HOMILÍA AÑO NUEVO 1 DE ENERO 2021

HOMILÍA AÑO NUEVO 1 DE ENERO 2021

HOMILÍA AÑO NUEVO I DE ENERO 2021
Catedral Basílica Santa María la Antigua
Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, Arzobispo de Panamá

Queridos hermanos y hermanas: 

En este día la Iglesia celebra la solemnidad litúrgica de Santa María, Madre de Dios. Pero no podemos dejar de tener en cuenta que hoy también es el primer día del año civil y el día de la Jornada Mundial de la Paz. 

El 31 de diciembre y 1 de enero son fechas propicias para la reflexión personal, y también para pensar en la realidad, más aún este año que finaliza y que fue marcado por la pandemia.

Dejamos atrás un año muy duro, muy difícil, y encaramos uno nuevo, insospechado, pero que queremos llenar de esperanza. La esperanza es la contraseña del cristiano. Porque no caminamos solos, caminamos con Dios que es Emmanuel: “Dios con nosotros”. Es el misterio que llevamos celebrando ocho días como si fuera uno solo, con júbilo, alabanza y fiesta en el Señor. 

Por eso en el primer día de este nuevo año, empezamos a escribir, ya desde este momento, los nuevos renglones de un año más de nuestra existencia. Por eso con el corazón agradecido, levantamos el ánimo y acogemos como nuestra la bendición que nos ofrece el libro de los Números: “Que el Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz”.

La primera lectura recoge la bella fórmula de bendición que Dios mismo enseñó a Moisés para que, a su vez, él la transmitiera a su hermano Aarón y a los hijos de éste, con la que bendecirían a los israelitas.

La palabra bendición significa «decir bien». Dios siempre dice bien de sus hijos porque los ama. Dado que la Palabra de Dios es acción, cuando dice bien de nosotros, su Palabra obra en nosotros, nos transforma, nos hace bien.

Sin embargo, ese subjuntivo («el Señor te bendiga»), como todos los subjuntivos expresa un deseo: pero se refiere a nosotros. Es decir, Dios nos bendice sin cesar, pero somos libres de acoger su bendición. Como el sol, brilla sin cesar incluso cuando nosotros cerramos las ventanas de nuestra habitación para que sus rayos no penetren en ella; así también somos libres de escapar a esta acción benéfica de Dios. Por tanto, la fórmula: «que el Señor te bendiga» es la expresión del deseo de que nos pongamos bajo la bendición de Dios. Ese subjuntivo está ahí para expresar nuestra libertad.

Ser bendecido es vivir en la gracia de Dios, vivir en armonía con Él, vivir en la Alianza. Eso no nos evitará las dificultades ni las pruebas de la vida; pero si vivimos en la bendición de Dios, atravesaremos las pruebas tomados de su mano, con la firme certeza de que Él nos acompaña.

La maternidad divina de María
También en este día se nos recuerda, la grandeza de María que no proviene exclusivamente de su maternidad biológica, propia de toda madre. Lo más importante no está en el parentesco sanguíneo, aunque quizás es lo que más nos impresiona en un primer momento, sino su disponibilidad de acoger la Palabra de Dios en su seno y ponerla en práctica, porque creyó. 

“Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. 

Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo -que se la debemos a otros- y que estamos invitados a compartirla en esta casa común. 

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. 

Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. 

La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad. 

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios. 

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151). 

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla de pie (todos se alzan) tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios. (cfr. Homilía Papa Francisco 1 de enero 2020 ).

Por eso los cristianos tenemos motivos mucho más plenos para alegrarnos y esperar que Dios bendiga nuestro nuevo año, haciendo prosperar la paz en torno nuestro.  La razón es como nos ha dicho hoy S. Pablo: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”.
Así como se pone a un recién nacido bajo la protección de la Virgen María, del mismo modo acudimos a su intercesión materna para que Dios conceda a la humanidad un año dichoso, un año de paz y reconciliación. La advocación de María como reina de la paz fue introducida por el papa Benedicto XV durante la primera Guerra Mundial. Actualmente no estamos menos necesitados que entonces del don de la paz en todos los ámbitos de la vida humana.

El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María, para que nosotros los hombres, seamos hijos adoptivos de Dios.  Por eso podemos decir llenos de confianza: Abba, Padre. Recapitulando, ideas fuerzas que hemos de tener presente en este nuevo año.

Somos hijos de Dios, no esclavos. Esa es la mejor perspectiva del año que empieza.  A lo largo de sus 12 meses podremos encontrarnos con dificultades de todo tipo.  Podremos caer enfermos, sufrir, etc.  Pero no estamos solos. ¡Somos hijos de Dios!  Pertenecemos a la familia de Dios.  No podemos dejarnos dominar por el pesimismo o la angustia. Nos ha nacido Jesús, el Dios-con-nosotros que nos salva. Y Jesús nos ha enseñado que Dios es Todopoderoso y que lo podemos llamar Padre. 

Hermanos que, durante todo este año, nunca se nos olvide: Dios es nuestro compañero de camino y de fatigas; se va a alegrar con nuestras alegrías; se va a gozar con nuestros éxitos; le va a doler nuestros sufrimientos y va a compartir nuestras preocupaciones. Por esta razón no perdemos nuestra esperanza.

“La cultura del cuidado como camino de paz”
Como es tradicional en la Iglesia Católica, el 1º, de enero el Papa publica un mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Paz que en el 2021, tiene un título muy sugerente: “La cultura del cuidado como camino de paz”.     

Desde el 1 de enero de 1968, el Papa Pablo VI hasta llegar a el Papa Francisco, en cada mensaje hay una propuesta para los dirigentes políticos y sociales del mundo. Es una invitación para la reflexión con temas que responden a coyunturas mundiales del momento, con análisis certeros y de urgente atención.

Este año el Papa Francisco, ha titulado su mensaje “La cultura del cuidado como camino de paz”. La perspectiva que nos presenta es la de gestar, acompañar y fortalecer una “cultura del cuidado”, es decir, forjar actitudes que vayan en contra de las culturas de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación que hoy parecen ser la norma en nuestras sociedades.

Se necesitan artesanos de la paz
En las ocho páginas del texto, el Papa “se dirige a los Jefes de Estado y de Gobierno, a los responsables de las Organizaciones internacionales, a los líderes espirituales y a los fieles de las diversas religiones, y a los hombres y mujeres de buena voluntad”. A ellos les recuerda lo que escribió en su última encíclica, Fratelli tutti: “En muchas partes del mundo se necesitan caminos de paz que lleven a la curación de las heridas, se necesitan artesanos de la paz dispuestos a iniciar procesos de curación y de encuentro renovado con ingenio y audacia”.

La pandemia agravó las demás crisis
El Papa Francisco resume los acontecimientos del 2020 marcado por la crisis de la Covid-19. “Esta pandemia ha agravado otras crisis al mismo tiempo como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y que han causado grandes sufrimientos y dificultades”, dice Francisco. El Papa destaca en primera instancia a “los que han perdido a un familiar o a un ser querido, pero también en los que han perdido su trabajo”. Recuerda de manera especial a los médicos, enfermeros, farmacéuticos, investigadores, voluntarios, capellanes y personal de los hospitales y centros de salud, “que han trabajado duramente y siguen haciéndolo, con gran esfuerzo y sacrificio, hasta el punto de que algunos de ellos han muerto en el intento de estar cerca de los enfermos, de aliviar su sufrimiento o de salvar sus vidas”.

En ese contexto, el Papa escribe que Practicar y educar para cuidar es la manera de “erradicar la cultura de la indiferencia, el descarte y la confrontación, que a menudo prevalece hoy en día”.       

Vacunas y asistencia también para los más pobres y frágiles
Pensando en ellos, el Papa Francisco renueva su llamamiento a los dirigentes políticos y al sector privado, que hizo en su vídeo-mensaje con motivo del 75° aniversario de las Naciones Unidas, “para que adopten las medidas adecuadas a fin de garantizar el acceso a las vacunas contra el Covid-19 y a las tecnologías esenciales necesarias para asistir a los enfermos y a todos los que son más pobres y frágiles”.

Fondo contra el hambre, con el dinero que se utiliza hoy para las armas
La pandemia y el cambio climático, subraya Francisco, ponen de manifiesto la gran “dispersión de recursos” para las armas, “en particular para las armas nucleares”, que podrían utilizarse para “la promoción de la paz y el desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza, la garantía de las necesidades de salud”. Y relanza la propuesta hecha en el pasado Día Mundial de la Alimentación: “Qué valiente decisión sería constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares un Fondo mundial para poder derrotar definitivamente el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres”.

El papel irremplazable de los líderes religiosos
Los líderes religiosos en particular, explica el Pontífice, pueden desempeñar “un papel insustituible en la transmisión a los fieles y a la sociedad de los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado de nuestros hermanos y hermanas más frágiles”. El Papa propugna por “una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión”.

Una comunidad de hermanos que se cuidan unos a otros
Los cristianos, es la invitación final de Francisco, deben mirar a la Virgen María, “Estrella del Mar y Madre de la Esperanza”:

“Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada, sino comprometámonos cada día concretamente para formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros”.

Que este mensaje nos anime a comenzar un nuevo año con confianza, sabiendo que todavía nos esperan meses difíciles, pero que, si trabajamos juntos, nuestro horizonte puede ser más fraterno, solidario, acogedor y de apoyo mutuo.

Y no olvidemos esto, que para Dios el Año que empieza no es nuevo. Pero sí quiere que tú y que yo lo seamos. Que cada mañana nos levantemos con el ánimo de ser hombres y mujeres nuevos, constructores de la paz, y amantes de la justicia.

Oración de Acción de Gracias para el año que termina
Gracias Señor por todo cuanto me diste en el año que termina. Gracias por los días de sol y los nublados tristes por las tardes tranquilas y las noches oscuras. Gracias por lo que nos prestaste y luego nos pediste. Gracias señor por la sonrisa amable y por la mano amiga, por el amor y todo lo hermoso, por todo lo dulce, por las flores y las estrellas, por la existencia de los niños y de las personas buenas. Gracias por la soledad y por el trabajo, por las inquietudes y las dificultades, por las lágrimas, por todo lo que nos acercó a ti. Gracias por habernos conservado la vida, por habernos dado techo, abrigo y sustento. Amén.

Fe para mirarte en todo. Esperanza para no desfallecer
¿Qué traerá el año que comienza? ¡Lo que Tú quieras; ¡Señor! Te pido Fe para mirarte en todo. Esperanza para no desfallecer. Caridad perfecta en todo lo que haga, piense y quiera. Dame paciencia y humildad. Dame desprendimiento y un olvido total de mí mismo. Dame, Señor, lo que Tú sabes me conviene y yo no sé pedir. ¡Que pueda yo amarte cada vez más; y hacerte amar por los que me rodean! ¡Que sea yo grande en lo pequeño! ¡Que siempre tenga el corazón alerta, el oído atento, las manos y la mente activas, el pie dispuesto!

Derrama, Señor tus gracias sobre todos los que quiero. Mi amor abarca el mundo y aunque yo soy muy pequeño, sé que todo lo colmas con tu bondad inmensa. Amén

Pongo en tus manos Señor el año que comienza
Tú, Padre amoroso, que velas por mí y estás por encima de los límites del tiempo y del espacio, sabes lo que necesitaré en este año que inicia. Me abandono a tu misericordia, a tu providencia. Que sea lo que Tú dispongas, Señor.

Aumenta mi fe, que sea capaz de descubrir tu presencia a mi lado. No permitas que nada me separe de Ti. Dame fortaleza y perseverancia en las pruebas, y ayúdame cada día a recordar que nunca sucederá nada que Tú y yo juntos, no podamos superar.

Líbrame de la indiferencia. Hazme sensible a las necesidades de los demás, y muéveme no sólo a orar, a interceder por ellos, sino a realizar acciones concretas en beneficio suyo.

No dejes que me paralice la inercia, el orgullo, la complacencia. No dejes de inquietarme, de ponerme en movimiento, de lanzarme contigo a construir tu reino de paz, amor y justicia.

Enséñame a mantenerme sencillo y alegre, a ser verdaderamente testigo tuyo en mi mundo. Ayúdame a desprenderme de todo lo que me estorba para seguirte, líbrame de lo que me hace tropezar, de lo que me pesa: de mis rencores, mis egoísmos, mis orgullos, mis miserias, mis apegos.

Te damos gracias
Por el testimonio de compromiso y amor al prójimo, en medio de la crisis sanitaria que vive la humanidad y por ende Panamá, por los profesionales de la salud: Médicos, especialistas, enfermeras, enfermeros, auxiliares, camilleros, laboratoristas, tecnólogos médicos, personal de emergencia y de aseo, celadores, administrativos, y demás personal que sin descanso están atendiendo a quienes se ven afectados por el coronavirus. Por los estamentos de seguridad, por los productores, por los educadores.

Hoy te damos gracias a Dios por contar con profesionales que están llenos de humanidad, de solidaridad y de amor al prójimo.

Con la llegada del coronavirus (Covid-19) más que paralizarlos les ha avivado su vocación de servicio y de amor y cuidado a la vida humana, tienen la capacidad de ser pan que se parte y se reparte.

Mientras a nosotros nos exhortan a quedarnos en nuestras casas, ellos están viviendo cada día en primera línea la situación, exponiendo su salud, dejando la piel por los pacientes; priorizando siempre su atención frente a sus necesidades familiares, personales y profesionales.

Su entrega nos cuestiona y da respuesta a tantos interrogantes ¿Cuál es la salida al miedo que nos paraliza y enceguece? La respuesta es: “la gracia de la fe, y su fortaleza”. 

Su entrega es una llamada a dejar nuestros temores y miedos y asumir nuestra propia fragilidad:  la fragilidad humana, la enfermedad, el dolor y el sufrimiento.   

Su entrega es un constante recuerdo de que como cristianos debemos “dejarnos habitar por Dios para cargar la propia cruz”, con la convicción profunda de que Dios nos ama, y que en todo momento cuida de nuestra fragilidad”.

Quiero descubrirte en cada día de este año que empieza, y ayudar a que otros te descubran también. Señor, que cuando me busquen a mí, te encuentren siempre a Ti. 

Finalmente te pedimos que sanes el dolor de los que han perdido a sus seres queridos.
Esta pandemia ha dejado miles de muertos, contagiados, enfermos y un mar de dolores. 

Señor uno de los dramas que estamos viviendo es cuando fallecen nuestros seres queridos lejos de nosotros; no poderlos ver y mucho menos estar en eso momento del trance a la otra vida, el dolor se profundiza más cuando no podemos darle el entierro como acostumbramos y como nos invita la Misericordia. Tu sabes que No hay un adiós más dolorido que no poder despedir de este mundo a la persona que has amado.

Te pedimos por la sanación de sus deudos, víctimas también del Covid-19, a curar el alma de las personas golpeadas por esta dura experiencia de duelo. 

Señor te damos gracias porque la fe nos hace comprender que la clave con que se vive ese “pasadizo” del duelo es muy diferente para los cristianos que para aquellos que todo termina en las esperanzas intramundanas.

En este Nuevo año aun en medio del dolor fortalece nuestra fe en Cristo Muerto y Resucitado que él sea la fuerza que nos sostenga y la luz que ilumine esos momentos oscuros. 

¿Cómo consolarnos interiormente y animarnos mutuamente en la fe? ¿Cómo levantar cabeza y superar la angustia, la ansiedad, la desesperación…?

Afianza la certeza que nuestros seres querido están en las manos de Dios, que es donde la ha vivido, y ahí nos espera para el abrazo definitivo que ellos ya nos están dando, pero que a veces nuestras propias lágrimas miopes, aunque auténticas, no nos dejan verlos.

†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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