Homilía – Día de reflexión nacional (17 de Julio 2020)

Homilía - Día de reflexión nacional (17 de Julio 2020)

Queridos hermanos, amigos:

Seamos revestidos por la Misericordia Divina

En el Evangelio de hoy, Dios nuestro Señor nos deja un mensaje valiosísimo, nos dice: Misericordia quiero y no sacrificios. Necesitamos aprender de Jesús que en la vida hay situaciones en las que aparentemente deberíamos aplicar la ley; pero no la ley por la ley, pues de esta manera nos convertiríamos en unos legalistas, seríamos otros fariseos, sino la ley de Cristo que es el amor. Es el amor que puede trascender cualquier barrera, cualquier obstáculo, cualquier muro, por difícil que parezca.

«El evangelista recuerda claramente el reproche de Jesús a los fariseos, que se dan con facilidad a retorcidas murmuraciones: “Andad, aprended lo que significa ´Misericordia quiero y no sacrificio´”. Es una acusación directa contra la hipocresía estéril de quien no quiere “ensuciarse las manos”, como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano. Se trata de una tentación muy frecuente también en nuestros días, que se traduce en una cerrazón respecto a quienes tienen derecho, como nosotros, a la seguridad y a una condición de vida digna, y que construye muros ―reales o imaginarios― en vez de puentes.»
(Homilía SS Francisco, 6 de junio de 2018)

La religión es una bendición cuando nos guía al amor y a la misericordia

No necesitamos ignorar ninguno de los mandamientos, no necesitamos ignorar ninguno de los dogmas de nuestra fe. No necesitamos renegar ningún precepto de lo que nos enseñan, por el contrario, podemos vivir cada letra de los mandamientos y de la ley divina si tenemos amor y misericordia en nuestro corazón.  Porque si no, nos convertimos en personas rigoristas, preocupadas con el rigor del juicio, y viviremos esta onda de violencia acusatoria que muchas veces, se manifiesta en nuestras relaciones cuando juzgamos, catalogamos, rotulamos, cuando decimos que el otro no cumple eso, no hace aquello.

En verdad, no estamos revestidos de la misericordia divina, de misericordia que nos lleva a cuidar del otro, a preocuparnos con el otro por encima de toda y cualquier ley religiosa.

La religión es una bendición cuando nos guía al amor y a la misericordia, pero ella se convierte en un mal cuando nos mantiene preso a las leyes, al rigorismo, a las doctrinas que no nos llevan a tener amor y compasión para con el otro.

Por eso, para Jesús, y para cada uno de nosotros sin necesitar despreciar de forma alguna el sábado, el ser humano es lo más sagrado para Él. 

Religión es vida, cuidado, misericordia y paciencia; religión es entrar en el corazón del otro y comprender los sentimientos que él tiene. Pero cuidado, porque los fariseos eran muy religiosos, pero sus prácticas y no estaban inspiradas en  el amor y la misericordia. Cuidado no somos religioso, porque rezamos mucho, porque ayunamos, porque cumplimos los preceptos, porque no somos como los demás, pero si nos falta amor y misericordia con nuestros hermanos hay algo que no esta funcionando. Lo que quiero es la misericordia, y no el sacrificio por el sacrificio.

Aniversario del Glorioso Instituto Nacional

Hoy es un día grande, día de gozo y de alegría, día de acción de gracias a Dios, Padre de la misericordia, por las grandes obras que Él a lo largo de estos (111) ciento once años ha realizado en el Instituto Nacional, cuyos orígenes se remontan al nacimiento de la República.

El glorioso Instituto Nacional se crea para dar respuesta a las necesidades apremiantes del Istmo panameño que debía proporcionar una educación de altura a la población, que no contaban prácticamente con centros educativos, a causa del abandono del gobierno colombiano y de la Guerra de los Mil días.

La historia reconoce al “Nido de Águila” como la cantera que ha suplido al país de  los más cualificados ciudadanos panameños que han desatacado por su excelencia, como músicos, pintores, escultores, poetas y escritores panameños y presidentes de nuestra República.

Este colegio tiene no solo una larga e interrumpida historia, una de las más amplia y permanente de todas las instituciones educativas de Panamá, sino también una historia muy luminosa queriendo forjar en medio de las vicisitudes siempre, hombres de bien y de futuro.

 Con un alumnado inquieto por los problemas sociales, con un amplio sentido humanista, se proyecta como algo más que una enseñanza en las aulas de clase, todo el carácter de las generaciones estaba impregnado por el anhelo de la soberanía en todo el territorio nacional. Un anhelo heredado del amor de la Patria en los barrios, en las comunidades de sus abuelos, que los llevó a querer izar la bandera en la llamada “Zona del Canal”, aquel glorioso 9 de enero de 1964. Gracias a todos los mártires de nuestra gesta patriótica, encabezada por la juventud institutora y acuerpada por el pueblo y las autoridades gubernamentales.

 Por todo esto y otros acontecimientos más, nos unimos hoy en una gozosa acción de gracias a Dios por la historia tejida por generaciones de institutores, que se formaron en esta “mole del saber”, como se entona en su himno.

Queridos estudiantes y exalumnos:  No cabe duda que todas las épocas de nuestra historia han sido difíciles y hoy no es la excepción; atravesamos por momentos que invitan a la reflexión. Basta con hacer una pausa y observar a nuestro alrededor el inmenso caos poblacional, la excesiva contaminación ambiental, la inseguridad pública que nos acecha, la mega-información que nos llega a confundir, los malos hábitos personales, y la falta de visión de hacia dónde queremos llegar. Todos estos factores de una u otra forma limitan nuestro aprovechamiento estudiantil y por tal son motivo de nuestra atención.

Es hora de reaccionar y actuar

Actualmente el valor que tiene la escuela se ha olvidado; el sano orgullo de su alma mater, se esfumó, los estudiantes que asisten a los centros educativos, lo hacen porque los mandan sus padres; otros por no tener inasistencias en la lista del maestro ó simplemente con el objetivo de terminar “una” carrera   y obtener un documento, sin saber a ciencia cierta qué es lo que se estudió y para qué. 

Hoy es tiempo de despertar de nuestro aletargamiento y de hacernos presentes en todos los ámbitos que en otrora realizaban alumnos y exalumnos del Glorioso Nido de Águilas. Los estudiantes de hoy deben volverse gente de acción, acción que preceda a la palabra y esta al pensamiento.

Ustedes jóvenes estudiantes no son aves de corral domesticadas, son Halcones que aspiran surcar nuevos cielos para hacerse notar, por lo que distingue a las anteriores generaciones, una actitud digna y de respeto para con ustedes mismos al portar con orgullo su uniforme; por su elocuente expresión verbal, que cautivaba y conquistaba; por su participación política, dinámica e inspirada en contribuir al país; el optimismo, la confianza y la seguridad, que es propio de una juventud que no solo buscaba un proyecto personal de vida sino el proyecto de una mejor nación.

Como Institutores siguen teniendo el reto y compromiso de ser un estudiante de verdad, no del que ocupa una silla para solo escuchar al maestro; sino el estudiante que busca informarse, enterarse de lo que sucede a su alrededor, para analizar la realidad e interactuar en cada clase aportando y dando su punto de vista. El estudiante que se sabe protagonista, que va forjando la llave con que se libera a los pueblos de las cadenas de la ignorancia.

Ser estudiante es:  hablar con la verdad, mirando de frente a las personas a que nos dirigimos, es ser respetuosos con nuestros maestros y nuestros padres; es preocuparse por nuestro país y hacer algo por mejorarlo, también es tratar de superar lo que bien hecho está; es buscar siempre un escalón más, aprendiendo a ver luz en la oscuridad, como oportunidades ante los problemas. 

Queridos estudiantes, entre ustedes conviven generaciones de institutores que mantienen sus lazos con su alma Mater, no han podido desconectarse porque ahí aprendieron entre las contradicciones a ser personas de bien. Aprovechen y tengan ese diálogo generacional, escuchen y vean en sus ojos la pasión con la que hablan de sus años estudiantiles en el Instituto y tengan una sana envidia para que los impulse a querer experimentar esa misma pasión que a pesar de los años se mantiene viva para hacer no solo memoria agradecida sino para entregar a los estudiantes de hoy ese ADN que los hizo protagonistas de la historia Patria.

 Un alto en el camino

Esta pandemia de alcance mundial, nos ha obligado, por fuerza, a hacer un alto en el camino. Nos ha tocado aislarnos, recluirnos en nuestras casas apartados del mundo, de la sociedad, de los amigos, algunos incluso de la familia; recluidos con el móvil, el ordenador y pendientes a todas horas de las noticias.

Pero caigamos en la cuenta de que también es una ocasión propicia para conocernos a nosotros mismos más a fondo; para repasar la película de nuestra vida y tomar mayor conciencia de quienes somos y de los caminos por los que discurre nuestra existencia.

En la peregrinación de la vida son imprescindibles los espacios de silencio, de recogimiento, de reflexión personal, para conocerse mejor a sí mismo, mirándose al espejo con sinceridad y sin tapujos. En estos días, en los que seguramente disponemos de más tiempo, es bueno entrar en nuestro interior, que revisemos la propia vida desde una reflexión sincera que facilite el encuentro con uno mismo y propicie, a su vez, el encuentro con Dios.

 Esta actitud ha de durar toda la vida, y no es algo nuevo; conviene recordar que en el frontispicio del templo de Delfos estaba esculpida la exhortación «Conócete a ti mismo». A lo largo de la historia el ser humano ha buscado la verdad, el sentido de las cosas y sobre todo el sentido de su vida.

Es imprescindible el conocimiento de sí mismo para situarse debidamente ante Dios y ante los demás.

Redescubrir a los demás

Estos días recibimos mensajes que nos recuerdan la necesidad de luchar unidos si queremos superar esta crisis. Ojalá aprendamos bien la lección de que el egoísmo y el individualismo no nos llevan a ninguna parte, o, mejor dicho, nos pueden llevar al precipicio.

 La Muerte

El Papa Francisco nos alerta continuamente sobre esta cuestión. Nuestra vida aquí en la tierra no es definitiva, es una peregrinación hacia la casa del Padre, y el espíritu de fraternidad es imprescindible. Los compañeros de camino siempre son un apoyo para superar las contrariedades que aparezcan durante el viaje, que será más llevadero si se hace en compañía.

El Filósofo Manuel Kant decía que: en compensación de la humana miseria el Cielo ha otorgado al hombre tres grandes dones: el sueño, la sonrisa y la esperanza. Pero hay acontecimientos que fulminan estos dones y nos dejan inertes, fríos y sin posible reacción y explicación; uno de estos acontecimientos es la muerte.

 Si bien es verdad que hay corrientes dentro de nuestra sociedad que quieren ocultar la enfermedad y la muerte. Aunque el mundo de hoy y nosotros mismos queremos envolverla en silencio y renunciar a pensar en ella y prepararnos a morir.  Aunque vivamos esto, hoy no podemos ocultar este acontecimiento. La muerte es nuestra gran compañera de camino.

 Y es que la muerte es el lenguaje universal por excelencia. Todos tengamos una u otra situación, sentimos el grito, la interpelación, la conmoción de la muerte. Ante ella no sentimos inseguros sobre que habrá o quedará después.

Por eso que dicha la de los cristianos, nosotros tenemos el recurso de la fe. Una fe pequeña o grande, una fe resignada o en dura protesta, pero una fe que revela el secreto de nuestra realidad. La muerte no nos deja en el vacío de la nada, la muerte nos lleva a Dios.

Nuestra fe nos dice que, aunque dejamos esta vida terrena, vivimos para siempre en Dios, porque Dios no nos creó para morir sino para vivir…

 Y vive de un modo nuevo al haber sido transformada y resucitada por Cristo y con Cristo. En él se han hecho ya realidad aquellas palabras de Jesús “el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá”.

II. Unas palabras de agradecimiento

Quisiera acabar estas reflexiones con un profundo agradecimiento a tantas personas e instituciones que en estos momentos están entregando su vida con total generosidad, cada uno según la misión que le corresponde.

 Recordando que la solidaridad no es un sentimiento de compasión con los más débiles o con la persona necesitada que está junto a mí, es «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos», san Juan Pablo II.

 Reflexionemos y agradezcamos en primer lugar al personal sanitario, que trabaja hasta el límite en una situación de desbordamiento; a las fuerzas de seguridad, que mantienen las infraestructuras en condiciones y el cumplimiento de las disposiciones gubernamentales; a los responsables y trabajadores de los establecimientos que permanecen abiertos para ayudar a mantener la vida de las familias confinadas; a todos los voluntarios que dedican su tiempo para ayudar a los más necesitados de modo que nadie quede desatendido en esta situación.

 Reconozcamos la labor que está realizando las familias, cuantos  padres se dedican a mantener la llama del amor y la convivencia en los hogares, a las personas ancianas que sufren estos momentos desde la incertidumbre, y en algunos casos desde la soledad, aunque no les falta el afecto de los seres queridos.

Pensemos también en las instituciones solidarias, de acción caritativa y social, así como las educativas, tanto eclesiales como civiles. Son ejemplo de compromiso solidario y ponéis en valor lo mejor de nuestra humanidad.

Desde la Iglesia como no reflexionar en la vida entregada de las personas consagradas, las comunidades de vida contemplativa, y a los sacerdotes y diáconos, y ministerios laicales que, en estos momentos a través de la acción pastoral en las parroquias, hospitales, cementerios, comedores sociales, etc.; cada vez con más limitaciones a nuestro deseo de estar en primera línea. Han sabido ser creativos. Cuantas eucaristías sin fieles por el pueblo hemos celebrado y encomendado.

Me viene a la memoria la experiencia relatada por el cardenal Van Thuan cuando tenía que celebrar la Misa privado de libertad. En su celda celebraba cada día con los pocos medios que tenía a su disposición ofreciéndola por la salvación de la humanidad. Esta es hoy nuestra trinchera. Y por último pensar en la muerte.

 

Unas palabras para la oración

Finalmente, una llamada a la oración incesante de toda la comunidad.  Que nos impulsa a tener la certeza de que nuestra oración es una fuerza que nos permite mirar esta situación no desde la desesperación sino desde la fe y confianza.

Digamos no al miedo. Seamos positivos, valientes pero prudentes y respetuosos. Cada día de más cuenta ya como un día de menos. No perdamos la convicción de que superaremos todo antes de lo previsto.

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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