Homilía Cárcel la Joyita – Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, osa.

Homilía Cárcel la Joyita - Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, osa.

Homilía, 28 de diciembre 2019

Yo no conozco vuestras historias, pero Dios las conoce, y lo que yo puedo decirles en su nombre es que, para Dios, no son un número, sino una persona, un hijo, una hija con nombres y apellidos.

Lo que yo tengo que decirles es que Dios los quiere. En esta misa nos preside una cruz. La cruz era un instrumento de tormento y de suplicio, uno de los más crueles que los hombres hemos inventado para ajusticiar a una persona. Y el Hijo de Dios, para decirnos que Dios nos quiere, y para que ningún hombre, ninguna mujer, en una situación de injusticia o en una situación terrible de la vida, pudiera sentirse solo, quiso ser ajusticiado y morir en una cruz.

Aunque el mal que pudiese haber en vuestra vida fuese muy grande, y aunque no puedan ni siquiera perdonarse ustedes mismos, Jesucristo en la cruz ha abrazado hasta el fondo nuestra pobreza, nuestro mal, nuestra miseria y dolor, nuestro sufrimiento; y ese abrazo de Dios ninguna realidad de este mundo tiene el poder de romperlo.

Dios los ama y no puede dejar de amarlos, porque son hijos e hijas suyos, porque no puede miraros sin reconocer en vosotros a Jesucristo, su Hijo encarnado. Ese amor de Dios es nuestra esperanza, la vuestra, la mía y la de todos los hombres.

Yo sé que pensáis muchas veces: Si yo fuera bueno, Dios me querría. No. Dios nos quiere porque somos sus hijos. Hay más alegría en el cielo por una persona que está lejos de Dios y lo necesita, que por 99 justos que no necesitan conversión. Jesucristo no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores, ni a curar a los sanos sino a los enfermos.

No penséis nunca que Dios no os quiere o no está cerca de vosotros. Está cerca de vosotros y os ama, y desea que podáis regenerar vuestra vida. Ojalá entre todos, con vuestra cooperación y la ayuda de los que estamos alrededor vuestro, se pueda reconstruir esa vida, que también en este mundo podáis recuperar vuestra familia, vuestra paz, vuestro trabajo, un modo de estar en la vida que os permita vivir con dignidad, y la sociedad pueda conocer esa dignidad vuestra.

Hay un amor que no os faltará nunca. Jesucristo ha pagado ya por vuestros crímenes, pecados y debilidades. Hay Alguien que no puede dejar de amaros pase lo que pase en la vida, que no puede dejar de ver vuestro rostro y miraros con un amor y una misericordia infinitos. Porque Dios los ama, la vida de cada uno de ustedes es infinitamente preciosa, vuestra vida vale. Y aunque vosotros mismos tengáis la tentación de pensar: Pero si yo soy un desastre, si yo no puedo nada, hay Alguien que confía en ti.

Por eso ni hay pecados imperdonables ni puede cerrarse nunca la puerta de la posibilidad del retorno a lo que se haya perdido. Por eso siempre debe prevalecer la esperanza en nuevas oportunidades de conversión, de recuperación personal, de reinserción en la familia y en la sociedad.

Cristo ha venido para sacar de la prisión a los encarcelados. Ciertamente, ante todo de esa angustiosa cárcel interior de la esclavitud de los odios, del pecado, la desesperanza, del remordimiento moral por la falta cometida. Sin esta libertad moral, espiritual, el hombre puede lograr la libertad física perdida, pero no recuperaría su auténtica libertad como persona. Continuaría prisionero en una cárcel interior que puede ser mucho más dura que la misma reclusión física.

Desde nuestra fe cristiana, solamente en Cristo encontramos la total liberación de cuanto afecta al pecado, al egoísmo y a la soberbia que puede esclavizar al hombre. El ejemplo de Cristo, su evangelio, su muerte y resurrección son el más generoso precio que se haya pagado para redimir al hombre. “Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4, 25).

Nada ni nadie puede quitar a la persona está libertad interior, aunque sean muchas las trabas y murallas que se pongan delante. Es la libertad de poder elegir un camino de bondad, de perdón, de respeto a los demás, de afecto fraterno, de práctica de la misericordia. También, el ofrecimiento de la propia pena en unión con el sacrificio de Cristo.

La experiencia de la fe rompe y supera dos grandes barreras de la vida de la persona que está en la cárcel.

Esa experiencia de la fe en Dios se va construyendo todos los días con la oración, que es ponerse la escucha de lo que Dios nos dice en su palabra revelada, en su hijo Jesucristo. Es sentir la cercanía del amor y de la misericordia de Dios, más allá de las limitaciones que ponemos los hombres. Es una experiencia que lleva a la persona a salir de su propia cárcel interior y a buscar el bien de los demás, con sentido de ayuda fraterna, de solidaridad.

Este encuentro personal con Dios, que es la experiencia de la fe, nos ayuda a entrar en nosotros mismo y a dar un nuevo sentido a nuestra propia existencia. No porque desaparezcan los problemas que cada uno lleva consigo, sino porque nos dispone a recibir una nueva luz para disipar muchas tinieblas y para tener unos criterios, quizá desconocidos, para replantearnos la propia vida. La experiencia de la fe es el camino, no sólo para encontrar a Dios, sino para que podamos encontrarnos con nosotros mismos para así saber enfocar bien nuestro pasado, presente y su futuro.

Queridos hermanos: En la soledad, en el desierto, en la cárcel, se puede encontrar a Dios, pero habrá que hacer como Moisés: descalzarse, que es caminar con humildad y aceptar la ayuda que el mismo Dios va a ofrecer a través de muchas mediaciones humanas.

Queridos hermanos: Cristo tiene siempre las puertas de su casa abiertas y no existe tampoco lugar alguno donde no puede llegar con la fuerza de su palabra y la gracia del Espíritu. Por mucha que sea la fragilidad humana y el mal cometido, siempre queda la abundancia del perdón y de la misericordia que Cristo ofrece al corazón arrepentido. Nunca se puede dudar del perdón de Dios.

Es mucho el bien que se pueda hacer a los demás tratándoles simplemente como personas dignas de respeto, a pesar de sus limitaciones y conductas extraviadas. Estuve en la cárcel y me visitasteis, dijo el Señor (Mt 25, 36). El hombre es siempre buen camino para encontrarse con Cristo. Por eso, los camino de la Iglesia pasan por el hombre.

Siempre se puede mirar al futuro con esperanza, por muy negro que haya sido el pasado y no poco dolor en el presente. Esperanza en la justicia a los hombres de bien, pero, sobre todo, en la seguridad de que Dios nunca olvida a sus hijos. Cristo siempre en nuestro camino de libertad y de esperanza.

Nuestra gratitud a quienes hacéis lo posible por cuidar de los encarcelados, por su recuperación humana, por su reinserción en la sociedad. De una forma particular a todos vosotros, los capellanes de prisiones y al equipo de pastoral penitenciaria. A cuantos en la parroquia, y desde otras instancias eclesiales, prestáis atención y apoyo a los reclusos y sus familiares. El Señor recompensará a aquellos que lo visitaron en la cárcel.

No cabe la menor duda que la mejor noticia que podíamos recibir, aunque parezca tan utópica y lejana, es la de que han desaparecido las cárceles, porque reina la justicia y el derecho. Esta es la esperanza cristiana, que debe comenzar en este mundo, pero que sabemos que solamente tendrá su consumación en el reinado definitivo de Dios. “Hoy yo quisiera pedirle a todos aquellos que se sienten tentados a usar las armas para quitarle la vida a otra persona, piensen por favor, al menos démonos una tregua en esta navidad para que Cristo pueda venir a unas Cárceles abierta a su Palabra, a su santa vida, a un Panamá que quiere vivir en paz, que quiere erradicar la violencia”.

 

 + Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta.
Arzobispo de Panamá.

 

 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.