HOMILÍA – MARTES DE LA OCTAVA PASCUAL (14 de abril de 2020)

HOMILÍA - MARTES DE LA OCTAVA PASCUAL (14 de abril de 2020)

Hace poco leía que es una costumbre muy española y creo que panameña, el hacer caso omiso de los manuales de instrucciones.

Los pobres fabricantes de electrodomésticos preparan un estupendo manual de 500 páginas, lo traducen mediante un horrible programa informático y, el españolito medio y la panameñita y el panameñito vida mía, cuando abre la caja lo desprecia y se pone a tocar a los botones.

Normalmente, las máquinas las hacen para nosotros (al menos para mí), los torpes, y las cosas funcionan, pero no le sacamos todo el rendimiento posible.

Un día aburrido, ojeas el manual y aprendes la cantidad de cosas que puede hacer un microondas. Muchas veces decimos que la sociedad se está descristianizando.

Ahora que vivimos, la realidad de esta pandemia y de la cuarentena, nos damos cuenta que en momentos como éstos o en momentos de dolor o a las puertas de la muerte, pocos reniegan de su fe.

Seguramente antes no han sido modelos de cristianos, pero tampoco son malas personas, simplemente no se han leído el manual de ser cristianos.

Han visto a sus padres ser cristianos, y a sus abuelos y lo han oído de sus bisabuelos.

Poco a poco, el microondas se ha quedado como ese aparato que calienta la leche del desayuno y poco más.

Poco a poco, el cristianismo se ha quedado reducido a unas prácticas poco útiles en la vida ordinaria y útil a la hora de la enfermedad o de la muerte.

Queridos hermanos, no nos estará faltando el leer el libro de instrucciones de lo que es ser realmente cristiano y cristiano católico.

Porque muchos nos llenamos la boca de decir que somos católicos, pero a nuestra manera e independientes del ser iglesia de su doctrina y de su moral.

Hoy, Pedro nos presenta el Manual para Ser un Buen Cristiano:

«Conviértanse y bautícense todos en nombre de Jesucristo, para que se les perdonen los pecados, y reciban el don del Espíritu Santo.

Porque la promesa vale para ustedes y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos.»

Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo: – «Escapad de esta generación perversa.»”

Bautizados, en Panamá, estamos casi todos. Eso de la conversión lo hemos oído tantas veces que tal vez nos suene como algo hueco o irrealizable. Hay que seguir leyendo las instrucciones.

“Jesús le dice a María: – «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”» María Magdalena fue y anunció a los discípulos: – «He visto al Señor y ha dicho esto.»”

Jesús resucitado está a la derecha del Padre, y nosotros, en la Iglesia, vivimos de las palabras y las obras de Jesús.

María Magdalena no tiene que dar una interpretación de lo que ha visto, no va a contar sus experiencias, ella va a contar lo que Jesús le ha dicho, no otra cosa.

Eso es lo que hace la Iglesia. No dice quién es Jesús “para mí”, sino quien es Jesús hoy, vivo y actuante, por medio del Espíritu Santo.

Entonces ¿qué tenemos que hacer? En primer lugar, rezar, hablar con Dios y leer su Palabra (da pena el desconocimiento que tantos católicos tenemos de la Sagrada Escritura), leerla con pasión, con interés, con avidez, no como una tortura.

Y también conocer la doctrina de la Iglesia. Conocerla mejor que conocemos las instrucciones del GPS o las funciones del video.

Saber por qué la Iglesia nos dice lo que dice:  y no conformarnos con los titulares de los periódicos anticlericales.

Amar a la Iglesia, es confiar en ella y sentirnos miembros vivos del cuerpo de Cristo, dejar de usar a la Iglesia para ser Iglesia. Una de las tareas de la Pascua es ser y sentirnos Iglesia.

San Ignacio de Loyola tiene una expresión célebre, y que abre todo un mundo delante de nuestros ojos de católicos, cuando nos dice que hay que Sentir con la Iglesia.

Si desentrañamos esta expresión magnífica, pronto veremos que encierra todo lo que significa la vida cristiana.

Sentir con la Iglesia es decir que la Iglesia es un verdadero ideal en nuestras mentes

Sentir con la Iglesia es decir que la Iglesia está metida en lo más hondo del corazón.

Sentir con la Iglesia es decir que creemos, aceptamos y defendemos todo lo que Dios nos ha revelado.

Sentir con la Iglesia es decir que estamos siempre con el Papa y los Obispos, Pastores puestos por el Espíritu Santo al frente del Pueblo de Dios.

Sentir con la Iglesia es decir que nos reunimos gozosos en torno al Altar, donde la Iglesia se encuentra de modo especial con Jesucristo su Esposo.

Sentir con la Iglesia es decir que aceptamos y aprobamos todas esas prácticas sencillas que mantienen la fe de nuestras gentes.

Sentir con la Iglesia es venerar y apoyar todas las Instituciones donde se vive de modo especial la perfección cristiana, como las Comunidades de Religiosos y Religiosas.

Sentir con la Iglesia es decir que nos amamos todos como hermanos, entre los brazos de nuestra Madre la Santa Iglesia Católica.

Sentir con la Iglesia es decir que ardemos en celo apostólico y llevamos a toda la salvación de Jesucristo.

Sentir con la Iglesia es decir que nuestra fidelidad es inquebrantable, y que antes nos arrancarán la piel, que la fe en que fuimos bautizados.

Sentir con la Iglesia es decir que no tenemos más que un sueño dorado: como el de Santa Teresa: llegar a morir en el seno de la Iglesia, sabiendo que de la Iglesia de la Tierra subimos sin más a la Iglesia del Cielo, porque es la misma y única Iglesia de Jesucristo.

Sentir con la Iglesia, aparte de llenarnos de un gran ideal, nos lleva a la fidelidad más absoluta. Quiero compartir un libro que ha marcado mi vida desde que era joven en el Seminario, y de eso hace muchos años: Cartas en el desierto de Carlos Carreto, (una pregunta, quién ha sufrido por la Iglesia).

“Qué discutible eres, Iglesia, y, sin embargo, cuánto te quiero. Cuánto me has hecho sufrir, y sin embargo, tengo necesidad de tu presencia.

Me has escandalizado mucho, y, sin embargo, me has hecho entender la santidad. Nada he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido, más falso, y nada he tocado más puro, más generoso, más bello…que tu iglesia.

Cuántas veces he tenido ganas de cerrar en tu casa la puerta de mi alma y cuántas veces he pedido poder morir entre tus brazos seguros.

No, no puedo librarme de ti porque soy tú, aun siendo completamente tú.

Y después ¿Dónde iría? ¿A construir otra?

Pero no podré construirla sino con los mismos defectos, con los míos que llevo dentro. Y si la construyo, será mi iglesia y no la de Cristo.

Soy bastante mayor para comprender que no soy mejor que los demás…

Aquí está el misterio de la Iglesia de Cristo, verdadero misterio impenetrable.

“La iglesia tiene el poder de darme la santidad y está formada toda ella, del primero al último, de pecadores y… ¡Qué pecadores!

Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico y está compuesta de hombres débiles que están perplejos y que se debaten cada día contra la tentación de perder la fe.

Lleva un mensaje de pura transparencia y está encarnada en una masa sucia como es sucio el mundo.

Habla de la dulzura del Maestro, de su no-violencia, y en la historia ha mandado ejércitos a destruir infieles y a torturar herejes.

No, no me voy de esta Iglesia fundada sobre una piedra tan débil, porque fundaría otra sobre una más débil que soy yo…

Pero, además, ¿Qué cuentan las piedras? Lo que verdaderamente cuenta es la promesa de Cristo, el cemento que une las piedras, es decir, el Espíritu Santo. Sólo el Espíritu Santo es capaz de edificar la Iglesia con unas piedras mal talladas, como lo somos nosotros.

Sólo el Espíritu Santo puede mantenernos unidos, a pesar de la fuerza centrífuga y disgregadora de nuestro ilimitado orgullo.

Aquí está realmente el mayor misterio de la Iglesia, que yo rechazaría al cerrar mi corazón al hermano enemigo o al dirigirme en juez de la asamblea de los hijos de Dios. Y aquí está el misterio de la Iglesia.

En el fondo, soy yo esta masa de bien y del mal, de grandes y de miseria, de santidad y de pecado que define a la Iglesia.

Estas son algunas de esas razones: Jesús es el fundamento de la iglesia (aunque no sea su fundador).

Es santa y pecadora. Santa porque es la administradora de las cosas santas, principalmente los sacramentos.

A lo largo de su historia ha dado al mundo muchos santos, muchos ejemplos de virtud y de entrega generosa.

Gracias a ella he conocido a Jesús, que es lo mejor que me ha ocurrido.

No ha existido ni existe ninguna “institución” que haya hecho tanto por la humanidad.

Me perdona los pecados (en nombre de Dios) y me da los medios para santificarme.

Por ella me llega la Palabra de Dios (Palabra encarnada y palabra escrita).

Por esas y otras mil razones, no puedo menos de admirar, querer y agradecer la Iglesia.

Pero todo eso no me impide, antes bien me espolea, a “criticarla” en lo que no tiene de auténtico, en lo que tiene de demasiado humano.

Y tras ella, o con ella, la consecución del Reino de Dios, que “sufre violencia”

La Virgen sabía la íntima relación entre la vida de Cristo, la vida de la Iglesia y nuestra propia vida, ella nos ayudará a no vivir una fe superficial, de oídas, sino a vivir la verdadera alegría de sentirnos unidos a Cristo resucitado. 

 

PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

Comparte

Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

[link url="https://arquidiocesisdepanama.org/reapertura-de-templos/"]Content[/link]