3 DE ABRIL – HOMILÍA MISA TELEVISADA, CAPILLA DE LA CASA DEL ARZOBISPO

3 DE ABRIL - HOMILÍA MISA TELEVISADA, CAPILLA DE LA CASA DEL ARZOBISPO

Viernes de Dolores, así le decimos al viernes preámbulo de toda una Semana de Pasión y Dolor, en el que se enaltece y venera a una Madre enlutada, con una espada atravesándole el corazón, con lágrimas en sus ojos y con sus manos de dedos entrelazados en señal de la angustia que brota de su alma.

Ella es una madre dolorosa. Esta mujer llena de dolor está representando a todas las madres del mundo que han pasado por la prueba de amargura sin límite de ver morir a un hijo.

Ella es la madre que llevó en su seno al Salvador del género humano; la que lo meció en sus brazos de madre amorosa; la que lo buscó llena de angustia junto con su esposo José, cuando no lo encontraban en la caravana que los regresaba a casa…. y más tarde lo hallaron en el Templo con los doctores de la Ley cumpliendo la voluntad del Padre celestial; la que lo tuvo durante treinta años en el calor del hogar, hogar de amor y trabajo.

Ella es la madre que lo vio partir un día y fue cuando su corazón supo que, “había llegado la hora”… La que supo de su vida de predicación, de peregrino recorriendo caminos, aldeas y ciudades…

Ella es la madre que supo de una corona de espinas que rompió la suave piel de la cabeza del hijo querido, de una espalda abierta por profundas heridas de salvajes latigazos, de unos dulces ojos nublados por el dolor, la que lo vio cargando con un madero…. y caer.

Ella es la madre, la que vio como atravesaban con clavos sus manos y pies amadísimos y como era levantado en alto para quedar entre dos ladrones….

Ella es la que vio al hijo queridísimo, al hijo bueno, al hijo santo, al Dios hecho hombre convertido en una figura rota y doliente, lleno de polvo, con el rostro sucio y triste, con el cabello, que ella tantas veces acarició, ahora pegado en su cara, endurecido y aplastado por la sangre reseca…

Esa María que vivió todo eso….fue una Madre dolorosa. No bajaron los ángeles para enjugar sus lágrimas. No hubo ningún paliativo celestial ni milagroso que aminorara el dolor de la Madre de Dios.

Ella soportó la muerte del hijo de pie, con el corazón roto pero de pie, volviendo a decir “si” a la voluntad del Altísimo.

Y allí, por mandato de su hijo agonizante, se convirtió en nuestra madre.

Madre de misericordia. Madre de la Esperanza.

En este mundo tan difícil y desorientado, Cristo nos la dejó, nos la dio para que sea nuestro faro y consuelo de nuestras penas, porque nadie como Ella lleva mejor el nombre de Madre Dolorosa.

Por eso hoy decía el Papa Francisco:  honrar a la Virgen consiste en decir: ‘Esta es mi madre’. Porque ella es la madre”. “Precisamente ese es el título que recibió de Jesús en el momento de la Cruz. No la hizo primer ministro o le dio títulos de ‘funcionalidad’, únicamente ‘madre’”.

También, “en los Hechos de los Apóstoles, se presenta en oración con los apóstoles como madre. La Virgen no quiso tomar de Jesús ningún título. Recibió el don de ser madre de Él y el deber de acompañarnos como madre, de ser nuestra madre”.

“No pidió para ella ser una casi-redentora, o una co-redentora. No. El redentor sólo es uno y ese título no se duplica.

Sólo discípula y madre. Y así, como madre, nosotros debemos pensar en ella, debemos buscarla, debemos rezar a ella. Es la Madre. En la Iglesia madre. En la maternidad de la Virgen vemos la maternidad de la Iglesia que recibe a todos buenos y malos: a todos”.

Hoy detengámonos un poco hoy y pensemos en el dolor y en los dolores de la Virgen. Es nuestra madre”.  En el dolor de tantas mujeres.

Colaboradoras del hogar

Nuestra intención especial para esta celebración eucarística es para las mujeres que realizan el trabajo doméstico como medio de subsistencia. Probablemente habrá algunos pocos hombres que realicen una labor similar.

Al estar finalizando este tiempo cuaresmal, y en este viernes de dolores hemos querido reflexionar de un trabajo que si bien es cierto se ha avanzado en algunos derechos sociales, aún no ha sido dignificado, respetado y muchos menos reconocido a plenitud.

El trabajo doméstico que si bien es cierto en los últimos años pareciera que hemos estamos dispuestos a reconocerlo en cierto punto, si lo hacen nuestras madres, esposas y hermanas en el ámbito familiar.

Pero cuando se trata de remunerar este trabajo a otra persona para que lo haga, entonces buscamos los mecanismos para sacarle el jugo a cada centavo, o cada dólar que se le da como salario.

Quizá este trabajo esté es desvalorizado e invisibilizado, porque pensamos que solo es un lugar natural para que “lo haga la mujer”. Y siendo esto así, en nuestra mentalidad machista, creemos que no merece ser pagado según lo que implica hacer el trabajo doméstico.

¿Cuántos no decimos, le pago tanto, pero ella come, duerme, lava su ropa, usa el jabón, etc. y no tiene que gastar en nada?

Pero preguntemos, ¿qué horario tiene la trabajadora doméstica, especialmente si vive en la casa donde labora?

En este tiempo de cuarentena, a muchos nos ha tocado hacer los quehaceres del hogar. Obispos y sacerdotes hemos tenido que limpiar, otros que lavar, cocinar y hasta planchar.  Y podemos asegurar que no es un trabajo fácil, ahora que nos hemos visto obligados a prescindir de ellas, hemos valorado aún más lo que hacen por nosotros. Gracias a las trabajadoras domésticas

Por eso esta crisis sanitaria debe servirnos para comprender el valor del trabajo doméstico. Sin ellas, muchos padres de familia no podrían salir a trabajar, estudiar o divertirse.

No será exagerado señalar que son de vital importancia en los procesos sociales y económicos,  sin las cuales la esfera productiva de la sociedad no estaría garantizada.

Hagamos un repaso de lo que implica el trabajo doméstico en un hogar: cocinar los alimentos, hacer la limpieza interior y exterior de la casa, a veces hace de jardinera. También lava y plancha la ropa; es responsable del cuidado de los niños y hasta ayudarlos con las tareas escolares; y si hay animales domésticos, también deben cuidarlos; hasta son vigilantes que deben cuidar el hogar.

¿Preguntémonos, si realmente consideramos que criar a sus hijos, mantener un hogar agradable, prepararles las comidas, atender todos los aspectos del hogar, vale lo que le pagamos? ¿El trabajo doméstico realmente lo valoramos en nuestra justa dimensión?

Hagamos un ejercicio de empatía y pongámonos en su lugar y preguntémonos: ¿Con qué actitud realizarías tú estas labores en una casa ajena?, ¿qué necesitarías para cumplir con tu trabajo con una sonrisa y «de buen modo»?

Nos hemos detenido a pensar que casi todas las empleadas también son madres. Tienen sus propias familias y hogares que están dejando para hacer que los nuestros queden limpios y ordenados.

Ellas son persona, las tratamos como tal. No podemos llenarnos la boca de ser buenas personas, de ser buenos cristianos, cuando no somos justos con la persona que labora haciendo el trabajo doméstico en casa.

No son esclavas, SON PERSONAS QUE DEBEN SER RESPTADAS COMO HIJAS O HIJOS DE DIOS. Ella es nuestro prójimo, tratémosla con respeto, cuando tengas que darle indicaciones, utilizando las palabras mágicas: «por favor» y «gracias».

Incluso en algunos momentos ayúdenosla a realizar sus labores de manera eficiente, facilítale las cosas, dale confianza y la oportunidad de exponerte sus dudas y necesidades.

Dale el privilegio de la duda, si algo no queda exactamente como lo hubieras querido no tiene que ser porque ella es «descuidada», tal vez puede ser porque no te explicaste correctamente, o porque ella simplemente tiene un mal día.

Enséñale a los otros miembros del hogar a respetarla. No basta que tú le des respeto a la trabajadora doméstica.

Todos en el hogar debe respetarla, especialmente tus hijos aprenden de lo que ven. Enséñale a tus hijos a hacer más fácil su labor, evitando crear desorden en los lugares que se van limpiando.  Algunas veces ellos pueden colaborar lavando los platos después de comer, arreglar la cama cuando se levantan, de esta forma le enseñas a valorar el trabajo doméstico. Ojalá no seamos de aquellas personas que dicen: dejen eso así, para eso se le paga para que limpie y arregle.

Se trata de educar a los hijos en la responsabilidad, más allá si hay alguien que lo pueda hacer o se le pague a otra persona para que lo haga.

Aprendamos a tratar con delicadeza a esta persona a la que muchas le debemos tanto, muchas de ellas permanecen por muchos años, en nuestras vidas. Renuncian a tener una vida para seguir criando a hijos que no son suyos, pero que lo hacen porque llegan a amarlos profundamente.

Demos gracias a Dios, por las empleadas domésticas que han sido importante en nuestra vida, a esa mujer que cuando pequeños nos dio tanto cariño, y aquellas que cuidan a nuestros hijos o abuelos. Respetemos todos los derechos sociales que por justicia tienen y tratémosla con respeto y dignidad por compromiso cristiano.

Hoy la Madre Dolorosa sigue presente, de pie junto a la cruz de su Hijo, especialmente por la muerte y el asesinato de sus hijos. Por la desaparición de muchos de ellos. Por el asesinato de tantos y tantos niños en el vientre de sus madres. Hoy la Madre de pie, afligida y dolorosa es fuerza para tantos enfermos y para todos los que están entregando su vida por llevar adelante al país.

Hoy y, la Madre piadosa con la espada que traspasa el corazón, sufre por ver a tantos hombres y mujeres metidos en las garras de las drogas, de la violencia, y del crimen organizado.

En este valle de lágrimas, pidámosle a Ella que nos enseñe a no desfallecer, que nunca aparte de nosotros esos sus ojos misericordiosos y que después de este destierro, nos muerte a Jesús el fruto de su vientre. Amén.
PANAMA, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos por Panamá -Quédate en casa.

†  JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.
ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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