Homilía – jueves de la XI Semana del Tiempo Ordinario (18 de junio de 2020)

Homilía - jueves de la XI Semana del Tiempo Ordinario (18 de junio de 2020)

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

La comunidad a la que se dirige el evangelio de Mateo es una comunidad cristiana de segunda generación en la que se va enfriando “el amor primero” con las consecuencias prácticas que esto tiene. Es necesario volver a presentar la vida de Jesus, sus hechos, su itinerario, la continuidad de su presencia a través del Espíritu, la misión de la Iglesia.

Por eso hoy, el Señor nos quiere ayudar a crecer en un tema central de nuestra vida cristiana: la oración. Por lo tanto, nos advierte que no recemos como los paganos que intentan convencer a Dios sobre aquello que quieren.

Muchas veces pretendemos conseguir lo que deseamos a través de la insistencia, haciéndonos “pesados” a Dios, creyendo que conseguiremos hacernos escuchar con nuestra verborrea.

 “Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga” (Mt 6, 7).

Busquemos en la oración la dimensión del perdón

La primera verdad es que necesitamos rezar en espíritu y verdad, hacer de la oración la práctica de nuestra vida, hacer de la oración nuestro medio de comunión y relación con Dios.

No podemos creer que oración es solo un momento donde rezamos un Padre Nuestro, tres Ave Marías, hacemos una señal sobre nosotros y  ya hicimos nuestra oración.

La oración es expresión de comunión y relación con Dios. Sé que las relaciones humanas están desgastadas, no tenemos tiempo para sentarnos, conversar, y eso ocurre en nuestras casas y familias. Aún las personas estando confinadas dentro de nuestras casas, el dialogo se hace difícil.

Incluso hay parejas duermen en la misma cama y, muchas veces, no dialogan, no se encaran frente a frente. Entonces, puedo imaginar que nuestra relación con Dios también este estremecida, lejos o desfigurada.

Muchas veces, nos dirigimos a Dios solo para pedir, suplicar presentar a Él nuestro desespero, reclamar porque Él no nos bendice o no nos dio lo que queremos, como si Dios estuviese a servicio de nuestras necesidades.

La oración que no ejerce perdón no es eficaz en el corazón

Oración es nuestra relación con Dio, primero, relación filial, Él es Padre y  yo soy hijo, entonces necesito clamar al Padre, necesito realmente ponerme en el regazo y en el corazón de Él, y decir: “Padre, estoy aquí”.

Dios es mi Padre y necesito llamarlo como Padre y crecer en esta intimidad como Jesús, al punto de llamarlo como: papá, padre mío, padre querido, padre amado.

Asumamos cada vez más esta relación de intimidad con Dios como nuestro Padre. Es necesario deshacer todas aquellas imágenes negativas que quedaran en nuestro corazón sobre la imagen de Padre.

Dios es un padre amoroso, un Padre que nos ama y cuida de nosotros.  Por eso nuestra relación con Él no puede ser lejana como si Él fuera una imagen temerosa. No, Él es una persona amorosa, por encima de cualquier cosa.

Para hablar con el Padre, no es necesario quedar repitiendo muchas palabras. Aprendamos esto para la vida y, especialmente, para la vida oracional, pero también para nuestras relaciones, conversar y dialogar es saber más escuchar que hablar.

Somos muy destemplado, creemos que dialogar es cuando hablamos mucho, y después no tenemos ni más fuerza para escuchar.

Cuando quiero rezar, aprendo primero a silenciar, yo silencio, hablo con Dios lo que esta me sofocando, pero, quiero escuchar. La oración es eficaz cuando más escucho que hablo. Y hablo más, toda oración verdadera libera perdón en el corazón. Perdón para conmigo, con mi prójimo y con Dios.

La oración que no ejerce perdón no es eficaz en el corazón. Por eso, recemos y en la oración busquemos vivir la dimensión más profunda del perdón.

Cuesta pedir perdón sí, pero darlo todavía cuesta más. Si fuéramos humildes de veras, no nos sería tan difícil; pero el orgullo nos lo hace trabajoso. Por eso podemos establecer la siguiente ecuación: a mayor humildad, mayor facilidad para perdonar; a mayor orgullo, mayor dificultad, para perdonar .

Esto nos dará una pista para conocer nuestro grado de humildad. Acabada la guerra civil española (año 1939), unos sacerdotes excautivos celebraron una Misa de acción de gracias en la iglesia de Els Omells. El celebrante, tras las palabras del Padrenuestro «perdona nuestras ofensas», se quedó parado y no podía continuar. No se veía con ánimos de perdonar a quienes les habían hecho padecer tanto allí mismo en un campo de trabajos forzados. Pasados unos instantes, en medio de un silencio que se podía cortar, retomó la oración: «así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Después se preguntaron cuál había sido la mejor homilía. Todos estuvieron de acuerdo: la del silencio del celebrante cuando rezaba el Padrenuestro. Cuesta, pero es posible con la ayuda del Señor.

Además, el perdón que Dios nos da es total, llega hasta el olvido. Marginamos muy pronto los favores, pero las ofensas… Si los matrimonios las supieran olvidar, se evitarían y se podrían solucionar muchos dramas familiares.

Sentir resentimiento –o incluso rencor– hacia alguien no significa no haber perdonado. El perdón es otra cosa. Y es compatible con ese resentimiento, del que tienes la misma culpa que de un dolor de cabeza.

Perdonar es un acto de voluntad. Significa renunciar a hacer pagar su deuda a quien te hiere, y tratarlo con el mismo cariño con que lo tratarías si no te hubiese herido. De ese perdón te pedirá cuentas Dios. No de tus sentimientos.

Que la Madre de misericordia nos ayude a comprender a los otros y a perdonarlos generosamente.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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