cooperación y solidaridad como levadura de comunidad, se validará como decisivo para la cohesión y supervivencia de los pueblos. Y ha des er un modelo en la nueva esencialidad que todos hemos de vivir.

Algunos de los frutos de los dones del Espíritu Santo son la alegría y la paz. Esa paz que nace de pedir y dar perdón y esa alegría sincera que sólo tendremos si hacemos la voluntad de Dios.

Don de Ciencia, Don de Consejo, Don de Fortaleza, Don de Inteligencia,Don de Piedad, Don de Sabiduría, Don de Temor,

Y los frutos del Espíritu Santo son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce:

Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Longanimidad., Bondad, Benignidad, Mansedumbre. Fe, Modestia, Continencia, Castidad.

Faltas contra el Espíritu Santo:

Desesperar de la misericordia de Dios, Presunción de salvarse sin ningún mérito, la impugnación de la verdad conocida. L a envidia de los bienes espirituales del prójimo. L a obstinación en el pecado, La impenitencia final.

Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Es de esta forma que Jesús nos está consolando, orientando y formando para que tengamos paz, pero la paz en Él, la paz que viene de Él. la paz de quien vive en la rectitud, con la serenidad, seriedad y sobriedad del Evangelio. ¡La paz de quien es justo, humilde y se somete al poder de Dios no tiene precio!

Por eso quien tiene la alegría, el coraje y la osadía que viene de Dios no se deja abatir por las tribulaciones. Y esta osadía y coraje solo puede ser un don del espíritu.

“Cuantas tribulaciones enfrentamos en esta vida, nos inquietamos hasta con pocas y pequeñas cosas, con lo que no ha dado cierto, que no ocurrió de forma que deberíamos y esperábamos, con el tiempo que se cierra, con la pandemia que viene a nuestra puerta y limita nuestra libertad, como si alguien pudiera contener nuestra relación con Dios, como si nuestra vida solo pudiera caminar de una forma.

¡No nos dejemos abatir ni nos entreguemos a las tribulaciones que viene a nuestra puerta, nuestra respuesta necesita ser la del coraje de Jesús! Es eso que la fe hace en nosotros: la nos pone de pie para enfrentar los desafío, sin dejarnos desanimar, a nosotros y a los nuestros para vivir un día de cada vez en la lucha y en el combate del Espíritu.

 El Espíritu Santo está siempre con nosotros. Siempre está en nosotros. Está en nuestro corazón. El Espíritu mismo es “el don de Dios” por excelencia, es un regalo de Dios, y a su vez comunica a quien lo acoge diversos dones espirituales. La Iglesia identifica siete, número que simbólicamente significa plenitud, exhaustividad; son los que se aprenden cuando nos preparamos para el sacramento de la Confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada “Secuencia al Espíritu Santo”.

El primer don del Espíritu Santo, según esta lista tradicional, es por tanto la sabiduría. Pero no se trata sencillamente de la sabiduría humana. ¡No! Esta sabiduría humana es fruto del conocimiento y de la experiencia. En la Biblia se relata que, a Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, había pedido el don de la sabiduría.

 Entonces la sabiduría es exactamente esto: es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios. Es sencillamente esto: es ver el mundo, ver las situaciones, la coyuntura, los problemas, todo, con los ojos de Dios. Esta es la sabiduría. A veces vemos las cosas según nuestro gusto, según la situación de nuestro corazón, con amor o con odio, con envidia… ¡Eh, no! Esto no es el ojo de Dios.

La sabiduría es lo que el Espíritu Santo hace en nosotros para que veamos todas las cosas con los ojos de Dios. Y este es el don de la sabiduría. Y obviamente, este don surge de la intimidad con Dios, de la relación íntima que tenemos con Dios, de la relación de los hijos con el Padre. Y el Espíritu Santo, cuando tenemos esta relación, nos concede el don de la sabiduría.

Y cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si transfigurase nuestro corazón y le hiciese percibir todo su calor y su predilección.

Entonces, el Espíritu Santo convierte al cristiano en una persona sabia. Pero esto, no en el sentido de que tiene una respuesta para cada cosa, que sabe todo. Una persona sabia no tiene esto, en el sentido de Dios, si no sabe cómo actúa Dios. Conoce cuando una cosa es de Dios y cuando no es de Dios. Tiene esta sabiduría que Dios da a nuestro corazón.

El corazón del hombre sabio, en este sentido, tiene el gusto y el sabor de Dios. ¡Y qué importante es que en nuestras comunidades haya cristianos así! En ellos, todo habla de Dios y se convierte en un signo bello y vivo de su presencia y de su amor. Y esta es una cosa que no podemos improvisar, que no nos podemos obtener para nosotros mismos.

Es un don que Dios da a los que se hacen dóciles al Espíritu Santo. Y nosotros tenemos dentro, en nuestro corazón, al Espíritu Santo. Podemos escucharlo o podemos no escucharlo. Si escuchamos al Espíritu Santo, Él nos enseña este camino de la sabiduría. Nos regala la sabiduría, que consiste en ver con los ojos de Dios, escuchar con las orejas de Dios, amar con el corazón de Dios, juzgar las cosas con el juicio de Dios. Esta es la sabiduría que nos regala el Espíritu Santo. ¡Y todos nosotros podemos tenerla! ¡(Basta) sólo pedirla al Espíritu Santo!

Pensemos en una madre que está en su casa con sus niños. Que cuando uno hace una cosa el otro piensa otra, y la pobre madre va de una parte a la otra con los problemas de los niños… Y cuando la madre se cansa y regaña a los niños, ¿eso es sabiduría? Regañar a los niños, les pregunto, ¿es sabiduría? ¿Qué dicen? ¿Es sabiduría o no? ¡No! Si embargo, cuando la madre toma al niño y le reconviene dulcemente, y le dice: ‘Esto no se hace, por esto’. Y le explica con mucha paciencia… ¿Esto es sabiduría de Dios? ¡Sí! Es eso lo que nos da el Espíritu Santo en la vida.

Otro ejemplo de sabiduría en el matrimonio: los dos esposos, el esposo y la esposa se pelean y no se miran o si se miran lo hacen con el ceño fruncido… ¿Eso es sabiduría de Dios? ¡No! Sin embargo, si una vez que ha pasado la tormenta, hacen las paces y vuelven a empezar de nuevo en paz… ¿Eso es sabiduría? ¡Es esa (la sabiduría)!

Ese es el don de la sabiduría. Que llegue a las casas, que llegue a los niños, que llegue a todos nosotros. Y esto no se aprende: es un regalo del Espíritu Santo. Por eso tenemos que pedir al Señor que nos dé al Espíritu Santo y nos de el don de la sabiduría. Esa sabiduría de Dios que nos enseña a mirar con los ojos de Dios, a sentir con el corazón de Dios, a hablar con las palabras de Dios…

Y así, con esta sabiduría, vamos adelante, construimos la familia, construimos la Iglesia, y todos nos santificamos. Pidamos hoy la gracia de la sabiduría. Y pidámosla a la Virgen, que es la sede de la sabiduría, de este don. Que Ella nos de esta gracia.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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