Homilía – jueves 3 de septiembre 

Homilía - jueves 3 de septiembre 

Al único al que seguimos es a Cristo 

La gran preocupación de Pablo al escribir esta carta a la Comunidad de Corinto son las divisiones generadas en su seno. Corinto es un puerto del Mediterráneo, con una intensa actividad cultural, comercial, también religiosa. El mensaje del Evangelio, cuando se va encarnando en cada realidad y contexto, anunciado, vivido y celebrado por personas concretas, que lo van haciendo suyo y configurando en cada comunidad, se encuentra con las limitaciones y tentaciones propias del ser humano y los grupos.

De esta última parte del capítulo tercero, destacaría dos claves que Pablo deja a los corintios:

Que nadie se crea poseedor de la sabiduría. Es necesario desprenderse de la pretensión de considerarse y declararse sabio, conocedor total de las cosas de Dios. Siempre seremos buscadores, en camino, alumnos y aprendices.

Al único al que seguimos es a Cristo. De ahí la importancia de estar atentos porque es fácil acabar siguiendo a alguien concreto, por bueno y santo que sea; e incluso llegar a considerarnos líderes o tener quien nos siga. 

Toda nuestra confianza está en Jesús 

El Evangelio de hoy tiene una enorme riqueza en cuanto a lo que Jesús va transmitiendo sobre quién es Él y sobre quiénes son los que le siguen. Aparece un personaje del que siempre aprendemos mucho, Pedro. Y viene también bien para recordar a San Gregorio Magno, que hoy celebramos.

La gente se acerca a Jesús para “oír la palabra de Dios”, y él se sienta en la barca de Simón para enseñarles. Jesús es el mesías, el Hijo de Dios, sus palabras traen salvación.

E implica a otros en su misión. Esos otros son pescadores, que experimentan la fatiga del trabajo y el fracaso. “Soy un pecador” dirá Pedro, abrumado por lo que va descubriendo de Jesús y lo que implica seguirle, que le supera.

Ya lo decía Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia, al hablar de sí como “siervo de los siervos de Dios”. 

Hay en todo ello un referente, que aporta mucha luz, incluso cuando la misión nos abruma o parece algo imposible: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. La abundancia fue tal que aún los desconcertó más.  La autoridad de Pedro no está en su propio poder o eficacia, la misión que se les encomienda a los discípulos no depende de su destreza o capacidad. La misión y el seguimiento implican dejarse llevar por la Palabra de Jesús, y poner todo lo que eres a su servicio.

“No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Hay todo un proceso en el seguimiento hasta llegar a ese momento en que verdaderamente dejas todo. Y no es un momento único, es una exigencia siempre renovada de desprendimiento y libertad, de descubrirse “nada” y pecador, y de poner toda la confianza en el Señor.  Eso proceso supone caminar en la fe, descubrir que ese “maestro” que nos fascina con su Palabra, es el “Señor” que nos llama y envía.

Cuantos peces traemos al puerto: Ojalá quedasen grabadas a fuego, en tu corazón de cristiano seglar, las palabras que Jesús dijo a Pedro: Serás pescador de hombres.

Esa llamada iba también dirigida a ti. Cuando sales de Misa, deberías adentrarte en el mar de este mundo para echar allí las redes de tu alegría y tu amor cristianos; sin miedo al mundo, sin falsas modestias, sin timideces absurdas, con celo ardiente de almas. Y cuando llegaras, al día siguiente, de nuevo al puerto –que es el altar–, ojalá trajeras al Señor peces nuevos, recién salvados de las aguas de la muerte: «Mira, Señor, hoy te traigo a éste y a este otro. Ya los he puesto en manos del estibador –que es el sacerdote– para que los recoja y los limpie con la absolución. Ahora se acercarán para comer contigo». ¡Qué contento se pondrá Jesús si, cada día, llegas a misa con tu pesca para Él!

Aunque, para que esto suceda, es preciso que entiendas que tu trabajo no está en el templo, sino en la calle. Al templo vienes, como el pescador al puerto, a dejar los peces, a reponer fuerzas, y a salir de allí, ilusionado, en busca de una pesca nueva.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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