Homilía – Funeral del Diácono Gabriel González

Homilía - Funeral del Diácono Gabriel González

En primer lugar, quiero manifestarles a ustedes; querida Edilberta compañera de 47 años, queridos 7 hijos, 16 nietos y 5 bisnietos.  En nombre propio y en nombre de esta Iglesia Arquidiocesana, queremos expresarles nuestro sentimiento ante el trance penoso por el que han pasado.

La muerte es una realidad que vivimos todos los días en muchos seres que conocemos y que están cerca de nosotros. La muerte es algo que siempre nos viene mal y siempre se nos presenta con tristeza. Y se nos presenta así porque estamos llamados a la vida.

Por eso yo los invito a hacer una lectura creyente de este acontecimiento. Y esta lectura comienza diciendo que el diacono Gabriel, vivió y vive, junto a Dios. No solo vive en el recuerdo de ustedes sus hijos, nietos, de la comunidad ya las obras a la que sirvió, en la que somos testigos que se entregó con un espíritu de servicialidad.

Hoy, todos debemos orar, y aprender de esta lección silenciosa, que la muerte nos ofrece. Pues, todos tarde o temprano estamos destinados a morir.

En este último viaje lo único que necesitamos es dirigir nuestros ojos en el único que salva, en el que siempre, pero de manera especial Gabriel se aferró y es lo que dio sentido a su vivir y a su morir: Jesucristo, muerto y resucitado.

«Y yo le resucitaré en el último día». Así lo hemos leído en el Evangelio, y esta es nuestra esperanza. Viviremos para siempre si creemos, con todas sus consecuencias, que Jesús es el Hijo de Dios.

Del diacono Gabriel podemos destacar tantas cosas: buen hijo, esposo, papa, abuelo, hermano, un gran servidor del Señor siempre con una sonrisa a plenitud, en todo lo que hacía.

A mí me gustaría más que pensar en lo que hemos perdido con su muerte, pensáramos en lo que él ha ganado, pues tener la seguridad moral y de fe de que él ha alcanzado felizmente la meta es más motivo de alegría que de aflicción; al fin y al cabo, esto es lo único que verdaderamente tiene que ser el objetivo nuestra vida, porque «¿de qué le sirve a un hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt. 16,25). De nada: lo ha perdido todo y se ha perdido a sí mismo.

Y si realmente fuimos sus amigos, amigos de verdad y no sólo de nombre, rezaremos por el para qué, goce con Dios de la felicidad de los justos para siempre.

Queridos hermanos reitero, aprendamos la mejor lección de vida que en estos momentos nos está dando en el diacono: el cumplir con el último deber que todos tenemos que cumplir y tenemos que hacerlo bien, tal como lo hizo nuestro querido diacono, y al que se fue preparando durante toda su vida, que es el encuentro con el Padre Dios.

Por eso el misterio de la muerte que hoy nos congrega: nos hace descubrir que necesitamos de Dios. Porque en medio de tanto ajetreo se nos va olvidando que Dios es el mejor amigo que tenemos los hombres, lo mejor que tenemos.

Incluso se nos olvida que Dios comprende nuestros deseos de vivir y está dispuesto a llenar para siempre nuestra sed de felicidad, por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.

Dios nos comprende y nos ama como no nos comprende ni nos ama nadie, Dios ha comprendido a Gabriel como ninguno de nosotros la hemos podido comprender.

Y Dios quiere ahora a Gabriel como ninguno de nosotros la podemos querer.

Y todo esto porque nuestra vida no es un pequeño paréntesis entre dos nadas, dos vacíos. La vida del diacono Gabriel no es solo esos años con los que ustedes la conocieron y convivieron con él.

En Cristo resucitado nosotros hemos descubierto que la Vida es mucho más que esta vida. Yo no sé si todos los que estamos reunidos hoy aquí, vivimos animados por esa fe. La fe se nos está quedando, a veces, ahí arrinconada en algún lugar de nuestra alma, como algo poco importante, poco interesante, que no merece mucho la pena preocupamos de ella.

Si en este momento nos damos cuenta de que nuestra fe es muy pequeña y débil, de que ya no acertamos a creer, éste puede ser el momento de ser sinceros y empezar por pedir fe a ese Dios al que, quizás sentimos tan lejano. Un hombre, una mujer que desea sinceramente creer, es ya, ante Dios, un creyente.  Y esa fue la constante vida de Gabriel llevar al conocimiento de Dios a tanta gente.

En medio del dolor agradezcamos a Dios por la vida y ministerio de Gabriel, un hombre con gran capacidad de servicio en la parroquia, en la cual el Señor hizo su presencia en esta Iglesia a través de este hermano, con una tremenda trayectoria pastoral”.

Gabriel nunca tuvo miedo para demostrar su vocación y amor a la Iglesia, ejerciendo el apostolado con más presencia: Gabriel es un claro ejemplo, de lo que hay tanto que hacer por el Evangelio y el Reino, y  de lo que que debemos ser sal y luz, para alumbrar la vida de tantos (…) Por eso, agradecemos mucho por su gran fe y testimonio, siempre refiriéndose al Señor y tampoco nunca olvidaremos su rostro alegre y entregado en lo que hacía.

Estamos afectados por su partida, porque fue todo muy inesperado y rápido, pero a su vez damos gracias a Dios porque nos regaló a la persona de Gabriel, como hombre, padre, esposo, servidor de la Iglesia, damos gracias a Dios por su ejemplo. Su entrega fue un regalo de Dios.

Más allá de la tristeza y del desconcierto por ser algo tan repentino, que provoca para toda la comunidad cristiana y también para su familia su partida, es sin embargo, una alegría enorme el ver el reconocimiento tan grande que en estos días se han manifestado por la muerte de este esté hermano diácono, y esto deja ver que su Ministerio Diaconal en realidad fue un regalo muy grande para para tanta gente que a través de él, pudo conocer al Señor y también el sentir la presencia y compañía en tantos momentos de tristeza, abandono, sufrimiento.

Sigamos recordando la entrega generosa del Diacono Gabriel, sigámoslo recordando especialmente en la obra que asumió con pasión el Hogar San José, no lo olviden, querido Diacono te estaremos echando de menos cada primer domingo en Atalaya donde religiosamente asistías todos los años.

MONS. JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA OSA

Comparte

Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

[link url="https://arquidiocesisdepanama.org/reapertura-de-templos/"]Content[/link]