Homilía en el Encuentro del OSCAM de seminaristas – Arzobispo de Panamá

Homilía en el Encuentro del OSCAM de seminaristas - Arzobispo de Panamá

Homilía en el Encuentro del OSCAM de seminaristas
Seminario Mayor San José de Panamá, miércoles 24 de julio de 2019.

Nuestra Iglesia en Panamá se siente regocijada con la presencia de seminaristas de la región centroamericana, lamentamos que no hayan llegado los de México, pero estamos seguros que gracias a las redes sociales han podido seguir el desarrollo de este encuentro de la Organización de Seminarios Centro América y México.
Ustedes han sido convocados a este encuentro para reflexionar sobre las redes sociales en la formación sacerdotal, una realidad cultural del cual ustedes son parte, ustedes son una generación de futuros sacerdotes que son nativos del mundo digital.
Somos conscientes que las redes sociales son una realidad del cual nosotros no podemos ser indiferentes, aunque quisiéramos, porque ha cambiado la manera de relacionarnos, comunicarnos y organizarnos.
Si bien es cierta, la Iglesia Católica ha sido una de las primeras instituciones en reflexionar sobre el internet y las redes sociales, y solo hay que leer la carta del Papa ahora San Juan Pablo II sobre el Rápido desarrollo de las nuevas tecnologías, del año 2005.

En esta carta el Papa Juan Pablo II destaca que “Transcurridos más de cuarenta años desde la publicación de este documento, (el Decreto Inter mirifica) se hace oportuno volver a reflexionar sobre los “desafíos” que las comunicaciones sociales plantean a la Iglesia, la cual, como indicó Pablo VI, “se sentiría culpable ante Dios si no utilizara estos medios tan poderosos”. La Iglesia, de hecho, no está llamada solamente a usar los medios de comunicación para difundir el Evangelio sino, sobre todo hoy más que nunca, a integrar el mensaje de salvación en la “nueva cultura” que estos poderosos medios crean y amplifican. La Iglesia advierte que el uso de las técnicas y tecnologías de comunicación contemporáneas forman parte de su propia misión en el tercer milenio”.

Hay todo un magisterio sobre el internet y las nuevas tecnologías, especialmente desde el Papa Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI; quien destacó que en el continente digital los jóvenes católicos, deben  llevar al mundo digital el testimonio de su fe. Les exhortó diciéndoles: “A vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en sintonía con estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de manera particular la tarea de evangelizar este “continente digital”. Haceos cargo con entusiasmo del anuncio del Evangelio a vuestros coetáneos. Vosotros conocéis sus temores y sus esperanzas, sus entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que les podéis ofrecer es compartir con ellos la “buena noticia” de un Dios que se hizo hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad”. (Mensaje para la XLIII Jornada  Mundial de las Comunicaciones Sociales: “Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad”, 24 de enero de 2009).
Sabemos que las redes sociales suponen una nueva oportunidad para la comunicación del Evangelio.
La Iglesia debe realizar el esfuerzo de transmitir el mensaje de Jesucristo con el lenguaje de la nueva cultura de la comunicación que estas herramientas han creado.
La presencia de ustedes jóvenes seminaristas y de todo bautizado, debe ser desde nuestra propia identidad cristiana, en el que debemos propiciar el encuentro, para el diálogo y para el anuncio de la salvación de Jesucristo.

En el mundo digital hay una sed de Dios, que se hace evidente en la búsqueda desesperada de lograr seguidores y like o me gusta, por lo que las personas se exhiben y cuentan segundo a segundo lo que hacen en su vida diaria.
Como los medios tradicionales, las redes sociales deben ser utilizados con criterios éticos, morales, de respeto a la persona y en la promoción del bien común.
En esto queremos hacer referencia a las falsas noticias, que incluso personas de la Iglesia replican sin pensar. Responsablemente antes de compartir tenemos la obligación de confirmar el mensaje y discernir si el mismo edifica o no. Debemos verificar las fuentes de información oficiales, porque en el mundo digital cualquier persona puede hacerse pasar por otra e incluso por una organización o institución.

Si bien las redes sociales nos ofrecen muchas posibilidades, incluso desde la formación de los seminaristas hasta luego de su ordenación sacerdotal, para compartir proyectos comunes incluso a nivel regional y mundial,  siempre hay que formarnos en el buen uso de estas nuevas plataformas de comunicación. Hay que estar bien formados, desde el punto de vista teológico-espiritual, para no engañar o despistar a los usuarios ni la misión de evangelizar.

La Palabra podrá así navegar mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones y decir de nuevo: «Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y cenaremos juntos» (Ap 3, 20). (mensaje del Papa Benedicto XVI para la XLIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales «El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra» Domingo 16 de mayo de 2010).
Hagamos una lectura fiel a los signos de los tiempos. La Iglesia se abre a una nueva evangelización. El Papa Francisco nos invita a no temer ser ciudadano digital, a que aprovechemos el don de las redes sociales y del internet.

Reconociendo, como ha dicho el Papa Francisco, que la Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los “like” sino sobre la verdad, sobre el “amén” con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás, emprendamos esta misión de evangelizar a través de las redes sociales.
Riesgos.- Durante no poco tiempo la aproximación que permeó la visión de muchos sectores de la Iglesia respecto a internet fue la que tendía a identificarlo como aliado del pecado. En otros sectores tal vez menos «radicalizados» al menos aleteaba la sospecha. ¿Qué valoración moral puede hacerse de internet? Éticamente hablando internet es neutro en vista de que la bondad o maldad depende más bien de quienes lo usan y no de él en sí mismo. Es verdad que hay muchas cosas buenas pero no es menos cierto que es posible encontrar o actuar contrarios a la virtud en ese ambiente.

Sin afán exhaustivo, los riesgos más frecuentes de las personas consagradas en la web son:
1.      El aislamiento de la propia comunidad física («escapismo») en pro de relaciones en ámbito digital,

2.      La inautenticidad: creación de una personalidad digital alternativa que si bien funciona en torno al mismo nombre no se corresponde siempre con el temperamento y carácter real de quien está detrás de ella;

3.      La pérdida del sentido de la clausura religiosa (para el caso de religiosos y monjas);

4.      El anti-testimonio que consiste en la no correspondencia entre lo que la persona es y publica (piénsese en las fotos donde queda entre dicho lo que se sabe que la persona debe vivir y lo compartido que lo pone en duda);

5.      La incapacidad de silencio interior y exterior; y

6.      lanzarse a usarlos sin una finalidad concreta y sin marcarse tiempos específicos de uso que en no pocas ocasiones terminan en naufragios.

Redes sociales en la propia vida: una materia de auto-examen
En realidad uso «privado» de redes sociales y uso «pastoral» convergen siempre en el caso de las personas consagradas a Dios. Considerando que su vida es apostolado esto supone que tanto en un ámbito restringido como en un plano más amplio de comunicación son siempre agentes de pastoral, si bien los modos y tiempos pueden variar.
En este «contexto integrador» las redes sociales se presentan como materia de evaluación pero no sólo para quienes ya las usan o las quieren usar sino incluso para aquellos que, visto su potencial, no se interrogan acerca de ellas.

Entre quienes ya las usan, la materia de auto-examen puede ir en la siguiente dirección:
1.      ¿Uso las redes sociales como corresponde a un apóstol de Jesucristo?

2.      ¿El tiempo invertido en ellas va en detrimento de mi vida comunitaria y de mis relaciones interpersonales con las personas que me rodean?

3.      ¿Cada vez que uso la web tengo claro para qué entro, qué busco, en dónde lo pienso encontrar y cuánto tiempo voy a invertir en ello?

4.      ¿Cómo afronto el eventual encuentro con material que no esperaba toparme, por ejemplo de cariz sexual?

5.      ¿Me siento mirado y acompañado con Cristo al momento de usar las redes sociales o, en otras palabras, me actúo en la presencia de Dios antes, durante y después de usar las redes sociales?

6.      ¿Me intereso por los problemas y necesidades de las personas con quienes entro en relación en las redes sociales o he terminado percibiéndolos como meros dadores de «me gusta» o alimentadores del propio ego digital?

7.      ¿Hay repercusiones negativas en los resultados académicos o apostólicos que digan relación con el uso de redes sociales?

8.      ¿Lo que comparto en las redes sociales se corresponde con mi condición de persona consagrada? En este sentido, ¿soy un aliciente para la fe y credibilidad de otros en la Iglesia?

9.      ¿Tengo presente que por mi condición de persona consagrada también el propio perfil digital tiene una dimensión pública, aunque el grupo de relación con el que se interacciona sea muy restringido?

10.     ¿Conozco y aplico las medidas de seguridad y privacidad que las mismas redes sociales ofrecen?

Indicadores de abuso
Las preguntas del test para medir el grado de dependencia personal, según el «Bergen Facebook Addiction Scale», son las siguientes:
1. ¿Paso mucho tiempo pensando en Facebook y en conectarme para usarlo?

2. ¿Siento la necesidad de usar Facebook y, además, por mucho tiempo?

3. ¿Usas Facebook intentando olvidarte de tus problemas?

4. ¿Has intentado reducir el uso de Facebook sin lograrlo?

5. ¿Te agitas o inquietas si te prohíben usar Facebook?

6. ¿El uso de Facebook ha tenido repercusiones negativas en tus estudios o trabajo?

1. El seminarista iglesia barroca. Seminarista que se la pasa poniendo tipo de contenidos de vida de santos, frases de la virgen María,  que si no compartes esto te va caer la maldición del séptimo día, etc.  Sus contenidos son de una iglesia barroca que a la larga te cansa porque está llena de imágenes.
2. El seminarista agnóstico. El tipo de contenido que comparte en las redes sociales (en sus perfiles) es como si Dios no existiera. Es contradictorio porque al final de cuenta no hay una identidad clara.
3. El seminarista ogro. Se pelea con todo y todos en las redes sociales. Está buscando el conflicto. Todo le parece mal, a todos los regaña. ¿Si esto sucede en las redes sociales, qué va a pasar después de sacerdote en el confesionario?

4. El seminarista laicista. Nada está mal, no existe el pecado, el demonio es una cosa superada, la moral católica en realidad no existe. Es otro tipo de contenido.
5. El seminarista fundamentalista.  Se dedica anatemizar, hay un tipo de temas que trata y si alguien no los vive como de la manera como él lo cree, los demás están mal.
6. El seminarista normal. Está en sintonía con los mensajes del Papa Francisco para las Jornadas Mundiales de las Comunicaciones. Y por normal significa: Sabe quién es, un ser humano que está siguiendo un camino de discernimiento con vistas a convertirse en sacerdote, y por  tanto, comunica no tanto por lo que comparte, es decir, con contenidos específicamente religiosos, sino viviendo lo que todos los días vive con una manera distinta de ver su propia existencia en internet.

¡Hay coherencia de vida con lo que comparte!

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.