No hay Navidad sin Jesús. No hay Navidad sin hermanos

No hay Navidad sin Jesús. No hay Navidad sin hermanos

La Navidad es evocación y celebración de un acontecimiento único e irrepetible: Dios se hace uno de nosotros, se “hace carne”, y habita humano entre la humanidad. Es un hecho tan único como irrepetible. Se puede no tener fe cristiana y no dar crédito al acontecimiento. Pero si somos creyentes en el Evangelio, eso es lo que celebramos.
Esta sociedad en la que vivimos está marcada por las apariencias más que por las realidades. Es común confundir maquillaje con belleza; ideas con realidades; limosna con solidaridad; preocupación con compromiso; discurso con verdad. Y lo que es peor, se ve lo bueno como malo y lo malo es ponderado como bueno.
Así mismo quieren hacernos creer que la Navidad es ocasión para el consumismo, para darnos gusto con el esfuerzo del ahorro de todo un año; que es ocasión para olvidar las penas, que es una fecha más de celebración.
Lo cierto es que no hay Navidad sin encarnación. No hay Navidad sin Jesús. No hay Navidad sin hermanos. No hay Navidad sin compromiso por la justicia y la paz. No hay Navidad sin oración. No hay Navidad sin buenas noticias para los pobres.
¿Y en concreto, qué significa esto? Pues, que se requiere pasar de la Navidad del “¿qué me pongo?” a la del “¿qué puedo dar?”. De la Navidad del “¿qué comemos?” a la del “¿quiénes tienen hambre cerca de aquí?”.
A Dios lo encontramos en los pobres, en los que sufren, en los excluidos. Entre ellos anduvo Jesús. ¿Dónde pensamos deben estar quienes nos hacemos llamar sus discípulos?
El Papa Francisco nos impulsa a salir de los templos para anunciar la buena noticia del amor de Dios en las periferias geográficas y existenciales.
A esas periferias geográficas distantes del desarrollo nacional, a las cuales no llega el agua potable, la salud o la educación. Son esos lugares donde no existen los servicios básicos ni los avances de las grandes ciudades. Y muchas veces tampoco hay parroquia o capilla.
A esas periferias existenciales que están relacionadas con experiencias de ‘otras distancias’, cuando no llega el consuelo en medio de la soledad, del desamparo, de lograr el trabajo digno, en encontrar el sentido de la vida. Antes llega la droga, el alcoholismo, la violencia doméstica, la prostitución para la sobrevivencia o la aberración de la trata humana. Son en estas periferias donde están los muchos excluidos o alejados de la sociedad y a los que la Iglesia tiene como prioridad.
Por eso, los cristianos estamos llamados a salir a su encuentro, sin temores ni demora. Tenemos que meternos en el barro humano sin miedo a mancharnos, hay que tener el coraje de mostrar la misericordia de Dios a aquellos que son “los nuevos leprosos de la sociedad”. No es tiempo de cristianos anodinos que quieran estar de punta en blanco sin que les roce siquiera el dolor ajeno.
Se atribuye a nuestro querido Papa Francisco, al inicio de su pontificado, esta frase: “Me he encontrado una Iglesia (y, se puede añadir, una sociedad) como un hospital de campaña: llena de heridos”.
Los cristianos estamos convocados a sanar y ser sanados y esto solo es posible con la experiencia del encuentro con el Dios Misericordioso. Si bien ha concluido el año de la Misericordia nunca termina la Misericordia de Dios, todo lo contrario estamos ahora más que nunca llamados a vivirla. Y este compromiso se puede resumir con este escrito del Papa Francisco: “Tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. La Misericordia en resumen es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre a pesar del límite de nuestros pecados”.
En resumen, la misericordia nos “aguijonea” y motiva a un triple nivel: personal, eclesial y social: Personalmente, porque quiere que abramos nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestras manos hacia los más pobres y necesitados. Eclesialmente, porque nos hace redescubrir una Iglesia como instrumento y sacramento de amor y de misericordia divinas.
Una Iglesia pobre y para los pobres, donde María, la Virgen, es el modelo y madre de Misericordia. Socialmente, porque nos obliga a compromisos éticos: el estar al lado de los pobres, para luchar y denunciar la pobreza y las causas de la pobreza, y a defender “la cultura de la misericordia”, que conlleva, incluso, la “ecología integral”, de la que nos viene hablando el Papa Francisco: la defensa del medio ambiente y de los más pobres.
La Navidad nos invita a movilizarnos a encontrar a Jesús Niño en aquellos que más lo necesitan, para hacernos más cercanos y más solidarios con todos, sin exclusión de nadie.
San Juan de la Cruz nos dice: “En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor”. Una vez quitadas las cosas que sobran, queda como valor fundante el amor y todo lo que en el amor fecunda: la justicia, la solidaridad, la paz, la ternura, la oración. Que el Niño Jesús, el Dios con nosotros, nos haga experimentar la gracia de la verdadera y auténtica Navidad, para que podamos volver a nacer, nacer a lo más grande, nacer para Dios. ¡Feliz Navidad!

† José Domingo Ulloa Mendieta, OSA / Arzobispo Metropolitano de Panamá

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Su Excelencia Reverendísima Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A. Nacido en Chitré, Panamá, el 24 de diciembre de 1956.Es el tercero de tres hermanos del matrimonio de Dagoberto Ulloa y Clodomira Mendieta. Fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1983 por el entonces Obispo de Chitré, Mons. José María Carrizo Villarreal, en la Catedral San Juan Bautista de Chitré.

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