HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL 2021

HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL 2021

HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL

Catedral Basílica Santa María La Antigua, Miércoles 31 de marzo 2021

 

Saludamos al Señor Nuncio Apostólico, monseñor Luciano Russo,

A obispo auxiliar de Panamá, monseñor Pablo Varela Server,

A ustedes Queridos hermanos sacerdotes,

Señores y señoras de los medios de comunicación social

Queridos hermanos y hermanas que nos siguen en las distintas plataformas de comunicación.

 

Estamos reunidos en esta Catedral Basílica,  para celebrar la misa Crismal del Obispo con su presbiterio, como parte de la Semana Santa. Una misa Crismal con pastores pero sin nuestros queridos feligreses. Ciertamente nos sentimos raros sin pueblo que podamos ver y  con quien compartir cara a cara, pero muchos nos estarán viendo por sus celulares o pantallas de computadoras o escuchando por las emisoras, desde aquí les enviamos nuestro saludo cordial y fraterno. 

 

En estas circunstancias, debemos ahora más que nunca, sentirnos la Iglesia del Señor, cada uno como miembro efectivo, con sus dones y talentos, su vocación, carisma y ministerio, relacionados y complementarios, al servicio de la comunión eclesial.

 

Es en esta Misa Crismal, unidos entorno a la mesa del altar, queremos significar y manifestar públicamente la comunión existente entre el obispo y sus presbíteros al compartir el único y mismo sacerdocio y ministerio de Cristo. Que resplandezca en esta solemne celebración la belleza de lo que somos como Iglesia Particular de la Arquidiócesis de Panamá, misterio de comunión y de unidad, que hoy queremos vivir y fortalecer. 

 

Misa Crismal: bendición de óleos

En esta Misa se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos con los que serán ungidos los catecúmenos y los enfermos. 

 

Con estos óleos la Iglesia Arquidiocesana, desde cada una de sus parroquias, sale al encuentro de los que necesitan ser confortados, nuestros enfermos y ancianos; y de los que van a ser consagrados en el Bautismo, la Confirmación y el Orden sagrado. Emplearemos también el Santo Crisma en la dedicación de nuestros nuevos templos y altares. 

 

Renovación promesas sacerdotales

Pero algo muy significativo en esta celebración es que todos los sacerdotes renovaremos las promesas que hicimos, con alegría y disponibilidad, ante el Señor y el Santo Pueblo de Dios, el día de nuestra ordenación sacerdotal. Los invito, queridos sacerdotes a renovar, con el gozo y con la frescura de aquel primer día, nuestra respuesta a la llamada del Señor. 

 

Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y la misión recibidos. Hagamos vida de nuevo, con un corazón emocionado, las promesas que dan identidad a nuestro ser sacerdotal: SÍ estamos dispuestos a permanecer unidos a Cristo, configurados con su único y sumo Sacerdocio, SÍ estamos dispuestos a amar la Iglesia y a seguir sirviéndola con todas nuestras fuerzas. En definitiva, digamos SÍ a seguir entregando nuestra vida por el Señor y por la salvación de los hermanos, sabiendo que desde nuestra ordenación ya no nos pertenecemos.

 

Seamos muy conscientes de que es HOY que volvemos a decir SÍ: que actualizamos ese SÍ festivo del día de nuestra ordenación en la situación personal que cada uno vive, con las transformaciones, las pruebas y las circunstancias que lo rodean. Encontremos motivos para refrendar nuestro compromiso, de tal manera que nos sepa a “estreno”. Saborear que el Señor es nuestra alegría profunda, la riqueza que llena de sentido nuestra existencia. 

 

Yo espero que este tiempo de pandemia haya fortalecido nuestras convicciones de pastor, haya hecho acrecentar nuestra preocupación por nuestra gente, haya despertado un nuevo deseo evangelizador y nos haya hecho más creativos y apasionados en el anuncio del evangelio; que hayamos redescubierto nuestra misión de intercesores, al vivenciar la fuerza de la oración en la plegaria por el sufrimiento del pueblo cristiano y del mundo.

 

Mirada fija en Jesús

Para ser capaces de “actualizar” nuestro compromiso sacerdotal, es necesario que “fijemos nuestros ojos en Jesús” como la sinagoga de Nazaret aquel día. El Apocalipsis al referirse a Cristo lo describe con tres atributos: “el testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos (que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre) y el príncipe de los reyes de la tierra”. Miremos a Cristo, sintamos su amor de predilección… Él es la verdadera fuente  de nuestra alegría y de nuestro ardor misionero. 

 

Queridos sacerdotes, si queremos tener claro quiénes somos y para qué somos, no tenemos sino un parámetro, no una idea o una teoría, sino una persona: Jesús.  De nuestra identificación con Él depende la forma en que nos comprendamos a nosotros mismos, el sentido que demos a nuestra vida, y a nuestra relación con Dios y con los demás. “Quiten a Jesucristo de su vida y todo se caerá, como un cuerpo al que se le retira su esqueleto, el corazón, la cabeza(Pedro Arrupe). 

Los problemas actuales exigen de nosotros, sacerdotes, que nos configuremos con el Señor y la mirada de amor con la que Él nos contempla. Al conformar nuestra mirada con la suya, nuestra mirada se transforma en una mirada de ternura, de reconciliación y de fraternidad. Solamente contemplando al Señor podemos tener esto. 

 

Y quisiera destacar estos tres rasgos. Ante todo, necesitamos tener la mirada de ternura con que nuestro Padre Dios ve las problemáticas que afligen a la sociedad: violencia, desigualdades sociales y económicas, polarización, corrupción y falta de esperanza, especialmente entre los más jóvenes.  

 

Nos sirve de ejemplo la Virgen María, que con ternura de madre refleja el amor entrañable de Dios que acoge a todos, sin distinciones. La configuración cada vez más profunda con el Buen Pastor suscita en cada sacerdote una verdadera compasión, tanto por las ovejas que le son confiadas como por aquellas que se encuentran extraviadas. Ternura, compasión, falta una palabra, que con ternura y compasión forman el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. Ese es el estilo de Dios. Y ese es el estilo de un sacerdote que lucha por ser fiel. 

 

Y sólo dejándonos modelar por Él se intensifica nuestra caridad pastoral, donde nadie queda excluido de nuestra solicitud y oración. Además, esto nos impide recluirnos en casa, o en la oficina o en pasatiempos, y nos anima a salir al encuentro de la gente, a no quedarnos quietos. A no clericalizarnos. No se olviden que el clericalismo es una perversión. 

 

En segundo lugar, necesitamos tener también una mirada de reconciliación. Las dificultades sociales por las que atravesamos, las enormes diferencias y la corrupción nos exigen una mirada que nos haga capaces de tejer los distintos hilos que se han debilitado o han sido cortados en la multicolor expresiones culturales que conforma el tejido social y religioso de nuestra nación, prestando atención, sobre todo, a aquellos descartados a causa de sus raíces indígenas o afrodescendientes,  de su particular religiosidad popular. Los pastores estamos llamados a ayudar a recomponer relaciones respetuosas y constructivas entre personas, grupos humanos y culturas al interior de la sociedad, proponiendo a todos “dejarse reconciliar por Dios” (cf. 2 Co 5,20), comprometerse en el restablecimiento de la justicia. 

 

Y por último, nuestro tiempo actual nos impele a tener una mirada de fraternidad. Los desafíos que enfrentamos son de una amplitud tal que abarcan el tejido social y la realidad globalizada e interconectada por las redes sociales y los medios de comunicación. Por ello, junto a Cristo Siervo y Pastor, hemos de ser capaces de tener una visión de conjunto y unidad, que nos impulse a crear fraternidad, que nos permita poner en evidencia los puntos de conexión e interacción en el seno de las culturas y en la comunidad eclesial. Una mirada que facilite la comunión y la participación fraterna; una mirada que anime y guíe a los fieles a ser respetuosos de nuestra casa común y constructores de un mundo nuevo, en colaboración con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Y claro, para poder mirar así necesitamos la luz de la fe y la sabiduría de quien sabe “quitarse las sandalias” para contemplar el misterio de Dios y, desde esa óptica, leer los signos de los tiempos. Para ello es indispensable armonizar en la formación permanente las dimensiones académica, espiritual, humana y pastoral.  

 

Y al mismo tiempo, necesitamos tomar conciencia de nuestras deficiencias personales y comunitarias, así como tomar conciencia de las negligencias y faltas que tenemos que corregir en nuestra vida personal, comunitaria, en el colegio, en el presbiterio, en las diócesis. Estamos llamados a no subestimar las tentaciones mundanas que pueden llevarnos a un insuficiente conocimiento personal, a actitudes autorreferenciales, al consumismo y a las múltiples formas de evasión de nuestras responsabilidades. (Palabras del Papa Francisco a en audiencia a los estudiantes mexicanos  lunes 29 de marzo 2021).

 

El Papa Francisco también nos recordaba hace algunos años que, al sacerdote ungido, lleno de Dios «se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo” (homilía 28 marzo 2013): la mano del sacerdote santo se nota en la unidad y la alegría de su comunidad, en la caridad real que se genera entre sus miembros, en las liturgias vivas y festivas, en una fe robusta porque les llega adecuadamente el alimento de la Palabra y de los sacramentos, la misma fe que se hace fraterna en pequeñas comunidades… Cuando “nuestra gente anda ungida con oleo de alegría” es una prueba clara de la acción de un buen pastor, de un pastor ungido. 

 

No estamos para repartir aceite en botellitas. Nosotros somos los ungidos y estamos para ungir al pueblo de Dios con nuestra vida llena del Espíritu de Jesús.  

 

Ungimos dándonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón. No nos faltará la comprobación de la realidad de nuestra unción en el agradecimiento y el cariño de nuestro pueblo. 

 

Hemos sido llamados para curar las heridas, para unir lo que se han venido abajo y para llevar a casa a los que han perdido su camino” (Francisco de Asís). 

 

Nuestro ministerio, queridos sacerdotes, es un ministerio de amor, en especial hacia los más pobres. Meternos con Jesús en medio de nuestra gente en un ministerio de amor servicial y oblativo que libera y levanta, que sana y da consuelo, que hace vivir y esperar, y que alegra y serena el espíritu. “No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz” (Teresa de Calcuta). 

Agradecimiento a los sacerdotes

En este día tan especial, es un día propicio para decirles que siempre los tengo especialmente presentes. Ustedes están de continuo en la oración de su obispo. Doy gracias a Dios por cada uno de ustedes, por nuestro presbiterio y los encomiendo en las circunstancias particulares que puedan vivir. 

 

Soy consciente que ustedes son mis más estrechos colaboradores en la misión apostólica e indispensables para llevar adelante la obra del Señor. Gracias por su celo pastoral, por su tiempo no medido, por su trabajo silencioso y sin pausa, por su paciencia y disposición para atender, por sus capacidades puestas al servicio de la Iglesia Arquidiocesana, por su fidelidad al Señor, a la Iglesia. 

 

Ese agradecimiento lo doy a manera personal y en nombre de la Arquidiócesis de Panamá a los miembros del presbiterio que este año están celebrando sus bodas de plata. Gracias por su testimonio sacerdotal, por todos estos años que han entregado su vida al servicio de la salvación de sus hermanos… gracias por su ejemplaridad de vida que nos hacen valorar la belleza de la vocación a la que hemos sido llamados. 

 

Los que nos hemos podido reunir hoy, tengamos presentes a los que no lo han podido hacer en este momento, abracémoslos con nuestra oración y afecto.

 

Y elevemos una oración por aquellos que se encuentran junto a Nuestro Padre Celestial; oremos para que gocen de la Gloria merecida por su entrega en el ministerio sacerdotal.

 

Oremos todos esta mañana al Señor, para que le conceda a nuestra Iglesia Arquidiocesana ser “casa y escuela de comunión”, en crecimiento continuo de unidad entre el obispo y sus presbíteros y diáconos, en relación recíproca, así como de los presbíteros entre sí y todos nosotros con nuestros fieles cristianos. 

 

La alegría del Ungido, consciente de su misión, se manifiesta al expresar las acciones que lleva a cabo para bien de su pueblo: llevar la buena noticia a los pobres, vendar los corazones heridos, proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, proclamar un año de gracia del Señor, consolar a todos los que están de duelo, mudando tristeza y abatimiento en alegría y alabanza. 

La dura experiencia del 2020 nos debe ayudar a madurar alternativas concretas a la presencialidad en materia de preparación, sin ceder a la tentación del sacramentalismo, asumiendo como sacerdotes una actitud proactiva para estar cerca de las vidas de las familias, así como de los adolescentes y jóvenes que pueblan nuestros grupos de confirmación. “Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.” (Francisco, Carta apostólica, Con corazón de Padre, n. 5)  

 

La suerte de nuestra gente es la nuestra; sus problemas son los nuestros; no podemos ni queremos dejarlos solos en estas circunstancias. 

 

Un ámbito más exigente y que nos crea perplejidad en cuanto al mejor modo de afrontarlo, es el mundo del dolor. Algunas comunidades parroquiales han asumido con creatividad y fidelidad a sus hijos, el seguimiento y acompañamiento de los enfermos: la formación y difusión de grupos de escucha y el aprovechamiento de las visitas de las obras de Pastoral Social, han permitido estar presentes en la vida de muchas personas, alentando su esperanza. 

 

Pero permítanme frente a este sagrado momento en que bendeciremos el óleo de los enfermos, pedirnos un compromiso mayor con la atención de nuestros hermanos enfermos.  

 

Si el Servicio Sacerdotal en los Hospitales es un instrumento eclesial de ayuda en momentos críticos de la vida de una persona, la pastoral de la salud parroquial y la visita sacerdotal al enfermo siguen siendo el modo ordinario y querido por la Iglesia, aún en el marco de pandemia, para hacer presente el ministerio de Cristo.  

 

No podemos remitirlo todo a los capellanes de hospitales llegado el caso, o a aquellos sacerdotes que sabemos son más sensibles a esta problemática. Los enfermos son parte del pueblo encomendado a nuestro cuidado. Las medidas de higiene y seguridad las conocemos, las disposiciones cuando hay una internación también nos han sido explicadas.  

 

No nos dejemos ganar por el miedo, la indiferencia o el alarmismo. Actuemos con sumo cuidado, sin dejar de estar presentes y pidiendo nosotros mismos a otro sacerdote si perteneciéramos a grupos de riesgo o estuviéramos enfermos. En el Año dedicado a San José, consideremos su vida y su testimonio. En esta meditación nos ayuda el Santo Padre con su Carta “Con corazón de Padre”. 

 

Como padre en la ternura, San José ve con ojos de fe cuanto nos sucede. Ejercemos este ministerio de amor que nos encomienda el Padre en tiempos difíciles, en situaciones críticas, en momentos eclesiales complejos. “Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.” (Francisco, Carta apostólica Con corazón de Padre, n. 2) 

 

Una vez más quiero agradecerles a todos y a cada uno, la entrega generosa en el ministerio. Pido al Dios que las dificultades vividas nos purifiquen en esta parte de nuestras vidas y nos ayuden a valorar el don de Dios que es nuestro pueblo, presente en tantas parroquias y comunidades, el regalo de nuestra Iglesia particular, de su presbiterio sin tensiones ni divisiones estériles, más allá de las diferencias de edad o de pensamiento y con experiencias concretas de fraternidad sacerdotal, así como del extendido servicio de nuestros diáconos permanentes, la presencia significativa de la vida consagrada y del apostolado laical en las nuevas fronteras existenciales .  

 

Pido a Dios para todos, para Ustedes queridos hermanos presbíteros, para los diáconos permanentes, para los consagrados, para las familias y comunidades, la bendición del Señor y aquellas gracias que estén necesitando. María, nuestra Madre de la Antigua, nos guía y acompaña para decir que sí a la urgencia del amor al que nos invita Jesús, su Hijo y buen Pastor.

 

Indulgencia en situación de Pandemia

Reiteramos allí donde hay dificultades para asistir al culto durante esta Semana Santa 2021, se aplica el decreto de indulgencias en situación de pandemia del 20 de marzo de 2020.

 

En el decreto se concede una indulgencia plenaria especial a los enfermos por el COVID-19, así como a los profesionales de la salud, familiares y todos aquellos que se involucren en la lucha contra la epidemia, también por medio de la oración.

 

El decreto señala que la Penitenciaría Apostólica del Vaticano “concede de buen grado, en las mismas condiciones, la indulgencia plenaria con ocasión de la actual epidemia mundial, también a aquellos fieles que ofrezcan la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí”.

 

 

†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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