Homilía – Jueves de la XIII semana de Tiempo Ordinario (2 de julio de 2020)

Homilía - Jueves de la XIII semana de Tiempo Ordinario (2 de julio de 2020)

Señor Jesús, hoy hemos escuchado tu admirable poder y nos quedamos sorprendidos de tu forma de actuar. Eres maravilloso y te diriges a lo profundo del corazón. Nosotros también hoy estamos paralíticos y no podemos actuar. Nos han paralizado el miedo, la comodidad y el egoísmo. Las situaciones cada día son más graves y nuestra forma de responder es cada día más inoperante.

Estamos paralíticos, pero buscamos las soluciones solamente en el exterior. Como si el cuerpo entero de la sociedad se pudiera sostener por las apariencias y las normas externas.

Queremos la salud de nuestra patria y estamos dispuestos a pequeños sacrificios, pero no estamos dispuestos a cambiar realmente de opciones, de actitud y de valores. Quisiéramos que nos sanaras con tan sólo presentarte una oración y una súplica por este enfermo que yace paralítico. Y hoy, igual que en aquel tiempo, tu palabra va dirigida primero a lo más importante: “Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados”.

El poder del pecado paraliza nuestra vida  

“Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados. Entonces dijo al paralítico: Levántate, toma tu camilla y vete a casa.”(Mt 9, 6).

Hermanos: Jesús tiene poder, pero el poder de Él no es simplemente de levantar de una cama aquel que está enfermo, como si eso fuera un acto mágico. ¡No! Él tiene poder sobre las enfermedades, sobre la naturaleza humana, pero, especialmente, sobre aquello que corroe y estropea, que debilita y paraliza nuestra naturaleza. Él tiene el poder de perdonar los pecados.

No es simplemente recibir el perdón de los pecados: “Dios me perdono”, es más que eso. Es interrumpir lo que el pecado está causando en nosotros, porque necesitamos reconocer, y es con humildad que podemos realmente reconocer ese hecho.

El pecado nos paraliza, nos convierte incapaces de ver lo que está dentro de nosotros y a nuestro lado. Estamos muchas veces inmovilizados para hacer el bien, para promover el Reino de los Cielos porque nuestros pecados nos van atrofiando, nos paralizando y dejándonos cada vez más incapaces de ir hacia delante.

Esos hombres, movidos por tanta fe, llevaran el paralitico hasta Jesús. Sí, él podría tener varios motivos para explicar su parálisis. Podría ser una parálisis infantil, una parálisis porque sufrió algún accidente o pasó por algún trauma.

Lo más importante no es lo  físico, primero cuidamos del alma y del corazón, porque el físico va ser rescatado.

El pecado nos paraliza, nos convierte incapaces de ver lo que está dentro de nosotros y a nuestro lado

Muchas veces, estamos cuidando de nuestro físico, incluso demasiado, algunos no se cuidan de ninguna forma y es una pena, porque necesitamos cuidarnos.

Ahora, es importante decir que, si no cuidamos del corazón, él sigue atrofiado, paralizado, entretenido y metido dentro del pecado, la vida sigue paralizada de la misma forma, no llegamos hasta Dios.

Dios llega hasta nosotros, pero no conseguimos ir hasta Él, porque nuestras piernas y nuestro interior están inmovilizados. Entonces, necesitamos permitir que Jesús irrumpa con el poder del pecado en nuestra vida. Es necesario recibir el perdón y romper con el pecado para no seguirnos paralizados.

Mira lo que ocurre a nuestro lado, en nuestra casa y en nuestro mundo; no conseguimos avanzar en el dialogo, en la comprensión, en el perdón, en la misericordia y en el entendimiento.

Estamos siempre paralizados en el medio del camino, porque siempre entra delante algún pecado. Entra el resentimiento, la tristeza, la agresión, la incomprensión, siempre está entrando mi visión, fruto de mi soberbia y de mi orgullo, no sé bajar la cabeza, el otro también no sabe, de forma que, muchas cosas en la vida paralizan.

Las relaciones paralizan, los matrimonios están paralizados, los sentimientos de amor entre los seres humanos están corrompidos por la fuerza del pecado.

Que Jesús no solo perdone nuestros pecados, porque Él tiene poder de perdónalos, pero también rompa con toda fuerza que nos paraliza a causa del pecado.

«Jesús está en Cafarnaún y la multitud se reúne a su alrededor. A través de una abertura hecha en el techo de la casa, algunos le traen un hombre acostado en una camilla. La esperanza es que Jesús cure al paralítico, pero despacha a todos diciendo: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Sólo entonces le ordenará que se levante, tome la camilla y se vaya a casa. Con sus palabras Jesús nos permite ir a lo esencial. Es un hombre de Dios, sanó, pero no era un sanador, enseñaba, pero era más que un maestro y frente a la escena que se le presenta va a lo esencial: Mira al paralítico y le dice: «Tus pecados están perdonados». La curación física es un regalo, la salud física es un regalo que debemos cuidar. Pero el Señor nos enseña que también la salud del corazón, la salud espiritual, debemos custodiarla.»

(Homilía de S.S. Francisco, 17 de enero de 2020, en santa Marta).

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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