HOMILÍA – DOMINGO DE PASCUA (12 de abril de 2020)

HOMILÍA - DOMINGO DE PASCUA (12 de abril de 2020)

Hoy resuena en todo el mundo el anuncio de la Iglesia: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”.

Esta Buena Noticia se ha encendido como una llama nueva en la noche, en la noche de un mundo que enfrentaba ya desafíos cruciales y que ahora se encuentra abrumado por la pandemia, que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba. En esta noche resuena la voz de la Iglesia: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» (Secuencia pascual).

Es otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!».

No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “pasa por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios.

El Resucitado no es otro que el Crucificado. Lleva en su cuerpo glorioso las llagas indelebles, heridas que se convierten en lumbreras de esperanza. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la humanidad desolada.(Mensaje de Pascua Papa Francisco 2020)

La gran noche de la Vigilia Pascual fue testigo de la brillante Resurrección de Cristo. Y ante tal acontecimiento, contemplamos que es posible un orden nuevo, un mundo distinto y -sobre todo- un futuro inmortal para cada uno de quienes creemos y esperamos en Jesús, muerto y resucitado.

El filósofo Manuel Kant decía que “en compensación de la humana miseria, el Cielo ha otorgado al hombre tres grandes dones: el sueño, la sonrisa y la esperanza”. Pero hay acontecimientos que fulminan estos dones y nos dejan inertes, fríos y sin posible reacción y explicación; uno de estos acontecimientos es la muerte.

Es verdad que hay corrientes dentro de nuestra sociedad que quieren ocultar o ignorar la enfermedad y la muerte. El mundo de hoy y nosotros mismos queremos envolverla en silencio y renunciar a pensar en ella y prepararnos a morir.  Aunque vivamos esto, hoy no podemos ocultar este acontecimiento. La muerte es nuestra gran compañera de camino. Cuando hay vida, seguro que habrá muerte.

Y es que la muerte es el lenguaje universal por excelencia. Todos -tengamos una u otra situación- sentimos el grito, la interpelación y la conmoción de la muerte. Ante ella nos sentimos inseguros sobre qué habrá o quedará después de ella.

Ante la realidad de la muerte, la dicha de los cristianos es que tenemos la bendición de la fe. Una fe pequeña o grande; una fe resignada o en dura protesta, pero una fe que revela el secreto de nuestra realidad. La muerte no nos deja en el vacío de la nada; la muerte es el paso que nos lleva a Dios.

Hoy, más que nunca, los creyentes tenemos la convicción de que la muerte ha sido derrotada… y hoy sin miedo podemos decir: ¡Oh muerte, dónde está tu aguijón! …¡Oh muerte, dónde está tu victoria, si en el árbol de la CRUZ has sido vencida!

La Vigilia, cargada de símbolos (oscuridad, luz, agua, incienso, fuego…) nos hizo pasar de lo viejo a lo nuevo. De la incertidumbre de una tierra que se termina, a la posesión de unos cielos nuevos. ¡No es grande pensar y celebrar esto así! ¡Cielos nuevos! ¡Vida nueva! ¡Resurrección! Todo gracias a ese Cristo que, humillado en la cruz, baja hasta lo más hondo de nuestra propia oscuridad para darnos LUZ.

El mundo, por mucho que se empeñe, nunca podrá tener una victoria definitiva sobre la muerte. Podrá mejorar las condiciones de la enfermedad de las personas, hacer frente a su dolor, pero ¿la muerte? ¡La muerte es cosa de Dios! ¡La muerte en Cristo es vencida!

¡Qué pena que las nuevas generaciones solo estén siendo educadas para una vida eventual! Como si, esa vida, fuera a ser permanente en esta tierra. ¿Qué ocurrirá cuando el paso de los años haga mella en la autosuficiencia, autocomplacencia y en el vivir al día sin referencia alguna a Dios? Ni más ni menos que la tiniebla, el desencanto, la desilusión y la decepción con el mundo. Esa será la dura y cruda realidad.

Ante eso, la Pascua trae aires nuevos: Cristo ha resucitado y, con su resurrección, trae vida para todos.

El sinsentido tropezará con esta gran realidad y este gran acontecimiento que, como cristianos, estamos llamados a llevar de boca en boca. ¿Seremos capaces de silenciarlo? ¿Hasta dónde estamos convencidos de que Cristo ha resucitado y Él es la respuesta al absurdo de nuestra muerte? ¿Tanto nos cuesta penetrarnos de la grandeza más ilusionante de la Pascua?

Bien está que nos conmovamos ante la cruz, pero, un cristiano ha de danzar ante este magno acontecimiento que es la mano triunfadora de Dios sobre la muerte: ¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado a su Hijo Jesús! ¡Nos ha resucitado, con Él, a todos! O, dicho de otra manera; la vena de Cristo DIOS inyecta sangre de eternidad para todos los que somos mortales. ¿Condición? Creer que, por nuestras venas, corre la sangre redentora de Cristo ganada por su muerte en la cruz.

Por eso este año, de manera especial, esta Pascua en medio de la pandemia surge como una llamada a revitalizar y transformar lo que se ha hecho indiferencia, rutina, cansancio, aburrimiento; que todo esto se torne en alegría, comprensión, respeto, diálogo, corresponsabilidad, pensamiento y acción.

Y podemos preguntarnos: ¿cuál es la Pascua o “paso” que personalmente, en comunidad, en el ámbito social, debemos dar este año? La Pascua nos exige interrogarnos no solo por nuestras vivencias, sino también por la marcha de la comunidad y de la Iglesia.

La Pascua en nuestra Iglesia

Estamos convencidos de que, si la vida de nuestras comunidades no acusa cambio positivo alguno, si todo sigue con la misma inercia, la misma quietud, esa pereza, nuestras parroquias olerán más a sábado por la mañana que a domingo de Pascua. Quizás el abandono de muchos se debe a que la Resurrección solo es una palabra ritual, y no la fuerza que dinamiza la vida personal, comunitaria y social.

Despertemos de la muerte del pesimismo, de las angustias innecesarias, de las instalaciones que nos paralizan, de buscar quienes son responsables de nuestra pena, de nuestras cruces, de vivir amargándole la vida a los otros, de ser un discípulo del fatalismo.

Resucitemos con Cristo, salgamos de nuestros sepulcros, seamos discípulos y misioneros con el corazón henchido porque “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2-20).

Como Iglesia Católica estamos viviendo procesos de conversión para ser más fieles al amor de Dios, que envió a su Hijo para nuestra salvación. Ahora nos corresponde, en fidelidad a ese amor, hacer lo propio al amar al prójimo, especialmente al más necesitado, como Jesucristo nos amó.

La Pascua en Panamá

Creer en la Resurrección es creer en que llegará el Reino de Dios, lo que proclamó Jesús en su vida. Por eso el cristianismo no es “el opio del pueblo”. Todo lo contrario, es la convicción de que es posible hacerlo todo nuevo en Jesucristo, quien hizo triunfar la vida sobre la muerte.

Cristo todo lo ha hecho nuevo, tanto así, que las mujeres fueron las primeras en descubrir su Resurrección. Dios consideró que quienes padecen la más antigua marginación y discriminación en la historia de la humanidad, debían ser las primeras que en aquel amanecer vieran el resplandor de la Nueva Vida. Esto es un signo que nos dice cómo vivir en nuestro actuar eclesial y social.

No podemos excluir ni marginar a la mujer, porque como aseguró el Papa Francisco, de la “mujer, surgió la salvación y, por lo tanto, no hay salvación sin la mujer”.

Si queremos construir un mejor Panamá, entonces tenemos que cuidar y potenciar el genio femenino, porque ellas son fuentes de vida.

Sin ellas no podemos construir una Iglesia renovada y un mejor país. Defender su vida para que no sean continuamente ofendidas, golpeadas, violadas, inducidas a prostituirse y a eliminar la vida que llevan en el vientre, debe ser nuestro compromiso.

Analicemos el papel heroico de la mujer en esta pandemia que nos ha dado la oportunidad de revalorizar lo que es importante en nuestra vida, en priorizar que es lo importante.

Depende de cada uno de nosotros si queremos superar ese Panamá en el que nos dejamos vencer por el individualismo, por el “dejar hacer” si, total, eso que le sucede al otro no me afecta.

Estas actitudes complacientes e indiferentes nos han llevado a existir sin valores ni ética, al desenfreno, a la violencia intrafamiliar y social; a buscar el dinero fácil a través de actos de corrupción -tanto en lo privado como en lo público- a que nuestra niñez y juventud sean presa fácil de las bandas de delincuentes y del narcotráfico.

Construir el Panamá que todos queremos no se hace solo de palabra; demanda una serie de condiciones que pasan por la opción personal de ser consciente de que mis actos, mis acciones, tienen repercusiones en la sociedad.

Vivamos como Resucitados

Estamos en una sociedad que está en el sepulcro, que no ha sido capaz de ver que Cristo ha Resucitado, que Él es nuestra esperanza, y que el mal nunca vencerá al bien. Ya ha sido demostrado por Jesucristo.

Nos corresponde a los cristianos vivir como Resucitados en medio de las tinieblas de la corrupción, del juega vivo; ser capaces de hacer que la luz del Resucitado alumbre a nuestras comunidades. Ahí en nuestras casas, en nuestro trabajo, en nuestro barrio, debemos decir no al “juega vivo”; no más coimas, no más maltrato, no a aquellos delincuentes que nos roban a nuestros niños y nuestros jóvenes del seno familiar.

Los laicos son un gigante dormido, que debe despertar. Quienes proclamamos la fe en Jesucristo, debemos ser conscientes de las implicaciones que conlleva esta fe.  Los laicos deben actuar contra las raíces de la crisis económica y política, el desempleo, la corrupción y la degeneración de las instituciones. Estos problemas hunden sus raíces en una profunda crisis moral, causada por la dictadura del relativismo y del individualismo.

Papa Francisco ha señalado su ilusión  de que cada fiel laico, como cristiano en medio del mundo -sea profesional, obrero, universitario, empleado, ama de casa, catedrático, artista, intelectual, etcétera- tenga numerosas iniciativas, una firme determinación, y asuma su propia responsabilidad, a título personal (nunca a nombre colectivo de la Iglesia católica), para participar activamente en la vida política, social, económica, cultural de su entorno y busque, de esta manera, re cristianizar la sociedad desde sus mismas estructuras temporales. ¡Y que lo haga exhibiendo un cristianismo jubiloso y triunfante, no lleno amargura y pesimismo!

Somos llamados a vertebrar el cristianismo en la sociedad panameña, con una participación ciudadana activa, siendo gestores de propuestas para alcanzar un país más digno, más humano, sin exclusiones ni discriminaciones. ¿Somos conscientes de que somos más los cristianos y gente de buena voluntad, con la capacidad de cambiar las estructuras de pecado?

Es hora de despertar y ser un cristiano valiente, sin miedo a proclamar la verdad, y la verdad para el cristiano es Jesucristo vivo y presente entre nosotros.

Con valentía vivan su identidad y digan sin temor: soy católico, soy cristiano, no tengo miedo de arriesgarme y de equivocarme, porque estoy comprometido en ser  Iglesia en salida al estilo de Cristo, y tal como nos anima el Papa Francisco, que nos lleva al encuentro con el hermano y la hermana, especialmente los empobrecidos para darle esperanza, dignificándolos y luchando por un mundo más justo y solidario.

Cristianos que están sostenidos en Cristo que es la roca, alimentados por la oración, la Palabra y los sacramentos. Un Cristo que en los momentos más difíciles y oscuros permite que no nos roben la alegría ni la esperanza, porque hemos puesto plenamente la confianza en un Dios Vivo.

En este Domingo de Pascua, ¡no busquemos entre los muertos al que está vivo! Cristo ha resucitado, aleluya, aleluya. Proclamemos: ¡Viva la vida! ¡viva la alegría de vivir!

A pesar de las estadísticas fatales, de los virus, de la incertidumbre en esta batalla contra el coronavirus, y de los mensajeros del miedo, ¡Qué viva la vida, la vida plena! ¡Cristo ha Resucitado y la muerte no tiene la última palabra!

Esta es una experiencia que debes vivir, ¡qué no te lo cuenten!, ¡Haz la experiencia! Sal al encuentro del Resucitado, Él dio la vida por ti y por mí, con eso dio la más grande prueba de amor a la humanidad. Y al resucitar nos dio el regalo más preciado: la Vida ETERNA. Haz la prueba y veras que bueno es el Señor.

“Que Jesús, nuestra Pascua, conceda fortaleza y esperanza a los médicos y a los enfermeros, que en todas partes ofrecen un testimonio de cuidado y amor al prójimo hasta la extenuación de sus fuerzas y, no pocas veces, hasta el sacrificio de su propia salud. A ellos, como también a quienes trabajan asiduamente para garantizar los servicios esenciales necesarios para la convivencia civil, a las fuerzas del orden y a los policías y tarea de conjunto, que en muchos países han contribuido a mitigar las dificultades y sufrimientos de la población, se dirige nuestro recuerdo afectuoso y nuestra gratitud”.(mensaje Pascua 2020)

Oramos por quienes en este momento tienen responsabilidades políticas para sigan trabajando activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas.

Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia.

Que Jesús resucitado conceda esperanza a todos los pobres, a quienes viven en las periferias, a los prófugos y a los que no tienen un hogar. Que estos hermanos y hermanas más débiles, que habitan en las ciudades y periferias de cada rincón del mundo, no se sientan solos. Procuremos que no les falten los bienes de primera necesidad, más difíciles de conseguir ahora cuando muchos negocios están cerrados, como tampoco los medicamentos y, sobre todo, la posibilidad de una adecuada asistencia sanitaria. (mensaje de Pascua 2020)

Procuremos que no les falten los bienes de primera necesidad, más difíciles de conseguir ahora cuando muchos negocios están cerrados, como tampoco los medicamentos y, sobre todo, la posibilidad de una adecuada asistencia sanitaria.

Hoy lo decía Papa Francisco: Para muchos, permanecer en casa ha sido una ocasión para reflexionar, para detener el frenético ritmo de vida, para estar con los seres queridos y disfrutar de su compañía. Pero también es para muchos un tiempo de preocupación por el futuro que se presenta incierto, por el trabajo que corre el riesgo de perderse y por las demás consecuencias que la crisis actual trae consigo.

Los discípulos estaban inquietos, pero de aquella oscuridad surgió la luz que iluminó toda la humanidad: la luz de Cristo Resucitado.

Supliquemos que la luz del Resucitado, ilumine nuestra alma y nuestro corazón.
Reflejemos entonces, en nuestros rostros y en nuestras vidas, la gloria de la Resurrección que brilla sobre nosotros. AMEN….

†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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