HOMILÍA – Homenaje de Gratitud a los Recolectores

HOMILÍA - Homenaje de Gratitud a los Recolectores

Homenaje de Gratitud a los Recolectores

Mientras la mayoría de nosotros permanecemos en nuestros hogares, por la cuarentena, los recolectores de residuos salen cada día a las calles. Ellos son héroes en medio de esta pandemia. Ellos a pesar de riesgos, están siempre dispuestos a seguir con su trabajo.

Tal vez les parezca exagerado lo que voy a decir, pero los recolectores de desperdicio me recuerdan a Dios, por cómo nos mira, sobre todo cuando estamos más llenos de suciedad, de pecado, cuando a causa de ello nos convertimos en residuo humano, Él se abaja, se agacha para abrazarnos, para limpiarnos, para sacarnos del cesto de basura y elevarnos a su nivel.

Nos ama tanto que se hizo uno de nosotros, se hizo hombre; con manos de hombre trabajó y mucho, como estos hombres y mujeres del Aseo. También Él, Jesús, se fue allá donde estaba lo más despreciable del pueblo, y se sentó con ellos a comer y a darles dignidad.

Nadie gustaba de los publicanos, de las prostitutas, de los enfermos de lepra y las viudas, despreciaban a los de otra religión y cultura. A esos los consideraban desperdicios, desechos humanos. Pues ¡Con ellos estuvo Jesús de Nazaret, comió con ellos y se hospedó en su casa!

Así es Dios. A todos nos mira con el mismo amor. No importa dónde naciste, cuál es el color de tu piel, cuánta plata ni propiedades tienes, si estudiaste en una universidad extranjera o si apenas sabes leer. Nuestro Padre abre sus brazos amorosos y nos mima a todos por igual.

A veces pensamos que tal o cual muchacho o muchacha drogodependiente, ladrón, travesti o prostituta no merece que se le ayude, porque anda en malos pasos, porque decidió el camino malo.

Pues a Dios se le aguan los ojos y se llena de ternura por esas personas que parecen perdidas, pero que en el fondo nos es más que gentes huérfanas de amor, a las que les han negado las oportunidades, que solo necesitan pequeños gestos de cariño y afecto, que nos les juzgue, para empezar a brillar como lo que son: hijos e hijas amadas del Padre.

Por eso los recolectores y las hormiguitas me recuerdan tanto a Dios. Sobre todo, por su valentía y su capacidad de sacrificio. Se entregan al trabajo de limpiar con tanta naturalidad, a veces con las manos desnudas, siempre con un barullo alegre, con risas y cantos, con voces y silbos. Los veo y escucho cuando pasan por mi casa, con su traqueteo, su compañerismo y ¡y su salsa!

 Personalmente me preocupa la falta de conciencia de muchos de nosotros, no solo en el poco valor que le damos a este significativo trabajo, si no por la forma cómo disponemos de la basura. Con nuestra actitud demostramos un desdén hasta ofensivo con el otro. Es como si estuviéramos esperando que el otro cargue con nuestras miserias, que las huela, que se ensucie con ellas. Miren que eso fue lo que la humanidad hizo con Cristo. Lo puso a cargar y a sufrir con nuestra suciedad.

Tomemos conciencia, amarremos las bolsas y depositémosla en su lugar. Hagámonos responsables de nuestros los desechos que nosotros mismos generamos. Quienes trabajan en recolectar estos residuos tienen tanta dignidad como la tienes tú y la tengo yo.

Por eso hoy queremos agradecer a unos de los servidores más importantes, y que muchas veces no son reconocidos. Ellos son los recolectores que todos los días se encargan de levantar las toneladas de residuos diarios que generamos nosotros.

Los recolectores de residuos, junto con los barrenderos, cumplen una tarea social fundamental, ya que son ellos los encargados de mantener la ciudad limpia, y en buenas condiciones sanitarias. Eso lo hacen para tú y yo podamos vivir bien, con salud, tranquilos de que nuestras familias no estarán expuestas a peligros. Es decir que son ángeles de la guarda, que van limpiando el camino por donde pasamos. Sí, no te asombres ahí en casa. Piensa que estos señores y señoras, a pesar de su aspecto rudo, son ángeles que Dios está poniendo en nuestras vidas para protegernos del mal.

De paso les digo que el Santo Patrono de los recolectores de desperdicio en Asunción, Paraguay, es un ángel. Un arcángel, más bien: San Miguel. Si no tienen uno, les propongo que lo asuman como su protector.

La fiesta solemne de San Miguel es el 29 de septiembre. Les propongo que ese día volvamos a vernos –ojalá ahí en el barrio de Calidonia donde está el templo que le hemos dedicado en la Arquidiócesis, con más compañeros de ustedes– para que celebremos la solemnidad y memoria de San Miguel, un protector que también limpia al mundo de la basura del mal y del maligno.

Pidamos a Dios que esta emergencia de salud que enfrenta el país pueda dejar ver la parte solidaria y positiva nuestra como ciudadanos, y que cambiemos para mejor, con hábitos nuevos en torno al reciclaje, a reutilizar las cosas y a no ensuciar de más. Esta pandemia, con la cuarentena que hemos vivido todos los panameños, sin distinción alguna, debe habernos enseñado el valor verdadero de las cosas materiales. A veces el exceso de consumo –que de por sí produce un aumento exagerado de basura– nos lleva a vivir desechando, sin darle valor a las cosas, cuando en realidad podemos tratar de ser más constantes, más permanentes, usando solo que lo que realmente necesitamos, y reutilizando cosas que no tenemos por qué botar.

Imagínense si Dios hubiera decidido botar a algunos de nosotros porque no servíamos para nada. ¡El mundo estuviera vacío!

Exhortamos a entregar la basura en bolsas y en los horarios establecidos para evitar consecuencias mayores en la emergencia de salud que enfrentamos.

Motivamos a los familiares con pacientes diagnosticados con coronavirus Covid-19, a que extremen las medidas de seguridad e higiene al momento de disponer los desechos, para evitar el contagio de los colaboradores del servicio de recolección. Recordemos que ellos son hombres y mujeres que también tienen familia, que también trabajan para llevar pan a su mesa, y si se enferman por culpa nuestra estaremos afectando no solo a unos hombres alegres que van en un camión, si no a sus niños, sus parejas, sus familiares completos.

Hagamos patria asumiendo que todos somos uno, que somos hijos de un mismo Padre, que no importa que yo sea médico, abogados, ingeniero, empresario o cura, y el otro solo recoge basura. En esta crisis todos somos para el virus lo mismo: un blanco, como una tarjeta de tiro, expuestos que ser víctimas. Por eso debemos cuidarnos unos a otros, empezando por estos señores y señoras de la recolección, que tanto se exponen a enfermarse si nosotros no los cuidamos.

¿Cuál es la fuerza que a más de siete siglos permite que hoy podamos recordar a Santa Rita de Casia? ¿qué tendrá esta mujer que es capaz de ser recordada en el mundo entero? 

El secreto de esta mujer fue su santidad y creo que todos sentimos que ahí está realmente la verdadera fuerza de su vida y de nuestra vida. Vemos en ella una presencia de Dios muy especial, con la cual nos sentimos identificados.

Esta mujer vivió en el año 1300, hace más de 7 siglos. Y ya hace 7 siglos que viene convocando a hombres y mujeres detrás de sí. Sus padres la casaron muy joven con un comerciante rico, de modo que económicamente la pasó muy bien. Pero su marido resultó un hombre iracundo y golpeador. Margarita, así fue bautizada y le decían Rita para abreviar, la pasó mal los primeros años de su matrimonio. Frente a esta adversidad, Rita no reaccionó con la ley del diente por diente, sino todo lo contrario, lo hizo con el cariño, la paciencia y la oración. Así logró el milagro de cambiar el corazón de su marido. La historia nos cuenta que su marido fue cambiando lentamente con la paciencia, el cariño y la oración de su mujer. Este fue el primer milagro de Rita.

Es difícil que un esposo cambie. La mayoría de las veces hay que soportarlo. Lo mismo pasa con las esposas y con los vecinos, con los amigos y con las amigas. En realidad, lo que nos ayuda a cambiar es el amor.

El amor es la única fuerza que puede transformar nuestro corazón y el corazón de los semejantes.  Por eso ella es la abogada, la protectora de las cosas imposibles.  Ella es abogada de las cosas imposibles porque descubrió el verdadero secreto que cambia el corazón de una persona. Primero dejó que el Amor de Dios cambiara su propio corazón por medio de la paciencia, el sacrificio y la entrega, luego pudo con el Amor de Dios cambiar también el corazón de su esposo.

Rita descubre este secreto en Dios. Ella descubre la fuerza de ese secreto en el Dios de Jesús, el mismo que hoy, a través de la Palabra en el Evangelio, nos recuerda También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar

La fuerza de ese secreto se realiza en otro episodio muy difícil en la vida de Rita. Su esposo fue asesinado por unos bandidos y los dos hijos de Rita juran venganza de la muerte de su padre. La venganza no podía caber en el corazón de Rita, ya profundamente transformado por el Amor de Dios. Por eso ella pide a Dios que no se lleve a cabo esa mala acción de sus hijos y si fuera necesario para impedirlo, preferiría una muerte buena para ellos, antes de que lleven a cabo la venganza.

Rita fue escuchada y al poco tiempo debe acompañar la muerte de sus dos hijos. Otra vez el secreto del amor cambia el corazón, pero no sin sacrificio. El último gesto de amor de Rita fue distribuir sus bienes a los pobres y retirarse a un monasterio para vivir en profundidad e intimidad con Jesús crucificado el Amor.

Pidamos por la intercesión de Santa Rita que nosotros como ella podamos estar convencido con esta afirmación categórica del Maestro: “Tendrán una alegría que nadie les podrá quitar”.

Porque nuestra alegría no viene del mundo, de las conquistas del mundo, nuestra alegría viene de Dios, y necesitamos saber encontrar el sentido de esta alegría.

Primero, es necesario preguntarle a nuestro corazón lo que nos causa tristeza, lo que nos deja tristes y desanimados. ¿Lo que quita nuestra alegría de vivir?

 Y hermanos la alegría está donde ponemos el sentido de nuestra vida. Y cuando lo que ponemos como sentido nos contraria, perdemos, nos frustra, entonces, es obvio que la tristeza viene y entra dentro del alma y del corazón.

Si no solucionamos delante de esta situación, la tristeza queda en nosotros, pasa a vivir y hacer parte de nuestra vida y de nuestro corazón.

¡Cuántas personas viven de tristezas acumuladas! Por eso hemos de ser realistas todos pasamos por tristezas en la vida, perdemos personas queridas, pasamos por decepciones, quedamos tristes y nos frustramos; hay cosas que no funcionan, tenemos expectativas que alimentamos y, después, ellas caen por tierra; recibimos noticias decepcionantes y, después, caen por tierra; decepcionamos personas y somos decepcionados.

Por eso como creyentes no podemos olvidar: ¡Nuestra alegría viene de Dios! Y necesitamos saber encontrar el sentido de esta alegría

La tristeza es una realidad de la vida, pero necesitamos saber dimensionarla, y saber ponernos delante de ella, y no permitir que sea ella la que se ponga delante de nosotros, y mande y comande y guie nuestra vida.

Por eso, la Palabra de Dios nos está llamando, y guiando para que nuestra vida esté en la dirección correcta.

Aunque por poco tengamos que sentir la tristeza, ninguna tristeza puede ser plena, eterna o duradera en la vida de quien quiere que sea. Y cada tristeza es distinta pero también hay una alegría mayor que mueve nuestra vida, una seguridad mayor, una fe, una esperanza que alimenta a cada día, nuestro corazón.

Por eso, nadie puede quitarnos la alegría de nuestro corazón, solo nosotros mismo cuando quitamos de Dios nuestra razón de vivir, cuando no ponemos en el Señor, en la eternidad y en el Reino de los cielos, la razón de nuestra existencia.

Cuando nuestro corazón no está centrado en Dios, tiene como consecuencia caer en el vacío, en los abismos de la vida y, en las tristezas que no tienen nombre ni explicación y así ellas se apoderan de nosotros.

Alegrémonos con las pequeñas cosas, pero, especialmente, alegrémonos por pertenecer al Reino de Dios y eso va ser el mayor tesoro de nuestra vida, pues esta es la alegría de nuestro corazón.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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