HOMILÍA – CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

HOMILÍA - CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

Capilla Arzobispado de Panamá, 2 de Noviembre de 2020.

“Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día” (Jn 6,40). 

Celebramos, hoy, a todos los fieles fallecidos. Son nuestros hermanos, nuestras hermanas que partieron de esta vida, y dejaron en nuestro corazón nostalgia, se llevaron un pedazo de nosotros, y nos dejan un pedazo de ellos aquí dentro de nosotros. 

Más que nostalgia, hoy es día de celebrar la vida, porque la vida de quien está en Dios no perece, por el contrario, ella se planifica. Entonces, estamos hoy viviendo la comunión con nuestros hermanos. Y aquí podemos recordar muchas personas, tenemos nuestra lista de parientes, amigos, personas queridas que hicieran parte de nuestra vida, de nuestra comunidad, para la cual queremos realmente hacer memoria. Primero, por la oración, porque la forma más linda de vivir la comunión de los santos es por intermedio de la oración. 

Entonces, nosotros Iglesia, que militamos aquí en la Tierra, queremos hacer comunión con aquellos que están en la Iglesia aun padeciendo, y se están purificando en el purgatorio. Nuestra oración, hoy, es por esos nuestros hermanos. 

Celebrar el día de hoy es una oportunidad para que nuestra vida, cada vez más, nos muestra para la presencia de Dios 

La Eucaristía que rezamos, la visita al cementerio que realizamos, es una obra de misericordia profunda, un gesto de amor y comunión. Aquellos que partieron de esta vida no han muerto, están en nosotros. Que bueno es meditar hoy que nosotros también estaremos un día necesitando recibir la oración de aquellos que quedaran. 

Esta memoria de los fieles difuntos nos invita de reflexionar sobre nuestra propia vida y, a cada día, cuidarnos mejor de ella, no por miedo de la muerte, pero por reverencia a la vida eterna que Dios preparo para nosotros. Para aquellos que están en Cristo no hay muerte, para aquellos que están en Cristo Jesús hay vida en plenitud. 

No tengamos miedo de la muerte, el único miedo que podemos tener es de no tener la vida en Dios. Por eso, celebrar el día de hoy es una oportunidad para que nuestra vida, cada vez más, siga para la presencia y el amor de Dios, porque quien está en Dios no conoce el abismo de la muerte, pero la luz eterna que brilla para aquellos que ponen en Él su confianza. 

Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre  su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios.” San Agustín 

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio: 

1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios, pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (1030). 

2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14). 

3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46). 

4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”).  

San Agustín, el Obispo de Hipona, en su libro “Confesiones”, describe con ternura y detalle el diálogo postrero que tuvo con su madre Mónica, en Ostia Tiberina; apoyados en la ventana que daba al jardín interior de la casa, hablaron los dos dulcemente de la vida eterna de los santos; que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, y los dos abrían la boca del corazón, ávidos de la corriente de la fuente de la vida que hay en Dios, y la madre le expresaba al hijo el anhelo de irse ya a la morada celestial, porque encontraba despreciable este mundo con todos sus placeres, habiendo ya cumplido con sus hijos los deberes de madre, y le dijo: “Sepulten este cuerpo en cualquier lugar; esto no les ha de preocupar en absoluto, lo único que les pido, es que se acuerden de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estén” (Confesiones: Libro 9,10, 23-11). 

¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras?  

Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos. 

Hace poco una señora me dijo: yo me dedico a adoptar los muertos de mis amigos y conocidos. Notó que la miraba con cara extraña, porque hoy en día te encuentras con extravagancias de todas clases y corrió a explicarse. Me dijo que cuando veía que alguien moría y en aquella familia no había fe ella asumía la responsabilidad de pedir por los difuntos. Aquella mujer me iluminó un poco más una de las obras de misericordia espirituales que dice “orar por vivos y difuntos”. Igual que damos de comer al hambriento, también hay que estar atentos a las necesidades espirituales de los que han muerto y nadie pide por ellos. Son indigentes de la gracia. 

Hoy pedimos con mayor intensidad por los que ya han muerto. Es un recordatorio para intensificar la oración estos días, pero, también, para no olvidarla el resto del año. Cada día entran almas en el Purgatorio y nuestras oraciones pueden contribuir a que, también a diario, salgan unas cuantas para entrar en el cielo. Nuestra oración por los muertos no sólo puede contribuir grandemente a que aumente antes el número de los santos, sino que también fortalece nuestra unión con la Iglesia purgante y con la triunfante. Afianza esos lazos espirituales por la comunión de los santos y fortalece nuestra esperanza de participar un día del gozo del cielo. 

 

Atendiendo al evangelio de hoy vemos también que nuestra oración por los fieles difuntos nos une íntimamente a un trabajo del Señor. Dice que sube al cielo a prepararnos un lugar. Por tanto, su deseo es tenernos para siempre junto a Él. El Señor añora nuestra presencia. Su amor le ha conducido a esa situación. De ahí que prepare nuestra llegada. Las múltiples estancias que hay en la casa del Padre se van llenando. Seguramente alguna vez hemos pagado el billete de autobús o tren a alguien para que pueda reunirse con sus familiares o volver a su país. Por la oración hacemos algo más grande, porque ayudamos a alguien a llegar a la vida eterna. 

 

La solidaridad lleva a muchas personas a la acción loable de adoptar niños en países en vías de desarrollo. Eso establece un vínculo de afecto y el compromiso de velar por una persona concreta y su desarrollo integral. Como aquella mujer argentina también hemos de descubrir la grandeza de adoptar difuntos. Desde pequeño mi abuelo me enseñó a pedir cada día por las ánimas del purgatorio y, desde hace un tiempo, he descubierto la conveniencia de ofrecer alguna de las misas que celebro. 

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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