Homilía el Domingo de la Misericordia

Homilía el Domingo de la Misericordia

Homilía el Domingo de la Misericordia
Catedral Basílica Santa María la Antigua / 11 de abril de 2021

Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la Resurrección de Jesús. A este domingo se le llama el “Domingo de la Divina Misericordia”. Recibe ese nombre porque en el evangelio de hoy Jesús da a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, manifestando así la misericordia de Dios para con nosotros.

Porque así es el Señor, infinito en su Amor, nos quiere limpiar de toda maldad. No hay absolutamente nada en nosotros, que Él no pueda perdonar. Su amor y su perdón alcanzan y cubren cada rincón de nuestra existencia.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos narra cómo vivía la primera comunidad de creyentes: “Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Vivían unidos y tenían todo en común”.
Es un programa hermoso para todos y cada uno de nosotros. Habrá tiempo de profundizar en estos hechos, pero ahí está el retrato de lo que deberían ser nuestras comunidades eclesiales en sus distintos niveles de participación. En esta situación de confinamiento la comunidad Iglesia doméstica ha tomado su relevancia. Nunca hasta hoy, en muchos lugares, la Pascua se ha celebrado en torno a la mesa familiar, presidida por el padre de familia.

Algunos recordarán esto como gesto único y nos podíamos preguntar por qué los cristianos no hemos sabido o no nos han iniciado en las celebraciones domésticas más allá del rosario en familia; que no está mal, pero que no llega a la riqueza de una celebración de la Palabra o de una Pascua en familia.

La Iglesia también es, y sobre todo, comunidad de fe en la parroquia, en la Arquidiócesis y en la comunión mundial de todas las Iglesias con aquel que es el servidor de la caridad, el obispo de Roma.

Es en esas comunidades donde principalmente deben brillar las notas de la comunidad pascual. Vivir la Liturgia, la comunión fraterna, la enseñanza o catequesis y el compartir los bienes en el servicio a los más necesitados.

Esos primeros cristianos querían aprender cada día más sobre Jesucristo. Ellos -conquistados por el Amor del Resucitado- querían saber sobre todo sobre su Pasión, Muerte y Resurrección.
Querían saber quién es Él, qué hizo, a qué vino. Eso pasa cuando amamos a alguien, queremos saber todo sobre esa persona, sus gustos, sus sueños e ilusiones; ansiamos entrar en su mente y su alma para descubrir cada detalle de su Ser. Pero ¿nos ocurre igual con las cosas de Dios? ¿Qué hacemos nosotros para escuchar las enseñanzas de los apóstoles? ¿Nos preocupamos por nuestros hijos y su proceso de catequesis? ¿Acudimos a los diferentes grupos de formación y evangelización en nuestra parroquia?

Qué bueno es que hoy en medio de esta añoranza de convocarnos podamos preguntarnos cómo es nuestra comunidad parroquial, de verdad somos una comunidad de hermanos que vivimos en el amor, o somos un grupo de personas aisladas, en el que cada uno defiende sus propios intereses, aunque esto suponga ofender al resto de los hermanos, y que de vez en cuando se encuentran en un templo para oír a uno que interpreta la Biblia, mientras otros cantan en un rincón.

Miremos lo que pasó en el relato evangélico de hoy. La incredulidad de Tomás revela que una persona separada de la comunidad no puede vivir su fe, no puede creer en Jesús.
¡Cuántas personas creen que pueden tener una relación con Dios por la libre, sin tener que vincularse a una comunidad, a los otros, o a la Iglesia! Hermanos: sin estar injertado en la comunidad, no hay una fe comprometida.

Desde esta perspectiva hemos de tener claro la importancia no solo de pertenecer, conocer, amar y sobretodo sentirnos parte de Iglesia.

Porque muchos nos llenamos la boca al decir que somos católicos, pero a nuestra manera e independientes del ser Iglesia, de su doctrina y de su moral. Incluso algunos tienen la osadía de hablar de la Iglesia a pesar de estar alejados de ella, y sin conocerla por dentro.
Yo me sorprendo de las barbaridades –que muchos dicen de la Iglesia totalmente erróneas, incluso falsas. Y no estoy hablando solo de incrédulos que entre ellos hay algunos inteligentes en esta materia y otros ignorantes, hablo de seudos cristianos católicos.

Con esto no quiero decir que la Iglesia debe estar exenta de críticas o el Papa o los Obispos.
Pero en lo referente a quienes pertenecemos a la Iglesia somos los autorizados, como los científicos son los llamados a hablar de ciencia y controles; y los sicólogos y psiquiatras, que nos den las técnicas y procedimientos para la liberarnos del estrés o de las enfermedades mentales.
Como Pastor de la Iglesia hablo de las cosas de Dios, de su gran misericordia. De su plan redentor para todos, de su infinito amor que alcanza aquel que esté dispuesto a dejarse tocar de la doctrina social y moral. Iluminamos la realidad desde el evangelio y no por nuestros quereres personales. Por eso siempre digo: Zapatero a tu zapato.

Para ser un verdadero cristiano
Los cristianos católicos, además de quedarnos en casa-, rezar, hablar con Dios y leer y profundizar su Palabra que hemos de leerla con pasión, con interés, con avidez, no como una tortura. También los cristianos debemos conocer la doctrina de la Iglesia, no solo la moral, sino la doctrina social.

Conocerla mejor que conocemos las instrucciones del GPS o las funciones de un videojuego. Conocer las razones del por qué la Iglesia dice lo que dice frente a temas sensitivos   y no conformarnos con los titulares de los medios de comunicación o twitters anticlericales.
Amar a la Iglesia es confiar en ella y sentirnos miembros vivos del cuerpo de Cristo, dejar de usar a la Iglesia, para ser Iglesia.

Una de las tareas de la Pascua es ser y sentirnos Iglesia. No hemos inventado la Iglesia, ella no nace con nosotros y ella seguirá sin nosotros.
Sentir con la Iglesia es decir que la Iglesia es un verdadero ideal en nuestras mentes.  Sentir con la Iglesia es decir que la Iglesia está metida en lo más hondo del corazón. Sentir con la Iglesia es decir que creemos, aceptamos y defendemos todo lo que Dios nos ha revelado. Sentir con la Iglesia es decir que nos amamos todos como hermanos, entre los brazos de nuestra Madre la Santa Iglesia Católica.

Sentir con la Iglesia es decir que nuestra fidelidad es inquebrantable, y que antes nos arrancarán la piel que la fe en que fuimos bautizados. Sentir con la Iglesia es decir que no tenemos más que un sueño dorado: como el de Santa Teresa: llegar a morir en el seno de la Iglesia, sabiendo que de la Iglesia de la Tierra subimos sin más a la Iglesia del Cielo, porque es la misma y única Iglesia de Jesucristo.

La fiesta de la Misericordia
Por eso queridos hermanos los invito a seguir elevando nuestra acción de gracias a Dios, por lo que celebramos en este Domingo pascual – la fiesta hermosa y entrañable de la misericordia de Dios, instituida por Juan Pablo II, de feliz memoria.
Sigamos recordando lo que Jesús dijo por primera vez a Santa Faustina: “Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”.

En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata, serán perdonados”.

No tengamos miedo de volver el corazón a la Divina Misericordia, de la que hemos de colgar nuestra vida y nuestro trabajo, nuestros afectos e intenciones. Sabemos muy bien que todos necesitamos de la Misericordia infinita del Padre.

Y tú puedes objetar: ‘¡Pero yo sigo siempre cayendo!’. El Señor lo sabe y siempre está dispuesto a levantarnos. Él no quiere que pensemos continuamente en nuestras caídas, sino que lo miremos a Él, que en nuestras caídas ve a hijos a los que tiene que levantar y en nuestras miserias ve a hijos a los que tiene que amar con misericordia”.
Acojamos con confianza el mensaje que Jesús le dijo a santa Faustina: ‘Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia’ (Diario, 14 septiembre 1937)”.

“En otra ocasión, la santa le dijo a Jesús, con satisfacción, que le había ofrecido toda su vida, todo lo que tenía. Pero la respuesta de Jesús la desconcertó: ‘Hija mía, no me has ofrecido lo que es realmente tuyo’. ¿Qué cosa había retenido para sí aquella santa religiosa? Jesús le dijo amablemente: ‘Hija, dame tu miseria’ (10 octubre 1937)”. “También nosotros podemos preguntarnos: ‘¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante?’. ¿O hay algo que todavía me guardo dentro?

Un pecado, un remordimiento del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien, una idea sobre una persona determinada… El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia”. “Queridos hermanos y hermanas: En la prueba que estamos atravesando, también nosotros, como Tomás, con nuestros temores y nuestras dudas, nos reconocemos frágiles.

Necesitamos al Señor, que ve en nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una belleza perdurable. Con Él descubrimos que somos valiosos en nuestra debilidad, nos damos cuenta de que somos como cristales hermosísimos, frágiles y preciosos al mismo tiempo”. “En esta fiesta de la Divina Misericordia el anuncio más hermoso se da a través del discípulo que llegó más tarde. Sólo él faltaba, Tomás, pero el Señor lo esperó. La misericordia no abandona a quien se queda atrás”.
Hoy nos advertía el Papa Francisco: ahora, mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí”.

“Santa Faustina, después de haberse encontrado con Jesús, escribió: ‘En un alma que sufre debemos ver a Jesús crucificado y no un parásito y una carga… [Señor], nos ofreces la oportunidad de ejercitarnos en las obras de misericordia y nosotros nos ejercitamos en los juicios’ (Diario, 6 septiembre 1937)”.

“Pero un día, ella misma le presentó sus quejas a Jesús, porque: ser misericordiosos implica pasar por ingenuos. Le dijo: ‘Señor, a menudo abusan de mi bondad’, y Jesús le respondió: ‘No importa, hija mía, no te fijes en eso, tú sé siempre misericordiosa con todos’ (24 diciembre 1937)”. Por eso los elementos principales de esta fiesta son: la confianza y las obras de misericordia.

Dios quiere que reconozcamos que Su misericordia es más grande que nuestros pecados, para que podamos invocarlo a Él con confianza. Debemos recibir Su misericordia y dejar que ésta fluya a través de nosotros hacia los demás.

Y Jesucristo quiso que sus discípulos se distinguieran por el amor, la ternura y la misericordia. Por eso nuestro compromiso es ser el rostro visible y tangible del amor y de la misericordia de Dios.

En sus apariciones a Santa Faustina Kowalska, Cristo, bajo la devoción del Señor de la Divina Misericordia; aseguró varias gracias a los que se acogieran a su misericordia: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores… El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas… Que ninguna alma tema acercarse a mí, aunque sus pecados sean como escarlata”, dijo el Señor en una promesa que hizo a la santa polaca en una de sus apariciones místicas.

Por eso hoy se concede la indulgencia plenaria al fiel que participe en actos de piedad realizados en honor de la Divina Misericordia con las condiciones habituales de confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa.

Ante el coronavirus, es muy difícil acceder a la confesión y a la Comunión. Pero se pueden recibir las gracias especiales de la Divina Misericordia siguiendo tres pasos.
1. Hacer un acto de contrición: Según el catecismo de la Iglesia Católica, si una persona no puede confesarse, puede realizar un acto de contrición. Este acto, aunque perdona los pecados veniales, obtiene el perdón de los mortales si se realiza con “contrición perfecta” y “si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental”.

2. Realizar la Comunión espiritual: Al no poder acceder a la Sagrada Comunión, se nos invita a realizar la Comunión espiritual, donde se pide a Dios que entre en el “corazón como si lo hubieras recibido sacramentalmente”, con la intención de acudir a la Eucaristía lo más pronto posible.

3. Realizar una oración especial

La generación del cristal
En familia ser el rostro visible y tangible, es reconocer cuando estamos faltando a nuestra misión. Por ello, como pastor de esta Iglesia el pasado domingo, nos referimos a la generación de cristal al hacerle un llamado a los padres de familia, de cómo están educando a sus hijos e incluimos a los abuelos, que son un referente importante para la niñez y la juventud.

Y este comentario se convirtió en tendencia en las redes y los oportunistas y discípulos del caos quisieron aprovechar para seguir “golpeando a la Iglesia”. Sin embargo, lo importante es que fue un tema que más allá de ser tendencia, hizo que muchos padres se preguntarán cómo están educando a sus hijos.

Existe “una generación de cristal” no porque lo digamos nosotros. Es un término surgido en el año 2012, acuñado por una filósofa española, para describir la fragilidad o la manera en que quedan “rotos” por dentro si algo no les sale como ellos desean. Son jóvenes con padres que le dan todo porque no quieren que sus hijos e hijas padezcan las carencias que ellos vivieron.
La Iglesia Católica siempre ha creído en la juventud, por eso hemos señalado que son el ahora de Dios, como lo ha afirmado el Papa Francisco, pero solo no pueden hacer el futuro sino van de la mano de sus adultos mayores. En la Iglesia y en la sociedad, sabemos que hay liderazgos juveniles, con un gran potencial, que están haciendo camino, sin embargo, no son la mayoría.

Reiteramos, los padres y abuelos tenemos una gran responsabilidad con la nación, dar al país ciudadanos que sin distinción puedan según sus dones y carismas engrandecer a Panamá. La vida tiene viacrucis, pero también está la Resurrección. Y estas realidades los hace fuertes y capaces de manejarse en los diversos conflictos que se encontraran en el camino de crecimiento.
Si amamos a nuestros hijos, enseñémosles a poder convivir en este tiempo en que los desafíos son enormes y se requiere ciudadanos humanistas, con amor a la Patria, al bien común y al respeto a la vida humana desde la concepción hasta su muerte natural. Necesitamos más jóvenes contestatarios, que no se dejen manipular, que tengan conciencia crítica, con capacidad también de aportar a la construcción de una mejor humanidad, una mejor sociedad y un mejor país.

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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